Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
No hay riqueza realmente inocente de causar pobreza y no hay libertades que no tengan algo que ver con la esclavitud
Como ya dejábamos sentado desde la última entrega, no habrá cambio posible a favor de reducir las tremendas desigualdades sociales, sin reducir el poder, sin debilitar, a las grandes empresas y fortunas nacionales e internacionales. Y es que la tendencia a la concentración empresarial (bajo la excusa de competir y ser más fuertes en los mercados, justificando con ello los salvajes ERE a sus empleados, y la inmensa riqueza de sus directivos y grandes accionistas), y también a la formación de alianzas y grupos de presión que refuerzan este poder oligopólico de las grandes corporaciones, está en el propio ADN del capitalismo. ¿Dónde están los límites? No hay límites. Si han de llevar al desempleo a millones de personas, si han de explotar y precarizar la vida de millones de familias, si han de desviar tremendas fortunas a paraísos fiscales, si han de destruir los recursos naturales, los ecosistemas, el planeta en definitiva, a este 1% de la población le dará exactamente igual. En su propio charco de ambición no ven más allá que su cuenta de resultados. Creen que el mundo también se reduce a una cuenta de resultados. Y las crisis del propio capitalismo, como la que estamos viviendo desde hace casi una década, lejos de atenuar este proceso, lo refuerzan, lo potencian y lo impulsan, con el aumento de las fusiones empresariales, cierres, absorciones, ampliaciones, y toda la parafernalia del movimiento de los mercados. Pero lejos de estos obscenos movimientos, el resultado en la inmensa mayoría de la población, en el 99%, se traduce en más desigualdad.
Los ricos, sus fortunas y sus empresas, sus negocios y su emprendimiento, sus influencias en la sombra, sus cuentas de resultados y su poder están detrás de casi todas las legislaciones que hoy día existen en el mundo "civilizado", y además, en cada nueva crisis, perpetran nuevas vueltas de tuerca a la frialdad y caos del capitalismo: mercantilización de espacios públicos, privatización de las esferas sociales comunes, debilitamiento de la capacidad reguladora de los Estados, reformas legislativas para ahondar en su liberalización comercial, reformas penales que garanticen su impunidad, blindaje legal de sus empresas, obscena "libertad" corporativa, etc. Centrando nuestra atención en los multimillonarios, los que concentran una riqueza superior a los 1.000 millones de dólares, el Credit Suisse contabilizó en 2015 un total de 439 personas. Y si ampliamos el abanico a todos aquéllos cuya riqueza se sitúa entre los 500 y los 1.000 millones de dólares, la cifra asciende a 696. En nuestro país, 20 personas se encuentran en el tramo superior, y 33 en el siguiente. Y por supuesto, el discurso de los poderosos (y del resto de la población sumisa o alienada por el pensamiento dominante) legitima esta situación, la entiende como normal, incluso como positiva para el escenario mundial. Su mensaje es que las cosas son así, siempre han sido así, y así deben seguir siendo. Difunden que estos megaricos son personajes en los que hay que mirarse, que son buenos referentes sociales, y que los que están en el otro extremo, los pobres, son gente absolutamente inútil, responsable de su propia desgracia.
Sin debilitar su poder, sus enormes fortunas, su capacidad de influencia, no habrá reducción de las desigualdades. Sin enfrentarse decididamente al modelo de sociedad que ellos nos venden, a su egoísmo personal y a su pobreza espiritual, a su avaricia y a su codicia, a su frialdad social, y a su impunidad, no conseguiremos virar hacia una sociedad más justa y humana. Habrá quien vea un "gesto amable" en estos poderosos, cuando se dan a conocer noticias de que han donado una parte de sus fortunas para obras sociales. Es mentira. Su aportación, comparativamente hablando, es ínfima, residual, testimonial, al igual que las multas y sanciones que los Gobiernos e Instituciones internacionales le imponen a sus empresas cuando descubren las tropelías que son capaces de hacer (competencia desleal, manipulación del mercado, amaño de precios, vulneración de leyes, invasión de territorios, extractivismo salvaje, esclavización de empleados, ERE injustificados, deslocalizaciones injustificadas, etc.). Y por supuesto, este grado de poder incumbe también a la ocultación, opacidad y falta de transparencia de sus actividades. En efecto, todos los medios de comunicación convencionales se harán eco de la "generosidad" de estos ricos cuando donan algo de sus tremendas fortunas a actividades sociales, ONG's, etc., o bien nos contarán cuántos miles de empleados se ven favorecidos por sus imperios empresariales. En cambio, silenciarán todas las salvajadas, brutalidades y efectos perniciosos que causan a personas, territorios y Estados. No nos contarán nunca las perversas acciones que desarrollan en multitud de situaciones, los desastres medioambientales que provocan, el desprecio a las personas que practican, las injusticias que protagonizan.
Los ricos en general, los ricos del mundo, como afirman Mario y Nora Fernández en su artículo "Los ricos y el poder", son una especie de animal grande y peligroso, parasitarios y dañinos. Hay que intentar que se conviertan en una especie en extinción, porque de lo contrario, la especie en extinción será la propia humanidad, y por extensión, el planeta. Pero los ricos, evidentemente, no están solos. Ellos están en la punta de la pirámide, pero son apoyados por el siguiente estrato, toda una plataforma de apoyo a los poderosos, estimada entre el 1 y el 5% de la población, que sirven a esa élite dominante de escolta y sustento o base social. Y bajo el radio de acción del pensamiento dominante que ellos difunden, es decir, el mantra del neoliberalismo, no podemos desestimar el gran apoyo que también reciben de las clases medias, que representan la cara amable del sistema. La tal "clase media" también es un invento del pensamiento dominante, simplemente para acabar con la conciencia de clase trabajadora. Los que están en este estrato social en realidad son simplemente clase trabajadora, a los cuales el "lavado de cerebro" capitalista les hace verse y encontrarse en una posición, digamos, respetable. La élite dominante cuenta también con la escolta de otros ricos no tan ricos, unos ricos inferiores, que forman el estrato de las personas acomodadas, cuya dignidad se ve reducida a "bailarle el agua" a los grandes ricos. Aquí podemos encontrar también toda la pléyade de empresarios, profesionales y políticos a su servicio, que son los que ayudan a esa élite dominante a manejar el aparato político mundial.
Sobre la base "filosófica" del más radical y despiadado individualismo (los ricos no creen en la sociedad, ni tampoco esos estratos inferiores), su ideal de vida se transforma en objeto de admiración para una sociedad alienada bajo estos pilares. De ese individualismo dominante se llega fácilmente a la adoración y sobrevaloración de los logros personales, y a la admiración de estos ricos y de su poder, tomados como ejemplo de triunfo personal, un triunfo conseguido a costa de lo que sea, y le pese a quien le pese. Es la filosofía del destacar, del llegar, del poseer, del liderar, pero no del ser. Es la pobre filosofía neoliberal. Y lo más interesante es que el mantra asociado a ella ha sido y es el del "progreso". Se difunde que sin estos personajes, nuestras sociedades no hubieran "progresado", poco menos que estaríamos aún en la época de las cavernas. No se dan cuenta de que los auténticos dinosaurios son ellos. Y ahí están los medios de comunicación para convencernos de todo ello. Incluso existen revistas especializadas, revistas tildadas "de sociedad", donde lo mismo se nos cuentan las vacaciones de ensueño de tal rico famoso, que la lista de los más ricos del mundo, clasificada por mil criterios distintos. Estas revistas infunden esa permanente admiración hacia los ricos, considerados como vacas sagradas, como iluminados referentes, como ídolos a imitar, como exponentes máximos del mérito y la capacidad. La carrera social se convierte así en una escalera infinita hacia la mayor riqueza. Nuestros jóvenes ya no estudian aquéllo que les gusta, sino aquéllo en lo que pueden ganar más dinero. Continuaremos en siguientes entregas.