Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
El terrorismo no se combate con armamento ni se combate fomentando y reforzando el miedo. Se combate con educación, sanidad y progreso, se combate no invadiendo países por intereses económicos o geopolíticos y se combate con la integración de los inmigrantes. Pero eso no da dinero ni comisiones como la venta de armas
Como explicábamos en el artículo anterior, la creciente islamofobia envuelta en trazos de neofascismo con que se presenta la ultraderecha (bajo falaces eslóganes para capturar el voto de una población alienada) puede provocar problemas añadidos. Muchos musulmanes han nacido en países occidentales, pero no se sienten integrados como deberían. Como es lógico, para lograr afirmarse y reivindicar su lugar en nuestra sociedad muchos recurren a la cultura y a la fe, pero esto no contribuye más que a reafirmar y polarizar las diferencias, sobre todo en sociedades que no son plenamente laicas, es decir, en cuyo ámbito público no se manifiesta ninguna religión. Desde 2008, Estados Unidos y sus aliados han invadido ocho países: Afganistán, Pakistán, Yemen, Somalia, Libia, Mali, Irak y Siria. Casualmente, todos musulmanes. Y no olvidemos Gaza, que desde 2008 ya ha sido devastada hasta tres veces por bombardeos a gran escala. Y a todo ello debemos unir el hecho, también comentado, de que el Islam en Europa es financiado por la poderosa corriente integrista (wahabita) patrocinada por Arabia Saudí, socio especial de nuestros "civilizados" países europeos. Toda una amplia infraestructura de difusión está puesta al alcance de dicho objetivo, mediante canales de televisión vía satélite, páginas web, libros, organizaciones, y muchas mezquitas.
Y cuanto todo este polvorín estalla, a nuestros líderes occidentales no se les ocurre otro razonamiento que proclamar a los cuatro vientos que "Estamos en guerra" (François Hollande dixit), que estos atentados pretenden acabar con "nuestros valores", y nuestro "modo de vida". En el caso de Francia, por ejemplo, no se dice nada de que este país durante los últimos cinco años ha hecho la guerra en Costa de Marfil, en Libia, en la República Centroafricana, en Irak y en Siria. Nunca se dijo a la población "Estamos en guerra" en esos casos. Si además las autoridades de estos países ordenan nuevos bombardeos, cerrar las mezquitas y crear un clima de rechazo hacia los musulmanes, se echa más gasolina al fuego. Se entra en una espiral de violencia verbal y física hacia los musulmanes, que a su vez es aprovechada por las fuerzas políticas de corte neofascista para difundir su mensaje de odio, y a su vez la corriente integrista utilizará hábilmente este contexto para reforzar su influencia e impacto, lo que favorecerá la fanatización y aumentará la islamofobia. Como pueden apreciar los lectores y lectoras, se trata de un círculo perfecto que se retroalimenta, y que puede provocar efectos terribles. Pero hay incluso un segundo círculo vicioso. Los atentados terroristas son un regalo del cielo para la extrema derecha. La derecha prospera mejor en un clima de angustia y terror. Un reforzamiento de la derecha significa deshacer el Estado del bienestar que corre parejo del establecimiento del Estado policial (el segundo punto es una condición del primero).
Los recientes atentados y el aumento de las medidas de seguridad también benefician a la extrema derecha, ya que alimentan sus tesis de reforzamiento de las fronteras y de poner en marcha políticas de inmigración más duras. Pero existe otra faceta del problema a tener en cuenta, y es que un debilitamiento aún mayor del ya precario Estado del Bienestar afectará sobre todo a los más débiles, y por lo tanto, también a los musulmanes. Eso quiere decir que ejercerá aún más presión a sus depauperadas condiciones de vida, profundizando su actual situación material y existencial. Se reducirá aún más la perspectiva de una vida decente para los jóvenes musulmanes, que volverá a abonar el terreno del fanatismo, del integrismo y del fundamentalismo como únicos sostenes que puedan ofrecer refugio frente a tanta indiferencia social. También aquí cerramos este nuevo y peligroso círculo vicioso. Pero todavía se pueden analizar más perspectivas: los atentados terroristas también fomentan el racismo, el cual desvía la atención de la lucha socioeconómica. El enemigo principal ya no será la desigualdad, sino las personas que tienen otro color de piel, o que visten de otra forma, o que hablan otro idioma, o que le rezan a otro Dios. El racismo levanta pasiones y enfrenta a unos sectores de la población contra otros, golpea y divide a la población en grupos, todo lo cual resulta muy cómodo para la élite social capitalista y poderosa, que permanece al margen contemplando cómo los de abajo se enfrentan entre ellos.
Porque la famosa estrategia del "divide y vencerás", aplicable en muchos campos del saber, de la ciencia, de la técnica y del pensamiento, siempre ha dado muestras de funcionar. Marc Vandepitte, en el artículo de referencia que estamos siguiendo, nos dice textualmente: "En Alemania en la década de 1930 se embriagó a la población trabajadora con fuertes dosis de antisemitismo y una vez que estuvo suficientemente aturdida, se eliminó a los sindicatos. La trampa para el movimiento obrero actual es dejarse arrastrar por la saña antimusulmana, y para los musulmanes la trampa es replegarse sobre sí mismos y aislarse. La unidad es más que nunca necesaria". En efecto, sólo la verdadera conciencia de clase internacionalista, de tener muy claro quiénes son los opresores y quiénes son los oprimidos, nos permitirá salir a flote de esta continua manipulación. Y ante tanta falacia argumental, ante tan burdos planteamientos, se hace necesario un enfoque antiterrorista en profundidad y radicalmente pacifista. Ya lo hemos descrito en entregas anteriores con respecto al ISIS y a la guerra de Siria, pero es extensible a cualquier enfoque sobre conflictos internacionales. Y como las causas son múltiples, este enfoque también tiene que ser múltiple. Insistiremos en ello de forma resumida: por una parte, se debe cortar totalmente la financiación al califato y a cualesquiera otros grupos yihadistas, incluyendo los países desde donde afluyen los fondos destinados a los grupos terroristas: Arabia Saudí, Qatar, Kuwait...Las sanciones y los embargos han demostrado funcionar en este sentido. Deben cesar también las entregas de armas a estos países.
Siempre hay que apostar al máximo por una solución negociada, que se debe hacer bajo los auspicios de la ONU (organización muy imperfecta sobre la que hablaremos en su momento en su bloque temático correspondiente). Las fuerzas de mantenimiento de la paz deberán supervisar que los acuerdos se aplican y se respetan. Debe cesar toda intervención militar occidental. Pero para llegar a ello, hay que ir recortando paulatinamente el tamaño del complejo militar-industrial, pues mientras continúe engordando, su razón de ser le empuja continuamente a las guerras y los conflictos armados. Y de cara al ámbito interno de cada país, se debe renunciar al enfoque que predomina la seguridad frente a los derechos y libertades públicas. Se deben mejorar los medios de los servicios de inteligencia, así como su integración entre los servicios de los diferentes países, al mismo tiempo que se garantiza plenamente la vida privada de las personas, y todos los derechos humanos fundamentales. Hay que crear programas especiales de integración de todas las personas afectadas por cualquier tipo de fanatismo terrorista o de integrismo fundamentalista. Se debe impedir por ley la financiación del wahabismo y de otras corrientes religiosas extremistas. Pero de forma complementaria, hemos de crear una sociedad que no abandone a nadie a su suerte, sino que proyecte toda una amplia y extensa red de protección social para todas las personas, incluyendo desde una renta básica universal hasta programas de trabajo garantizado, pasando por la gratuidad y universalidad de los servicios públicos sanitarios, educativos, etc. De entrada, hay que establecer planes urgentes que eliminen la exclusión social y la pobreza. Esto implica sobre todo la creación de empleo estable, digno y con derechos, inversiones serias en vivienda social, reducción del coste de la enseñanza pública, etc. Continuaremos en siguientes entregas.