Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Ahora que reflexiono, la guerra no es triste porque los que la fomentan tienen cuentas en Panamá, la guerra no es triste porque la noche posterior a cada atentado hay personalidades descorchando botellas de champán al saber que al día siguiente subirán las acciones de la industria de las armas, la guerra no es triste porque los vencedores expolian, torturan y asesinan a su antojo… Para los que la sufren, la guerra es mucho más que jodidamente triste y ya no les respetan ni en Twitter. La guerra es jodidamente triste porque inunda las calles de cadáveres… porque nos enseña que fuera del dinero y del poder, nada, ni aún la vida, importa
Si entendemos la guerra como un negocio en los términos que estamos exponiendo, es evidente que no podremos acabar con las guerras hasta no acabar con el negocio de las guerras, con sus ganancias, con sus industrias, con sus políticas, con sus ambiciones, con sus necesidades, con sus objetivos. El estado de guerra permanente en que vivimos no obedece a ninguna realidad política ni a ninguna amenaza real, sino a las ansias de crecimiento y desarrollo del sector armamentístico y del complejo militar-industrial-tecnológico. Una industria y unos beneficios tan ciegos que ignoran los tremendos y definitivos daños que causamos no sólo a las personas, sino al medio ambiente y al planeta en general. La huella ecológica del permanente estado de guerra en que nos encontramos nos pasa una factura igualmente permanente y peligrosa, que de no reconfigurar el rumbo, será definitivamente perniciosa. Desaparecen ecosistemas locales, fauna y flora, los suelos se desertifican, la floresta se ve seriamente mermada, van desapareciendo las aves migratorias. Los equilibrios naturales se ven seriamente dañados. La guerra permanente es una guerra contra el planeta, contra todos los recursos, contra todas las personas, aunque podamos estar situados o viviendo a miles de kilómetros de los conflictos armados. Las guerras generan daños ecológicos y accidentes que se mantienen durante años después de la finalización de los conflictos, y que suponen una terrible huella difícil de superar. Dramas humanos, dramas colectivos, dramas ambientales, dramas planetarios que nos pasarán una factura demasiado elevada.
Por su parte, y siguiendo a Nora Fernández en su artículo de referencia, hemos de prestar mucha atención a la contaminación ambiental que el propio militarismo obsesivo genera. El Departamento de Defensa de Estados Unidos por sí solo produce más basura que las 5 mayores corporaciones químicas de USA, incluyendo uranio empobrecido, petróleo, pesticidas, herbicidas, plomo y radiación producida durante la manufactura, el testeo y el propio uso de las armas. Miles de kilos de micro partículas radiactivas altamente tóxicas contaminan, por ejemplo, Oriente Medio, Asia Central o los Balcanes. Las minas antipersonas y las bombas de racimo (expresamente prohibidas por los actuales Convenios de la ONU vigentes ) están diseminadas por extensas áreas durante años siguientes a la finalización de los conflictos armados. Y continúan generando terribles accidentes, que hieren, mutilan y matan a víctimas inocentes. En 2009, esto es, 34 años después de la finalización de la guerra de Vietnam, la contaminación por dioxina en este país era entre 300 y 400 veces superior a la considerada como normal, provocando severas deformaciones en los nacimientos y numerosos casos de cáncer, en la tercera generación de habitantes desde el fin de la guerra. La huella ecológica es ciertamente la más destructiva, y la más perdurable. Y en cuanto a los pueblos, es evidente que los conflictos armados generan desestructuración de los mismos, lo que unido a las guerras tribales, los saqueos y las provocaciones de catástrofes (incendios, atentados, explosiones, tumultos, etc.) continúan asesinando a miles de personas.
En todas estas dimensiones de la devastación, de la tragedia y del horror están firmemente interesadas todas las industrias implicadas, incluso en las posteriores tareas de carácter "humanitario" y de "reconstrucción". Cientos de empresas cruzan sus intereses en las actividades y contratos posteriores a una guerra, por lo cual les interesa la destrucción previa a la construcción. La guerra como negocio es quizá la vertiente más detestable de la naturaleza humana. Hemos de acabar con ella, que implica por tanto acabar con los propios intereses que las mueven. Los perjuicios humanos no se contabilizan además sólo en los más graves (heridos, mutilados o asesinados en guerra), sino que también inciden en los soldados que vuelven a sus países de origen después de cualquier conflicto armado. Entonces, muchos de ellos y ellas tienen que recibir asistencia debido a daños físicos, emocionales o psicológicos, que pueden suponer elevados gastos a las arcas públicas, además de la propia incidencia personal sobre sus familiares y amigos. Por su parte, el mito de que las guerras son positivas para la economía también es falso. Para las economías, también es mejor la senda del pacifismo. De entrada, los gastos militares desvían recursos que deberían haber sido destinados a usos productivos, y ello ralentiza la expansión económica y el empleo. Las guerras extinguen la riqueza, deprimen la economía, socavan la democracia, afectan negativamente a los mercados, anulan la prosperidad. Sólo los más pérfidos intereses pueden excusar las guerras y ver algún enfoque positivo en ellas. La guerra es el negocio de la muerte y de la destrucción, pero es un negocio.
Un terrible negocio de tal volumen que en el año 2016 todos los gastos militares del mundo supusieron un 2% del PIB mundial. Y cada año no cesan de aumentar. Los presupuestos públicos de países de todo el mundo, salvo honrosas excepciones, dedican cada año más cantidad proporcional a los presupuestos de la guerra. Sin ir más lejos, en nuestro país la Ministra de Defensa ha anunciado que se duplicará el gasto militar durante los próximos siete años, y se ha quedado tan pancha. Es un absoluto suicidio aceptar la guerra como estrategia y situación permanente, es un horror aceptar el proyecto globalizador (basado en la falsa premisa de la "lucha global contra el terror") que valida y normaliza el uso de armas nucleares, sino que hay que entenderlo como un acto criminal contra la vida del planeta. Nora Fernández lo expresa en los siguientes términos: "Justamente porque la guerra es un evento funesto para la humanidad, se hace crucial cuestionarla abiertamente como estrategia fallida. La guerra se presenta como última solución, estrategia de último recurso, pero no es solución ni es aceptable. Facilitar la paz es la única solución (...). Promover la paz como única solución a los problemas de la humanidad es crucial. Hoy, a los daños de guerra a humanos y a otras especies, se suman los daños al medio ambiente y el despilfarro de recursos naturales esenciales para la supervivencia de la humanidad. Es prioritario decir no a la guerra y al militarismo y terminar con la glorificación de la muerte para beneficio del poder". Es totalmente prioritario luchar y desmantelar los intereses de cuantos sectores puedan beneficiarse de la barbarie de la guerra, porque de la devastación ningún sistema racional puede obtener ventajas ni beneficios.
Ese negocio nos deja un irrespirable ambiente plagado de muerte, destrucción, dolor, hambre, miedo, inestabilidad, sufrimiento, heridos, desplazados y traumatizados de por vida. Sin embargo, los poderes interesados nos presentan siempre las razones de la guerra como de defensa, nos dicen que nos atacan los salvajes, los herejes, los desalmados, los malos, los otros despojados del planeta. Se nos dice que sufrimos amenazas, que quieren destruirnos, que quieren romper nuestro modo de vida. Se nos dice que nosotros representamos el bien, y ellos el mal. Nada de eso es verdad. Las verdaderas razones de la guerra son interesadas, son prosaicas, son económicas, son ambiciosas. Simplemente, tenemos armas que probar y vender, ingresos que obtener, beneficios que multiplicar, territorios y recursos que explotar, intereses que proteger, privilegios y estatus que defender. Por eso la guerra es un negocio. De ahí que los gastos para las guerras (llamados eufemísticamente gastos "de defensa") se hayan convertido en pieza esencial de los presupuestos públicos de cualquier país, cuyos Gobiernos son presionados por los lobbies del sector. En algunos casos, los gastos de guerra se convierten en proyectos de ley de emergencia. La ley se alía con la guerra, desvirtuando de este modo su sublime carácter. De ahí que los presupuestos para la guerra hayan de ser disfrazados, tengan que ser manipulados y ocultados bajo otras partidas, escondidos de las cifras visibles, para que no lleguen a la población de forma cruda y directa. Las guerras son un negocio muy caro. Continuaremos en siguientes entregas.