Overblog Todos los blogs Blogs principales Política
Edit post Seguir este blog Administration + Create my blog
MENU

Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

Publicidad

Arquitectura de la Desigualdad (105)

Viñeta: Antonio Fraguas "Forges" (In Memoriam)

Viñeta: Antonio Fraguas "Forges" (In Memoriam)

Publicidad

Ser pobre hoy tiene un alto precio personal que se paga muy caro en el mercado del estigma asignado. Ser precario o precaria, trabajadora pobre o excluido del circuito del consumo y la normalización social no es solo una situación vivida y padecida, es también una realidad interpretada y etiquetada por el poder, que se encarga de diseñar dispositivos ideológicos y argumentales para hacer digerible y amable el discurso en torno a la pobreza y la exclusión

Paco Roda

El debate sobre el Trabajo, en un sentido amplio, profundo y extenso, es un asunto que no debemos dejar pasar por alto. Ya en el artículo anterior hemos presentado el debate sobre el trabajo "formal" y el "informal", para intentar llamar la atención sobre los equivocados preceptos que dominan la concepción mercantilista del mismo. Pero como decimos, la discusión sobre el Trabajo humano dentro de las sociedades capitalistas alcanza tintes filosóficos muy profundos, que es necesario sacar a relucir, en la medida de nuestras posibilidades. Esto nos ayudará en la tarea de denunciar la arquitectura de la desigualdad en el mundo laboral, que es la esencia de esta serie de artículos. Pues bien, la concepción de la "necesidad" (o si se quiere, obviedad) del trabajo viene de antiguo. Ya en los "Fundamentos del derecho natural según los principios de la doctrina de la ciencia" (1797), se afirma que "Todos deben poder vivir de su trabajo". Esta afirmación, que podría aparecer como inocente en sí misma, esconde sin embargo que el hecho de "poder vivir" está, por tanto, condicionado por el trabajo, y podríamos incluso llegar a la extrema conclusión de que no existirá tal derecho si no se cumple esta condición. Nosotros somos más bien de la opinión de que "Todos deben poder vivir". Punto. Sin más. Es decir, todo el mundo, desde que nace hasta que muere, debe poder tener la existencia material garantizada. De hecho, es lo que pensamos que nos concede la dignidad humana. No es el propio trabajo quien nos da esta dignidad, sino el hecho de tener la existencia material garantizada. Pero incluso si nos trasladamos al momento actual de la civilización industrial (desarrollaremos esto más profundamente en nuestra otra serie de artículos "Filosofía y Política del Buen Vivir"), hemos de concluir, sin paños calientes, que el modelo de sociedad dominada por el trabajo no está pasando por una crisis temporal, sino que está llegando a sus límites absolutos. 

 

Se afirma, entre otros muchos documentos y estudios, en la organización alemana Krisis, cuyo "Manifiesto contra el trabajo" recomendamos a todos nuestros lectores y lectoras. Nosotros seguiremos desde aquí algunos puntos de vista expresados en el mismo. En nuestra sociedad, a quien no puede vender su mano de obra se le considera "excedente", y se le condena al vertedero social. Y por tanto, quien no trabaja, es decir, no vive de su trabajo, no come. Así de sencillo. Así de cruel. La falacia de la "creación de empleo" se establece como un mantra indiscutible, aunque eso signifique, por ejemplo, que un titulado o titulada superior trabajen durante dos meses como camarero/a. O por ejemplo, en pro de ese "empleo" se toleran aberrantes construcciones, como las de un ATC (vertedero de residuos nucleares) en una determinada población, la de un gigantesco hotel en la propia orilla del mar, o la de unos cuantos buques de guerra para que Arabia Saudí los utilice para seguir masacrando a la indefensa población de Yemen, en un genocidio silenciado por los medios. El "trabajo" parece ser que lo justifica todo. Y se ha convertido casi en un acto de fe comúnmente exigido la idea de que es mejor tener "cualquier" trabajo (por aberrante que éste sea) antes que ninguno. Desde el bíblico "Ganarás el pan con el sudor de tu frente", se predica desde hace siglos que hay que rendir culto al ídolo trabajo, aunque sólo sea porque las necesidades, según los que así piensan, no se pueden satisfacer por sí mismas sin el esforzado quehacer humano. ¿Cómo explican entonces que tres cuartas partes de la humanidad se hunda en la necesidad y la miseria sólo porque el sistema de la sociedad del trabajo ya no necesita su trabajo? Es el sistema capitalista (y no la ontología humana) quien ha colocado al Dios Trabajo en la cima de la pirámide, y a él se debe con particular devoción.

 

En el Manifiesto que más arriba hemos citado se dice textualmente: "El trabajo no significa de ninguna manera que las personas transformen la naturaleza o se relacionen entre sí por su actividad. Mientras haya gente, se construirán casas, se producirán alimentos, vestidos y otras muchas cosas, se criará a los niños, se escribirán libros, se discutirá, se cultivarán huertos, se compondrá música y muchas otras cosas más por el estilo. Esto es algo banal y obvio. Lo que no es obvio es que la actividad humana por excelencia, el puro "empleo de fuerza de trabajo", sin importar su contenido, de forma totalmente independiente de las necesidades y de la voluntad de los implicados, sea elevado a un principio abstracto que domina las relaciones sociales". Y es que desde la perspectiva del trabajo, el contenido cualitativo de la producción cuenta tan poco como desde la perspectiva del capital. Lo que interesa es únicamente la posibilidad de vender la fuerza de trabajo en las mejores condiciones posibles, sin preocuparse del fin último de la producción, ni de su (posible) insostenibilidad, propósito o naturaleza. No se persigue la determinación común del sentido y fin del propio quehacer humano (o tecnológico, pues ya muchos trabajos también pueden ser realizados por máquinas). Y así, hoy día, de lo único que se trata es de que haya puestos de trabajo, de incrementar los índices de ocupación, es decir, aluden al propio trabajo como un fin en sí mismo. Qué, para qué y con qué consecuencia se produce lo que se produce importan bien poco. Incluso algunas actividades claramente ilícitas han pasado a reconocerse como parte del PIB nacional, legitimando de algún modo su existencia, en aras de un mayor "crecimiento económico" y una mayor "riqueza nacional". Se ha perdido absolutamente el sentido ético-moral del trabajo. Todo vale con tal de crear unos pocos "puestos de trabajo". 

 

El trabajo humano ha entrado, por tanto, en una dimensión peligrosa. Y hoy día, tanto los obreros como los directivos de las empresas sólo son zombis dedicados a su actividad, siervos incondicionales del ídolo trabajo, meras piezas funcionales consagradas al fin absoluto irracional de la sociedad capitalista globalizada. Pero el trabajo, en sí mismo, no supone ninguna "liberación" humana. Y hoy día, al igual que en el pasado, no supone ningún signo de actividad humana autónoma, sino que se remite a un triste destino social. Es la actividad de los que han perdido su libertad. La expansión del trabajo a todos los miembros de la sociedad no es, en consecuencia, más que la generalización de la dependencia servil. Y la adoración y el culto moderno al trabajo, no es más que la elevación casi religiosa de esta situación, promovida por las élites del capital. Ya en 1881 Friedrich Nietzsche escribió su obra "Los aduladores del trabajo", un perfecto retrato de la alienación social que el trabajo humano supone. En el Manifiesto de la organización Krisis se afirma: "La historia de la Modernidad es la historia de la imposición del trabajo, que ha dejado tras de sí una inmensa huella de destrucción y horror en todo el planeta; puesto que no siempre ha estado tan interiorizada como en el presente la exigencia de empeñar la mayor parte de la energía vital en un fin absoluto ajeno. Han hecho falta varios siglos de violencia pura en grandes cantidades para que la gente, literalmente bajo tortura, acepte ponerse al servicio incondicional del ídolo trabajo". Y así, desde los jornaleros andaluces esclavizados por los terratenientes en el siglo XIX, pasando por los trabajadores forzosos republicanos que reconstruyeron la España de la posguerra en pleno siglo XX, hasta llegar a las indecentes fábricas que trabajan actualmente para el sector textil mundial esclavizando a sus obreros, o los trabajadores y trabajadoras de criminales empresas transnacionales que cometen crímenes ecológicos contra la humanidad, o a los cientos de miles de falsos autónomos explotados por sus empresas matrices, podemos dibujar el siniestro rastro del trabajo humano. 

 

Y durante las épocas coloniales imperialistas europeas, la situación llegó a universalizarse. La esclavitud literal en las plantaciones y explotaciones de materias primas coloniales, que superó en sus dimensiones incluso a la esclavitud de la Antigüedad, disfrazada de "misión civilizadora", fue uno de los crímenes fundacionales del sistema de producción de mercancías. Y durante el siglo XX, el trabajo se encuadra en las conductas del "orden social". Buena prueba de ello es que, durante el franquismo, existía una tal Ley de Vagos y Maleantes, un cajón de sastre que se aplicaba desde indigentes hasta homosexuales. Se asociaba a la persona "de bien" con un trabajo, y al que no lo conseguía con un vago, un excedente social, una escoria, un indeseable. Hasta tal punto la gente ociosa fue mal vista que Henry Ford llegó a afirmar: "El principio moral fundamental es del derecho de los hombres al trabajo (...) Según mi parecer, no hay nada más abominable que una vida ociosa. Ninguno de nosotros tiene derecho a algo semejante. En la civilización no hay sitio para gente ociosa". Y esa visión se mantiene todavía en cierta forma en nuestra sociedad. Las personas desempleadas son ciertamente estigmatizadas, y la gestión neoliberal de la pobreza, que ya hemos comentado en las últimas entregas, se enfoca precisamente hacia esta estigmatización. En cambio, los apasionados del trabajo son bien vistos, estimados y tomados como referentes. De hecho, para el capitalismo la capacidad de ocio de las personas (enfrentada a su capacidad de negocio, es decir, de "no-ocio") siempre ha estado mal vista, y ha sido combatida con ferocidad. Desde las fábricas fordistas del siglo XX, una obsesión de los empresarios ha sido controlar exactamente el tiempo que los trabajadores dedicaban a sus tareas, y el tiempo libre que poseían, y a qué lo dedicaban. Continuaremos en siguientes entregas.

Regresar al inicio
Compartir este post
Repost0
Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase:
Comentar este post