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Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

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Hacia otra Política de Fronteras (IX)

Hacia otra Política de Fronteras (IX)
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Los inmigrantes, los refugiados, por perder han perdido hasta la identidad. En un mundo donde sufrimos de agorafobia al abandonar nuestro preciado individualismo, pero a la vez nos angustiamos por fingirnos diferentes, superiores al vecino, las personas que cruzan el mar no son nada más que una etiqueta ambigua y difusa. Detrás de la tiritona y la manta, detrás de los ojos suplicantes y temerosos, detrás de las manos que se estiran por asir un salvavidas, hay personas tan complejas como usted y yo

Daniel Bernabé

Otro mantra que se repite hasta la saciedad, seguramente para descargar malas conciencias, es aquél que desvía "a Europa" las responsabilidades en las cuestiones migratorias. Como si esa "Europa" no la formáramos todos los países del Viejo Continente, uno por uno. Pero la idea de escape redunda en el mensaje de que no es tal o cual país europeo, sino las propias institución de la Unión (El Consejo, la Comisión y el Parlamento) los que tienen que definir los rasgos de nuestra política migratoria. Evidentemente, es una cesión de responsabilidades a un nivel superior, pero que no exime a cada país (y estamos hablando de legislación internacional y de asuntos humanitarios) de que se comporte de acuerdo a los parámetros del derecho internacional de los derechos humanos. Y en cualquier caso...¿Es que las instituciones europeas están por la labor? ¿Se han inmutado ante las continuas tragedias humanitarias que sufren los migrantes? La actitud "europea" ha sido muy bien definida por Arturo Borra en este artículo para el medio digital Rebelion.org: "Mientras [Europa] se proclama como defensor incondicional de los derechos humanos, no cesa de vulnerarlos de forma reiterada, transfiriendo el control a terceros países, restringiendo el ejercicio del derecho de asilo, y delegando lo que es su responsabilidad: favorecer el acceso legal y seguro de cientos de miles de personas en peligro y poner fin a una política catastrófica que permite la muerte en masa sin inmutarse en lo más mínimo". Por tanto, y a la luz de este indecente comportamiento, ¿qué se puede pensar de un país o Estado miembro que delega en "Europa" la solución al asunto migratorio? Pues que evidentemente está de acuerdo con dicho tratamiento.

 

Y todo ello, a su vez, casa muy bien con el proyecto histórico-político de hegemonía imperialista europea, donde a la vez que se erige como una fortaleza inexpugnable ante los flujos migratorios que estima indeseables, no deja de organizar y apoyar gigantescas maquinarias de guerra, como fase de expansión del sistema capitalista y colonial que produce precisamente dichos flujos de migrantes a nuestro continente. La actitud por tanto es cínica y perversa, por mucho que se disfrace de "tolerante". Porque frente a esa imagen de tolerancia que se pretende falazmente difundir, nos encontramos con la realidad cotidiana del racismo y la xenofobia imperantes en el imaginario colectivo, apoyados además por los discursos populistas de extrema derecha de algunas formaciones políticas. Arturo Borra ha descrito magníficamente esta falsa actitud social: "La "tolerancia" proclamada ante el otro, salvando algunos colectivos antirracistas y específicas plataformas ciudadanas, no ha supuesto en lo más mínimo la consolidación de luchas específicas para exigir el fin de la exclusión institucional de las personas migrantes y racializadas en las administraciones y las universidades públicas, de la discriminación que padecen en los mercados de trabajo, de la reclusión vejatoria a la que son sometidas en los CIE, del tratamiento estereotipado que reciben en los medios masivos de comunicación, de su escasa visibilidad cultural, de su participación política marginal, de las deportaciones en masa de las que son objeto, de la desigualdad jurídica blindada a partir de la Ley de Extranjería vigente, o en general, de las distintas formas de racismo y xenofobia institucionalizados que sufren". Esta es, desgraciadamente, la realidad actual de nuestros migrantes. 

 

Y así, la existencia de los CIE, la exclusión sanitaria, la Ley de Extranjería, las devoluciones en caliente, la marginación laboral, las deportaciones masivas, etc., configuran sin duda un perfil ciertamente intolerante en nuestra sociedad, donde aún tenemos que superar muchas barreras emocionales e intelectuales para llegar a asumir sin fisuras la integración de extranjeros en nuestro seno. Por su parte, los países de nuestro entorno europeo están igual o peor que nosotros, y no digamos ya si ponemos el foco en Estados Unidos, el país más brutalmente racista e intolerante del orbe. El racismo sociológico es pues una vertiente que legitima las políticas que se toman por los Gobiernos, e igualmente podría y debería ser atajado de forma expresa, por ejemplo mediante un Plan Nacional de lucha contra el racismo, la xenofobia y otras formas de discriminación, así como la implantación de políticas transversales de interculturalidad tanto en las instituciones públicas como en las privadas, o la transformación del sistema judicial para que las agresiones racistas dejen de ser juzgadas en su mayoría como delitos comunes. Por tanto, la conclusión se nos ofrece bien clara: en nuestro país continúa existiendo racismo sociológico, político e institucional, salvo, claro está, para aquéllos "inmigrantes" que en vez de llegarnos en patera o saltando una valla, nos lleguen en limusina. Para éstos otros, los inmigrantes ricos y poderosos, se abren automáticamente las cuentas bancarias, las oportunidades de negocio, y las posibilidades de nacionalización e integración, no así para los pobres obligados a marchar de sus países de origen ante la guerra, la persecución o la ausencia de expectativas vitales. 

 

La Unión Europea está fallando en su proyecto inclusivo y democrático. Simplemente, no existe. Más bien existe lo contrario. Con absoluto descaro se ignoran las demandas de asilo y refugio (recogidas en multitud de Tratados y Convenios que todos los países europeos han suscrito). Y así, estas decenas de miles de seres humanos en riesgo pasan a ser números de una tenebrosa estadística, y su única salida es deambular buscándose la vida en la economía sumergida. En el mejor de los casos, pasarán a alimentar la fuerza laboral de mano de obra barata (incluso esclava), para determinadas tareas o labores que los nacionales ya no desean realizar. Los patronos buscan entonces inmigrantes dispuestos a llevar a cabo estos trabajos, y además de engrosar las filas de precarios, se ven sometidos en multitud de ocasiones a abusos, engaños y estafas. Por su parte, las mujeres lo pasan aún peor. Ya conocemos los casos de sobreexplotación laboral, que se presentan sobre todo en el sector agrícola o en el doméstico. En el fondo, late la percepción social de que estas personas son simplemente un "excedente humano" que hay que gestionar de la forma menos lesiva posible, en todos los órdenes. Los inmigrantes son conceptualizados como amenazas múltiples: potencial amenaza laboral, potencial enemigo terrorista, o potencial riesgo de pérdida de nuestra identidad cultural. Son las consecuencias de ese calvo de cultivo social que legitima todas las expresiones y concepciones racistas que se vierten por doquier en multitud de encuestas y estudios de opinión pública. Se entra de esta forma en un peligroso juego donde una parte sustancial de la población autóctona puede llegar a realizar aventurados e injustos juicios de valor sobre el papel real de los extranjeros, comenzando por aquélla más afectada por el deterioro de sus condiciones de vida.

 

Toda esta casuística ha sido muy bien resumida por Arturo Borra en otros de sus magníficos artículos: "El capitalismo, en esta fase, produce un "sobrante" estructural de seres humanos que ni siquiera cuentan como "ejército de reserva" y que son condenados a la marginación social e institucional, a la vigilancia y al confinamiento e incluso a la muerte por abandono". La plasmación de ello la sufrimos cada día en los programas informativos: nuestro viejo Mare Nostrum se va poco a poco convirtiendo en el Mare Mortum, constituyendo una especie de fosa común en la frontera sur de la Unión Europea, ante la absoluta incompetencia e ineptitud de nuestros líderes políticos, que prefieren mirar para otro lado, pagar más dinero a terceros países para que sean ellos los que controlen las migraciones, reforzar los mecanismos de repudio en las fronteras, o construir campos de concentración en las afueras de nuestros territorios. Y de la política exterior europea, ni un ápice de cambio. No se vislumbra siquiera un giro o cambio de actitud. Mientras, cientos de miles de personas continúan esperando respuestas firmes y necesarias, respuestas humanitarias y seguras, porque su mundo se viene abajo. Necesitan una respuesta clara y esperanzadora a la terrible situación vital que están sufriendo. Los acuerdos de la última cumbre europea han sido vergonzosos (creando esta respuesta de diversas ONG's), reinterpretando el derecho de asilo y modificando normas para maquillar las continuas violaciones al derecho internacional en asuntos de acogida. Europa sigue sin asumir ninguna autocrítica, ni una reflexión acerca de su responsabilidad en la generación de los conflictos que están causando tantos éxodos masivos, ni un reconocimiento del expolio a dichos pueblos que los países de nuestro continente han protagonizado. Ni una revisión a su política armamentística. La deshumanización de Europa continúa a pasos de gigante. Continuaremos en siguientes entregas.

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