Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Miles de seres humanos, mujeres, hombres e incluso niños, quedan sepultados anualmente en las rutas migratorias: calcinados en el desierto, vencidos de sed y pavor, desgarrados en trenes de espanto, desollados por el cemento bajo camiones transfronterizos, torturados y violados en etapas interminables; miles de vidas quedan en las espumas de los mares, en el aullido del desierto... sus voces y sus risas son apagadas por la abyección de un sistema basado en la explotación, un sistema en el que 62 multimillonarios acumulan, en base a la explotación que perpetran, una riqueza igual a la suma con la que malvive la mitad del planeta
Como ya avanzábamos en la entrega anterior, en junio de 2017 se celebró en Bolivia la Conferencia Mundial de los Pueblos, que tuvo por lema general "Por un mundo sin muros hacia la ciudadanía universal" (el medio digital Desinformemonos publicó una amplia crónica sobre la misma, de donde tomamos los siguientes datos). El texto de la Declaración final de dicha Conferencia planteó como parte del Decálogo de acciones propuestas lo siguiente: "Superar la perspectiva hegemónica de política migratoria que plantea una gestión de las migraciones de manera "regular, ordenada y segura", por una visión humanista que permita "acoger, proteger, promover e integrar" a las personas migrantes". Porque en efecto, bajo el famoso pero falaz eslogan de "regular y controlar los flujos migratorios", lo que se esconde es una despiadada política que únicamente atiende a la existencia de contratos de trabajo, olvidando las verdaderas causas estructurales que provocan las migraciones. Y es que, bajo un mundo atroz donde contrasta el lujo, el derroche y el despilfarro de ese mundo mal llamado "desarrollado" con las vidas perdidas de millones de personas, no podemos aludir a contextos legales, sino dar acogida a todas ellas, y a continuación incidir sobre las causas globales que provocan tales movimientos masivos. Esta Conferencia mundial definió la crisis migratoria como "una de las manifestaciones de la crisis integral de la globalización neoliberal", y como tal hay que entenderla, y echar abajo los cimientos que la sustentan, para poder atender a los flujos migratorios desde una perspectiva humanista, además de cesar en todos los ataques que los provocan. Si continuamos inmersos en la lógica del capital (lo cual incluye la perversa lógica de la guerra, de la apropiación de los recursos naturales, las hostilidades geopolíticas, la invasión de los territorios por parte de las grandes empresas transnacionales...) no seremos capaces ya no solo de un diagnóstico real, sino de implementar las medidas adecuadas para hacer frente a este fenómeno.
En otro fragmento de la Declaración final exponen: "Los discursos hegemónicos, potenciados por las corporaciones mediáticas transnacionales, promueven una visión negativa de los migrantes, ocultando los aportes que éstos realizan a los países receptores en términos económicos, demográficos y socioculturales. Vemos con preocupación el avance de posiciones neocoloniales, intolerantes y xenófobas que atentan contra la cooperación entre los pueblos y constituyen una verdadera amenaza para la paz mundial. Paradójicamente, estas posiciones se sostienen desde los centros de poder global, principales responsables de la violencia estructural, la inequidad planetaria y el cambio climático, en perjuicio de los acreedores de la deuda social y ambiental: los pobres y los pueblos pobres". Tenemos que rechazar la visión que criminaliza las migraciones en sí mismas, que suele encubrir falsos enfoques de seguridad y control. Tenemos también que eliminar todos los tipos de muros que ponemos ante ellos: los muros físicos (vallas, murallas, concertinas...), los muros legales (que discriminan, persiguen y criminalizan), los muros psicológicos (basados en prejuicios y miedos), y los muros mediáticos (que descalifican o estigmatizan a los migrantes). También es necesario crear un nuevo organismo internacional, a modo de una Defensoría Mundial de los Pueblos por los Derechos de las Personas Migrantes, que vele por los derechos de todos los refugiados, asilados, apátridas, víctimas de trata y de tráfico, y que promueva y defienda la libre movilidad internacional y los derechos humanos. Hemos de impulsar igualmente Planes de Integración de migrantes justos y humanos, que sean capaces de abolir todos los escollos e impedimentos de cualquier tipo que se puedan presentar. A tal efecto, debemos impulsar políticas locales que permitan la evolución hacia modelos de ciudad y sociedades integradoras, donde se hagan plenamente efectivos en la vida cotidiana de los migrantes los derechos a la vivienda, a la salud, a la educación, a la seguridad social, bajo los principios de complementariedad, interculturalidad, cooperación, solidaridad, hermandad y diversidad.
Todo ello con la meta de superar el enfoque de "fronteras rígidas" por una nueva visión que las entienda como verdaderos puentes de integración para la unidad y confraternización entre los pueblos y la acogida de los migrantes, donde la lucha contra el crimen mundial organizado (en todas sus facetas, versiones y manifestaciones) se encare bajo un nuevo marco de cooperación entre los Estados. A grandes rasgos, esta es la filosofía que se expresó en dicha Conferencia, y a ella nos remitimos como marco fundamental para la evolución hacia la nueva Política de Fronteras que necesitamos implementar. Pero antes de abarcar todo ello, lo primero que se debería hacer es cumplir con la legalidad internacional. Porque sin ir más lejos, como recoge Roberto Montoya en este artículo para El Salto Diario, la Unión Europea está violando con sus políticas migratorias la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Convención de Ginebra sobre los Refugiados, la Convención Europea sobre Derechos Humanos, la Carta de Derechos Fundamentales de la UE, la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño, además de las propias Constitucionales nacionales de cada Estado miembro. ¿Se puede pedir más? Por su parte, la Constitución Española de 1978, esa a la que tanto defienden para lo que les interesa, en su artículo 13.4 establece que "los ciudadanos de otros países y los apátridas podrán gozar del derecho de asilo en España". Y además, la vigente Ley de Extranjería dice que una persona podrá demandar asilo aún en el caso de no disponer de visado para poder permanecer en nuestro país. Si no somos capaces siquiera de cumplir con los acuerdos, tratados y convenciones suscritas...¿cómo vamos a ser capaces de constituir un nuevo orden migratorio internacional justo? Pero como venimos contando desde entregas anteriores, no es solo que no seamos capaces de cumplir las normas del derecho internacional, sino que además nos ensañamos brutalmente con los migrantes, poniendo trabas a la capacidad de las ONG de rescatar a personas en el mar, e incluso proporcionamos cobertura y apoyo militar a la guardia costera libia, a pesar de sus reiteradas, temerarias y abusivas conductas contras las personas refugiadas y migrantes.
El panorama es indigno y vergonzoso, pues. Nuestros gobernantes están demostrando ser unos seres insensibles y malvados, incapaces absolutamente de resolver un problema que ya adquiere dimensiones humanitarias. Nuestro clásico imperialismo europeo se nos viene encima, y nuestros líderes no saben cómo encauzarlo. Pero los flujos migratorios no cesarán, ya que son la consecuencia directa de tanta devastación, de tanta obscena injerencia, de tanta crueldad y de tanta barbarie. Bajo el perverso argumento del "efecto llamada" intentan inculcar en las mentes de la ciudadanía el sentimiento del miedo hacia una posible "invasión" de extranjeros, que colapsarían nuestros servicios públicos y supondrían una amenaza para nuestra cultura, pero nada más lejos de la realidad. La verdad es que todas las personas que llegan están deseando poder volver a su país cuando la paz y las condiciones de vida lo permitan. Si fueran solamente un poco sensibles con el problema, lo primero que deberían es comprender las circunstancias de vida en sus países de origen. Por ejemplo, las regiones subsaharianas se hallan bajo el azote del hambre, el SIDA y la guerra. Tres auténticas plagas que hacen la vida imposible con unos mínimos estándares de calidad. La extrema pobreza está en la raíz de todos los problemas, pobreza a la que nosotros, desde Occidente, contribuimos. Casi la mitad de la población vive con menos de 1,25 dólares al día, según datos del Banco Mundial y demás organizaciones internacionales. De hecho, 19 de los 25 países más pobres del mundo pertenecen al continente africano. Según la FAO, de los más de 800 millones de personas infraalimentadas en el mundo, 223 millones residen en el África subsahariana. El hambre de estos millones de personas no es consecuencia de un castigo divino, sino de decisiones políticas tomadas desde los países ricos. Los recursos naturales y alimenticios de estos países son sistemáticamente esquilmados por estos países ricos, apropiándose de sus cultivos, de su pesca artesanal, de sus minerales, etc. Por ejemplo, España contribuye a reducir los recursos pesqueros de Senegal, reduciendo a mínimos la actividad de la pesca artesanal que contribuye a paliar la pobreza de sus habitantes.
Como documenta Antonio Fernández Vicente en este artículo para el digital Rebelion, se ceden miles de hectáreas en Uganda a corporaciones fabricantes de café alemanas, terrenos que se dejan de poder utilizar para el autoabastecimiento de las poblaciones. Un total de 63 millones de hectáreas son acaparadas por los grandes capitales, en un continente que se muere de hambre, y no es en sentido figurado. Y un tercio de sus tierras se dedican a la producción de agrocombustibles para la Unión Europea. En concreto, se necesitan 9.100 litros de agua para producir un litro de biodiésel, lo que contribuye además a la desertificación de los terrenos. Por otra parte, África es un continente plagado de conflictos armados, de etiología étnica o religiosa, pero sobre todo, instigados y controlados por las potencias occidentales, que poseen muchos intereses en dichos países. Asistimos a multitud de guerras civiles, guerras tribales y genocidios, actos de terrorismo bárbaros, todo lo cual, unido al propio expolio que Occidente lleva a cabo sobre sus tierras, conduce a estos países al abismo más absoluto. La mayoría son Estados fallidos, donde una frágil constitución de sus Gobiernos es "apadrinada" por las potencias occidentales. Guerras alimentarias, guerras por el agua, epidemias de graves enfermedades, y otros conflictos están a la orden del día en este rico pero maltratado y abandonado continente. Ante todo este terrible escenario...¿qué hacen nuestros ricos países? Pues vender armas a los mismos países en conflicto, para enconarlos aún más, a costa de proporcionar negocio tanto a las empresas de armamento, como a los bancos que las financian. Es decir, hacemos negocio con las desgracias ajenas. Mejor dicho, fomentamos esas desgracias ajenas para hacer negocio. Vil política donde las haya. El SIDA (VIH) es el otro gran problema: 26 millones de personas lo padecen en el continente africano, que provocan más de un millón de muertos al año, por una enfermedad tratable. Mientras en el resto del mundo afecta a no más del 1% de la población de entre 15 y 49 años, en África ese porcentaje se eleva a casi el 5%. 9 de cada 10 casos de SIDA se diagnostican en África, y en la región subsahariana, el porcentaje de población adulta con SIDA alcanza el 10%, e incluso en algunos países como Namibia, Botswana o Zimbawe la proporción es ya pandémica (del 20% al 26%). El 70% de los niños y niñas infectados de SIDA en el mundo proceden del África subsahariana. Una plaga que, como decimos, no puede curarse pero sí prevenirse, tratarse y controlarse, por medio de tratamientos médicos cuyas patentes de las grandes empresas farmacéuticas convierten en objeto de lujo imposible para estos pobres países africanos. Continuaremos en siguientes entregas.