Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Estamos atrapados en la trampa perversa de una civilización que si no crece no funciona, y si crece, destruye las bases naturales que la hacen posible. Nuestra cultura olvida que somos, de raíz, dependientes de los ecosistemas e interdependientes
Con todo lo que llevamos expuesto, es lógico darse cuenta de que las líneas generales de una verdadera ética del medio ambiente son fácilmente identificables. En su nivel más fundamental, dicha ética favorece la consideración de los intereses de todas las criaturas sensibles (una foca, un pez, un lagarto, una vaca, un perro, un caballo, una nutria...), incluidas las sucesivas generaciones que se extiendan hacia un futuro lejano. También debe venir acompañada de una estética de aprecio hacia los lugares salvajes y la naturaleza virgen (una cascada, un río, una montaña, un pico, un valle, un bosque...). Igualmente, una ética del medio ambiente ha de velar por la máxima pureza de los elementos que nos permiten la vida sobre la Tierra (el aire, el agua, la propia tierra...). Así mismo, una ética del medio ambiente rechaza los ideales de una sociedad materialista en la cual el éxito se calibra por la cantidad de artículos de consumo que uno puede acumular (electrodomésticos, vehículos, viviendas, propiedades, acciones...). En su lugar, juzga el éxito en términos de las capacidades humanas propias y la consecución de una realización y satisfacción reales (en este sentido, enlaza con la teoría del Desarrollo a Escala Humana, ya expuesta en entregas anteriores). Promueve la frugalidad, la austeridad (bien entendida), en la medida en que es necesaria para minimizar la contaminación, y asegurar que todo lo que se puede volver a usar se vuelva a usar (reciclaje). Tirar a la ligera materiales o alimentos que se puedan reciclar constituye una forma de vandalismo o de robo de nuestra propiedad común en los recursos del mundo. Ese desperdicio también genera contaminación, y vierte al medio ambiente sustancias tóxicas y nocivas para nuestra vida. Una ética del medio ambiente también debe ocuparse de minimizar los efectos del transporte (tanto de personas como de mercancías), intentando que éste sea el más pequeño posible (tanto en distancia como en generación de emisiones). No tiene ningún sentido la importación de determinados productos desde la otra punta del mundo, si podemos obtenerlo por nosotros mismos de una forma cercana.
Una ética del medio ambiente también ha de fijarse en nuestra dieta, en lo que compramos y comemos. Dejaremos para la sección final de esta serie de artículos lo que tiene que ver con el veganismo como tendencia general de nuestra dieta hacia un mundo que respeta la vida de todos los animales, y sólo mencionaremos aquí la necesidad de tender hacia una dieta basada en una mayor cantidad de elementos vegetales y en un descenso de nuestro ingesta de carne. Y ello porque el consumo mundial de carne se provee mayoritariamente desde grandes granjas donde se cultiva la ganadería intensiva, y está demostrado que hemos llegado a un punto donde el cultivo de ganado necesario para satisfacer nuestra demanda de carne mundial necesita a su vez de una cantidad de agua y nutrientes, actividades que al por mayor contribuyen al calentamiento global del planeta, y a la escasez de estos recursos naturales. Precisamente acaba de publicarse un informe por parte del IPCC (ONU), advirtiendo de la necesidad de cambiar el uso de la tierra, así como nuestros hábitos de alimentación, si queremos contribuir a mitigar los graves efectos del cambio climático. Porque en lo que se refiere a la comida, el mayor despilfarro no está constituido por el caviar o las trufas, sino por la ternera, el cerdo y las demás aves de corral. Un 38% de la cosecha mundial de cereales se destina a la alimentación de animales, así como cantidades descomunales de soja. Solamente el peso de las 1.280 millones de cabezas de ganado mundial sobrepasa el de la población humana. Mientras que observamos con tristeza el número de niños que nacen en las zonas más pobres del mundo, pasamos por alto la superpoblación de animales de granja, a la cual nosotros mismos contribuimos. El enorme desperdicio de cereal con que se alimenta a los animales destinados al consumo humano, así como las cantidades descomunales de agua son insostenibles. Eso, sin embargo, es sólo parte del daño ocasionado por los animales que criamos. Los métodos de cría intensiva que utilizan energía de forma ingente en las naciones industrializadas son responsables del consumo de grandes cantidades de combustibles fósiles.
Igualmente, los fertilizantes químicos utilizados para cultivar pienso para el ganado vacuno, los cerdos y las gallinas que se crían en granjas de cría intensiva producen óxido nitroso y metano, gases que contribuyen en gran medida al efecto invernadero. Y también hemos de considerar la pérdida de bosques. Desde hace décadas, a los moradores (tanto humanos como no humanos) de estos bosques se les está desalojando, en un lento proceso de expulsión para proceder a su desalojo antes de ser arrasados. Desde el año 1960, el 25% de los bosques de América Central han sido talados para el ganado. Grandes extensiones vírgenes de terreno han sido destruidas, para ser consagradas a la cría intensiva de ganado dedicada al consumo humano. Una vez talados, los suelos pobres tendrán pasto durante unos cuantos años, pero luego los ganaderos tendrán que marcharse a otra parte. La maleza toma el lugar del pasto abandonado, pero el bosque no volverá a existir, perdiéndose esa reserva natural y ese sumidero de gases GEI. Cuando se talan los bosques para que pueda pastar el ganado, se liberan billones de toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera. Finalmente, se cree que el ganado mundial produce aproximadamente un 20% del metano liberado a la atmósfera, y el metano retiene 25 veces más calor del sol que el dióxido de carbono. El abono de las granjas de cría intensiva también produce metano, ya que a diferencia del estiércol que cae de forma natural en los campos, no se descompone en presencia del oxígeno. Todo ello contribuye a proporcionarnos argumentos a favor de la tesis de que, desde una ética del medio ambiente, es mejor seguir una dieta basada mayormente en vegetales y verduras, e ir olvidándose de la carne. Por otra parte, debemos también extender a otros ámbitos y manifestaciones (hábitos y comportamientos) nuestro concepto de despilfarro. Como afirma Peter Singer: "En un mundo bajo presión, este concepto no se limita a una limusina con chófer y champán francés".
Las vigas que provienen de un bosque suponen un despilfarro, puesto que el valor del bosque a largo plazo es mucho mayor que el uso que se hace de las vigas. Los productos de papel desechable son un despilfarro, ya que los viejos bosques de madera dura están siendo transformados en viruta, y vendidos a los fabricantes de papel. Dar un paseo en coche por el campo supone un despilfarro de combustible fósil que contribuye al efecto invernadero. Es necesario, de cara a una ética del medio ambiente, suprimir los viajes innecesarios y replantearse el uso de los grandes medios de transporte, tales como los grandes buques de crucero, el avión y el tren de alta velocidad, para ir sustituyéndolos por barcos de mediano tamaño, trenes talgo de larga distancia, u otras alternativas menos contaminantes. Y en la ciudad, deben imponerse los transportes públicos y colectivos, la bicicleta y demás medios eléctricos no contaminantes. Como estamos pudiendo comprobar, el desarrollo y respeto hacia una ética del medio ambiente no es algo excesivamente complicado, aunque sí nos requiere y nos insta a olvidarnos de algunos de nuestros patrones de producción, distribución, consumo y desecho. No obstante, el principal problema no proviene de hacer cambiar nuestros hábitos de viaje, transporte o alimenticios, sino de la profunda resistencia que ofrecen los sectores económicos que se dedican a estas actividades. Y por tanto, al igual que una petrolera discutirá el peligro que conlleva la extracción y el uso de los combustibles fósiles (porque estamos atacando su negocio), una distribuidora de carne opondrá feroz resistencia a que cambiemos nuestros hábitos alimenticios, simplemente porque estamos atacando su medio de producción. O el sector minero, por ejemplo, reaccionará igual ante las políticas tendentes a olvidar el carbón como medio de obtención de energía. Ésta es la resistencia principal que tendremos que vencer, porque tendremos que luchar contra los propios modelos de negocio de los que viven miles de personas, y esto supone una ardua tarea. No obstante, los argumentos que estamos exponiendo son tan comprobables y convincentes que, en el fondo, se trata de un asunto de tiempo, donde al final las posturas intolerantes o recelosas de estas soluciones dejarán de ofrecer resistencia, habiendo de reconvertirse en otros modelos de negocio o mercado.
El principal cambio es el cambio interior, no impuesto, sino voluntario. Este cambio implica abandonar a veces nuestros modos de vida, nuestros hábitos, nuestros gustos, preferencias y deseos, para adoptar otros a los cuales nos acostumbraremos más o menos rápida o lentamente. El énfasis en la frugalidad, en la austeridad y en una vida sencilla no implica, no obstante, que la ética del medio ambiente, y la propia filosofía del Buen Vivir, desaprueben el placer, sino que simplemente ponen el foco en otro sitio, es decir, que los placeres que se valoren no deben provenir de un consumo excesivo o desaforado o incontrolado, incluso compulsivo o fanático en algunas ocasiones y para algunas personas. Algunas actividades que hoy día pueden ser placenteras para determinadas personas deberán ir migrando hacia otro tipo de placeres, pero nada más. El contingente humano lleva cambiando estos hábitos y consideraciones durante siglos, y no ocurre nada. El concepto del placer es incluso civilizatorio y cultural, y precisamente nos hallamos, como hemos afirmado tantas veces, en un abismo civilizatorio, donde la realidad nos exige estos cambios de enfoque. Los placeres han de recuperarse del bagaje más sencillo que nos podamos imaginar: deben provenir de las gratas experiencias personales y sexuales, de estar cerca de los niños y de los amigos, de la conversación, de la contemplación, del deporte, del ocio y del esparcimiento que estén en armonía con nuestro medio ambiente, en lugar de dañarlo; de una alimentación que no esté basada en la explotación de las criaturas sensibles, y no tenga como coste la propia tierra; de la actividad creativa, del trabajo de todo tipo (productivo e improductivo, rentable y no rentable, social y personal, obligatorio y voluntario, de cuidados y de reproducción, externo o interno al hogar, retribuido y no retribuido...); y, como hemos intentado exponer durante estas últimas entregas, de saber apreciar y cuidar y respetar las zonas vírgenes del mundo en que vivimos. Ellas son las que nos permitirán seguir habitando este bello y hermoso planeta, nuestro hogar, nuestro mundo. Continuaremos en siguientes entregas.