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Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

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Filosofía y Política del Buen Vivir (65)

Viñeta: Gatis Sluka

Viñeta: Gatis Sluka

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Los más altos logros de la vida humana no tienen que ver con el consumo material: el afecto, el respeto propio, el reconocimiento mutuo, el sentirse acogido, la alegría de cooperar y conseguir fines comunes, el juego, la actividad autónoma, la fruición estética, el placer sexual, el amor

Jorge Riechmann

En el artículo anterior introdujimos que uno de los principales valores de la economía bajo el paradigma del Buen Vivir es el intercambio recíproco de bienes, productos y servicios. Este es un concepto muy amplio, que puede albergar y manifestarse desde múltiples opciones y posibilidades. Por ejemplo, el intercambio de trabajos en labores que no demanden tiempos prolongados como la construcción de una casa, la preparación de la tierra, el préstamo de herramientas, las enseñanzas diversas en tareas concretas, etc. Quien recibe el favor está moralmente obligado a devolverlo dentro de ocasiones similares, lo cual fortalece los lazos de solidaridad y reciprocidad. Se recibe para dar, o quien da recibe. El intercambio se genera en el marco del trabajo, y el trabajo es la experiencia con los otros, pues es un lugar para construir relaciones. Lo cierto es que todo el mundo tiene algo para dar por más necesitado que se encuentre, y todo el mundo puede recibir algo a pesar de encontrarse en una situación bastante desahogada. El intercambio recíproco nunca es determinado por la ley, sino por la generosidad de quien ofrece, y la apertura de quien recibe. En la sociedad capitalista, en cambio, la acción de dar está mediada por el dinero, y está sometido a la ley de la especulación. Bajo el Buen Vivir, la acción de dar es voluntaria y se sostiene en el marco de la proximidad, y dentro de relaciones cercanas. Se ofrece a la persona cercana (vecinos, familiares, amigos, conocidos...) y por medio del ofrecimiento mostramos la intención de querer ser próximos al otro. Y por otra parte, quien recibe se acerca al corazón de quien ofrece, y quien da busca la cercanía de los otros. El trabajo humano se convierte en razón y motivo de convivencia, donde las relaciones de solidaridad van y vienen en todas las direcciones, y con toda normalidad. El dinero, bajo el marco de la solidaridad interpersonal, adquiere una dimensión distinta, pues además de perder el valor económico que posee, comienza a admitir otras posibilidades monetarias, que aportan valor añadido, que pueden ser locales en vez de nacionales o supranacionales, y que comienzan a poseer un verdadero valor de uso. De hecho, en casi todo el mundo existen ya monedas locales, que no poseen el valor "oficial" del dinero, pero que las pequeñas comunidades utilizan como intercambio por bienes y servicios. 

 

No todos poseemos las mismas capacidades. Nos necesitamos los unos a los otros. Desarrollar tareas para los demás en el marco de la solidaridad es un buen motivo no solo para relacionarse, sino también para adquirir sin más intereses lo que necesitamos para vivir (alimentos, vestido, calzado, tecnología, vivienda...). Esta solidaridad, reciprocidad e intercambio debe llegar a todas las esferas sociales dentro de nuestro marco de proximidad, para intentar en la medida de lo posible revertir las peligrosas desigualdades que nos alejan. De hecho, la desigualdad es la consecuencia de nuestro modelo económico capitalista. Sobre los indigentes, por ejemplo, sobre los sin techo, sobre los desempleados, etc., los gobiernos con una cierta conciencia social suelen implementar programas básicos para protegerlos, pero siempre bajo la condición de víctimas, con el estigma de pobres, es decir, renunciando a la plena condición de sujetos en igualdad. En realidad, "Quien esté mal que se las arregle como pueda" es la máxima filosófica del capitalismo. En cambio, ser recíproco y solidario porque hay diferencias para obtener la igualdad en cuanto a satisfacer las necesidades materiales, es el verdadero sentido de la reciprocidad bajo el Buen Vivir. No son los más competitivos quienes están mejor. Tampoco son los más aptos los que pueden sobrevivir mejor, sino que la comunidad ha de preocuparse por todo el mundo. Sabiendo que existe una desigualdad regular, la reciprocidad es la vía para Vivir Bien, pero también para que ese Vivir Bien llegue a todo el mundo. La organización económica a cualquier escala del Buen Vivir no es contraria a la existencia de los bancos, pero los bancos han de adquirir propiedades, características y dimensiones muy distintas a las que poseen actualmente. Deben ser bancos éticos y solidarios, almacenes y reservorios del capital local de las personas, empresas e instituciones, e instrumentos al servicio del Buen Vivir de todo el mundo, lo cual se traduce en que dicho capital debe estar disponible para quien lo necesite: proyectos, empresas locales, necesidades familiares, préstamos laborales, y un largo etcétera de modalidades deben poner el capital bancario a disposición del que lo necesite de forma justificada. La banca bajo el Buen Vivir se olvida de su actividad especuladora, y se pone al servicio de la comunidad. Los fondos bancarios dejan de participar en inversiones y empresas que no posean un mínimo de ética en sus negocios, y están para ayudar en la plasmación de los derechos humanos y de la Naturaleza de cada comunidad. 

 

Un puntal básico de la relación de reciprocidad es dar al que no tiene, muy al contrario que la filosofía bancaria capitalista, cuyas reglas para un préstamo son asegurar la devolución del mismo mediante garantías, y ganar con la necesidad de los demás. Por ello, la reciprocidad dentro del capitalismo no es posible, la gratuidad no existe, el dinero es protegido y no las personas, ni los pueblos, ni los animales, ni la naturaleza. La reciprocidad, por tanto, no es negocio. Dicho punto de vista ha de ser erradicado. Ser recíproco con el que no tiene está fuera de toda ganancia, y es un acto que se efectúa por solidaridad. Pero aunque no exista ganancia, sí existe compromiso de devolución del préstamo efectuado, y debe devolverse lo prestado mediante el trabajo u otras actividades, es decir, recíprocamente. En el Buen Vivir no se requiere haber hecho algo para recibir algo. De esta manera, quien recibe queda comprometido en el futuro con el trabajo comunitario. Debemos recuperar el famoso principio marxista: "A cada cual según su necesidad, de cada cual según su capacidad". Pero incluso, hay que dar sin necesidad de recibir, es decir, sin esperar nada a cambio. Dar todo sin esperar nada es un principio que desmonta absolutamente las relaciones del capital. El dar sin retorno es la forma más radical de la solidaridad, porque parte de la base de que basta que otros lo necesiten para que deban recibirlo de quien lo tenga. Freddy Javier Álvarez González afirma sabiamente: "En cierta forma, la única reciprocidad posible es aquella que anula la reciprocidad, porque da simplemente sin esperar devolución alguna". El Buen Vivir recupera y gira en torno a los valores universales de la amistad, la participación, la justicia, la solidaridad, el compromiso y el bien común. ¿Reniega el Buen Vivir de los mercados? En absoluto, pero es evidente que los mercados requieren una reconceptualización política y económica, tras todo lo dicho anteriormente. Nos basaremos en las indicaciones expuestas en el texto de Alberto Acosta "El Buen Vivir en el camino del post-desarrollo", que puede descargarse gratuitamente desde Internet. Los mercados, bajo el Buen Vivir, deben ser entendidos como espacios de intercambio de bienes y servicios en función de la sociedad y no solo del capital. Es más, el buen funcionamiento de los mercados, para los fines instrumentales que la sociedad les asigna, requiere que no sean completamente libres. Los mercados libres nunca han funcionado bien y han acabado en catástrofes económicas por unas razones u otras. Sin un marco legal y social adecuado, "los mercados pueden ser totalmente inmorales, ineficientes, injustos y generadores del caos social", nos recuerda el economista español Luis de Sebastián. 

 

De ninguna manera se puede creer que todo el sistema económico debe estar inmerso en la lógica dominante de mercado, pues hay otras muchas relaciones que se inspiran en otros principios de indudable importancia, como la reciprocidad de la cual acabamos de hablar. Similar reflexión podría extrapolarse a ámbitos como la educación pública, la defensa, el transporte público, los servicios de banca pública (a los que también nos hemos referido anteriormente) y otros servicios que generen bienes públicos o atiendan derechos fundamentales. No todos los actores de la economía pueden estar sometidos a la ley de la oferta y la demanda, o actuar movidos por el lucro. En definitiva, al mercado hay que someterlo y controlarlo, pero no asumirlo como mecanismo de dominación. Los mercados bajo el Buen Vivir han de ser éticos y civilizados, y esto implicará regulaciones e intervenciones estatales, además de una creciente participación democrática del conjunto de la sociedad. Quizá lo mínimo que podamos esperar de unos buenos mercados es una ley para regular la competencia, de tal forma que dejen de existir fórmulas de abuso oligopólico o monopólico en algunos aspectos de la economía. Y otro aspecto que debe regularse correctamente es el de la propiedad privada. Hay, más bien, que garantizar el derecho a la propiedad de quienes nada o muy poco tienen. Hemos de contemplar la función social de la propiedad, tanto como su función ambiental. Esta nueva óptica de la economía consolida el principio del monopolio público sobre los recursos estratégicos, pero a su vez establece una dinámica de uso y aprovechamiento de esos recursos desde una óptica sostenible, con la necesidad de disponer de mecanismos de regulación y control en la prestación de los servicios públicos desde la sociedad. Igualmente considera las diversas formas de hacer economía: estatal, pública, social, privada, mixta, comunitaria, asociativa, cooperativa...La redistribución de la riqueza (de la tierra, del agua...) y la distribución del ingreso, con criterios de equidad, así como la democratización en el acceso a los recursos económicos, como son los créditos y préstamos, está en la base de esta economía solidaria del Buen Vivir. 

 

Las finanzas deben cumplir un papel de apoyo al aparato productivo, y dejar de ser instrumentos de acumulación y concentración de la riqueza en pocas manos (hecho que alienta la especulación financiera y la financiarización de la economía). De entrada, los bancos han de ser despojados de su control y participación en las empresas no vinculadas a la actividad financiera, así como de sus medios de comunicación. No es aceptable que el accionariado de un banco, que maneja los recursos económicos y productivos de toda la comunidad, tenga bajo su propiedad cientos de empresas y medios de comunicación, que actúan a su servicio. Debe reconocerse a las finanzas populares como las promotoras del desarrollo, sobre todo local, incentivando la creación de una banca pública de fomento, como aglutinadora del ahorro interno e impulsora de economías productivas de características más solidarias, como mencionábamos más arriba. Los paradigmas económicos, en definitiva, han de ser reconvertidos y guiados bajo otros objetivos, para otros fines, alrededor de otros parámetros. Cambiar los indicadores económicos para que nos midan la felicidad y la igualdad de nuestra sociedad, diseñar una banca bajo parámetros éticos y solidarios, alterar la redistribución de la riqueza de forma justa, diseñar mecanismos de intercambio recíproco de recursos culturales, económicos, sociales y científicos, repartir el trabajo existente, dotar a todas las personas de unos ingresos mínimos de existencia, controlar los ingresos máximos, regular las aportaciones fiscales del conjunto de la sociedad, atravesar todos los mecanismos productivos de la perspectiva ambiental y sostenible, abandonar los modelos económicos basados en los combustibles fósiles, recuperar modelos productivos y nichos de negocio emergentes para satisfacer las R (reusar, reciclar...), y sobre todo, activar los mecanismos de solidaridad y reciprocidad social son cambios fundamentales a los que debemos dirigirnos si pretendemos actualizar mínimamente nuestros fundamentos económicos hacia el Buen Vivir. Las bases de nuestra economía han de cambiar, abandonando los paradigmas capitalistas, y acercándonos a otros modelos más guiados hacia las personas, hacia los derechos humanos, hacia la justicia social y ambiental, hacia el mundo animal, hacia la naturaleza, hacia el medio ambiente, hacia la sostenibilidad. Continuaremos en siguientes entregas.

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