Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Vamos a ir finalizando con esta serie de artículos (terminaremos en el número X), y nos habíamos quedado en el número VIII anterior discutiendo las ventajas de proporcionar una buena productividad a la empresa, a través de la puesta en práctica de una serie de medidas que la estimularan, para a su vez mejorar la competitividad empresarial sin tener que rebajar los costes a través de la disminución salarial.
De ahí que las alternativas expuestas vayan por un lado en tratar de mejorar la posición en los mercados mediante estrategias basadas en la mayor productividad, en la calidad y en la innovación, y no en la simple e injusta reducción del salario. Y por otro lado, en establecer la cooperación como principio que guíe las relaciones económicas, favoreciendo acuerdos y sinergias, la colaboración y el estímulo mutuo para encontrar fórmulas orientadas fundamentalmente a satisfacer las necesidades humanas, y no sólo a que las grandes empresas obtengan cada vez más beneficio a costa de limitar la capacidad global de producir los bienes y servicios que necesitamos los seres humanos.
Y con respecto al nivel de los salarios, comparativamente con otros países de la UE-15, España también es el país donde existe una mayor diferencia entre los salarios altos y la media salarial, lo que caracteriza, pues, que la situación española se defina con una media salarial muy baja, pero con una dispersión salarial muy elevada, es decir, con un alto porcentaje de trabajadores con salarios bajos (un 17% en 2007). Esto último refuta claramente el dogma neoliberal según el cual la dispersión salarial es una condición necesaria de eficiencia económica y elevada productividad. Los países nórdicos tienen salarios más altos, con menores desigualdades salariales, y son los que tienen y gozan de mayor eficiencia económica, precisamente porque allí el porcentaje de trabajadores con salarios bajos es ínfimo.
El excesivo número de salarios bajos en España se debe en parte a unos salarios mínimos muy bajos (junto con Grecia y Portugal). Recordemos (ya lo hemos mencionado en los primeros artículos de esta serie), que aquí el SMI es menos de la mitad que en países como Francia, Bélgica, Holanda o Reino Unido. Y como es bien conocido, en España los economistas, los empresarios y los políticos conservadores y neoliberales se oponen a la elevación del SMI, y proponen no ya sólo su congelación o rebaja, sino incluso su eliminación.
Argumentan que su elevación destruiría empleo, pero los datos muestran por el contrario, que Grecia, España y Portugal, que son los países con el SMI más bajo de toda la UE-15 (en 2008 en Grecia era de 4,86 euros estandarizados por hora, en Portugal de 3,31 y en España de 4,07), tienen también el mayor nivel de desempleo. Mientras que Francia, Bélgica, Holanda o Reino Unido, que tienen un SMI que es más del doble del de España (Francia 8,70, Bélgica 8,23, Holanda 8,22 y Reino Unido 8,06 euros estandarizados por hora), tienen un nivel de desempleo mucho menor.
En contra de lo que sostienen los neoliberales, es necesario el aumento del SMI, porque esto tendrá un impacto muy positivo en el nivel salarial de la mayoría de la población empleada, aumentando su capacidad adquisitiva, ayudando a que se recupere la demanda, y sirviendo de estímulo para el aumento de la producción y del empleo. Por eso una de las medidas de mayor éxito tomadas por el Presidente Roosevelt para salir de la Gran Depresión en Estados Unidos, fue aumentar el poder de los sindicatos (para que crecieran los salarios) y elevar así el SMI.
Pero es que mientras los trabajadores vienen sufriendo la pérdida constante de poder adquisitivo de los salarios y su correspondiente peso en la distribución de la renta, recayendo sobre sus espaldas los sacrificios que las políticas de derecha obligan a hacer, los beneficios de los grupos empresariales más importantes de España, que marcan la pauta del desarrollo económico, no se han visto afectados. Durante el período 2007-2010, en plena crisis, época durante la cual el número de desempleados ha pasado de 1,8 millones en 2007 a más de cuatro millones en 2010, sólo tres empresas de las que componen el IBEX-35 (las 35 empresas más grandes que cotizan en Bolsa) han tenido pérdidas, lo cual supone sólo el 8,5% de las grandes empresas. Todas las demás reportaron beneficios.
El centro del mundo empresarial no ha tenido pérdidas durante estos años de crisis, y a pesar de ello se ha destruído empleo, lo que ratifica la necesidad ya comentada en el sentido de obligar a las grandes empresas a realizar una gestión del empleo en función de la demanda social de bienes y servicios, y no sólo de su beneficio. Ha de impedirse que empresas que obtienen beneficios puedan disminuir sus plantillas, y es imprescindible que cualquier ventaja fiscal que puedan obtener (justo al contrario de lo que ahora sucede) deba estar condicionada a la creación de empleo, al mejoramiento salarial de sus empleados y al establecimiento de un fondo en la empresa, conjuntamente gestionado por los empleados y la Dirección, con el objetivo de potenciar y mejorar la empleabilidad.
Se trata de medidas que existen ya en muchos países europeos, en donde, por cierto, hay mucho menos desempleo que en el nuestro, mucha más competitividad y mayor eficiencia económica y bienestar social. Justamente por todo ello, su implantación en España está todavía más justificada, precisamente porque aquí las grandes empresas tienen un poder excesivo, y muy negativo desde el punto de vista de hacer más eficiente y más justa la actividad económica a costa del que tienen los trabajadores, y los pequeños y medianos empresarios.
Y otra situación que se tiene que acabar es la de permitir (como acaba de ocurrir con Spanair) que una empresa (y más de semejante tamaño) se desmonte de un día para otro, dando por finalizada toda su actividad, despidiendo a todos sus trabajadores, y lanzando un concurso público de acreedores, por muy mal que les vinieran dadas. Nos hace falta mucha cultura laboral, y sobre todo mucho respeto por la clase trabajadora, que es al fin y al cabo la que levanta a un país. Finalizaremos en el próximo artículo de esta serie.