Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Como nos quedamos comentando en el artículo anterior, no hay relación demostrable entre la existencia de un marco normativo laboral más o menos flexible o rígido, y el mayor o menor volumen de empleo o desempleo que se pueda producir. Ningún estudio serio ha avalado esta supuesta interrelación.
Y sí en cambio muchos estudios han demostrado (y hasta el sentido común lo ratifica) que lo que realmente determina el nivel de empleo o desempleo de una sociedad, de un país, no son las condiciones de los mercados de trabajo (aunque esto no quiera decir que lo que allí ocurra sea completamente indiferente de cara a la creación de empleo o a la destrucción del mismo), sino las condiciones macroeconómicas, tales como la política monetaria, los tipos de interés, el coste del capital, el poder que tengan las empresas en los mercados (tanto nacionales como internacionales), el nivel de inversión, las facilidades de financiación, y fundamentalmente (algo a lo que curiosamente no se le presta mucha atención), la capacidad efectiva de compra que haya en una economía.
Y es lógico que así sea, tal y como ya hemos apuntado en anteriores artículos: por muy bajos que sean los salarios, por muy dóciles que sean los sindicatos, por muy barato que sea el despido, por muy pocos derechos que tengan los trabajadores, y por muy grande que sea el poder de los empleadores, ¿de qué servirá todo ese conjunto de condiciones, si los empresarios no tienen a quién vender lo que producen? ¿De qué nos servirá producir mucho y muy barato, a costa de explotar la capacidad de compra y de consumo de los ciudadanos, bajando su poder adquisitivo? ¿De qué le sirve a una empresa, en última instancia, poder contratar a muchos trabajadores, si luego no tiene trabajo para ellos? Todas estas preguntas, y muchas más, confluyen en la paradoja que estamos intentando demostrar, a ver si podemos acabar con algunas falacias extendidas sobre este tema.
Se puede comprobar perfectamente cómo España tuvo, desde 2007 hasta 2009, un crecimiento de 12 puntos en su desempleo, Irlanda de 9,7 puntos, y Estados Unidos de 4,7 puntos. Pero es que resulta que Estados Unidos e Irlanda son los países que tienen una mayor desregulación de su mercado de trabajo, justamente donde los empresarios pueden despedir con toda facilidad, y los sindicatos son muy débiles. En este sentido, por tanto, los datos son muy contundentes, y podemos concluir que en contra de lo que sostiene la sabiduría neoliberal dominante en nuestra cultura económica y política, la realidad muestra claramente que a menor protección del puesto de trabajo, es decir, cuanta mayor flexibilidad posea el mercado de trabajo, se produce mayor crecimiento del desempleo. O dicho de otro modo: la flexibilidad, en contra de lo que argumentan los neoliberales, ni crea empleos ni evita que se destruyan, sino que por el contrario, provoca que se pierdan con mayor facilidad.
Si España, Irlanda y Estados Unidos, que tienen una gran desregulación y facilidad de despido, son los que han tenido un mayor crecimiento del desempleo durante la crisis, sólo se puede concluir que la famosa tesis neoliberal que sostiene que la seguridad del puesto de trabajo de los trabajadores con contratos fijos es la que crea la inseguridad y el desempleo entre los demás, es rotundamente falsa. En España, donde dicha idea está generalizada, al haber sido promovida por el mundo empresarial y por el propio Banco de España, de que es difícil despedir a los trabajadores (recuérdese la famosa expresión que han pronunciado varias veces, con respecto a que tienen "pánico a contratar"), resulta que la gran destrucción de empleo incluye también a los trabajadores fijos, sin que esto repercuta en una mayor creación de empleo.
Podemos concluir, por tanto, que facilitar el despido en momentos de recesión, y aumentar la flexibilidad del mercado, como han hecho las sucesivas reformas de los gobiernos de Zapatero, y pretenden seguir haciendo las reformas del gobierno de Rajoy, simplemente facilita el aumento del desempleo, puesto que incentiva que los empresarios se adapten a la disminución de la demanda de sus bienes o servicios reduciendo su fuerza laboral, es decir, despidiendo a sus trabajadores. Por el contrario, si ello no es factible o es más complicado, porque el marco normativo laboral no lo permite, o lo encarece, o porque los sindicatos lo impiden, se tenderá a mantener el número de trabajadores, disminuyendo el tiempo de trabajo de cada uno (tal como se hace, por ejemplo, en el modelo alemán).
Por tanto, para evitar que nuestra economía se siga caracterizando por su insuficiente capacidad para generar trabajo estable y decente, y por su tendencia a crear empleo precario, temporal, mal pagado e inseguro, lo que habría que cambiar son las lógicas que dominan ese entorno del que depende la actividad económica en donde se genera el empleo, como parece bastante evidente. Continuaremos en el próximo artículo de esta serie, proponiendo nuestras alternativas a todos estos enfoques.