Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
"Lo que estamos viviendo es una guerra civil de clases, no declarada, de los de arriba contra los de abajo, sin que éstos últimos, que son la mayoría poblacional y productiva, lo sepan"
(Rafael Cid)
Abundando en los conceptos de clase, desigualdad y lucha de clases, desde el número anterior, tenemos que aclarar que, para comprenderlo, quizá debamos abandonar los enfoques academicistas y de "sentido común" que nos quieren hacer ver. En ellos se considera la estructura social como una escalera, donde en sus peldaños, los diferentes grupos sociales tienen una posición, por encima o por debajo del resto de grupos, según su estatus, ocupación o ingresos (conceptos ya discutidos en la entrega anterior). El marxista estadounidense Erik Olin Wright sostiene que los conceptos de clase que se basan en estas “detalladas diferenciaciones son ‘estáticos’”. Wright agrega que: “Tales conceptos pueden servir para clasificar a las personas en términos de la distribución de las recompensas materiales que reciben, pero no son válidos para identificar a las fuerzas sociales dinámicas que determinan y transforman esa distribución”.
La teoría marxista de las clases sociales, por el contrario, es parte de un intento más amplio dirigido a entender los procesos a través de los cuales los seres humanos construyen y transforman las sociedades en las que viven. Los cambios históricos dependen del desarrollo de las fuerzas productivas, de los medios materiales de producción y del elemento humano que las pone en marcha para satisfacer las necesidades sociales. Las relaciones de producción y las relaciones sociales que los seres humanos establecen a partir de ellas estimulan o restringen el crecimiento del poder productivo de las personas. La sociedad de clases surge cuando una minoría adquiere un control suficiente sobre los medios de producción como para obligar a los productores directos (esclavos, campesinos o trabajadores) a trabajar no sólo para sí mismos, sino también para la minoría explotadora.
Y de esta concepción de la historia se desprende que la posición de clase de las personas está determinada por el lugar que ocupan en las relaciones de producción. La mejor definición de clase que adopta este enfoque es la del historiador marxista Geoffrey de Ste Croix: "La clase (que es esencialmente una relación), es la expresión colectiva de la explotación, de la manera en que la explotación está enraizada en una estructura social. La explotación es la apropiación por parte de unos de una porción del producto del trabajo de otros (...). Una clase (una clase específica) es un grupo humano que dentro de una comunidad se identifica por la posición que ocupa en el sistema general de producción social. Este grupo se define, sobre todo, por su relación con las condiciones de producción (fundamentalmente por su grado de propiedad o de control de los medios de producción y del trabajo productivo) y por su relación con las otras clases".
La definición marxista de la clase social tiene una serie de características que la diferencian de otras definiciones. En primer lugar, se define a la clase social como una relación. La posición de clase del individuo depende de su relación, como miembro de un grupo social, con los otros grupos sociales y no, como sugieren los conceptos de sentido común mencionados anteriormente que se basan en otros factores (en el estatus, la ocupación, etc.), de la posición que ocupe el individuo en la jerarquía social. En segundo lugar, esta relación es antagónica: la clase dominante minoritaria que controla los medios de producción se beneficia de la plusvalía del trabajo de los productores directos. Por consiguiente, el concepto de clase es inseparable del de lucha de clases, una lucha que enfrenta a explotadores y explotados. En tercer lugar, la relación antagónica se desarrolla en el proceso de producción: la explotación y la lucha de clases son el resultado de los intentos realizados por la clase dominante para controlar los medios de producción y el trabajo mismo de los productores directos.
Por último, la clase es una relación objetiva. Al contrario de lo que sostienen quienes se valen del estatus para definir la clase social, ésta no depende de actitudes subjetivas por parte del individuo. La clase depende de la posición que ocupe el individuo en las relaciones de producción, independientemente de sus opiniones al respecto. Aunque un obrero de la industria automovilística considere que pertenece a la clase media, no deja de ser un asalariado explotado por el capital. Wright lo resume así: “las clases en la teoría marxista (...) se definen por la posición que ocupan en las relaciones sociales de producción, y la producción se considera, sobre todo, un sistema de explotación”. Con esta definición de clase social se pueden analizar mejor los procesos mediante los cuales los seres humanos transforman la sociedad. En otras palabras, la concepción marxista de las clases forma parte de una teoría dinámica. Su objetivo no es etiquetar las posiciones existentes en unas jerarquías sociales inmutables, sino comprender como las relaciones que mantienen grupos humanos con las fuerzas productivas y con otros grupos, les otorgan el poder para, colectivamente, escribir la historia.
El antagonismo fundamental que rige las relaciones entre las clases en la sociedad capitalista es el que existe entre el capital y el trabajo asalariado. Este antagonismo se deriva de la extracción de la plusvalía del trabajador en el proceso de producción. En "El Capital", Marx explica que la clase trabajadora está compuesta por aquellos que, al carecer del control de los medios de producción, se ven obligados a vender su fuerza de trabajo a la clase capitalista que es la que posee los medios de producción. Ahora bien, en la práctica, una cosa es la esfera formal, la que estamos intentando delimitar, y otra es la esfera, digamos "sentimental", es decir, una cosa es lo que realmente somos y otra lo que creemos o pensamos que somos. Parte de la lucha de clases, como ya hemos venido contando, consiste en difuminar el "sentimiento" o la "conciencia de clase", con lo cual hoy en día, nos podemos encontrar trabajadores (incluso manuales) que no se consideren clase obrera, y dueños de grandes empresas que sí se consideren parte de ella. La propaganda política, mediática e institucional ha creado esas falsas impresiones, que desde la izquierda debemos contribuir a aclarar.
Pero la historia del capitalismo y de sus crisis nos lo demuestra. La clase trabajadora nunca ha tenido una estructura ocupacional fija, sino que ésta ha cambiado conforme han cambiado las necesidades de la acumulación de capital. Las crisis pueden considerarse períodos de reorganización y de reestructuración durante los que se abandonan los sectores ineficientes, se absorben y los capitales más eficientes ocupan su lugar. La clase trabajadora misma participa en este proceso en el que desaparecen ciertos trabajos y se crean otros. Con frecuencia, se deduce que estos cambios significan la destrucción de la clase obrera, en lugar de interpretarlos como una reorganización que responde a los cambios producidos en el sistema capitalista. En la crisis actual únicamente se ha producido una nueva reorganización de la clase trabajadora. Es particularmente importante acabar con el mito, ampliamente propagado por comentaristas burgueses de los que incluso se hacen eco ciertos sectores de la izquierda, de que una brecha profunda e irreversible está abriéndose entre un “núcleo” de trabajadores permanentes y privilegiados y una “periferia” de trabajadores eventuales y a tiempo parcial, identificados como el "precariado". No debemos confundirnos, pues la actual tendencia en la que los capitalistas perseveran, consiste en que todos los trabajadores formemos parte de dicho precariado.
Muchas veces podemos pecar de ingenuos, sobre todo si nos comparamos con las generaciones anteriores, nuestros padres y abuelos. Quizá ellos nunca tuvieron un coche, ni casas tan equipadas y completas como podemos tener en la actualidad. Pero dichos signos externos no deben confundirnos. Tampoco tuvieron nunca un ordenador personal, pero no por ello, el que nosotros lo poseamos nos sitúa en otra clase diferente. Debemos realizar un ejercicio de abstracción mental, eliminar de nuestro razonamiento todos aquéllos factores que puedan confundirnos, y analizar nuestra situación (y la de los demás) en función a los parámetros que hemos comentado. La mezcla de engaño publicitario y de autocomplacencia nos pueden llevar a conclusiones erróneas. Desde que existe el capitalismo, siempre ha ocurrido así. Ahora se dice que los temas de conversación son las acciones en tal o cual compañía en Bolsa, mientras en los años 50, los sociólogos y el ala derechista del partido laborista británico dieron gran importancia a la compras a plazos y al incremento en el número de coches en propiedad. La “aristocracia obrera” (como se llamó a los mecánicos cualificados de la era victoriana en Inglaterra), se transformó a principios del siglo XX en la vanguardia del movimiento obrero organizado y militante. Continuaremos en siguientes entregas.