Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
"Socialismo es desborde democrático; es socialización de decisiones en manos de la sociedad auto organizada en movimientos sociales"
(Álvaro García Linera)
Discutíamos sobre la explotación capitalista, como argumento introductorio para reforzar nuestra propuesta sobre el reparto del trabajo, ya iniciada en el artículo anterior. La explotación nos lleva a la permanente desigualdad, y la desigualdad es el germen permanente de los conflictos que se generan en nuestra sociedad. Es imperativo, pues, organizarnos de otra forma, más igualitariamente, más solidariamente, construyendo una sociedad en base a unas reglas donde todos los individuos puedan relacionarse entre sí de la manera más igualitaria posible, sembrando la semilla del conjunto de valores que ya hemos expuesto en entregas anteriores de esta serie. ¿Por qué no estamos dispuestos entonces a ello, por qué somos carne constante de prejuicios entre nosotros, por qué nos cuesta tanto dar oportunidades a la igualdad? Pues porque, quienes son dueños de la economía, lo son también de la política, de la ideología. Controlan la información y la opinión de tal manera que dirigen la manera de actuar y de pensar de la gente, sus motivaciones, sus aspiraciones y sus creencias, sus actitudes personales y colectivas, sus ambiciones, metas y objetivos.
Este pensamiento dominante capitalista impide que la sociedad pueda organizarse de otra forma, impide una reorganización social sobre mimbres más igualitarios, simplemente por el miedo que tienen a que estos cambios afecten a su poderío, a su hegemonía social y cultural, y por ende, a su hegemonía económica. Cambios sustanciales en nuestra organización social, auténticas revoluciones en cuanto a nuestro modo de organizarnos, de producir y de consumir, seguramente irían en detrimento de su capacidad hegemónica de controlar nuestras vidas, perdiendo parte o todos sus privilegios, su posición social, su status quo. Y este es el motivo fundamental de que propuestas de este tipo siempre queden relegadas al olvido, y sean permanentemente denostadas e insultadas, creando en el imaginario colectivo la sensación de que son propuestas inviables, miserables, que sólo contribuirán a hacernos más pobres de lo que ya somos. Pero la verdad es otra bien distinta. Y esta es la explicación de que medidas lógicas y normales, que obedecerían a una organización social equilibrada, justa e igualitaria, se convierten, por efecto de la propaganda dominante, en medidas negativas, irreales, utópicas o trasnochadas. Ocurre así que el sentido común se vuelve el menos común de los sentidos. Ocurre así, sigue ocurriendo, que el individuo está al servicio de la economía, y no al contrario. Ocurre así que el dinero, la posesión de bienes materiales, el ritmo de vida trepidante y lujoso de unos pocos domina sobre la precariedad y la miseria de la mayoría.
Y así es como debemos comenzar a pensar de otra forma, y entender, por ejemplo, que la medida del reparto del trabajo existente es una medida civilizada, inteligente, social, igualitaria, justa y redistributiva. Mediante la implementación de medidas como ésta, sobre todo en el tránsito hacia el pleno empleo, mientras el nuevo modelo productivo se asienta, y tenemos de verdad trabajo para todos, serían medidas que contribuirían a una sociedad menos clasista, más armónica, más pacífica, más estable, más lógica, más ética. Contribuiríamos a una sociedad donde todos podríamos vivir más dignamente, porque todos podríamos tener lo esencial. Bien, dicho todo lo cual, vamos a introducirnos en nuestra propuesta de reparto del trabajo, comenzando por un vistazo a los datos de paro. En nuestro país, el paro ha llegado casi a los 6 millones de personas, es decir, casi un 26% de la población activa, llegando al 35% entre las personas migrantes, y al 55% entre la juventud. De hecho, extrapolando nuestros datos a los países de nuestro entorno, el paro en toda Europa llega a unos 26 millones de personas, de los cuales unos 18 millones corresponden a la zona euro. Desde 2011 han perdido su empleo cerca de 160.000 personas mensualmente. Estos datos no tienen en cuenta los minijobs (trabajos de pocas horas y poca protección social, con sueldos miserables alrededor de los 400 euros), que sólo en Alemania se pueden contabilizar en 8 millones de personas.
Nuestro indecente gobierno maquilla estas cifras para presentar una cierta evolución positiva del paro dentro de un contexto de incipiente "recuperación" económica, pero como decimos, el maquillaje de estos datos es bastante burdo, considerando por ejemplo "personas ocupadas" aquéllas que hayan trabajado, aunque sea 1 hora, durante las últimas dos semanas. Y por supuesto, la tasa de población activa se ha visto disminuida por las personas que han salido fuera de España buscando oportunidades laborales que aquí no encuentran. La recuperación real de una tasa de paro "razonable" parece muy difícil a través únicamente de un incremento del PIB, toda vez que incluso las organizaciones internacionales más conservadoras han auspiciado tasas de paro elevadas durante los próximos 5-10 años. Por su parte, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) prevé que, a este ritmo de crecimiento del PIB anual, no bajemos de una tasa de paro del 21% durante los próximos 10 años. El panorama por tanto es desolador. Los gobiernos, partidos en la oposición y sindicatos del régimen suelen proponer políticas económicas expansivas (de corte neokeynesiano) que estimulen la creación de puestos de trabajo o el incremento del consumo, y cuando hablan de la productividad, es para conseguir producir más barato, y así poder exportar más. De esta forma, la lógica de la devaluación interna europea (bajada de salarios, precarización de las condiciones laborales y privatización de los servicios públicos) va siempre en este sentido: trabajar y producir más, ganando mucho menos.
Pero ya hemos explicado que estos planteamientos no son válidos desde una óptica socialista, ya que en última instancia insisten en la explotación de los trabajadores, de forma mucho más intensiva. De hecho, los altos directivos de las grandes empresas han aumentado sus sueldos durante la crisis. Todo el conjunto de medidas que hemos venido proponiendo en anteriores artículos de esta serie (reforma fiscal, nacionalización de sectores estratégicos, nuevo modelo productivo, etc.) incidirían en un cambio real de modelo de relaciones laborales, pero de momento, necesitaríamos, además, medidas que supusieran de facto cortar la sangría real de paro que existe actualmente. En posteriores artículos expondremos nuestra medida de la Renta Básica, y algunas otras complementarias, pero las medidas de reducción de jornada y reparto del trabajo pueden ser también muy útiles para este menester. Históricamente, y son datos que se pueden comprobar experimentalmente, la productividad se ha incrementado, y en cambio, la duración de la jornada laboral se ha mantenido, y a veces aumentado, en torno a las 40 horas, desde hace cerca de 100 años. De la misma manera, los salarios reales se han mantenido estables, o incluso han bajado en Europa desde principios de los años 90. Y esto ha ocurrido porque los incrementos de la productividad han ido a parar mayoritariamente a manos de la burguesía, de los patronos, del gran capital.
Reparto que ha incrementado la desigualdad, y la injusta redistribución de la riqueza, porque aunque hoy día un trabajador produce siete veces más que en 1950 y que la población mundial se ha multiplicado por 2,5 veces, las desigualdades no han desaparecido, sino que incluso se han disparado. Lo que podría haber sido progreso humano, la lógica imperante del sistema capitalista lo ha convertido en riqueza para unos pocos y en pobreza para la inmensa mayoría. ¿Cuál es entonces la solución? Pues una de las soluciones que ayudaría a paliar todos estos problemas, sería repartir la riqueza creada por los trabajadores, para que los incrementos de la productividad se repartieran, de tal modo que si una persona produce siete veces más que hace 50 años, esta persona debería trabajar, como mínimo, la mitad del tiempo, es decir, cuatro horas. Pero como decimos, son medidas que suponen una ruptura con el paradigma capitalista actual, y que por tanto, cuesta mucho trabajo hacer que se acepten mayoritariamente, sin una gran labor pedagógica y explicativa previa, y sin la asunción mayoritaria de una nueva escala de valores.
La idea es que si somos capaces como sociedad de producir todo lo que necesitamos en menos tiempo y con menos esfuerzo, es justo y necesario que esta capacidad se aproveche en beneficio de toda la sociedad. Pero el capitalismo no razona de esta forma, y legitima, por ejemplo, que después de haber entregado más de 100.000 millones de euros para el rescate de la banca, ésta despida al 20% de los trabajadores del sector. Pero vayamos a las cifras concretas: en el Estado Español, como nos confirman Óscar Simón y Alberto Alcázar, la media de producción por persona/año es de 64.000 euros. En cambio, el salario medio bruto es de unos 22.500 euros al año. Una reducción de la jornada laboral a 30 horas, por ejemplo, sin reducción de salario, haría que la producción por persona empleada fuera de 48.000 euros/año, es decir, a cada empresario le quedarían todavía 23.000 euros al año por persona. Por contra, se generarían unos cuatro millones de puestos de trabajo, lo que, al menos en primera instancia, permitiría volver a una tasa de paro del 5%, bastante más asumible. Se trata por tanto de una medida sencilla, que no necesita de grandes inversiones, y que ayudaría a millones de personas a poder llevar una vida digna, reinsertándose en el mercado laboral. Eso sí, redistribuyendo la riqueza generada por el trabajo. Pero la propuesta aporta también otros flecos y aspectos colaterales, que analizaremos en siguientes entregas.