Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Durante las últimas semanas, venimos asistiendo a lo que pudiéramos llamar la "ceremonia del Pacto", es decir, se insta desde casi todas las instancias mediáticas, desde los dos grandes partidos, desde los agentes sociales (sindicatos y patronales), incluso desde la Corona (que cada vez podemos comprobar cómo reina, y también gobierna), a la intensificación de los contactos para poder alcanzar un gran Pacto de Estado, un gran acuerdo ante la "emergencia nacional" que supone, sobre todo, la elevada tasa de desempleo que sufrimos en nuestro país. Se trata de volver a las andadas, de proponer otro artificioso instrumento de conciliación, para que puedan asegurarse la pervivencia del actual régimen.
Y es que cuando los responsables y los causantes de cualquier desaguisado, no saben cómo salir de él sin romper demasiados muebles, siempre sugieren lo mismo: un Pacto de Estado. Llámese Gobierno de concentración, de unidad, de crisis, de salvación, tecnocrático, etc., la idea en el fondo es siempre la misma. Pero desde la izquierda, lo que tenemos que hacer es no sólo impedir ese Pacto, sino denunciar el Pacto que ya existe, el que sí existe, ya firmado por ambas fuerzas políticas, en el verano de 2011, para alterar el artículo 135 de nuestra Constitución Española. Ante el posible miedo a que la situación se les vaya de las manos, la idea del Pacto viene a calmar un poco los ánimos, y a intentar proporcionar a la ciudadanía un contexto de mayor seguridad.
Y como decimos, la prueba evidente de que el tándem PP-PSOE coincide en lo fundamental a la hora de gestionar la crisis, la tenemos en el pacto que ya existe, que ya se firmó sin necesidad de tanta algarabía, sino en silencio, con total connivencia entre ambos partidos, como fue la modificación de nuestra Carta Magna para recoger, poco más o menos, que la prioridad absoluta sería el pago de la deuda sobre cualquier otro gasto, sea en salarios, educación, sanidad, vivienda, pensiones o inversiones públicas. Entonces, ¿porqué todo el mundo habla de que es necesario un Pacto? Pues, precisamente, para que no se hable del pacto que ya existe, para que se nos olvide, y ambas formaciones políticas puedan volver a sacar pecho, proponiendo a la sociedad otra serie de medidas engañosas para sacarnos de esta situación.
La insistencia en el Pacto se realiza para esconder e intentar calmar las ansias y las intenciones sobre el auténtico cambio, sobre el gran cambio que el sistema debe dar, mediante el Proceso Constituyente. Por tanto, lo ideal es propiciar que se rompan todos los actuales Pactos, que sólo han servido para aupar al bipartidismo y a sus cómplices, lo adecuado y correcto, lo que de verdad se necesita, es denunciar dichos Pactos, exigir que se rompan, para abrir mediante el Proceso Constituyente la posibilidad de un nuevo contexto democrático, más avanzado y participativo, donde la vida de las personas, y no el beneficio y la rentabilidad económica, sean el elemento central, y se garanticen todos los derechos de la ciudadanía y de los pueblos, de los colectivos y de los territorios, mediante la instauración de un nuevo orden político y social. Éste es el único Pacto que queremos, un Pacto surgido de abajo, de los más desfavorecidos, de las víctimas de la crisis, no de los que la han causado, para que la solución pueda ser justa y democrática.
Y, por otra parte, ¿qué sentido tiene el susodicho Pacto, cuando ya nos llegan advirtiendo (engañosamente, claro está) de las políticas que se están haciendo son las únicas que se pueden hacer? Que no hay alternativa, que no hay margen, que ya les gustaría, nos lo han repetido cientos de veces, asesiados por las "recomendaciones" de la Troika para el saneamiento de nuestras cuentas públicas. Por tanto, si las únicas políticas posibles son las que ellos están ejecutando, bajo la supervisión de la malvada Troika, no sólo otras posibles políticas, sino que dejan de tener sentido los Parlamentos, los representantes públicos, los programas electorales, en última instancia, la propia democracia. Los Gobiernos de turno son hoy los cómplices del poder, del auténtico poder en la sombra, que los guía y les dicta la política que hay que hacer. Y dicha política se limita, como estamos viendo, a administrar la miseria de las gentes. El Pacto es un insulto a nuestra inteligencia, y más viniendo de las mismas opciones políticas que nos han traído hasta aquí.
La dictadura ya no es hoy en día militar, sino de los mercados. Ya no se ejerce la violencia y la represión con tanques y fusiles de asalto, sino con banqueros y empresarios crueles y desalmados. Hoy la verdadera violencia es la ejercida contra quienes sufren la expulsión de sus trabajos, de sus casas y hasta de su país, como le ocurre a miles y miles de jóvenes que tienen que dejar su tierra y su familia para emigrar al extranjero, porque allí les quieren más que en su propia nación. Violencia es también consentir la desnutrición en las escuelas públicas, o dejar morir a inmigrantes a las puertas de un hospital, porque no tienen papeles de residencia o de trabajo, y tampoco pueden comprar una vivienda de más de 500.000 euros, como recién está contemplado en la nueva Ley de Emprendedores. Violencia es retirar las ayudas a las personas que no se pueden valer por sí mismas, con total sangre fría, hacer salir de las aulas universitarias a miles de jóvenes que no se pueden costear sus matrículas, o robar los ahorros de todas sus vidas a cientos de miles de familias, que fueron estafadas por los banqueros con las preferentes. Esta es la nueva era de la violencia...¿se puede todo ello arreglar con un Pacto de los mismos que lo están consintiendo?
Y cuando se llega a tal grado de descomposición social, de degeneración e involución de la democracia, sólo existe una salida: romperlo todo y comenzar de nuevo desde cero, desde abajo, volviendo a ceder la palabra al soberano, al pueblo, y canalizando todos sus deseos y aspiraciones mediante un proceso acumulativo de fuerzas, de contrapoder ciudadano, que regenere todos los aspectos de la vida pública, de la vida institucional. Esto es el Proceso Constituyente. No le tengamos miedo. Este es el momento. Hemos llegado a una situación de pseudodemocracia, de democracia velada, controlada y tutelada por los poderes económicos, cuyas únicas recetas son deshauciar, privatizar, recortar, empobrecer, despedir, y condenar a la más absoluta ruina a la clase trabajadora.
Con el panorama actual, serían Mario Dragui en Europa, y la CEOE, CEPYME y AEB las que deberían presentarse a las elecciones, en vez de sus partidos títeres: PP, PSOE, CIU, PNV, UPyD, UPN, etc., así como la Iglesia Católica y sus adláteres. Si no somos capaces de romper desde abajo esta situación, llegaremos próximamente a un punto donde las elecciones serán un mero proceso testimonial, un espectáculo simbólico para perpetuar en el poder a las fuerzas marioneta de los poderes económicos, que son los que gobernarán a su total antojo y conveniencia. Sobran, pues, las razones para abrir el Proceso Constituyente. No queremos pactos, queremos la ruptura de todo el marco político, social e institucional que hemos tenido hasta ahora, para construir otro nuevo, distinto y mejor.