Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
"La socialización de la enseñanza no es suficiente si ésta no es eficaz para el desarrollo humano, por el contrario puede ser un instrumento para homologar la mediocridad, el desánimo y la falta de progreso"
(Antonio José Gil Padilla)
Vamos a ocuparnos, dentro del repaso que estamos haciendo a la Educación Superior en la presente serie de artículos, de la figura de los llamados "alumnos becarios", o simplemente, "becarios". El motivo es que ellos vienen representando, desde su creación, un elemento fundamental de la explotación del sistema. Representan el eslabón más precario en la cadena laboral, ya que las empresas abusan de las prácticas profesionales para rebajar los salarios y depreciar las condiciones laborales. Debemos distinguir, de entrada, el régimen de estudios-salario becado por una parte, y por otra parte, el régimen de formación-prácticas laborales, porque no siempre suelen coincidir. Típicamente, las prácticas de formación en las empresas suelen alargarse y encadenarse, incluso cambiando de empresa y de funciones, pero en la mayoría de los casos sin expectativas de contrato laboral futuro mínimamente estable, y sin que se reciba formación como contraprestación. Lo escandaloso del tema es que existen en la actualidad dos modalidades contractuales formativas (contrato en prácticas, y contrato para la formación y aprendizaje), que sirven a los mismos o similares objetivos, y a veces es prácticamente imposible diferenciar si lo que hace el becario en prácticas es como trabajador o como becario.
Pero partamos de la base más profunda, y es que el becario no es considerado trabajador, por lo cual, carece de contrato laboral, y no puede acogerse al convenio colectivo de su sector (elemento que, tras la última Reforma Laboral, cada vez está pesando menos), dejando su salario y el resto de sus condiciones laborales al total arbitrio de la empresa en cuestión. Bajo esta modalidad laboral no existe salario mínimo, ni jornada máxima, ni derecho a vacaciones o a permisos, ni causalidad en las extinciones de la relación laboral, ni derechos de conciliación familiar, ni de representación sindical en la empresa, etc., lo cual deja al colectivo de los becarios en la precariedad más absoluta. Y por lo que respecta a la Seguridad Social, la figura del becario también carece de derecho a las principales prestaciones. Por todo ello, los becarios/as representan el escalón más bajo de la precariedad.
Y por su parte, si el gran perjudicado es el propio becario, la gran beneficiada es, por supuesto, la empresa. Además del ahorro en salarios, la empresa permite moldear más a su gusto el tipo de trabajador deseado, bajo el escenario típico de presión e incertidumbre que siempre se cierne sobre ellos. De hecho, existen empresas en algunos sectores (los medios de comunicación, por ejemplo) que tras un ERE extintivo refuerzan su plantilla con trabajadores vinculados a través de alguna de las modalidades de trabajo becado. Las denuncias de estas situaciones se cuentan por cientos. Como resulta que legalmente un becario no es un trabajador, a lo cual se suma que la regulación sobre el tema es excesivamente ambigua y permisiva, estas situaciones están a la orden del día, ligadas también a una falta de control e inspección por parte de la Administración.
De hecho, la Oficina Precaria cuenta con una web con la que pretenden recopilar denuncias de becarios para estudiar sus situaciones, y visibilizar este fenómeno. Y es que la figura del becario, como existe actualmente, debe ser abolida. Sin derechos, e invisibles en las estadísticas, la becarización se ha convertido en una forma general de ingreso en el mercado laboral sin ninguna garantía, para todas aquéllas personas que tengan algún título formativo. Nos venden la imagen del becario como un joven o una joven entrañable que se pasea por la oficina haciendo tareas aburridas y poco importantes, pero que está aprendiendo mucho de sus compañeros, y está cargado de ilusiones por el futuro de su trabajo. Es una versión más moderna de la clásica figura del aprendiz. Y como nos dice Ignacio Martín: "Esta visión, que parte de una concepción paternalista del mundo del empleo, es responsabilidad directa de un modelo de relaciones laborales que sigue siendo anacrónico con la realidad productiva". Fue el anterior Gobierno del PSOE de Rodríguez Zapatero, con su sensibilidad "socialista y obrera", la que, mediante dos Reales Decretos, creó en 2011 el amparo legal actual para la figura del becario, legislación que contraviene las normas establecidas en el Estatuto de los Trabajadores y en la propia jurisprudencia en cuanto a la existencia o no de una relación laboral. Podrán ser llamados becarios, pero en realidad son trabajadores. Continuaremos en siguientes entregas.