Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
"Quiero al amante que gime de felicidad,
y desprecio al hipócrita que reza una plegaria" (Omar Kayan)
Hemos intentado expresar en muchos artículos la idea principal subyacente a esta crisis, que es ni más ni menos que entender (reconocer) que detrás de la cual sólo hay una causa, o mejor dicho, que sólo existe esa causa, a la que llamamos CAPITALISMO. Y efectivamente, cual mano negra que mece la cuna (la cuna de la infelicidad, del materialismo, de la hipocresía, de la intolerancia, de la avaricia, de la pobreza, de la guerra, y de tantos otros males), el capitalismo se expresa en su formato más feroz, más salvaje y despiadado en épocas como las actuales. Tomando las palabras del economista mexicano Alejandro Nadal: "No hay pausa para respirar, el capitalismo vive y se expresa a través de mutaciones patógenas continuas. Como si fuera un cáncer social, esa es su esencia, su estado natural. La metáfora médica sigue siendo útil: como si se tratara de un enfermo que en momentos de aparente buena salud estuviera preparando los momentos de graves convulsiones...Precisamente en esas etapas de estabilidad se gestan las mutaciones que conducen a más crisis".
Y así es. Pero es curioso cómo no hemos sido capaces, como sociedad mundial, como comunidad internacional, de darnos cuenta de que el capitalismo sólo engendra desigualdad, pobreza y exclusión social para muchos, mientras que genera riqueza desmedida para unos cuantos. Y además esto lo hace mintiendo, manipulando, destruyendo recursos naturales, y acabando con vidas humanas. Pero claro, hay demasiados intereses creados para desmontar el chiringuito. Ésa es la tremenda y cruel paradoja del mundo en que vivimos. Y en su fase más aguda, el capitalismo llega a despreciar la voluntad de esa inmensa mayoría silenciosa, pero esa gran mayoría que tiene voz y voto. Dicha voz y dicho voto estorban también para los intereses del capitalismo, y comienza una lucha sin cuartel para desmontar los cimientos democráticos de Gobiernos e Instituciones. De ahí que hayamos afirmado muchas veces que EL CAPITALISMO ES INCOMPATIBLE CON LA DEMOCRACIA. Los mecanismos democráticos, según el mundo capitalista, sólo ponen trabas a su control, a su expansión, a su avaricia desmedida. Y por tanto, hay que destruir dichos mecanismos. En Europa, nos encontramos en una fase donde desde los primeros Tratados de principios de los años 90 del siglo pasado, se comienzan a poner los cimientos para que los mecanismos democráticos se diluyan, y vayan dejando paso a lo que ellos llaman "Instituciones independientes", sin ningún control democrático, pero que poseen más poder que los propios Estados.
Recojo aquí las palabras de otro gran intelectual de la izquierda, Felipe Alcaraz, cuando expresa: "No podemos aceptar el capitalismo por imperativo legal, aún reconociendo que es el sistema más y mejor blindado por las leyes de la historia de la humanidad, unas leyes que se redactan siempre en nombre de la libertad, desde ese concepto administrativo que se tiene de la libertad". Hemos denunciado en nuestros artículos muchas veces ese concepto encorsetado, esa tergiversada y manipulada idea de la libertad que tienen los vasallos del capitalismo, y que nos quieren trasladar a base de mentiras. No nos dejemos engañar. La libertad auténtica, la libertad con mayúsculas, no les interesa, pues va asociada a otros muchos conceptos de los que el capitalismo reniega: cultura, igualdad, justicia social, redistribución de la riqueza, ideas justamente contrarias al desarrollo del capitalismo, y por ello, siempre manipuladas desde las atalayas fascistas disfrazadas de liberalismo.
Lo ha expresado muy bien Hugo Chávez, el comandante bolivariano, una de las grandes piedras en el zapato del capitalismo mundial, cuando ha afirmado: "El capitalismo es el reino de la desigualdad". Creo que no se puede decir más en menos palabras. Pero ya hemos incluso sobrepasado la época de la lucha de clases pura y dura, pues el capitalismo moderno, avanzado, ya no te hipoteca sólo en tu fuerza laboral, es decir, ya no te compra sólo la fuerza de trabajo, sino que te compra toda tu vida. Hipoteca tu vida, tu existencia, tus ideas, tus creencias, en pro de un mundo manipulado donde los resortes del capitalismo controlen hasta las últimas manifestaciones de la sociedad. Podemos poner el ejemplo de la religión, que quizá sea el más claro, y poner como ejemplo a la sociedad norteamericana, como paradigma de sociedad tradicional, rancia e inculta. Y es que según una encuesta, sólo el 15% de los estadounidenses piensa que los seres humanos somos parte de una evolución natural sin intervención divina. Por su parte, un 32% de los encuestados opina que existe una evolución de la especie en el tiempo, pero que fue Dios el que guió, ordenó y controló dicho proceso evolutivo, y sorprendentemente, el 46% es totalmente creacionista, esto es, opina que fue Dios quien creó a los seres humanos, según la teoría de Adán y Eva. Con una sociedad así, no es de extrañar que cale la moralidad más rancia, y que exista un sector conservador de los más exagerados e intolerantes del mundo.
En esto consiste el capitalismo actual. Controla tu vida, dirige tus creencias, no admite críticas ni objeciones a su visión del mundo. El capitalismo te aísla, y te convierte en un cliente de este gran "supermercado" en que se ha convertido el mundo de hoy. Decía Javier Egea, que el amor no es posible en el capitalismo. Claro, ni el amor, ni la paz, ni la justicia, ni la igualdad, ni la libertad, ni ninguno de los grandes valores humanos, pues el capitalismo es incompatible con todo eso. No cabe en su mundo. No casa con él. Todo un conjunto de palabras, de términos y de conceptos de nuestro diccionario, de ideas del mundo real, habría que borrarlas para el capitalismo. No pueden existir. No deben existir. Al capitalismo no le interesan. Son contraproducentes a su propio objetivo. Son contrarias a su razón de ser. Por tanto, la única salida es romper lazos con el capitalismo, y con todo lo que huela a él, con todo lo que se alinee con él, con cualquier rasgo que nos indique una cierta complacencia, o una cierta complicidad con el capitalismo. Es nuestro momento. Nos jugamos mucho. Las generaciones venideras nos lo agradecerán. En caso contrario, podrán reprocharnos muchas cosas. Podrán reprocharnos el mundo que les hemos dejado.