Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Habíamos finalizado el artículo anterior de esta serie comentando cómo se computaban a efectos económicos sólo las actividades que pudieran cuantificarse y valorarse en su valor monetario, y habíamos puesto varios ejemplos de ello. Y como nada que no tenga expresión monetaria se registra a la hora de valorar la actividad económica, resulta que no se toman en cuenta ni la destrucción del medio ambiente, ni el despilfarro en forma de residuos que no se usan pero que gastan energía o recursos naturales, ni la desaparición de especies de nuestra flora y nuestra fauna, algunas de ellas protegidas por encontrarse en claro peligro de extinción, ni por supuesto lo que pueda conllevar un valor puramente sentimental o vital, como la pérdida del horizonte, o la belleza de un paisaje.
La consecuencia principal de no tener nada de esto en cuenta es que la producción y el consumo se incrementan de manera extraordinaria como si fueran mucho menos costosos, y así se genera una utilización de recursos excesiva que es muy rentable desde el punto de vista monetario, pero materialmente insostenible. Los economistas convencionales, por ejemplo, sólo se fijan en el Producto Interior Bruto (PIB), que registra el valor monetario de toda la actividad económica que se realiza en un país.
Y hacen todo lo que está en su mano para que dicho indicador aumente lo más posible y cuanto antes, pues entienden que de ello depende que haya empleo, beneficios e incluso bienestar. Pero si no tienen en cuenta otros factores, tales como el gasto real de energía, de residuos, en suma, de naturaleza, que lleva consigo ese crecimiento, realizan unas cuentas que son extraordinariamente engañosas (y peligrosas, todo hay que decirlo), porque incentivan o promueven la producción y el consumo en cantidades que no son posibles de soportar sobre la base natural donde se explotan y se llevan a cabo.
Si tenemos en cuenta el concepto novedoso e interesante (que la economía convencional no considera) de la "huella virtual", resulta que si con él se calcula no sólo el agua que gastamos directamente, sino también la que ha sido necesaria para producir lo que consumimos, a cada persona le corresponde entre 2.000 y 5.000 litros de agua por día de media (teniendo en cuenta, por ejemplo, que sólo en el acto de comerse una hamburguesa gastamos unos 2.400 litros de agua), una cantidad a todas luces insostenible. La economía tampoco contabiliza, por ejemplo, el coste de energía que lleva consigo producir, transportar o preparar los bienes y servicios que, en el caso de los alimentos que consumimos, significa un valor seis veces más grande del que suele expresar su valor monetario.
Lo cual no es de extrañar si tenemos en cuenta que los alimentos que comemos conllevan un transporte, por término medio, de 4.000 kilómetros. Y sin tener en cuenta esas cosas, la economía convencional tampoco puede percatarse de que la biocapacidad global de España, es decir, el área de la que disponemos para mantener el consumo de los recursos naturales y absorber las emisiones de dióxido de carbono que requiere nuestra actividad económica, se ha superado ya casi tres veces y media. O dicho de otro modo, que para satisfacer nuestro nivel de producción y consumo actual de bienes y servicios necesitaríamos casi 3,5 veces España.
Como eso es evidentemente imposible, lo que significa en la práctica es que, como otros países ricos del mundo, estamos colonizando ambientalmente otras superficies del planeta. Pero es de igual manera evidente que eso es imposible que lo puedan hacer todos los países, y que en cualquier caso, nos llevaría a una vía sin salida, a una situación sin retorno, a un punto insostenible. Si por el contrario somos realistas y tenemos en cuenta esas limitaciones ambientales, resulta que no podemos aspirar a satisfacer nuestras necesidades, a crear empleo e ingresos simplemente incrementando la dimensión monetaria de la actividad económica, porque ya hemos demostrado que eso sólo conduce al borde del precipicio.
O lo que es lo mismo, no podemos seguir considerando como objetivo de la actividad económica sólo el crecimiento de las actividades con expresión monetaria, lo que ahora llamamos "crecimiento económico" medio a través del PIB y lo que él representa. La conclusión, que iremos desarrollando con más calma en siguientes artículos de esta serie, es que hay que dar prioridad al incremento de la producción local y de proximidad, a la ecológica y a la ahorradora en energía, transporte y materiales.