Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Sin memoria se diluye el pasado y el futuro no es más que una quimera. Con la memoria inactiva o vacía, todo es presente, una sucesión de impulsos para cubrir necesidades elementales que no tienen historia alguna
Los crímenes franquistas marcaron toda una época, una época deleznable, perversa, cuya página hay que pasar, pero pasar de verdad, leyéndola primero, asimilándola, y después, tomando las medidas oportunas para no volver a reproducirla jamás. La descripción de la sociedad franquista ha sido abordada por numerosos autores, y desde múltiples puntos de vista (muchos de los cuales los estamos citando en esta serie de artículos, y bebiendo de sus fuentes). Básicamente, todos ellos coinciden en que se trató de un período oscuro, triste, lúgubre, deprimente, carente de libertades, retrógrado en lo social, y falto del más mínimo respeto hacia la ciudadanía. Una sociedad totalitaria, consagrada a ensalzar los valores franquistas, donde una mínima desviación de los mismos conducía, en el mejor de los casos, a persecución y hostigamiento. Como decimos, muchos autores han escrito sobre dicho período, tanto desde el punto de vista político, como sociológico, como literario. Quizá en este último ámbito destaque Camilo José Cela, quien en su fantástica obra "La Colmena" (llevada al cine por Mario Camus en 1982) retrató como nadie el ambiente de la época: el "Diario Hablado" de Radio Nacional de España como único medio de comunicación, los estraperlistas, la pobreza de la gente, la miseria, la represión a los homosexuales, la nula atención a la cultura, la constante presión de la policía del régimen, el hambre, la escasez, las cartillas de racionamiento, los sitios de aprendizaje y "perfeccionamiento" de los bailes de salón, y en fin, la rutina constante de una sociedad castigada sin merecerlo.
Pero por supuesto, los franquistas (tanto los de la época como los que aún defienden aquél perverso régimen) intentan desviar la atención tanto como pueden, y una de sus estrategias más empleadas (la citamos ya en el artículo anterior) es la equidistancia. Y así, intentan establecer un parangón (como si eso fuese justo y posible) entre los crímenes franquistas y otros, como por ejemplo los cometidos puntualmente en Paracuellos, o más actualmente, el terrorismo etarra. Floren Dimas escribió hace poco tiempo un artículo publicado en el medio Eco Republicano, exponiendo la execrable utilización de Paracuellos para impedir juzgar los crímenes del franquismo, es decir, situarse en la equidistancia, argumentando que la Ley de Amnistía también sirvió para que la Audiencia Nacional rechazara una querella de la Asociación de Familiares y Amigos de Víctimas del Genocidio de Paracuellos del Jarama. Tomamos pie a continuación en los datos y las argumentaciones que Floren Dimas recogía en su artículo, demostrando que no es justo ni racional establecer un parangón entre ambas manifestaciones criminales. Los crímenes de la localidad de Paracuellos del Jarama (1.800 víctimas derechistas, según el Profesor Javier Cervera Gil, máximo estudioso del tema) fueron también, efectivamente, crímenes contra la humanidad. Como ya sabemos, esa calificación obedece a los crímenes masivos dirigidos contra un sector de la población por motivos ideológicos. Pero a diferencia de los crímenes franquistas, los de Paracuellos no fueron crímenes patrocinados por ninguna institución republicana, sino al margen de ella, y en contra de su voluntad.
Los autores fueron agentes soviéticos, con la complicidad de algunos dirigentes comunistas españoles. Ellos llevaron a cabo aquélla masacre. Los hechos ocurrieron en noviembre de 1936 en plena Batalla de Madrid, cuando el destino de la República pendía de un hilo, las instituciones republicanas estaban desorganizadas y con escaso control sobre lo que sucedía en el frente y en la retaguardia. No hubo ningún plan oficial de exterminio, ninguna decisión ni orden oficial expresa, y ninguna alta autoridad del Estado tenía conocimiento de aquéllos hechos, ni los autorizó. Fue la propia situación crítica de la guerra la que impidió actuar a la justicia republicana en la represión de aquéllos crímenes. Por tanto, intentar asemejar o comparar los crímenes de Paracuellos con los crímenes franquistas es un ejercicio de cinismo supremo. Por otra parte, ningún crimen ha sido más investigado ni más duramente reprimido en la Historia de España que los de Paracuellos. Estamos hablando de más de 100 gruesos legajos con decenas de miles de documentos instruidos en Causa General por varios Juzgados, que investigaron a los autores y a los encubridores, desde mucho antes de que acabase la guerra. Y finalizada ésta, un inmenso aparato judicial de investigación y represión se puso en marcha, saldándose con el fusilamiento de absolutamente todos los implicados en los hechos, los ejecutores, los cómplices, los instigadores y los encubridores. Ningún grado de implicación quedó impune.
Tras la guerra fueron fusilados los alcaldes de Paracuellos y Usera, haciéndolos responsables de haber permitido a obreros de sus pueblos excavar las zanjas para las fosas comunes. Por otra parte, el franquismo reparó a todos los familiares de las víctimas de Paracuellos. En 1939 Franco les hizo un homenaje, y en 1940 ya tenían preparado su pequeño mausoleo. Desde entonces, cada año han habido misas, y han sido homenajeados. Además, las viudas de las víctimas y sus familias recibieron puestos en estancos y gasolineras, además de las correspondientes pensiones. Por tanto, los crímenes de Paracuellos ya fueron juzgados y reparados, y no pueden ponerse como excusa para impedir que se juzguen los crímenes franquistas, alegando la referida Ley de Amnistía de 1977. Y otro clásico ejemplo de doble vara de medir se refiere a los crímenes cometidos por el terrorismo etarra. ETA ha sido una organización terrorista con más de 40 años de historia, pero ahora ya está absolutamente desactivada, y hace varios años que ya ETA no mata. Pues bien, resulta que ante estos hechos, y en vez de hacer como ocurre en tantos otros países que han sufrido el azote del terrorismo, es decir, emprender una negociación con la banda ya desarticulada, y mediante una serie de observadores internacionales, proceder a negociar la paz, y alcanzar acuerdos que aseguren la paz definitiva y duradera (como acaba de ocurrir en Colombia, y hemos contado en este artículo), resulta que nuestros gobernantes del Partido Popular rechazan sistemáticamente cualquier posibilidad de hacerlo, y además ponen todos los palos en las ruedas para impedirlo (detenciones arbitrarias, política penitenciaria contra el enemigo, etc.).
Y en todo caso, con relación a la posible equidistancia, nosotros nos preguntamos: ¿es que acaso son comparables las más de 800 víctimas del terrorismo etarra durante más de 40 años (sin ánimo de restarles importancia), con los millones de fusilados, torturados y represaliados por el franquismo? ¿Es que acaso pueden compararse? ¿Se pueden asemejar los crímenes concretos y puntuales de una banda terrorista, con el terrorismo de Estado practicado por una sangrienta dictadura fascista? ¿Nos podemos situar en la equidistancia? ¿Es ético este parangón? Nosotros pensamos que no, pensamos que son hechos absolutamente distintos desde todos los puntos de vista, y pensamos que cualquier intento de asimilación al respecto (como de hecho cualquier intento de asimilación de la Segunda República con el levantamiento militar, la Guerra Civil y la dictadura) entre ambos tipos de terrorismo es pretender instalar la injusticia histórica en nuestra sociedad. Ni los crímenes de Paracuellos, por muy terribles que fueran (que lo fueron), ni los asesinatos de la banda terrorista ETA pueden tener parangón con la brutal y salvaje represión de un Estado fascista que durante más de cuarenta años asesinó, exterminó, mató de hambre, exilió, torturó, secuestró (en el caso de los bebés) y represalió a millones de personas, para instalar su ideal totalitario. Cualquier intento de comparación es un insulto a la inteligencia de las víctimas y sus familiares. No juguemos con la memoria histórica, pues los efectos perniciosos que puede traernos dicho juego pueden pervivir durante generaciones. De hecho, ya ha ocurrido. Continuaremos en siguientes entregas.