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Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

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Hacia otra Política de Fronteras (VI)

Viñeta: Naoufal Lahlali

Viñeta: Naoufal Lahlali

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Sólo una guerra (o sea, la muerte casi segura y violenta) es capaz de forzar a millones de familias a cruzar mares, montañas y desiertos, arriesgando la vida. Las cerca de 56 millones de personas que desde 1991 (el fin de la URSS) hasta hoy han tenido que abandonar su hogar en Oriente Próximo y África por las guerras de conquista encabezadas por EEUU no han elegido su destino, ya que no tienen control sobre ello: dependen de quienes los llevan y las tierras que les acogen

Nazanín Armanian

Europa vuelve a amamantar al engendro del racismo, tal como ya ocurriera en el pasado no muy lejano. Nos lo explica muy bien Pedro Luis Angosto en este artículo para el medio Nueva Tribuna, que seguiremos a continuación. El racismo es la base ideológica que sustenta las decisiones europeas, en lo que a inmigración se refiere. Sólo hay que contemplar al recién elegido Gobierno italiano, como buen paradigma de ello. El racismo impregnaba los textos de "Mi lucha", el tratado con el que Hitler expuso su terrible ideología para exterminar a millones de personas. En él afirma literalmente: "La finalidad suprema de la razón de ser de los hombres no reside en el mantenimiento de un Estado o de un gobierno: su misión es conservar su Raza". Algunos años más tarde, el dictador alemán se aprestaría a practicar el mayor genocidio de la historia de la humanidad. Por su parte, el franquismo también experimentó con el supuesto "gen rojo" de los republicanos, de la mano del Dr. Vallejo Nájera, llevando a cabo experimentos bestiales sobre los prisioneros republicanos, con el objetivo de fortalecer la supuesta "raza hispana", aquélla que protagonizara antaño las más grandes conquistas para su imperio. El racismo, en el fondo, también se encontraba en el ideario del nacional-catolicismo franquista. En sentido parecido se han expresado muchos otros dirigentes políticos de nuestra reciente historia y de nuestro contexto europeo, exponiendo sin tapujos una fuerte ideología racista en sus mensajes. Racismo y xenofobia se encuentran en las medidas que destilan los programas de muchas formaciones políticas europeas, y en los discursos y proclamas de muchos gobernantes actuales de este nuestro Viejo Continente. 

 

Pedro Luis Angosto lo explica en los siguientes términos: "En todos ellos subyace un mismo pensamiento, la vinculación de un territorio a un pueblo y unas tradiciones seleccionadas con todo cuidado para resaltar la pureza de la raza, su antigüedad y su enorme valía; el miedo al que viene de fuera, un invasor que pretende imponer a ese pueblo costumbres contrarias a la moral y a las costumbres autóctonas y que, mediante apareamiento, podría poner en peligro la existencia misma de la raza; por último, qué duda cabe, los invasores alterarían también el orden establecido y las relaciones económicas y sociales preexistentes". Todo un corolario de fantasmas para llamar la atención sobre el "peligro" que se cierne sobre nuestra "raza", si permitimos a esos "invasores" llegar a nuestros territorios. Un razonamiento absolutamente delirante que, no obstante, se extiende como un reguero de pólvora, incluso en países supuestamente "avanzados". Según ellos, esos extraños visitantes vienen a poner en cuestión "nuestros valores", nuestra raza y nuestra civilización, y hay que defenderse de ellos cueste lo que cueste. Mil argumentos podrían llevar al absurdo tan racista pensamiento, comenzando por desmontar el mito de la pureza: ni nuestros pueblos, ni nuestras costumbres, ni nuestro arte, ni nuestras lenguas, son absolutamente "puras". Todos esos factores culturales ocurren con el paso del tiempo mediante procesos de mestizaje, que forjan nuevas culturas, pero siempre desde la base de las anteriores, de las anteriores culturas que han poblado dichos territorios. Y así, griegos, fenicios, cartagineses, romanos, godos, mongoles, turcos, árabes o judíos, entre otros muchos, colonizaron desde antiguo la inmensa mayoría del territorio europeo, dejando huellas indelebles tanto en las costumbres, como en la historia y la lengua. 

 

¿Cuál es la actitud que se ve en estos supuestos países "avanzados"? Ambicionan cerrar sus fronteras ante esas "avalanchas" (que ellos mismos contribuyen a crear) para mantener la pureza de la raza y la tradición, y para no verse "contaminados" por los extranjeros que puedan llegar. Se vuelven insensibles e indiferentes ante tanto dolor, ante tanto sufrimiento, incluso de niños y niñas inocentes. Pedro Luis Angosto concluye: "Está claro que Europa no puede acoger en su territorio a todos los habitantes de África, pero no es menos evidente que Europa tiene una responsabilidad grandísima en la creación del efecto salida en ese continente: la destrucción sistemática (de acuerdo con Estados Unidos) de los países africanos ricos en materias primas, es la principal causa de la huida de los africanos. Siendo ambas cosas ciertas, sólo hay una salida democrática, acoger a aquéllos que vengan mientras se implementa un plan de inversiones y de reconstrucción de todos los países africanos destruidos por la mano de Occidente. En otro caso, de continuar con las actuales políticas de mano dura contra la inmigración y de mano blanda con el fascismo, más pronto que tarde, el engendro que estamos amamantando crecerá y todo se habrá perdido". En efecto, es exactamente eso lo que hay que hacer, pero mucho nos tememos que los países de esta insensible Unión Europea no van a hacer ni una cosa ni otra. Ni van a acoger respetuosa y generosamente a los inmigrantes que lleguen, ni tampoco van a implementar un plan de inversiones para convertir sus países de origen en verdaderos nichos de oportunidades. Todo lo cual nos pone de nuevo ante la realidad que venimos denunciando: el fenómeno de la inmigración no se acepta, ni en sus causas primigenias ni en sus consecuencias. Las estrategias, visiones y comportamientos no son adecuados. 

 

No se tiene conciencia de que otra política de fronteras es justa y necesaria, absolutamente imprescindible si pretendemos no asistir continuamente al espectáculo de la barbarie que supone inmigrantes saltando una valla, rescatados de sus pateras o en campos de concentración, por no hablar de los ahogados en el Mediterráneo, o de los que dejan su vida por los caminos, o de los son presa y carne de cañón de mafias que los esclavizan, explotan y asesinan. Si se fomentara un poquito más la solidaridad y la cooperación, se comprendería ese falso mito de una Europa antes impoluta y que de repente se vio sacudida por una tremenda ola de refugiados con la que no tenía nada que ver. Todo ese argumento que nos traslada el pensamiento dominante es absolutamente falso. La élite política y social que nos gobierna lleva mucho tiempo ocultándonos las tropelías que se practican en el continente negro, así como las cruentas guerras que se libran en Oriente Próximo, conflictos todos ellos de carácter geopolítico. Eso quiere decir que los enemigos no existen, sino que los enemigos se fabrican. Para Estados Unidos y su Occidente aliado es muy fácil construir un enemigo ante la opinión pública, vistiendo con falsedades sus políticas, o pretextando la lucha contra el terrorismo cuando en realidad se desean sus recursos naturales. La crisis de los refugiados también consiste en una reacción exagerada y aterrorizada, patrocinada por ese racismo político, social e institucional que criminaliza al inmigrante en pro del mantenimiento de una raza "original y pura". Y todo ello, por supuesto, es retroalimentado por una serie de ideas falsas sobre quiénes son los inmigrantes, por qué vienen y qué consecuencias tiene para Europa su llegada. 

 

La Unión Europea de los capitales tiene probablemente el sistema más complejo del mundo para impedir la llegada de inmigrantes. Mientras los capitales poseen vía libre en todo momento y lugar, y sus transacciones por todas partes del mundo se realizan en segundos, los Tratados que controlan los flujos migratorios y el trasiego de personas dentro de los territorios se vuelve cada vez más intolerante. Desde los años 90, a medida que se han ido reduciendo las fronteras dentro de Europa, lo que ha permitido a la mayoría de los ciudadanos de la Unión Europea circular libremente y viajar sin pasaporte, su frontera exterior se ha ido militarizando cada vez más. Se ha invertido mucho más en la protección y blindaje de las fronteras que en ofrecer a los migrantes rutas y puertos seguros. Por ejemplo, Amnistía Internacional estima que entre 2007 y 2013, la UE gastó casi 2.000 millones de euros en vallas, sistemas de vigilancia y patrullas terrestres o marítimas. Los refugiados deberían quedar exentos de estos controles, al estar protegidos por el derecho internacional de asilo. Pero en la práctica, lo que los dirigentes de la UE han hecho ha sido impedir por todos los medios posibles que los solicitantes de asilo entren a nuestros territorios. También han firmado tratados vergonzosos con países vecinos para que sean éstos los que controlen las olas migratorias. Un ejemplo de ello es Turquía. Casi 3 millones de personas solicitaron asilo en la UE entre los años 2015 y 2016, pero esta es una cifra pequeña si tenemos en cuenta que la población total de la UE es de 508 millones de personas. Sin embargo, su llegada fue caótica y miles de ellas murieron en el trayecto. Pero la protección de las fronteras a menudo crea o empeora los mismos problemas que pretende resolver, obligando a los migrantes a tomar rutas más peligrosas, lo que les empuja a menudo a depender de las mafias que se dedican al tráfico de personas, lo que a su vez alienta a los Estados a tomar medidas aún más enérgicas. Precisamente ahora nos encontramos en este círculo vicioso. Continuaremos en siguientes entregas.

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