Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Parece que algún tipo de democracia planetaria y ciudadanía para todos y todas es deseable, y para alcanzarlas hay que considerar cómo acabar con la concentración de poder que, a distintos niveles, opera en el mundo, que genera y es, a un tiempo, producto de tantas desigualdades. Es verdaderamente imprescindible que las instituciones que nos gobiernan, independientemente de la escala territorial a la que operen, puedan ser, en la práctica, democráticas
EPÍLOGO: LA PAZ COMO DERECHO HUMANO FUNDAMENTAL.
Finalizados ya todos los bloques temáticos en los que habíamos dividido la presente serie de artículos, vamos a ir concluyéndola con un epílogo final que trate, a modo de resumen y concienciación, el aspecto de la Paz como un derecho humano básico y fundamental, al que todos debemos aspirar, y que todos debemos exigir y respetar, en cualquier comunidad. Después de recorrer y exponer aspectos relativos al pacifismo, tales como el enfoque sobre el terrorismo internacional, el complejo militar-industrial, el imperialismo, la renovación de los Ejércitos, el negocio de la guerra, y un largo etcétera de aspectos ya tratados, aquí vamos a intentar, sobre todo, dejar constancia de la necesidad vital e imperiosa que tenemos de que el mundo, toda la comunidad internacional, consagre y respete el derecho humano fundamental a la paz. Desde los primeros artículos de la serie insistimos en que la senda del Pacifismo había que tomarla muy en serio, que no valían atajos ni fisuras, y entendemos que la consagración como derecho humano elemental ayudaría a las comunidades a calibrar el verdadero alcance de la necesidad de la paz, del cultivo del pacifismo. Para ello necesitamos extender y fomentar la cultura de la paz, y valorarla en toda su dimensión. La cultura de la paz descansa sobre una educación pacifista, y unas prácticas políticas y sociales que caminen en dicha dirección. No olvidemos que el Pacifismo es una senda, un camino constante que hay que recorrer, no posee cima, no tiene final, es una senda continua e indefinida en el tiempo, y desde este punto de vista, es una actitud ante la vida, un sentimiento, una pulsión y una necesidad vital de los seres humanos y de los pueblos. Tomemos en primer lugar como referencia este artículo del Profesor de la UCM Pedro López, publicado, entre otros, en el medio digital Unidad Cívica por la República.
En dicho artículo, el autor comienza recordándonos que el derecho humano a la paz está implícitamente señalado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, cuando su artículo 28 establece que "Toda persona tiene derecho a que se establezca un orden social e internacional en el que los derechos y libertades proclamados en esta Declaración se hagan plenamente efectivos". Dicho artículo ha de ser entendido, pues, en la necesidad de crear un clima social y político de tranquilidad y estabilidad, que favorezca la asunción y el respeto por todos los demás derechos. Los conflictos armados violan todo este ambiente, y por tanto, no permiten que se alcance la situación social que la Declaración proclama. Como asegura Pedro López, el único orden internacional y social que puede hacer efectivos los derechos humanos allí proclamados es un orden que asegure la paz. Pero una paz entendida no sólo como la ausencia de conflictos armados, sino como la satisfacción a todas las necesidades humanas, y la ausencia plena de posibles amenazas. Porque recíprocamente, como muy bien señala el autor, sólo con la total y efectiva protección de los derechos humanos puede conseguirse la paz. Ya en el siglo III a.C., Siun Tseu (pensador chino seguidor de Confucio) señalaba que "...si la sociedad no reconoce los derechos del individuo, se producen conflictos (...) para mitigar la angustia y eliminar los conflictos, lo mejor es instituir una sociedad que reconozca claramente los derechos del individuo". Hemos de asumir por tanto que sin derechos humanos no hay paz, y sin paz no hay derechos humanos. O si se quiere, que si los derechos no están protegidos no podremos evitar conflictos que desestabilicen las sociedades. Hasta ahora, las diversas sociedades históricas han proclamado derechos, pero no los han garantizado de manera completa y satisfactoria. De ahí el auténtico germen que ha provocado los diversos conflictos armados que las civilizaciones han tenido que soportar.
Más tarde, el autor relaciona este derecho humano fundamental a la paz con lo que denomina "libertad de vivir sin miedo", ya que el miedo ha sido históricamente un instrumento al que han recurrido los gobernantes y las élites para controlar a los pueblos. Y en la etapa actual del capitalismo, el miedo se prodiga en múltiples direcciones. Pedro López afirma: "El neoliberalismo ha domesticado a un ciudadano que en los países más desarrollados (...) tiene miedo a la pérdida del trabajo (precariedad laboral que, encima, se vende como algo positivo, porque te permite ser "emprendedor"), a un futuro sin pensiones o con pensiones insuficientes, al terrorismo y a las guerras". Y como sabemos, y hemos tratado a fondo en nuestro primer bloque temático, un ciudadano asustado acata dócilmente las leyes que limitan sus derechos y libertades, como estamos comprobando tristemente en la actualidad. La falacia de la "lucha global contra el terror", promovida sobre todo por USA y sus países aliados, ha creado un escenario que pretende justificar un estado de excepción permanente, basado en el miedo, y unas falsas guerras contra supuestos enemigos, que disfrazan en realidad sus verdaderos objetivos. La situación ha llegado a tal grado de desatino que hoy día se utiliza la bandera de los derechos humanos para justificar la guerra, algo completamente absurdo. Por otra parte, y como también hemos discutido a fondo en entregas anteriores, la fase actual del capitalismo globalizado necesita constantemente nuevos espacios, nuevos mercados y nuevos recursos que expoliar, y dicho expolio sólo puede ser violento, volviendo a la violencia como un elemento estructural al propio sistema, y por tanto, haciéndola inherente a nuestras vidas. Y así, los medios de comunicación nos presentan las guerras y conflictos como algo natural, nos hacen seguimiento de los mismos con altas tecnologías, pero siempre bajo el discurso falaz apoyado en el pensamiento dominante, capitalista e imperialista. El neoliberalismo ha encontrado en el recurso al miedo un mecanismo eficaz de control.
Todos estamos asustados porque vivimos en un mundo sin certezas, sin seguridad, en un mundo de violencia, de hostigamiento, en un mundo hostil, agresivo, salvaje y despiadado en el que nunca sabemos cuándo nos va a tocar a nosotros. Bajo este perverso vivero de sentimientos, nuestras sociedades legitiman las guerras, las convierten en un objetivo en sí mismo, y últimamente, los países más desalmados (con Estados Unidos a la cabeza) destruyen los países con total impunidad, para convertirlos en Estados fallidos y saquearlos después para proporcionar beneficios a sus grandes compañías transnacionales. Con todos estos mimbres y antecedentes, en el año 2005 surgió desde la Asociación Española para el Derecho Internacional de los Derechos Humanos (AEDIDH) la iniciativa para promover precisamente el derecho a la paz como derecho humano emergente reconocido por las Naciones Unidas. El primer paso fue la Declaración de Luarca sobre el Derecho Humano a la Paz, de 30 de octubre de 2006, redactada por un total de 15 especialistas en el tema, tanto españoles como latinoamericanos. En 2011 un total de 1795 organizaciones de la sociedad civil lideradas por la AEDIDH respaldaron la iniciativa, y presentaron ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU el proyecto de codificación y reconocimiento de este derecho a nivel universal. En el año 2012, el Consejo de Derechos Humanos, con 47 miembros, votó la propuesta y hubo un único voto en contra...¿se imaginan los lectores y lectoras de quién? En efecto, de Estados Unidos. No obstante, la iniciativa siguió adelante, y en marzo de 2016 se votó una resolución que desvirtuaba bastante la propuesta original de Luarca, y que aún así fue votada nuevamente en contra por USA, en este caso además con la lamentable compañía de España. Pero lógicamente, sería absurdo e ilusorio pensar que Estados Unidos pueda encabezar alguna vez la cultura mundial de paz. Este país posee un gen agresivo y belicista que no puede controlar, situado en su ADN fundacional, y que hasta ahora no ha hecho nada por revertir, más bien al contrario, se jacta de él.
Pedro López lo ha expresado en los siguientes términos: "No podemos esperar de un país con más de 800 bases militares desplegadas por todo el mundo y cuyo gasto militar supone el 40% de todo el gasto mundial, que encabece un movimiento hacia una cultura de paz. Y hay que insistir en estos datos porque Estados Unidos es hoy el emblema supremo del capitalismo, el país que sirve de espejo a los dirigentes de la inmensa mayoría de los países capitalistas del planeta, incluida una Unión Europea que sigue servilmente el camino marcado por este imperio y su instrumento favorito, la OTAN". Pero la comunidad internacional, los pueblos y los individuos que la formamos, necesitamos imperiosamente desarrollar esta cultura de la paz, y reconocer, amplificar, difundir y garantizar este derecho. La cultura de paz debe ser un instrumento educativo, al servicio de las nuevas generaciones, para formar personas sensibles al concepto de paz en su más amplia dimensión, inculcando los valores pacifistas, los derechos humanos, la defensa del medio ambiente, la sensibilidad hacia el mundo animal, etc. La senda del Pacifismo es la senda de la armonía, de la coexistencia de los pueblos en situación de igualdad y de profundo respeto a sus intereses, es la senda de la reducción de las desigualdades, de la satisfacción plena de las necesidades humanas, y de la extinción de toda situación que pueda amenazarlas. Hay que formar personas libres y responsables, decididas y valientes, dispuestas a defender los valores del pacifismo bajo todas las circunstancias posibles. Sólo desde una concienciación plena de su necesidad humana puede conseguirse. Desmontemos las clásicas falacias sobre el "buenismo" que reivindica la paz. Si queremos la paz, preparemos para la paz, desarrollemos una cultura de paz, enseñemos a nuestros escolares la educación en la paz, y protejamos y ampliemos los derechos humanos. Éste es el único camino. Continuaremos en siguientes entregas.