Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Los poderes económicos han decretado la inevitabilidad de la sociedad caníbal, la guerra de todos contra todos y el sálvese quien pueda. De lleno en la crisis, la estructura social se descompone mientras las texturas solidarias que integraban a los individuos se deshilachan hasta el naufragio. La igualdad económica y social parece un viejo anhelo. Es el imperio de la competitividad, la supervivencia del más fuerte y la cultura del emprendedor. La lógica productivista neoliberal, durante las 24 horas del día
La sociedad del ídolo trabajo se ha impuesto así de forma aplastante. Después de siglos de adiestramiento, la moderna ciudadanía está cultivada para adorar el trabajo y ya no se puede imaginar, sin más, una vida más allá del mismo. El trabajo es refugio para personas inadaptadas, para personas en crisis, o para personas que carecen de otras capacidades. En tanto que principio básico de la sociedad imperial, el trabajo domina no sólo la esfera de la economía (tanto a nivel micro como macroeconómico) en sentido estricto, sino que también impregna toda la existencia social hasta los poros de la cotidianidad y las más íntimas esferas de la vida privada. El concepto de "tiempo libre" se va igualmente resignificando, de tal forma que abandona su carácter de dedicación al ocio, las aficiones y la contemplación, y va sobrevolando un concepto restringido, y aplicado únicamente a los períodos de descanso vacacional. Dichos períodos, a su vez, van siendo cada vez más controlados por las empresas, más breves y dosificados, para que no tengamos mucho "tiempo libre" para poder dedicarlo a actividades ciertamente "peligrosas" para el sistema, como por ejemplo, pensar. Y por supuesto, como indicábamos en las entregas anteriores donde exponíamos la gestión neoliberal de la pobreza, la estigmatización de los desempleados es cada vez mayor, legitimando una especie de "destino natural" de las personas, donde cada uno/a es responsable de su éxito, de su actividad y de su trabajo. Hasta tal punto llega la obsesión por la creación de "empleo", que los gobernantes neoliberales más fanáticos llegan a afirmar que ahí es donde se concentra toda la política social de un país. Hay que romper el monopolio de interpretación del mundo que impone el campo del trabajo, si queremos también incidir en la reducción de las desigualdades.
Pero es nuestra obligación, de los que promovemos el pensamiento alternativo, el bosquejar en líneas generales qué metas, hitos u objetivos se pueden y deben plantear de cara a un mundo más allá del trabajo. No se trata de menospreciarlo, ni de abolirlo (a mi juicio), pero sí de ampliar horizontes, y de no concentrar nuestra atención sólo en el mundo del trabajo, sobre todo en la concepción dominante del mismo, es decir, en su enfoque capitalista y neoliberal. En este sentido, si la imposición histórica del trabajo supuso la expropiación de la gente sobre las condiciones de su propia vida, entonces la negación de los actuales límites y encorsetamientos de la sociedad del trabajo sólo puede consistir en que la gente se vuelva a apropiar de sus relaciones sociales a un nivel histórico más alto. Se trata de que la ciudadanía vuelva a conquistar los espacios públicos, hoy día prácticamente privatizados, limitados o controlados. Se trata de que demos un sentido a nuestras vidas más allá de los límites que nos marca el trabajo, y sobre todo, se trata de que entendamos por "trabajo" otras muchas acepciones a las que nos han marcado políticamente. Lo ideal sería la constitución por todo el mundo de federaciones de individuos asociados libremente que le arrebataran los medios de producción y de existencia a la máquina del trabajo y la explotación, y los tomen en sus propias manos. Sólo en esa lucha contra la monopolización de todos los recursos sociales y potenciales de riqueza por los poderes alienantes del mercado y del Estado, será posible conquistar los espacios sociales de la emancipación. Hay que poner para ello en tela de juicio el concepto y el valor de la propiedad privada, hay que volver a recuperar la función social de la propiedad, hay que comunalizar gran cantidad de bienes y servicios, y hay que poder emancipar a las personas económicamente del yugo del trabajo.
La conclusión que podemos ofrecer, a tenor de todo lo expuesto sobre la crisis del ídolo trabajo, es que el fin absoluto de dicho ídolo y del "empleo" ya no determina la vida, pues está sujeto a los fines, objetivos y propósitos capitalistas. El trabajo humano debe estar al servicio del ser humano, de la naturaleza y del resto de seres vivos, al servicio del equilibrio natural y al servicio de la satisfacción de nuestras necesidades vitales, tanto biofísicas como psicológicas y psicosociales. El trabajo humano debe estar al servicio y en función de la organización del uso sensato de posibilidades comunes, al servicio a su vez de una actuación social planificada, justa, equitativa y consciente. Toda la riqueza producida por el mundo laboral debe ser aprehendida directamente según las necesidades, y al servicio de éstas. Toda esta crítica al trabajo, ya lo dijimos al principio, a nuestro juicio, es una declaración de guerra al orden y al pensamiento dominante y a los peligrosos valores del neoliberalismo, así como a toda la filosofía desreguladora de los mercados que nos vienen imponiendo, y que iremos analizando también en posteriores entregas. Hay que ir sustituyendo la cultura de la propiedad privada y la obligación competitiva de trabajar para ganar dinero, por una cultura de los bienes comunes y una producción orientada a las necesidades de las comunidades, así como del cultivo del ocio. Para ello ese ídolo trabajo debe dejar de venerarse. Los defensores del trabajo bajo el modelo capitalista argumentarán que entonces se instalaría una pereza generalizada. En el fondo no creen en el ser humano. ¿Entienden como "normal" y "natural" un sistema que se basa en la pura imposición? Les asusta la pereza y el ocio como "pecado mortal" contrarios al espíritu del trabajo. Argumentan la ley del esfuerzo como sanadora y como motor que hace evolucionar al ser humano y a la sociedad, pero lo único que sanea son las cuentas de resultas de las grandes empresas, y hace ricos a sus dueños, accionistas y directivos.
La pereza y el ocio no deben asustarnos. Son características propias del ser humano, comportamientos racionales y deseados, incluso inspiradores de grandes obras que han perdurado en el tiempo a través de diversas civilizaciones. Una de las metas fundamentales de la pereza es volver a recrear esa cultura del ocio que un día conocieron todas las culturas y civilizaciones humanas, y que fue destruida para instalar una forma de producir irracional, sin descanso y ajena a todo sentido. Pero como ya habíamos avanzado, de ninguna manera cesará toda actividad cuando desaparezcan las imposiciones del ídolo trabajo capitalista. Simplemente se restará poder a las organizaciones empresariales, ya que serán las propias personas las que, retomando el control, el rumbo y dirección de sus vidas, determinarán también el transcurso respecto a las formas organizativas de su vida laboral, en vez de verse determinadas por el dictado de la explotación de la economía de empresa. Las personas volverán a ser dueñas de su vida. Podrán planificar su maternidad/paternidad, sus viajes, sus proyectos, sus sueños y anhelos, sus descansos, sus investigaciones, sus aficiones, sus hobbies y sus deseos de forma mucho más libre. No será el modelo económico capitalista, orientado a la rentabilidad empresarial, quien domine y marque el ritmo y posibilidades de nuestras vidas. En palabras de los creadores del Manifiesto citado: "Lo que hay que hacer es redescubrir la lentitud". Y valorarla. No desaparecerán, evidentemente, las actividades domésticas ni del cuidado de las personas que esta sociedad del trabajo ha hecho invisibles, ha separado y ha definido como "femeninas". Pero estas actividades imprescindibles podrán aparecer a la luz de una organización social más justa y consciente, más allá de las prescripciones de género. Perderán su carácter precario en tanto que no supondrán la subordinación de unas personas a otras y serán realizadas, según las circunstancias y las necesidades, por igual tanto por hombres como por mujeres.
Siempre habrá muchas más cosas que se podrán hacer (a nivel particular) y organizar (a nivel social y comunitario) por decisión libre, ya que la propia actividad humana es una necesidad, al igual que el ocio. Quiénes sólo reconocen la actividad y el trabajo bajo el sistema capitalista es que no conocen la naturaleza humana. Ni siquiera el trabajo ha sido capaz de acabar del todo con esa necesidad humana de actividad, de proyecto, sino que la ha dificultado, y sobre todo la ha instrumentalizado para sí y la ha succionado hasta su agotamiento. La meta de una sociedad libre y equilibrada es que ocio, tareas necesarias y actividades elegidas libremente guarden una proporción razonable entre sí, que se rija por las necesidades y las circunstancias vitales. Hoy día, en cambio, el trabajo absorbe por completo todas las demás facetas, que se adaptan y se recomponen en función del trabajo. Una vez sustraídas a las imposiciones capitalistas del trabajo, las modernas fuerzas de producción podrán incrementar enormemente el tiempo libre disponible para las personas. ¿Para qué pasar tanto tiempo en fábricas y oficinas, cuando autómatas de todas clases pueden realizar buena parte de esas actividades por nosotros? Analizaremos en próximas entregas, no obstante, la visión real del "aporte" de la tecnología al trabajo humano, para desmentir también alguna que otra falacia, y situarlo en su justo término. Una sociedad así, liberada del dogal y de la presión del trabajo, será mucho más fructífera pues redundará en mayores cotas de libertad personal y social para el conjunto de los individuos. Unos individuos que se sentirán más realizados, más libres y más igualitarios. La dictadura empresarial (y con ella el trabajo precario) irán desapareciendo, para desgracia de las corporaciones, pero en beneficio de la humanidad, ayudando a revertir la arquitectura de la desigualdad. Continuaremos en siguientes entregas.