Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Siendo un país limítrofe con África, de la que apenas la separan los doce kilómetros del Estrecho, a España le ha correspondido el ingrato papel de cerrar las puertas a toda la inmigración que desde África pretende alcanzar el territorio europeo. Como buen perro guardián, España obedece a sus amos europeos endureciendo sus condiciones de acceso, levantando alambradas y patrullando sigilosamente toda la zona marítima que abarca el estrecho
El caos provocado en los países africanos mediante guerras, conflictos y Golpes de Estado, no cesa de retroalimentar el éxodo masivo de migrantes. A ello se une el profundo y brutal saqueo de recursos naturales, donde abunda también el trabajo esclavo y el indecente y terrible trabajo infantil del que se valen muchas compañías, sobre todo tecnológicas. La sistemática destrucción de la agricultura y de la ganadería es la que ha multiplicado el hundimiento de productos autóctonos y tradicionales como el café, el cacao, el arroz, etc., lo que ha contribuido a extender por todas partes el paro y el desempleo, imponiendo ridículos salarios de hambre, y acabando con todo atisbo de derechos sociales. La desolación que experimenta la población africana es devastadora, unido a la propia urgencia vital en los casos donde sus viviendas han sido destruidas, y sus familias aniquiladas, o abandonadas en la más absoluta ruina. Ante todo este siniestro panorama, las grandes corporaciones transnacionales han encontrado sus enormes nichos de mercado en la explotación y el saqueo de los recursos de los países africanos, y su colocación ventajosa en los mercados internacionales, llegando en muchos casos a claros oligopolios. En este artículo del Blog "Espacio Independiente" se explica con claridad: "Introduciendo productos alimenticios a bajo precio en el mercado africano, las multinacionales han logrado hundir la producción y comercialización local, para multiplicar los precios y la consiguiente dependencia exterior. El control y manipulación de las semillas, los abonos y el equipamiento necesario han realizado el resto. Las hambrunas no son sólo consecuencia de las sequías, sino de los planes de los bancos internacionales y de las empresas multinacionales. Los productores occidentales de alimentos están subsidiados por sus respectivos Estados, por lo que sus precios no son los reales".
Y continúa: "La UE, a través de la Política Agraria Común, subvenciona en un 40% a los productores agrícolas y los EE.UU. en un 30%, para que sus excedentes se hagan con el control del mercado internacional a bajo precio. Esto ha llevado a que sea un pequeño grupo de multinacionales como Monsanto, Cargill, ConAgra, Dupont, Pioneer, Bunge..., las que controlen la agricultura mundial y su comercio. A lo que se une el monopolio de las semillas genéticamente modificadas que los campesinos se ven obligados a comprar año tras año, y con ellas otros productos". Este panorama contribuye a debilitar los mercados locales africanos, y a despojar a sus agricultores y ganaderos de sus cultivos, bienes y productos. Por otra parte, tierras de cultivo tradicionales, de grandes extensiones, están siendo dedicadas a la producción de agrocombustibles, para la fabricación de etanol (alcohol para ser utilizado como carburante a partir de la patata, la remolacha, el maíz o el trigo). Para ello, las grandes corporaciones están haciéndose con buena parte de las extensiones de cultivo que son expropiadas a los pequeños campesinos o comunidades locales, que en el caso de África alcanzan cifras de más de 60 millones de hectáreas. El proceso se resume así de forma breve: de constituir grandes exportadores de alimentos, los países africanos han pasado a importar de todo para poder mal comer y mal vivir, cuando su población depende en su inmensa mayoría de la agricultura y de la ganadería. La propia ONU ya constató hace tiempo esta situación, señalando que es la especulación de productos de alimentación básicos la responsable de esta gravísima crisis alimentaria (con pérdida de soberanía incluida), y que el Banco Mundial y el FMI (guardianes de la política neoliberal globalizada) son los responsables de las políticas de liberalización impuestas, que a su vez han inducido a los países africanos a desarrollar cultivos para la exportación, y a importar alimentos de consumo diario, como los lácteos y los cereales.
Todo un proceso vil y deleznable, como puede comprobarse. Existen unos grandes ganadores: las grandes corporaciones multinacionales, que concentran el poder y la propiedad sobre los cultivos y las semillas. Y existen unos grandes perdedores: las poblaciones de estos países africanos, que a pesar de su riqueza natural son expoliados continuamente, y se ven obligados a importar para poder comer diariamente lo que sus cultivos ya producen. El artículo de referencia añade: "La especulación se ha impuesto a través de las multinacionales. En la Bolsa de Chicago se han vendido desde hace años las cosechas del próximo decenio, provocando subidas de precios artificiales. Como sucedió con los precios inmobiliarios, los precios de productos agrícolas forman paquetes multimillonarios de contratos de "derivados", como viene sucediendo con el trigo, el arroz y el maíz". Absolutamente despreciable e intolerable. La aberración no se da sólo en la propia especulación con productos de primera necesidad, que también, sino con la terrible circunstancia añadida de empobrecer con ello países enteros cuyo medio de vida ha sido saqueado. Y como se empobrece a la población, al despojarla de sus medios de vida y de producción, resulta que en medio de una capacidad agrícola intensiva y creciente, dirigida por las grandes empresas y bancos, se extiende la hambruna de millones de personas que carecen de ingresos para poder acceder a la compra de productos alimenticios básicos, multiplicándose el número de desnutridos y hambrientos. Hace ya décadas que contemplamos en los programas informativos los cuerpos escuálidos y los semblantes de desesperación de algunas tribus africanas, ante la impotencia de no poder comer, ni trabajar, ni adquirir los productos básicos por ninguna otra vía. Y ello puede provocar, por ejemplo, que una muchacha de Senegal, hastiada de la situación y completamente desesperada, se embarque en una patera que la llevará supuestamente a un nuevo mundo más próspero, aunque dicha prosperidad, en caso de que consiga llegar aquí, tenga que trabajarla a costa de vender figuritas que su anciana madre le prepara en su tierra. Es así de triste.
Pero aún tenemos problemas añadidos a todo lo ya descrito. Porque cuando este fenómeno de huida se vuelve masivo, el despreciable alma de muchas personas comienza a dedicarse a intentar sacar provecho de la desgracia de los demás, y así se van forjando terribles mafias que despiadadamente se colocan como intermediarias en estas labores de huida, manejando a su antojo la vida de estas personas, para continuar explotándolas, antes, durante y después del viaje a la nueva tierra prometida. Alguien podría continuar pensando que por qué no se quedan en sus países a trabajar por un futuro mejor, participando del trabajo de estas grandes empresas colonizadoras. Por ejemplo, las reservas de petróleo y de minerales, como hemos indicado, son codiciadas por las grandes potencias, de tal forma que África ya proporciona más petróleo a los Estados Unidos que Arabia Saudí. Y en muchos países las explotaciones mineras llevan aparejados ejércitos y aeropuertos privados que recolonizan países enteros y extienden sus tentáculos casi a toda la población joven y en edad de trabajar, pero imponiéndoles condiciones de esclavitud. Muchos se quedan a trabajar así, pero a otros muchos les ciega con razón la rabia y la impotencia de saberse esclavizados por extranjeros en sus propios países, lo que desata el deseo de huida para buscar mejores alternativas. ¿No nos pasaría a muchos/as de nosotros/as también? Sólo hay que aderezar nuestros razonamientos con un poco de empatía, con un poco de sensibilidad y con un poco de alma. Dejar a un lado en nuestra mente la comodidad de nuestra vida "occidental" e intentar ponerse en el lugar de otros. Duro ejercicio, sobre todo cuando jamás hemos vivido esas terribles experiencias. Para imponer todo ese régimen de saqueo y explotación muchas veces las potencias imperialistas toman posiciones estratégicas sobre los conflictos armados, instigándolos y controlándolos (apoyando a ciertos líderes o gobernantes a su servicio, y difundiendo calumniosas campañas de intoxicación informativa), que en el fondo son su instrumento fundamental para apropiarse de las materias primas y de los recursos naturales de la región en cuestión (el oro, los diamantes, el coltán, etc.).
Y así, las guerras de rapiña, las guerras tribales internas, los choques de poder, las subdivisiones de países, las guerras de destrucción con millones de víctimas, en fin, se multiplican por grandes extensiones y se tornan endémicas en numerosos países, provocando muchos millones de personas desplazadas. Estas personas son el caldo de cultivo para las masivas migraciones que intentan abandonar su patético e injusto mundo, cruel y destructivo, en busca de una vida mejor. Como nos recuerdan en el artículo de referencia, esta recolonización política y económica de África se ha planificado desde el capital financiero internacional, en el ámbito de una extrema competencia entre los capitales franceses (que mantienen el control del franco CEFA sobre numerosos países) y los capitales norteamericanos y de sus aliados económicos en un contexto de crisis internacional y de guerra económica y comercial. Pero los pobres africanos no tienen culpa. Ellos vivían, con sus lógicas limitaciones, en un mundo más o menos armónico, que les proporcionaba lo suficiente para poder vivir con dignidad. No eran las potencias más avanzadas del mundo en arte, en ciencias o en tecnologías, mucho menos en industria, pero tenían lo suficiente para poder vivir de forma austera, pero saludable y justa. Lo que el resto de países que se llaman "desarrollados" deberían haber hecho es fomentar la inversión en cultura y educación en el continente africano, dotar de mejores medios a las comunidades indígenas, acabar con el hambre y el analfabetismo en los países más deprimidos...en una palabra, erradicar (o minimizar, al menos) las terribles desigualdades económicas y sociales de estos países. Pero en vez de ello, se han utilizado sus riquezas naturales esquilmándolas y poniéndolas salvajemente al servicio de los grandes capitales internacionales, valiéndose para dicho objetivo de las más aberrantes estrategias, desde saquear poblados hasta fomentar guerras y enfrentamientos tribales, pasando por la destrucción y la devastación más pura y dura de sus territorios. Ahora estamos pagando el precio de todo ello. Continuaremos en siguientes entregas.