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Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

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Arquitectura de la Desigualdad (134)

Arquitectura de la Desigualdad (134)
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La introducción de una renta básica representa un primer paso importante en la separación entre el trabajo asalariado y el ingreso. Desde un punto de vista económico, esta separación significaría un cambio drástico en la forma en que el capitalismo se reproduce actualmente: al convertir la fuerza de trabajo en un bien comprable que puede venderse en el mercado por un precio (un salario), el capitalismo ha vinculado el trabajo con la provisión de los medios necesarios para vivir. De hecho, la adopción de un sistema de renta básica puede ofrecer aspectos importantes que cambiarían fundamentalmente nuestro sistema económico actual

Danielle Guizzo y Will Stronge

En la última entrega pusimos como referencia de críticas desde la izquierda a la RBU un artículo de Eduardo Garzón, que nosotros ya, en esa misma entrega, comentamos, debatimos, y expusimos nuestros puntos de encuentro y desencuentro. Pues bien, otro autor que también respondió a Garzón fue Carlos G. Osto, en este artículo para el digital Rebelion, cuyos criterios más relevantes recogeremos aquí a continuación. Para la primera crítica (donde Garzón alegaba que la RBU monetarista continuaba bajo los parámetros del capitalismo), Osto aduce que no debemos tratar a las personas de forma tan infantil e irresponsable como para sospechar que alguien podría gastarse de forma (¿incorrecta? ¿en lujos?) la cantidad de la RBU (que como siempre decimos, está pensada como una prestación para erradicar la pobreza, no para hacernos millonarios). Por otra parte, también alega que las prestaciones en especie también se canalizarían a través del mercado capitalista, y por tanto, no cabe lugar para catalogarla de otra forma. Por otra parte, no entendemos muy bien las críticas de Osto a los Planes de Trabajo Garantizado (PTG), sospechamos que no ha entendido muy bien la idea. Estamos de acuerdo con él, no obstante, cuando le critica a Garzón el tercer inconveniente (basado en la posibilidad de crear inflación a través de la RBU), ya que la inflación no es inquietante desde el punto de vista económico, ya que de todos modos, la inflación es controlada por los grandes agentes del capitalismo, que la provocan atendiendo a sus intereses. También nos parece correcta su crítica al punto 4 de los inconvenientes expuestos por Garzón, en el sentido de que los empresarios siempre intentan bajar los salarios. Coincidimos con Carlos G. Osto en que parece que Garzón no ha entendido el significado de la incondicionalidad de la medida de la RBU.

 

También desmiente, como ya hicimos nosotros en el artículo anterior, la crítica sexta de Garzón a la RBU, en cuanto a lo que suponen los costes administrativos de la misma, en comparación con una Renta Mínima condicionada. Dicho todo lo cual, mostramos nuestra inquietud y preocupación, compartida con Carlos G. Osto, en que desde la izquierda se puedan verter este tipo de críticas a una medida tan revolucionaria como la RBU. Toda medida social, política o económica que cualquier Gobierno pueda tomar ha de verse siempre en modo relativo. Esto significa comparar los parabienes que se puedan identificar (ventajas y bondades de la medida en cuestión) con los inconvenientes o desventajas de la misma. Y en el caso de la RBU, las ventajas son tan inmensas, tan grandiosas, tan potentes, tan radicales, que creemos que minimizan todos los inconvenientes que se puedan detectar. Constatamos, por tanto, con profunda tristeza, cómo aún hoy día existen algunos sectores en la izquierda que miran con unos anteojos equivocados, con unas miras miopes, con una mirada de luces cortas. Porque en efecto, el calado de una medida como la RBU llega a ser tan profundo y positivo que nubla cualquier crítica que podamos efectuar sobre ella. Por supuesto, no es una medida definitiva, ni perfecta, ni el bálsamo de fierabrás para curar todos los males, ya lo venimos afirmando desde el primer artículo donde comenzamos a abordarla. Pero cumple su papel con bastante justeza, equilibrio, altura, justicia social y redistribución de la riqueza. De hecho, estamos seguros de que si no fuera así, no sería una medida tan demonizada por la derecha. Carlos G. Osto lo ha explicado en los siguientes términos: "Siempre ha existido un racionalismo económico entendido como necesidad de supervivencia, pero el capitalismo consigue llevar este racionalismo a la situación en la que el interés de apropiación de riqueza por unos pocos se normaliza en el pensamiento de los que son utilizados/consumidos. Si decimos que la filosofía es el ¿Por qué?, y la ética (no la que debería ser, sino la que hay) una racionalización de los actos humanos, está claro que dicho racionalismo económico encauza la práctica de los comportamientos hacia el interés egoísta de los poderosos". 

 

Y es que la ideología burguesa del Trabajo ha conseguido muy bien su objetivo, como también hemos reflexionado en anteriores entregas. Tal es la aceptación mental que tenemos sobre el concepto de trabajo que es extremadamente complicado variar los parámetros mentales donde se mueve un inmenso porcentaje de la ciudadanía. Pero en fin, tendremos que seguir intentándolo. Incluso una medida tan fructífera e inocente como el reparto del trabajo es mal vista entre la clase capitalista, que se aferran a continuar explotando la fuerza de trabajo de los hoy cada vez menos activos, ampliando horarios, cargándolos de horas extraordinarias no pagadas, mientras dejamos en el desempleo a cientos de miles de personas, tan cualificadas como aquéllas que trabajan. Hasta ahora no hemos conseguido siquiera que esta propuesta de reparto pueda ser entendida. Es tal el estrecho margen del pensamiento laboral dominante que no cabe ni siquiera una tímida idea de reparto del mismo. Y como Carlos G. Osto afirma en este otro artículo: "Si el paradigma no es capaz de asegurar las necesidades de la población, es necesario cambiar de paradigma". Estamos viendo que cada vez cae más gente en la pobreza, que los trabajos asalariados son insuficientes, que ya no permiten vivir dignamente, que las personas caen en la desolación más absoluta al no poder satisfacer sus necesidades y las de sus familias, que el modelo capitalista hace aguas por todas partes...pero no somos capaces de llevar a cabo una reflexión serena, hasta el fondo del asunto, poniendo en cuestión hasta los últimos fundamentos del sistema que nos explota y nos oprime. Nos hablan de crisis, de desempleo tecnológico, de robotización de la economía, y nosotros aún continuamos persiguiendo el ideal del "pleno empleo". Precisamente es hora de aprovechar el caudal de productividad que las TIC han introducido en el mundo laboral, para no dejar en la estacada a las personas expulsadas del mercado del trabajo. 

 

Aceptamos entonces la precariedad laboral, la existencia de trabajadores/as pobres, la expulsión de mucha gente de los mercados laborales, antes que el reparto del empleo existente, las condiciones dignas de trabajo, y una Renta Básica Universal que destierre la pobreza, la miseria y la exclusión social de nuestras sociedades. Esta es la auténtica paradoja que alimenta la arquitectura de la desigualdad laboral. No podemos continuar defendiendo por más tiempo, de forma acrítica, un sistema que no funciona, no podemos seguir legitimando el modelo capitalista de trabajo asalariado como tótem inevitable para la clase trabajadora, cuando tantas pistas nos ponen en el camino de su inviabilidad. Hay que superar la relación y dependencia salarial con la supervivencia de las personas que forman una sociedad. Hay que desligar la necesidad humana de los mercados laborales, hay que separar el fundamento de la cohesión social con los avances o intereses de tecnologías, mercados o agentes laborales. Hasta que no lo hagamos, continuaremos (incluso inconscientemente) abonando los perversos postulados capitalistas del trabajo humano, que nos han conducido a la situación que padecemos actualmente. Hemos de asumir la necesidad imperiosa y fundamental de cubrir las necesidades básicas de las personas al margen de la evolución de los mercados de trabajo, que responden a los intereses capitalistas de las empresas y corporaciones. De ahí que avalemos también la medida de los Planes de Trabajo Garantizado (PTG), estemos de acuerdo con ella, a un nivel diferente, con otros objetivos distintos, y bajo otros parámetros distintos a la RBU, pues ambas medidas no entran en competencia. Las dos medidas son buenas porque rompen los paradigmas capitalistas, pero cada una lo hace a su modo y manera. Ambas luchan contra la arquitectura de la desigualdad. No entran en conflicto, no se dirigen a los mismos objetivos, no se basan en los mismos problemas, no ofrecen las mismas soluciones. Cada una a su modo, son perfectamente defendibles y coexistentes. Debemos luchar por ambas, por su implantación lo más rápidamente posible, sin anular a la otra. 

 

La clase capitalista también teme a los PTG, pues aunque no cubrirían (al menos durante sus primeros años de implantación) a todas las personas demandantes de empleo, podrían cubrir progresivamente un arco más amplio del trabajo social humano, que no de los mercados capitalistas al uso. Los PTG también luchan contra el paradigma capitalista del empleo asalariado, y por tanto, son también una medida muy interesante. Con los PTG el trabajo se socializaría, se humanizaría, se colectivizaría, se transformaría en un instrumento al servicio del bien común, se alejaría de los intereses del gran capital. En este sentido, los PTG reflexionan y aplican el trabajo humano donde realmente hace falta, más allá de puntuales nichos de negocio o actividades rentables para el capital. Los PTG deberían además mirar cada vez hacia comunidades más locales, para ser dependientes de los recursos de dicha comunidad, y enfocados a los servicios y necesidades de dicha comunidad. Los PTG revolucionarían el trabajo humano hacia parámetros más sostenibles y sociales, más locales, y menos dependientes de grandes recursos económicos y de grandes infraestructuras energéticas. Pero insistimos: ambas medidas trabajan en círculos distintos. Los PTG reducirán la pobreza, lo cual la convierte en una buena medida, pero la RBU la eliminará completamente, ya que al ser incondicional y estar situada justo en el umbral de la pobreza, automáticamente ningún ciudadano/a estaría por debajo de dicho umbral. Los PTG mejoran la misma esencia del trabajo, pero la RBU nos libera y desliga del trabajo. Esto es algo muy importante, sobre todo porque como hemos dicho más arriba, los PTG no podrán llegar a toda la población trabajadora durante los primeros años (quizá tampoco durante los siguientes). Pero en cambio, la RBU es universal, para todo el mundo, los ricos y los no ricos (porque ya no habrá pobres), los que trabajan (en cualquiera de las modalidades que hemos distinguido) y los que no lo hacen, etc. Por todo ello, insistimos en que cualquier posibilidad de enfrentar en un discurso a ambas medidas sólo exhibiría una muestra de ignorancia, en el mejor de los casos. Desde la izquierda debemos defender ambas medidas, pero cada una para lo suyo, dejando bien claro que cada una se dirige a un ámbito de actuación, y combate problemas distintos. Continuaremos en siguientes entregas.

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