Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Al socialismo sólo se puede llegar en bicicleta
A medida que avanzamos en la presente serie de artículos, nos vamos dando cuenta de las profundas incompatibilidades existentes entre el capital y todas las formas de vida. De hecho, poner la vida en el centro (una buena vida, digna de ser vivida) es el reto común y principal que poseen todas las disciplinas que conviven (y de ahí quizá el nombre) en el Buen Vivir. Los dueños del capital llevan desde hace décadas sosteniendo una guerra sin cuartel contra la vida, contra todas las formas de vida, no solo la humana, sino la de todos los animales, todos los seres vivos, y hasta la propia naturaleza que nos alberga. O ganan ellos, lo que significa que la vida se orienta hacia la predominancia de los mercados, o ganamos nosotros, y ponemos como epicentro el mantenimiento, la conservación y la sostenibilidad de la vida, de todas las vidas. El Buen Vivir apuesta por un cambio radical, por la disputa de las hegemonías política, económica, y hasta cultural. Ecologismo y Feminismo nos muestran que existe una oposición entre la maximización del capital y el beneficio insaciable y todos los trabajos, y como consecuencia, todas las vidas. El Ecologismo Social, por su parte, nos viene demostrando con creces y en todas sus facetas la oposición entre el capital y la vida (el conflicto capital-planeta, que ya tratamos en este artículo). El capitalismo ha conseguido destrozar, durante su extensión y globalización, hasta nuestras últimas bases antropológicas que determinan la vida: nuestras necesidades básicas, nuestro marco de relaciones, las solidaridades, las reciprocidades entre humanos, nuestras escalas de valores, etc.
Y al toparse con los propios límites biofísicos del planeta, y ser incapaz de seguir ampliando la esfera material de la economía, ha entrado en sendas aún más voraces y peligrosas, como la financiarización, la especulación, las burbujas virtuales, la mercantilización de derechos humanos...De este modo, esta fase actual y enloquecida del capitalismo ha entrado en una diabólica espiral que devorará todos los seres vivos, todos los recursos naturales, y todas las formas de existencia en el planeta. Pero el capitalismo, contradictorio por naturaleza, se resiste a asumir las dinámicas de agotamiento, y continúa en su frenético avance destructivo. Y es destructivo porque, para sostener ratios de crecimiento económico, hace falta flujo de mano de obra y flujo de recursos naturales y materias primas. El primer factor necesita de tiempo de vida de las personas, y el segundo, tiempo de vida de la naturaleza. Ambos factores se complementan entre sí. Pero si aniquilamos ambos factores, precisamente por no respetar los ciclos y equilibrios de los ecosistemas naturales, ni tenemos vidas humanas (ni de resto de animales) ni tenemos naturaleza desde la que extraer lo que nos hace falta. Entonces llega el colapso. De hecho, como venimos afirmando, ya estamos asistiendo a él. Pero el colapso no hay que entenderlo como lo que vemos en el cine norteamericano, es decir, una especie de abrupto fin del mundo de un día para otro, sino como una degradación permanente y continuada del medio ambiente y de sus ciclos y recursos naturales, que harán imposible la vida en cierto lapso de tiempo, o al menos la vida tal como la entendemos hoy día, es decir, la vida dentro de la civilización industrial.
Por otra parte, si el sistema prescinde de la mano de obra humana, porque gracias al avance imparable de las nuevas tecnologías muchos ámbitos pueden ser robotizados, entonces se requerirá un uso aún más intensivo de materiales y de energía, que alterará todavía más y a un mayor ritmo la dinámica natural, provocando mayores distorsiones, fruto del rápido cambio de los ciclos naturales, y del agotamiento de los combustibles fósiles. Si no programamos y asumimos este cambio de forma democrática, lo que se produzca llegará cada vez a menos personas, es decir, que habrá un estrechamiento del margen de personas a las que abarcará una economía, digamos, desarrollada. Si dejamos que ocurra esto, estaremos, incluso sin darnos cuenta, abriendo la puerta a los más perversos fascismos. La lucha por los recursos se volverá violenta y cruel. Los límites de la biosfera cada vez se alcanzarán y se sobrepasarán más, pero la producción llegará cada vez a menos personas. Desestabilizaciones y revueltas sociales, derivadas de situaciones de escasez, se producirán cada vez más frecuentemente, y serán cada vez más violentas. De hecho, ya existen muchas vidas colapsadas en nuestro planeta, en países y Estados fallidos resultantes de guerras y conflictos armados, conflictos que se programaron precisamente para eso, para acaparar los recursos naturales que allí hubiera, dejando al margen a la población de dichos países. Siria, Irak, Afganistán, etc., son hoy sociedades brutales, enquistadas, caóticas, colapsadas, donde existen atentados contra la vida casi todos los días, donde los recursos están controlados casi por mercenarios que trabajan para grandes empresas, cuyas instalaciones son vigiladas por poderosos ejércitos...ese es el mundo que se nos viene encima, si no somos capaces de frenarlo. Muchos países africanos se encuentran en caos social, económico y político porque los países occidentales, símbolo del capitalismo más descarnado, las principales potencias mundiales, han instalado allí sucursales potentes de acaparamiento de sus recursos, y utilizan únicamente a los nativos como mano de obra barata, casi esclava...
Si sus habitantes intentan llegar a nuestro mundo occidental, a este mundo mal llamado "desarrollado", esos migrantes son interceptados, les impiden su llegada, permiten que se ahoguen, los encierran, no los integran, les ponen mil trabas, los persiguen, pero sin embargo no hacen lo mismo con sus mercancías, con sus materias primas, con sus productos, porque éstos sí que interesan, y mucho, para que puedan continuar nuestras opulentas vidas, nuestras vidas derrochadoras y salvajes, insolidarias y destructivas. Hace ya décadas que vivimos bajo una especie de fascismo imperial, colonial o intercontinental, donde esos países "pobres" (ricos en recursos naturales, en agua, en petróleo, en coltán, en minerales, en gas...) alimentan a los países "ricos" (no lo son, sólo son poderosos para imponer a los otros su voluntad) de todo lo que necesitan, a costa de su propia destrucción. Vivimos como si no fuera a existir un mañana, el capitalismo y sus tecnologías nos han inculcado sus valores de inmediatez, de anulación de la reflexión, del acaparamiento rápido y cuantioso de recursos, del extractivismo salvaje y continuo, como si nuestro planeta fuese infinito, como si no se gastara nunca. La filosofía del continuo crecimiento es un mantra absoluto que impera en nuestras mentes, gracias al acopio constante de recursos y de mano de obra, pero el crecimiento como destino sagrado al que aspirar toca a su fin. Hay que desarmar el discurso capitalista que nos vende que si la economía no crece nos morimos de hambre. Precisamente lo insostenible es continuar creciendo. La vida sólo será posible si dejamos de crecer, si orientamos nuestra producción y nuestro consumo a otros parámetros, a otros objetivos. Y si toda esa enloquecida carrera la ilustramos con el pastel de la "creación de empleo", entonces ya tenemos cautivas cientos de miles de mentes, miles de millones en todo el mundo.
Esa "creación de empleo" es un caramelo envenenado que nos han vendido, que basa su éxito en anular la ética del trabajo humano, es decir, en poner el trabajo por encima de todas las cosas. Entonces, validamos cualquier empleo porque "la economía tiene que crecer", para que todo el mundo pueda vivir, y legitimamos cualquier tipo de trabajo que podamos hacer: da igual si construimos un hotel a orillas del mar, o si fabricamos armas para la guerra, o si creamos tecnología para vigilar las fronteras, o si creamos un edificio para albergar residuos nucleares. La cosa es producir, emplear a personas, montar negocios, emprender, hacer crecer la economía, a toda marcha, a toda máquina, sea como sea, como sea...Una suicida carrera que nos lleva a la autodestrucción. Nuestros empresarios y políticos nos venden la construcción de un aeropuerto sin aviones, una incineradora que nos envenena el aire y la vida, la extensión hasta el último rincón del Tren de Alta Velocidad (un AVE innecesario, mientras abandonan el mantenimiento de los Talgo anteriores)...y por vendernos, nos venden hasta viajes ¡Al espacio interestelar! para quien los pueda pagar Y todo ello nos lo venden como progreso...¿qué progreso es éste? ¿El progreso para un bienestar humano o el progreso para engordar las cuentas de resultados de las grandes empresas implicadas? Esos proyectos deberían ir obligatoriamente a proteger todos los recursos para poder desarrollar vidas dignas para el conjunto de la población, en vez de incidir en la riqueza de los más poderosos. Hemos de parar ese infernal carro y asumir que todos somos ecodependientes y sociodependientes, lo que significa que estamos insertos en la naturaleza (no podemos vivir sin ella), e insertos en una sociedad (no podemos vivir sin los cuidados de otras personas). Cuidar ambos aspectos son fundamentos básicos para el Buen Vivir. Continuaremos en siguientes entregas.