Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Las personas migrantes son la parte más golpeada de la clase explotada. Millones de personas son empujadas a migrar por causa del saqueo capitalista de sus países, porque las transnacionales desvían ríos, pulverizan montañas y aridifican el suelo, explotan y empobrecen a la población. Millones de personas son empujadas a migrar por causa de las guerras imperialistas con las que las burguesías de la UE y EEUU se aseguran el saqueo más absoluto de los recursos naturales del mundo. Y una vez en las metrópolis capitalistas (cuando logran llegar sorteando trayectos de espanto) esas personas migrantes (su fuerza de trabajo y sus cuerpos) son saqueadas, molidas en la esclavitud moderna: en el agroindustrial, en fábricas de espanto, en semiesclavitud
Como una visión general del fenómeno de las migraciones y su perverso tratamiento a través de las actuales políticas de fronteras, tomaremos a continuación como referencia las opiniones y criterios de Recce Jones (Virginia, 1976), geógrafo y autor de la obra "Violent Borders", en entrevista realizada por Álvaro Guzmán para el medio Contextos. Su trabajo estuvo centrado en tres fronteras concretas, como son las que separan Estados Unidos de México, Israel de Palestina y la India de Bangladesh. Retrata la demoledora radiografía de la violencia en las fronteras de todo el mundo. Se basa en un minucioso análisis bajo los puntos de vista histórico, jurídico, sociológico y económico, pero también trufado de historias personales de los/as migrantes que tratan de cruzar esas fronteras. Con todo lo cual, su propuesta para resolver estos problemas va en la línea que nosotros llevamos dibujando desde el inicio de esta serie de artículos: dejar libertad de movimiento a las personas, y poner coto al capital, justo lo contrario de lo que ahora ocurre. El hecho de controlar y limitar la libre circulación de personas no es nuevo, existe una larga historia de Estados y gobernantes en posiciones de poder que han usado las restricciones a la libre circulación de las personas, sobre todo para limitar el acceso de los pobres a salarios más altos, es decir, prohibir que puedan acceder a mejores mercados laborales, de productos y de servicios. En dicho texto, el autor traza una conexión entre el sistema actual y sistemas del pasado como la esclavitud, la servidumbre, el feudalismo y las leyes contra pobres, vagos y maleantes. En esencia, cada uno a su manera, todos ellos eran mecanismos para limitar la capacidad de los pobres de desplazarse para buscar salarios más altos, y para obligarles a seguir viviendo en una zona concreta, y así explotar su mano de obra. Quizá la gran diferencia con el sistema actual sea que éste está globalizado, dentro de la ola predominante de capitalismo neoliberal. Y así, lo que antes sucedía dentro de cada país hoy sucede además entre países, de tal modo que los pobres están hoy contenidos en las fronteras por todo tipo de mecanismos legales: controles fronterizos, leyes de extranjería, pasaportes, concepto de ciudadanía, etc.
En nuestro mundo capitalista, desde hace ya 100 años al menos se está limitando y erosionando el derecho de las personas a la libre circulación, pero esto no era así en la antigüedad. En Estados Unidos, por ejemplo, no hubo ninguna restricción sobre quién podía entrar en el país hasta la década de 1880, con la Ley de Exclusión China. Y hasta 1924, el país no tuvo un sistema universal que regulase quién podía entrar en él o convertirse legalmente en ciudadano/a estadounidense. Antes de esa fecha, muchos de los pobres que habitaban en Europa pudieron hacerlo a finales del siglo XIX. Hay que tener en cuenta que el capitalismo de entonces aún no había despegado en cuanto a la globalización y en cuanto a la consolidación del modelo industrial-desarrollista actual. Véase incluso el caso europeo, donde se ha pasado durante los últimos 50 años desde un desmantelamiento de las fronteras nacionales, hasta la creación de toda una fortaleza europea que la convierte en la más letal del planeta. La Unión Europea eliminó las fronteras internas de sus países miembro, pero nunca deshizo las fronteras externas. Más bien todo lo contrario: durante los últimos 20 años, mientras aumentaba el número de migrantes, la UE ha dedicado todos sus esfuerzos a restringir sus movimientos, en especial en el Mediterráneo. España, por ejemplo, permitió el libre movimiento de personas desde el norte de África hasta que se unió al Tratado de Schengen, durante los años 90. Francia permitía sin prácticamente restricciones la inmigración de África durante los años 80. Y tanto en la frontera sur de Estados Unidos, como en las fronteras de la UE, se va observando una tendencia clara: mientras se levantan muros, se militarizan fronteras, se endurecen los controles migratorios, se destinan más agentes a patrullar los espacios fronterizos, etc., no se consigue frenar el efecto de la inmigración, pero sí en cambio aumentan las muertes. En 2017 murieron dos personas de cada cien que intentó cruzar el Mediterráneo, pero en cambio esa cifra era de 0,3 en 2015. Hay muchísimos más barcos patrullando, pero cada vez menos barcos humanitarios, y se han construido muros, por ejemplo en los Balcanes, cerrando una ruta de acceso relativamente fácil a la UE. Todo este endurecimiento y control empuja a la gente hacia rutas realmente peligrosas y provoca muchas más muertes. Esta tendencia continúa.
Por su parte, la Patrulla Fronteriza estadounidense no se creó hasta 1924, que como hemos indicado, fue el mismo año en el que se aprobó por primera vez una ley migratoria nacional. Es decir, a partir de esa fecha se tiene amplia conciencia del hecho migratorio, pero ambos hechos están íntimamente relacionados. No cabe duda, en opinión de Recce Jones, de que hubo un proyecto coordinado para expulsar a los nativos americanos y a los antiguos ciudadanos mexicanos que se habían quedado en Texas. Pero la línea fronteriza en sí misma no se patrullaba. La gente podía cruzarla sin problemas. Pero además en Estados Unidos y desde los atentados en 2001 a las Torres Gemelas de Nueva York (el famoso 11-S), se reimaginó la frontera como un lugar en el que detener el terrorismo, los agentes fronterizos hoy en día piensan y actúan en la frontera como la primera línea de batalla contra el terrorismo. Y una vez que se produce ese cambio de mentalidad, cambia también la manera en la que interactúan con la gente. Entonces tienden a pensar en las personas migrantes como potenciales terroristas, y a recurrir a la violencia como primera opción, en lugar de respetar la presunción de inocencia, y asumir los verdaderos motivos que impulsan a la gente a migrar. Obsérvese el indecente discurso del Presidente Trump, tachando directamente a los migrantes de "criminales" que vienen a invadir su país. Durante las últimas décadas, lo que ha propiciado la globalización, en unión al avance de las tecnologías, es abrir completamente las fronteras para el capital. Se levanta una empresa cada vez en menos tiempo, y una transferencia electrónica hace viajar al dinero en un segundo de un extremo a otro del planeta. Se han levantado todas las barreras para las corporaciones mediante todos los acuerdos de libre comercio que permiten que las grandes empresas operen en múltiples jurisdicciones, buscando los salarios más bajos, pero en cambio esas mismas barreras no se han abierto para los trabajadores, que se ven "contenidos en bancos de mano de obra barata" (en expresión de Recce Jones). Los TLC han levantado igualmente casi todas las barreras regulatorias, con lo que las grandes multinacionales acceden a diferentes regímenes regulatorios en los que las condiciones laborales cada vez se relajan más, y donde no existen salarios mínimos, ni sindicatos que representen a los trabajadores, ni protección social para los mismos, ni protecciones medioambientales, todo lo cual permite que las corporaciones no sólo se queden con todos los beneficios, sino que no tengan ninguna oposición, obstáculo ni barrera para explotar y saquear los recursos, territorios y personas a su antojo. La globalización ha provocado que esos raseros regulatorios caigan en picado, gracias a la competencia mundial, lo que ha perjudicado a la clase obrera de todas partes del mundo. Se han disparado las desigualdades, y los capitales se han visto reforzados para actuar con plena libertad en los mercados.
Las fronteras, tal y como las conocemos hoy día, y atendiendo a dichas características, no sirven para proteger a las actuales sociedades del siglo XXI. Generan discriminación, desigualdad y violencia para las personas, atacan al medioambiente, socavan la democracia y atentan contra los derechos humanos. Recce Jones lo explica en los siguientes términos: "Crear una frontera es un acto inherentemente violento, porque tras dibujar una línea en un mapa, uno tiene que imponer esa división sobre el terreno, estableciendo que un grupo de personas controla los recursos, la tierra y a la gente en ese espacio geográfico, lo que por definición excluye a otra gente del derecho a trasladarse a ese lugar. La única manera de imponer eso es, en último término, mediante el uso de la violencia. La violencia es producto de la frontera, no del movimiento de la gente". Lo que nos lleva a una evidente conclusión: si anuláramos las fronteras, desaparecería toda la violencia ligada a ellas. La gente tendría absoluta libertad de movimiento, y las sociedades se verían enriquecidas y complementadas. Si no existiera necesidad de proteger una frontera, desaparecerían también todos los delitos, violencias e inseguridades ligadas a ella. ¿Por qué a la globalización le interesan las fronteras? Pues veamos: si los trabajadores de todo el mundo tuviesen libertad de movimiento, podrían acceder a los salarios más altos trasladándose a donde estén esas condiciones de trabajo más favorables. Un gran número de economistas han demostrado que la manera más fácil de aumentar la riqueza de las personas en zonas pobres es precisamente eliminar las restricciones a sus movimientos. Pero si esto ocurriera, evidentemente el capital no podría tener el control, porque primaría la libertad de los trabajadores para moverse. A la globalización le ha interesado, por el contrario, restringir el movimiento de la mano de obra pero permitir al capital moverse de manera planetaria, de forma rápida, y aprovechando todos los recursos de las zonas ricas en los mismos, pero pobres en cuanto a condiciones laborales. Es decir, el actual sistema retiene a los trabajadores en ciertos lugares, y permite que el capital se mueva libremente para aprovecharse de las concentraciones de mano de obra barata. Y precisamente, una de las formas más claras de poner freno al movimiento humano es, precisamente, abrir, reforzar y vigilar fronteras. Lo que interesa en cambio es lo contrario, es decir, abrir las fronteras para el libre movimiento, permitiendo que los trabajadores se desplacen.
Y aunque pueda parecer lo contrario (estamos presionados a creerlo dada la enorme difusión del pensamiento dominante), diversos estudios han demostrado que el libre movimiento de las personas traspasando las fronteras resulta beneficioso a ambos lados de la balanza: por un lado, es bueno para los trabajadores que se trasladan, pero también para las economías que los reciben. En Estados Unidos, por ejemplo, la inmigración ha tenido un impacto neto positivo en la economía del país. Lo mismo ha ocurrido en el resto de países del mundo, y continuaría ocurriendo si las fronteras se relajaran. ¿Por qué no interesa hacer esto? El discurso convencional, neoliberal y dominante ha intentado esconder esta realidad económica bajo el discurso nacionalista e identitario, cuando en realidad es un discurso vacuo, intolerante e históricamente indocumentado. Los ignorantes del pensamiento neoliberal, unidos a las corrientes ultraderechistas y neofascistas, vierten un discurso sobre el "peligro" que para nuestra cultura representa la posible "invasión" de extranjeros de otros países, cuando en realidad hoy día prácticamente no existen culturas "puras" sobre la tierra desde ese punto de vista. Todos los pueblos y culturas actuales se han forjado históricamente durante siglos por la interacción, la armonía y la convivencia de diversas razas y culturas en su seno, son los Estados-nación posmodernos los que han ligado a ese hecho una determinada "identidad". Eso no quiere decir que no existan los pueblos y las culturas, lo que estamos afirmando es que ese supuesto "peligro" de disolución de nuestra cultura en otra que venga a invadirnos es un bulo creado por la globalización neoliberal, a la que le interesan las fronteras por las razones que estamos explicando. De hecho, Recce Jones aporta un dato fundamental y muy curioso, que ha comprobado experimentalmente, cruzando el PIB per cápita de diversos países con los sitios donde existen o se construyen más muros. Y en este sentido, existe una clara correlación que nos muestra que se levantan muros allá donde existe un país más rico al lado de otro más pobre. El caso de la India y Bangladesh es muy ilustrativo: el PIB per cápita de la India es mucho más alto que el de Bangladesh, y hay 20 millones de bengalíes trabajando en la India. Pues precisamente, en la frontera entre estos dos países es donde más gente muere, y la India resulta el país del mundo con más kilómetros de vallas y muros. El aspecto económico es, pues, fundamental. Continuaremos en siguientes entregas.