Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
La palabra de orden ‘decrecimiento’ tiene como principal meta enfatizar fuertemente el abandono del objetivo del crecimiento ilimitado, objetivo cuyo motor no es otro sino la búsqueda del lucro por parte de los detentores del capital, con consecuencias desastrosas para el medio ambiente y por tanto para la humanidad. No solo la sociedad queda condenada a no ser más que el instrumento o el medio de la mecánica productiva, sino que el propio hombre tiende a transformarse en la víctima de un sistema que va a transformarlo en un inútil y prescindir de él
Como ya avanzamos al final de la entrega anterior, vamos a detenernos un poco más (con ayuda de este breve documento) en la exposición de una corriente de pensamiento muy influyente en el Buen Vivir, como es el Desarrollo a Escala Humana, cuyos pioneros fueron Manfred Max-Neef, Antonio Elizalde y Martín Hopenhayn. Ellos propugnan un nuevo concepto del desarrollo que se concentra y sustenta en la satisfacción de las necesidades humanas fundamentales, en la generación de niveles crecientes de auto dependencia y en la articulación orgánica de los seres humanos con la naturaleza y la tecnología, de los procesos globales con los comportamientos locales, de lo personal con lo social, de la planificación con la autonomía y de la sociedad civil con el Estado. El Desarrollo a Escala Humana descansa en una base que se construye a partir del protagonismo real de las personas, y para ello apunta hacia una necesaria profundización democrática. Al facilitar una práctica democrática más directa y participativa puede contribuir a revertir el rol tradicionalmente semi-paternalista del Estado, y convertirlo en rol estimulador de soluciones creativas que emanen desde abajo hacia arriba, y resulten por tanto más congruentes con las aspiraciones reales de las personas. El epicentro del desarrollo se centra sobre el ser humano, diferente por tanto al desarrollismo actual, centrado en los mercados. Cambiamos entonces el prisma de lo que significa una "sociedad desarrollada" como una sociedad donde sus miembros alcanzan la plenitud de su desarrollo, no donde las economías crecen bajo ciertos absurdos indicadores. Para ello, el Desarrollo a Escala Humana exige un nuevo modo de interpretar la realidad. Nos obliga a ver y a evaluar el mundo, las personas y sus procesos, de una manera distinta a la convencional. El desafío consiste entonces en que seamos capaces de manejar el enfoque de las necesidades humanas para orientar nuestras acciones, aspiraciones, objetivos, valores y comportamientos.
Teniendo claro por tanto que el Desarrollo se refiere a las personas y no a los productos, la siguiente pregunta sería: ¿Cuál podría ser el indicador del crecimiento de los seres humanos? Está claro que el mejor proceso de desarrollo será aquel que permita elevar más la calidad de vida de las personas. Bien, pero...¿qué determina la calidad de vida de las personas? Los autores citados entienden que la calidad de vida dependerá de las posibilidades que tengan las personas de satisfacer adecuadamente sus necesidades humanas fundamentales. ¿Y cuáles son éstas? ¿Y quién decide cuáles son? Veamos: tradicionalmente se ha pensado que las necesidades humanas tienden a ser infinitas, que están constantemente cambiando, que varían de una cultura a otra y que son diferentes en cada período histórico. Para el Desarrollo a Escala Humana estas suposiciones son incorrectas, puesto que son producto de un error conceptual. Este error consiste en no explicitar la diferencia fundamental entre lo que son propiamente necesidades y lo que son satisfactores para dichas necesidades. Y es indispensable hacer una distinción entre ambos conceptos. Cada persona es un ser con necesidades múltiples e interdependientes. Por ello, las necesidades humanas deben entenderse como un sistema en el que las mismas se interrelacionan e interactúan. Simultaneidades, complementariedades y compensaciones son características de la dinámica del proceso de satisfacción de las necesidades. Estas necesidades pueden desagregarse conforme a múltiples criterios, y los autores citados apuestan por una combinación de dos criterios posibles de desagregación: según categorías existenciales y según categorías axiológicas. Esta combinación permite operar con una clasificación que incluye, por una parte, las necesidades del Ser, Tener, Hacer y Estar, y por la otra, las necesidades de Subsistencia, Protección, Afecto, Entendimiento, Participación, Ocio, Creación, Identidad y Libertad.
De la clasificación propuesta se desprende que, por ejemplo, alimentación y abrigo no deben considerarse como necesidades, sino como satisfactores de la necesidad fundamental de Subsistencia. Del mismo modo, la educación, el estudio, la investigación, la meditación, la reflexión, etc., son satisfactores de la necesidad fundamental de Entendimiento. Por su parte, los sistemas curativos, la prevención y los sistemas de salud, en general, son satisfactores de la necesidad de Protección. Un satisfactor puede contribuir simultáneamente a la satisfacción de diversas necesidades, o a la inversa, una necesidad puede requerir de diversos satisfactores para ser satisfecha. Ni siquiera estas relaciones son fijas, sino que pueden variar según tiempo, lugar y circunstancia. Habiendo diferenciado los conceptos de necesidad y de satisfactor, es posible formular dos postulados adicionales. Primero: Las necesidades humanas fundamentales son finitas, pocas y clasificables. Segundo: Las necesidades humanas fundamentales son las mismas en todas las culturas y en todos los períodos históricos. Lo que cambia, a través del tiempo y de las civilizaciones, es la manera o los medios utilizados para satisfacer dichas necesidades. Ello nos permite centrar toda nuestra atención y nuestras energías en ellas, olvidando todas las necesidades "creadas" ad-hoc dentro de la sociedad capitalista, es decir, fabricadas por los propios mercados para la obtención de beneficios. Cada sistema económico, social y político adopta diferentes estilos para la satisfacción de las mismas necesidades humanas fundamentales. Y en cada sistema estas necesidades humanas fundamentales se satisfacen (o no) a través de la generación (o no) de diferentes tipos de satisfactores. Diríamos entonces que las necesidades son las pulsaciones primarias que los seres humanos emitimos (por ello son las mismas en todas las culturas), mientras que los satisfactores son las formas concretas de plasmar o cubrir dichas necesidades.
Uno de los aspectos que define una cultura determinada es, precisamente, su elección concreta de los satisfactores. Las necesidades humanas fundamentales de un cierto individuo que pertenece a una sociedad consumista son las mismas de aquel que pertenece a otro tipo de sociedad. Lo que cambia es la elección de los satisfactores concretos, su cantidad y su calidad, y/o las posibilidades de tener acceso a los satisfactores requeridos. Por tanto, lo que está culturalmente determinado no son las necesidades humanas fundamentales (que ya hemos dicho que son universales y atemporales), sino los satisfactores pensados para ellas. El cambio cultural es, entre otras cosas, consecuencia de abandonar determinados satisfactores tradicionales para reemplazarlos por otros satisfactores nuevos y diferentes. Veamos un simple ejemplo: el trabajo humano (los puestos de trabajo, o los empleos como ahora se les llama) no son, al contrario de lo que pudiéramos pensar, una necesidad fundamental. Las culturas antiguas no tenían entre sus miembros la "necesidad de trabajar" para poder vivir. Es la sociedad capitalista la que (como muy bien explicó Marx en sus tratados) crea dicha necesidad, instando al individuo a trabajar para obtener (tras la consiguiente explotación del empleador por medio de la plusvalía) un salario mediante el cual podrá "satisfacer" sus necesidades. El trabajo humano, desde este punto de vista que aquí analizamos, es simplemente un satisfactor, pero ni siquiera un satisfactor de primer nivel (los que satisfacen directamente las necesidades), sino de segundo nivel, pues trabajamos para obtener un salario, y es éste el que nos permite adquirir bienes, servicios o productos que satisfarán directamente las necesidades de dicho individuo en la sociedad consumista y capitalista. En realidad, por ejemplo, dicho individuo necesita alimentarse, y el salario obtenido con su trabajo es el que le permite obtener dichos alimentos.
Cabe agregar que cada necesidad puede satisfacerse a niveles diferentes y con distintas intensidades. Concretamente, se pueden satisfacer en tres contextos distintos: 1) En relación con uno mismo (Eigenwelt). 2) En relación con el grupo social al que pertenece (Mitwelt). 3) En relación con el medio ambiente (Unwelt). La calidad e intensidad de satisfacción tanto en los niveles como en los contextos dependerá de tiempo, lugar y circunstancia. La obligación de buscar para alcanzar este Desarrollo a Escala Humana no es un deber solamente individual, como si se pudiera conseguir con los esfuerzos aislados de cada uno. El Buen Vivir apunta a la comunidad, a la vecindad, al pueblo en definitiva, como grupo social determinado (organizado políticamente como se desee) la responsabilidad de alcanzar de forma conjunta e interdependiente la satisfacción de las necesidades de todos sus miembros. De esta forma, es un imperativo para todos y cada uno de los hombres y las mujeres que forman la comunidad, para las sociedades y para las naciones. En este sentido, la búsqueda del desarrollo integral del ser humano es cuestión de todos, independientemente de cualquier condición. En efecto, la cooperación para el desarrollo de todo individuo y de cada individuo es un deber de todos para con todos. Los pueblos y las naciones también tienen derecho a su desarrollo pleno, que si bien implica, como se ha dicho, los aspectos económicos y sociales, debe comprender también su identidad cultural y la apertura a lo trascendente. Ni siquiera la necesidad del desarrollo puede tomarse como un pretexto para imponer a los demás el propio modo de vivir o la propia fe religiosa. No sería verdaderamente digno un tipo de desarrollo que no respete y promueva los Derechos Humanos en todos los ámbitos, personales, sociales, económicos, políticos y culturales, incluidos los propios derechos de los pueblos y de las naciones. Continuaremos en siguientes entregas.