Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
La buena vida es, para mí,
Dejar volar lo que se fue
Saber sembrar la mejor vid,
Dar amistad sin ofender,
Sin más gobierno que el del alma,
Con la mente limpia y siempre en calma,
Sabiduría y simplicidad,
Saber dormir sin ansiedad,
La mente en calma
En la última entrega nos preguntábamos, a la luz de lo referido en torno a nuestras necesidades y a los satisfactores, cuál podría ser o dónde podría estar el verdadero bienestar humano. Intentaremos continuar desde allí hasta llegar al fondo de nuestra exposición. Habíamos hablado sobre el concepto inclusivo del "todos", habíamos hablado de la escasez de ciertos recursos. Pues bien, del mismo modo, es posible descubrir que hay recursos que se caracterizan por requerir ser compartidos para crecer. Es decir, está en su propia naturaleza que sólo en el hecho de darse, crecen. Estos recursos violan la ley universal de la entropía creciente del universo, aquélla ley que señala que el universo camina hacia su homogeneización, hacia la igualación de las temperaturas de todos los cuerpos, llegándose así a un cese del intercambio energético y por lo tanto a la desaparición de todo cambio, movimiento y transformación, en última instancia, a la muerte del universo. Porque hay recursos, como decimos, que por su naturaleza son creadores de vida, instauradores de potencialidad y de virtualidad transformadora, generadores de diversidad y de enriquecimiento colectivo. Recursos sinérgicos tales como el lenguaje, el amor, el conocimiento científico, la información, la creatividad, el poder sobre uno mismo, la memoria colectiva, la identidad grupal, el humor, la democracia, etc. Estos recursos no pierden un ápice de su naturaleza si se dan a los demás, si son compartidos. De hecho, crecen al ser compartidos, se engrandecen si son compartidos. Está, como decimos, en su propia naturaleza. Pues bien, dicho esto, relacionémoslo con lo indicado anteriormente sobre los recursos expuestos a la escasez, y vamos a ver lo que ocurre. Resulta que gran parte del dolor y de la infelicidad humana son producto de la percepción incorrecta del carácter de estos recursos, producida precisamente por la ideología de la escasez.
Veamos unos ejemplos: ¿Cuántos de nosotros, si no todos, no hemos vivido sintiéndonos poco queridos e intentando acumular afectos a cualquier precio, incluso al de nuestra propia dignidad? ¿Cuántos no hemos sentido envidia y celos porque hemos visto que otro ser humano recibía el cariño y el amor que nosotros creíamos que nos pertenecía (aunque quien lo recibiera fuese alguien a quien nosotros queríamos profundamente, como un padre, una madre, un hijo, una hermana, nuestra pareja, etc.)? Sin embargo, estos recursos son los descritos en la parábola evangélica de los talentos: pueden quedarse ocultos y escondidos por temor a perderlos o crecer por arriesgarse a compartirlos. ¿Existe algo que implique más un darse a otros que el hecho de amar? ¿No es de la naturaleza misma del amor la donación de sí mismo a otro? ¿Acaso no son el amor, el cariño y el afecto en sí mismos un compartir? ¿No implican el entregarse a los demás? ¿Por qué razón, entonces, los vemos como la negación de lo anterior? ¿Es posible amar sin compartir lo más mínimo y propio con otro ser humano con absoluta generosidad, sin medida alguna y sin ningún tipo de cálculo? ¿Qué nos lleva entonces a calcular y a medir lo incalculable e inconmensurable? ¿Por qué no vemos la profundidad de nuestro error perceptivo? Antonio Elizalde explica: "La mayor parte de la existencia social está construida sobre la base del establecimiento de procesos de institucionalización de las relaciones sociales, ello implica la creación de diversas normas y pautas de conducta que regulan los ámbitos de actuación de las personas, gran parte de aquellas reforzadas por grados diversos de control social. Lo anterior implica la casi absoluta desaparición de la gratuidad en esas formas de relación entre las personas. El mundo que tenemos nos provee de muchísimos descubrimientos, encuentros y creaciones pero no todos son originales, verdaderos y profundos. Y sólo en la gratuidad o mediante la gratuidad es posible el encuentro verdadero, el descubrimiento profundo, la creación original. Únicamente en un ámbito de relaciones donde no prime la obsesión por la eficiencia, por la competencia, por el logro y por el rendimiento será posible el surgimiento sinérgico de lo gratuito, de lo inefable y de lo que probablemente muchos sentimos como lo más propiamente humano: la ternura y la compasión".
Podríamos poner muchos ejemplos de nuestra vida cotidiana, de nuestra vida laboral, profesional o familiar, donde todo lo anterior puede constatarse. Cada lector o lectora puede hacer ese ejercicio. ¿No nos sentimos mucho mejor cuando participamos altruistamente en cualquier proyecto? ¿No es cierto que los mejores proyectos científicos (el software libre, por ejemplo) se han desarrollado de forma altruista y comunitaria? En cualquier caso, es posible plantear como una utopía realizable el avanzar en un esfuerzo colectivo de educación y de desarrollo personal que nos haga posible una ampliación de la conciencia (para los religiosos, asimilado al concepto budista de compasión, o bien al concepto cristiano de amor al prójimo) para desarrollar la capacidad de dar cuenta simultáneamente de la necesidad propia y de la necesidad del otro, estableciendo de ese modo un horizonte de autolimitación (voluntaria) a la actualización o satisfacción de nuestras necesidades, que permita la existencia y el reconocimiento de los otros, hoy y mañana. Pensamos que es justamente aquí donde radica el verdadero bienestar humano. Por tanto, es éste el gran desafío que se nos plantea en nuestro desarrollo como seres éticos, esto es, responsables de nuestro accionar en el mundo, capaces de entender dónde alcanza su plenitud nuestra calidad de vida: tenemos claro que esto ocurre cuando el simple ser inicial que ha devenido en conciencia mediante la individualización, se transforma definitivamente en un ser consciente no solo de su existir, sino también del de los otros. Ello avala también, igualmente, los razonamientos que hemos expuesto desde el ecosocialismo y el ecofeminismo, en el sentido de que somos seres ecodependientes e interdependientes.
Y como puede comprobarse, toda esta teoría del Desarrollo a Escala Humana confronta total y absolutamente con la teoría económica convencional, que basa nuestro progreso y desarrollo en el crecimiento económico, un crecimiento que hemos señalado es pernicioso desde todos los puntos de vista: degrada el medio ambiente y nuestro planeta, no respeta al resto de seres vivos, expolia y agota los recursos naturales, explota al ser humano, y no garantiza una justa redistribución de la riqueza generada. Frente a todo ello, como estamos viendo, sólo un desarrollo basado en las personas y en la mejora de su calidad de vida puede considerarse realmente "bienestar". La teoría de Manfred Max-Neef, Antonio Elizalde y Martin Hopenhayn se establece como corriente crítica con el economicismo dominante, corriente de la que ya formaban parte figuras destacadas de la economía como Amartya Sen, o de la filosofía política, tales como Rawls o Habermas, que habían realizado aportes y revisiones a los conceptos de justicia, equidad y cooperación social. Cuatro años después de su publicación, en 1990, la Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas reconocía a las personas como protagonistas del proceso de desarrollo. Bajo la situación actual, bajo la angustiosa realidad de un planeta en crisis, de unos combustibles fósiles en el declive de su aprovechamiento, y de un cambio climático como mayor azote para la humanidad, amenazados por la insostenibilidad social y ambiental del modelo económico dominante, es imprescindible rastrear los fundamentos de esta teoría, que al menos sitúa el foco de nuestras necesidades, de su satisfacción y de los procesos que nos conducen a ellas desde una visión muy distinta. La revolución que estos autores aportan al mundo de las necesidades, los satisfactores y los bienes económicos es fundamental para poder plantearse otros modos de vivir, de producir y de consumir.
A la luz de estas nuevas consideraciones, se vuelve imprescindible hacer un ejercicio de reconsideración de nuestras aspiraciones, valores, objetivos y prioridades, y distinguir, como nos proponen estos autores, entre necesidades (finitas y universales) y satisfactores (determinados cultural e históricamente). Porque en esta distinción y en nuestra definición colectiva de los satisfactores sinérgicos radica la clave de un futuro económicamente viable, socialmente justo y ecológicamente sostenible. La teoría de las necesidades humanas y la distinción entre necesidades y satisfactores (presentaremos en próximas entregas la lista completa) ofrecen el marco adecuado desde el que analizar, evaluar, comprender y realizar el seguimiento de todo tipo de iniciativas para un mejor vivir, para vidas más dignas, más justas y más sostenibles. Para vidas más simples, más centradas en nuestra humanidad, y por tanto, más auténticas. Unas vidas donde los sujetos protagonistas recuperen el control de su tiempo y de su espacio, y que garanticen la libertad individual y la responsabilidad social y ecológica. La teoría del Desarrollo a Escala Humana aporta a la filosofía y a la política del Buen Vivir una visión sustancial para la construcción de un nuevo paradigma del desarrollo, menos mecanicista y más humano. Rompe con indicadores, procesos y objetivos de la visión que aporta la teoría del pensamiento económico dominante, que no es capaz de salir de la órbita capitalista. Cumple así la función de proporcionarnos otras visiones constructivas y alternativas, otros focos de atención y otros sustratos donde asentar nuestros conocimientos y nuestras prácticas colectivas como sociedad. Nos aporta marcos conceptuales nuevos, así como unos índices discursivos que nos ayudan a entender la realidad que nos rodea de otra forma, concediendo importancia donde realmente hemos de concederla. Continuaremos en siguientes entregas.