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Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

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Filosofía y Política del Buen Vivir (48)

Viñeta: Olivier Ploux

Viñeta: Olivier Ploux

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Sabemos que estamos atrapados en un sistema económico que parece haber entendido la realidad al revés: se comporta como si lo que es ciertamente finito (el agua limpia, los combustibles fósiles y el espacio atmosférico que absorbe las emisiones procedentes de estos) no tuviera fin, mientras que insiste en la existencia de límites estrictos e inamovibles a lo que, en el fondo, es totalmente flexible (concretamente, los recursos financieros fabricados por las propias instituciones humanas y que, de ser imaginados de otra forma, podrían servir para construir el tipo de sociedad humanitaria y generosa que verdaderamente necesitamos)

Naomi Klein

En el artículo anterior comenzamos a exponer lo que, desde nuestro punto de vista, puede ser una ética para el medio ambiente (siguiendo el guión de Peter Singer en su tratado sobre Ética Práctica), es decir, una línea de pensamiento que nos sitúe en condiciones de coherencia para poder entender la filosofía y las medidas políticas ligadas al Buen Vivir. Hicimos un repaso por las directrices que ligan la concepción del medio ambiente que desde la religión (católica) y por ende el pensamiento occidental dominante asignan a la naturaleza y al conjunto de los seres vivos que ella alberga, para explicar el punto de partida. Como vimos, es una tradición dura, que cosifica el medio ambiente y los entornos naturales, que los pone al servicio del ser humano, y que no excluye una preocupación por la conservación de la naturaleza, siempre y cuando esa preocupación pueda relacionarse con el bienestar humano. Fijémonos que incluso podríamos oponernos, totalmente dentro de los límites de la tradición occidental dominante, a la energía nuclear sobre la base de que el combustible nuclear, tanto en bombas como en centrales, es tan peligroso para la vida humana que es mejor dejar el uranio en la tierra. De manera similar, muchos argumentos en contra de la polución, la utilización de gases perjudiciales para la capa de ozono, la quema de combustibles fósiles o la destrucción de los bosques podrían expresarse en términos del daño que producen en la salud y el bienestar humano por parte de los agentes contaminantes, o el cambio climático que se producirá como consecuencia de ellos. El efecto invernadero (por tomar solo un ejemplo del peligro que acecha nuestro medio ambiente, y que ya hemos expuesto largo y tendido en los primeros artículos de la serie) amenaza con traer consigo un aumento en el nivel del mar que inundará áreas costeras bajas, entre ellas el fértil y densamente poblado delta del Nilo en Egipto y la región del delta bengalí, que cubre el 80% de Bangladesh y que ya ha estado sujeta a violentas tormentas estacionales que causan inundaciones desastrosas. 

 

Tan sólo en estos dos deltas están en peligro los hogares y el sustento de casi 50 millones de personas. Un aumento en el nivel del mar podría también borrar del mapa islas enteras como las Maldivas, ya que ninguna de ellas se encuentra a más de uno o dos metros sobre el nivel del mar. Por tanto, es evidente que incluso en el marco de una moral centrada en el ser humano, la conservación del medio ambiente y el respeto a la naturaleza poseen un valor de suma importancia. Y por su parte, hoy día hemos de reseñar el giro de la Iglesia Católica a su más alto nivel, gracias a la aportación del actual Papa Francisco, que en su Encíclica "Laudato Sí" realiza una pormenorizada crítica al capitalismo como sistema económico, señalando el peligro de dicho sistema para el ser humano, y para el medio ambiente que fomenta. De hecho, Francisco es el primer Papa con conciencia ecológica de la historia, y el primero en llevar a cabo una crítica del pensamiento dominante, situando los riesgos ligados al mismo en sus justos términos. Ha llegado a afirmar directamente que "el actual sistema económico mata", y ha llamado la atención sobre el destrozo de los ecosistemas naturales que estamos llevando a cabo, exhortándonos a su recuperación. Para una mayor información sobre su aportación, recomendamos este otro artículo de nuestro Blog. Peter Singer explica: "Desde el punto de vista de una forma de civilización basada en cultivar la tierra y ofrecer pasto a los animales, las zonas vírgenes pueden parecer una manera de desperdiciar la tierra, un área inútil que necesita ser despejada para que sea productiva y valiosa. Hubo un tiempo en que las poblaciones rodeadas de tierras de labrantío parecían oasis de cultivo entre los desiertos de bosques o las accidentadas laderas de montañas. Ahora, sin embargo, una metáfora diferente es más apropiada: los restos de zonas vírgenes que nos quedan son como islas en un mar de actividad humana que amenaza con sumergirlas. Esto da a las zonas salvajes un valor poco frecuente que proporciona la base para un fuerte argumento en favor de la conservación, incluso dentro de los términos de una ética centrada en el ser humano. Dicho argumento se hace más fuerte aún cuando adoptamos un punto de vista a largo plazo". 

 

Como principio moral básico de toda ética que se precie, tenemos el hecho de no mirar únicamente a nuestros propios intereses, sino de extenderlos al resto de las personas y seres vivos, e incluso, como decimos, mirando a las futuras generaciones. Pero además, si nuestra ética ha de aplicarse al medio ambiente, es absolutamente imperativo no mirarla en función de nuestros tiempos (esto es, de los tiempos de una vida humana), sino en función de los ritmos y tiempos naturales. Por ejemplo, un bosque virgen es el producto de los millones de años que han pasado desde el origen de nuestro planeta. Si se tala, puede que crezca otro bosque (dentro de cientos de años), pero la continuidad se ha roto. La ruptura en los ciclos de vida natural de las plantas y animales trae consigo que dicho bosque no sea nunca igual que hubiera sido si no se hubiese talado. Las ventajas que surgen de la tala del bosque (empleo, beneficios para las empresas, exportaciones, crecimiento económico, y cartón y papel para embalar más barato) son ventajas a corto plazo, es decir, ventajas que tienen las miras muy cortas. Incluso si el bosque no se tala, pero se anega para construir una presa que permita generar electricidad para toda una región, es probable que los beneficios duren tan sólo una o dos generaciones: después de eso, una nueva tecnología hará que tales métodos de generar energía se vuelvan obsoletos. Sin embargo, una vez que el bosque se tala o se anega, el vínculo con el pasado desaparece para siempre. Éste será un coste que soportarán todas las generaciones que nos sucedan en este planeta. Es por este motivo por el que las ONG y los investigadores y organizaciones ambientalistas llevan razón al hablar de las zonas vírgenes como un "patrimonio mundial", es decir, algo no sólo para disfrutarlo ahora, sino para disfrutarlo siempre. Es algo que hemos heredado de nuestros antecesores en el planeta, y que debemos conservar para nuestros descendientes. Entender esto como una obligación moral es parte de una ética sobre el medio ambiente, sin embargo el capitalismo, en su ciego e irracional afán de lucro inmediato, no contempla este hecho. La empresa que construye la presa, por ejemplo, se limita a contemplar los beneficios inmediatos y durante varios años que le reportará, y en su caso la utilidad social que representará, pero es incapaz de valorar la pérdida tan irreparable que provoca. 

 

Y es que en contraste con muchas sociedades humanas más estables y orientadas en la tradición, nuestro carácter cultural y político moderno tienen gran dificultad en reconocer los valores a largo plazo. El pensamiento dominante es cortoplacista. No ve más allá del beneficio inmediato. Es incapaz de valorar algo si no es expresado económicamente. Nuestros líderes políticos y gobernantes normalmente no ven más allá de las siguientes elecciones, pero incluso si lo hacen, sus asesores económicos les dirán que deben restarle importancia a cualquier beneficio futuro hasta el punto de que se pueda fácilmente hacer total caso omiso del futuro a largo plazo. La perspectiva futura no existe en los planes políticos actuales. Domina no solo el interés particular, sino además al más corto plazo posible. Pero la ética del medio ambiente requiere que nos pongamos las luces largas. A los economistas actuales (formados en cualquier Universidad del mundo bajo el paradigma capitalista y neoliberal) se les ha enseñado a aplicar un tipo de descuento a todos los bienes futuros. Por ejemplo, un millón de dólares dentro de 20 años no tendrá el valor de un millón de dólares de hoy, incluso teniendo en cuenta la inflación. Los economistas reducirán el valor del millón de dólares en un porcentaje determinado, normalmente en relación con los tipos de interés reales a largo plazo. Y en términos estrictamente económicos esto tiene sentido, puesto que si tenemos mil dólares hoy, podríamos invertirlos de manera que valgan más, en términos reales, dentro de 20 años. Pero el uso de un tipo de descuento implica que los valores obtenidos de aquí a 100 años sean muy inferiores, en comparación a los valores obtenidos hoy, y los valores obtenidos dentro de mil años apenas cuenten. Esto no es debido a la incertidumbre de si en el planeta habrá seres humanos u otras criaturas sensibles en ese momento, sino simplemente debido al efecto acumulativo del tipo de interés en el dinero que se invierte ahora. Sin embargo, desde el punto de vista del valor inapreciable y a largo plazo de las zonas salvajes, el argumento de aplicar un tipo de descuento nos lleva a una respuesta errónea. Y ello porque existen cosas que, una vez que se pierden, no se pueden recuperar ni con todo el dinero del mundo. Por tanto, justificar la destrucción de un viejo bosque sobre la base de que nos proporcionará unos estupendos beneficios exportadores no es válido, incluso aunque pudiéramos invertir esos ingresos y aumentar su valor de año en año, porque sea cual sea la cantidad en la que aumentemos su valor, nunca podrá recomprar el vínculo con el pasado que representa el bosque. 

 

Este argumento no demuestra que no exista nunca ningún tipo de justificación para talar cualquier bosque virgen, pero implica que cualquier justificación que se alegue debe considerar totalmente el valor de los bosques (en todas sus dimensiones) para las nuevas generaciones, y ello tanto en el futuro más remoto como en el más cercano. Este valor estará evidentemente relacionado con la importancia en cuanto a biodiversidad y paisajística de dicho paraje natural, teniendo en cuenta que a medida que disminuyen las verdaderas zonas vírgenes en el planeta, cada parte del mismo cobra importancia, puesto que las oportunidades para disfrutar de estas zonas se hacen menores, y se reduce la posibilidad de que se conserve una selección razonable de las zonas más importantes. Nuestra obligación, por tanto, es poner todos los elementos en el debate para conseguir este nivel de conciencia de la forma más generalizada posible. Ello, por tanto, comportará olvidar los planteamientos religiosos subyacentes, y formar a las nuevas generaciones en valores éticos medioambientales, que sitúen al ser humano dentro del contexto natural, y sin cuyo albergue nuestra vida en la tierra sería, simplemente, imposible. Si invertimos fondos mundiales en conservar los tesoros artísticos que las diversas civilizaciones han creado, así como las grandes obras artísticas del pasado (pinturas, esculturas, edificios...), y enseñamos a las generaciones futuras a valorarlas, cuánto más debemos también enseñarles a valorar y proteger el patrimonio natural que nosotros hemos heredado. El epicentro de nuestra ética sobre el medio ambiente debe resituarse, por tanto, y dejar de pivotar sobre el ser humano como agente dominador. Desde ese nuevo punto de vista, tal ética no implicará nunca que el crecimiento económico sea más importante que la conservación de las zonas vírgenes. Y ello es además bastante compatible con una ética centrada en el ser humano que vea el crecimiento económico basado en la explotación de los recursos irreemplazables como algo que produzca beneficios para la presente generación, y posiblemente la siguiente o incluso la otra, pero a un coste que tendrán que pagar todas las generaciones venideras. Continuaremos en siguientes entregas.

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