Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Las decisiones del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) no son vinculantes para los políticos, quienes además participan de manera activa en el redactado final de los informes, imponiendo sus matices y rebajando el tono para salvaguardar sus propios intereses. Es como si el ladrón participase en el redactado final de su sentencia
En nuestra exposición sobre los puntos principales en los que debe basarse, a nuestro entender, una ética aplicada a la naturaleza, es fundamental plantear si existe también un valor más allá de los seres sensibles. Hemos hablado sobre los derechos del ser humano, de los animales, incluso de la propia naturaleza como sujeto de derechos, pero...¿también debemos valorar de forma intrínseca, es decir, por sí mismos, a los seres no sensibles? Entonces...¿Hasta qué punto se extiende el valor intrínseco? ¿Únicamente a los seres sensibles? ¿Podemos extenderlo más allá del límite de la sensibilidad? ¿Podemos decir que posee valor intrínseco una piedra, una montaña o un arroyo? Para analizar esta cuestión, siguiendo de nuevo a Peter Singer en su tratado de referencia (en el capítulo dedicado al medio ambiente), debemos centrarnos en la noción de "valor intrínseco". Decimos que algo tiene valor intrínseco si es bueno o deseable en sí mismo, lo que contrasta con el "valor instrumental", es decir, valor como medio para alcanzar otro fin o propósito. Nuestra propia felicidad, por ejemplo, podríamos decir que posee valor intrínseco, al menos para la mayoría de nosotros, en el sentido de que la deseamos por sí misma. El dinero, por otra parte, tiene solo un valor instrumental para nosotros. Lo queremos por las cosas que podemos comprar con él, pero si naufragamos en una isla desierta, no lo querríamos para nada (mientras que la felicidad seguiría siendo tan importante para nosotros incluso allí). Pues bien, ahora volvamos a considerar por un momento el tema de anegar el río para construir la presa, ya enunciado en entregas anteriores. Si la decisión se hubiera de tomar sólo sobre la base de los intereses humanos, pondríamos en la balanza los beneficios económicos de la presa para los ciudadanos del Estado, frente a la pérdida que supondría para excursionistas, científicos y otras personas, tanto ahora como en el futuro, que valoran la conservación del río en su estado natural. Ya hemos indicado que como este cálculo incluye a un número indeterminado de generaciones futuras, la pérdida del río salvaje supone un coste mucho mayor del que en un principio podríamos imaginar.
Incluso así, una vez que ampliemos la base de nuestra decisión más allá de los intereses de los seres humanos, tenemos mucho más que poner frente a los beneficios económicos de construir la referida presa. Dentro de los cálculos deben ahora ir también los intereses de todos los animales no humanos que viven en el área que será anegada. Puede que unos pocos sean capaces de emigrar a una zona próxima que resulte adecuada y donde puedan vivir, pero es evidente que la naturaleza no está llena de huecos o espacios libres adecuados, a la espera de nuevos ocupantes. Si existe territorio que pueda mantener a un animal autóctono, lo más probable es que ya esté ocupado. Por tanto, la mayoría de los animales que viven en el área que será inundada se ahogarán, o morirán de hambre. Como éstas no son formas fáciles de morir, al sufrimiento que traen consigo estas muertes no debería dársele menos importancia de la que concederíamos a un sufrimiento equivalente experimentado por un ser humano. Esto aumenta de forma significativa la importancia de las consideraciones y argumentos contra la construcción de la presa. ¿Y qué hay del hecho de que mueran animales, independientemente del sufrimiento que experimentarán al morir? Se puede, sin ser culpable de discriminación arbitraria por motivos de especie (es decir, sin caer en el especismo), considerar la muerte de un animal no humano que no sea persona (queremos decir con ello que no tenga conciencia de sí mismo, autonomía propia y sentido de su pasado y de su futuro) menos importante que la muerte de una persona, puesto que los humanos tienen la capacidad de prever y planear el futuro que no tienen los animales no humanos. Esta diferencia entre causar la muerte a una persona y a un ser que no sea persona no quiere decir que la muerte de un animal que no sea persona debería tratarse como algo sin importancia.
Más bien al contrario, debemos considerar la pérdida que la muerte causa en los animales: la pérdida de toda su futura existencia, el desequilibrio provocado en los ecosistemas, la muerte de otros animales que dependen de ellos para subsistir, etc. Si la propuesta de construcción de una presa trajera como consecuencia la inundación de un valle y la muerte de miles, o quizá millones, de criaturas sensibles, a estas muertes se les debería dar una gran importancia, sea cual sea la evaluación de los costes y beneficios que resulten de la construcción de la presa en cuestión. En cambio, si la presa no se construye, se supone que los animales continuarán viviendo en el valle durante cientos o quizá miles de años, experimentando sus placeres y dolores característicos. Pero aún hay más, porque...¿deberíamos también dar importancia no sólo al sufrimiento y a la muerte de animales individuales, sino al hecho de que toda una especie pueda desaparecer? ¿Qué ocurre con la pérdida de árboles que han estado ahí durante miles de años? ¿Cuánta importancia, si tiene alguna, hemos de dar a la conservación de los animales, las especies, los árboles y el ecosistema del valle, independientemente de los intereses que tengan los seres humanos (tanto económicos como científicos o de recreo) en su conservación? Llegados a este punto, nos encontramos con un dilema moral fundamental: un desacuerdo sobre la clase de seres que deben tenerse en cuenta en nuestras consideraciones morales. ¿Debemos extender nuestra ética para llevarla también al terreno de los seres no sensibles? La tradición ética occidental dominante traza la línea de división de la consideración moral alrededor de todas las criaturas sensibles (esto es, que pueden experimentar placer y dolor), pero deja a otros seres vivientes fuera de dicha línea. Anegar los antiguos bosques, la posible extinción de una especie, la destrucción de varios ecosistemas complejos, la obstrucción del mismo río salvaje, y la pérdida de esos desfiladeros rocosos son factores a tener en cuenta sólo en cuanto que afectan de forma negativa a las criaturas sensibles.
Pero...¿es posible una ruptura más radical con la posición tradicional? ¿Podríamos demostrar que todos o algunos de estos aspectos de la inundación del valle tienen valor intrínseco, de manera que hay que tenerlos en cuenta independientemente de sus efectos sobre los seres humanos o los animales no humanos? Extender una ética de forma admisible más allá de los seres sensibles es tarea difícil. Y ello porque una ética basada en los intereses de las criaturas sensibles se encuentra en un terreno familiar, mientras que el otro ámbito, el de los seres no sensibles, no. Nosotros comprendemos fácilmente que las criaturas sensibles tienen necesidades y deseos. Todo el mundo puede imaginarse, por ejemplo, el sufrimiento que puede experimentar un perro que se esté ahogando, y además lo asimila con el sufrimiento que podría experimentar un ser humano ante esa misma situación. Pero en cambio nos cuesta imaginar la misma situación para un árbol cuyas raíces se han inundado. ¿Somos capaces de imaginarnos a ese árbol que agoniza? Una vez que dejamos a un lado los intereses de las criaturas sensibles como nuestra fuente de valores y experiencias, ¿dónde encontramos los valores? O expresado en otros términos: ¿Qué es bueno o malo para las criaturas no sensibles, y por qué importa? Se podría pensar que mientras nos limitemos a las cosas vivientes, la respuesta no es difícil de encontrar. Sabemos por ejemplo lo que es bueno o malo para nuestras plantas del jardín: el agua, el sol y el abono son buenos; el calor o el frío extremos son malos. Lo mismo se puede aplicar para las plantas de cualquier bosque o zona salvaje. Entonces, ¿por qué no considerar su florecimiento como bueno en sí mismo, independientemente de su utilidad para las criaturas sensibles? El problema es que sin intereses conscientes que nos guíen, no tenemos forma de evaluar la importancia relativa que habría que dar al florecimiento de diferentes formas de vida.
Por ejemplo, ¿tiene más valor conservar un pino Huon de dos mil años que una mata de hierba? Podemos imaginar que la mayoría de la gente diría que sí, pero ese criterio parece tener más que ver con nuestros sentimientos de admiración por la edad, tamaño y belleza del árbol, o con la cantidad de tiempo que haría falta para reemplazarlo, que con nuestra percepción de un cierto valor intrínseco en el florecimiento de un árbol viejo, que no tiene una joven mata de hierba. Pero si dejamos de hablar en términos de sensibilidad, la línea divisoria entre los objetos vivientes (sensibles) y los objetos naturales (no sensibles, inanimados) se hace más difícil de defender. ¿Sería realmente peor talar un árbol viejo que destrozar una pequeña estalactita que ha tardado incluso más en crecer? ¿Con qué criterio se podría emitir ese juicio? Los filósofos Zen orientales han incidido y defendido estas ideas en su máxima expresada como "Ser Uno con la Naturaleza", es decir, integrarnos con el resto de seres vivos sintientes y no sintientes, como un todo. De esta forma, ellos explican también los conceptos de paz y violencia, según el grado de integración que tengamos con el resto de seres que existimos. Y por su parte, algunos filósofos occidentales contemporáneos han defendido también una extensión de la ética tradicional aplicada a todas las cosas vivientes. Por ejemplo, pensadores como Albert Schweitzer o Paul Taylor han defendido sus posturas éticas en torno a esta idea. En su libro "Respect for Nature", Paul Taylor afirma que cada ser viviente "busca su propio bien de su propia manera exclusiva". Según Taylor, una vez que entendamos esto, veremos a todos los seres vivientes "como nos vemos a nosotros mismos", y por lo tanto "estaremos preparados para darle el mismo valor a su existencia del que damos a la nuestra". Quizá el problema fundamental es desempolvar nuestro egocentrismo adulto, es decir, dejar de situarnos a nosotros (seres humanos adultos) como el centro del universo, para situar el foco de atención en los demás seres. He especificado "adulto" porque incluso, muchas personas creen que el mundo de los adultos es más rico y complejo que el del niño, cuando en realidad, muchos pensamos que el mundo del niño no adolece en nada al del adulto. Solemos pensar en ellos como algo en proyecto, pero la verdad es que después, cada adulto es básicamente lo que ya era de niño. Continuaremos en siguientes entregas.