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Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

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Hacia otra Política de Fronteras (57)

Viñeta: Eneko

Viñeta: Eneko

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Solo una transformación de esta sociedad en la que los explotados y oprimidos tomemos las riendas, dará un mundo en el que la guerra no será un negocio, el saqueo económico del Imperialismo no será sustento del sistema y miles de personas dejen de perder su vida en el mar, buscando una vida mejor que no llega

Lucía Nistal

La hipocresía gubernamental e institucional en el asunto de los migrantes no tiene límites, y no se cansa de verter argumentos absurdos e indecentes para intentar justificar sus cínicas y aberrantes posturas. Todos los lectores y lectoras recordarán, porque además lo continúan usando, el clásico argumento del mal llamado "efecto llamada". Según este perverso argumento, no debemos facilitar mucho la vida a las personas (pobres) que intentan llegar a nuestro país, porque de lo contrario, se producirá un peligroso efecto llamada, mediante el cual las llegadas se multiplicarán y seremos víctimas de una invasión. Pero pensemos por un momento en la conexión lógica de la afirmación "salvar vidas provoca un efecto llamada". Esta afirmación ni siquiera se preocupa de si salvar vidas o no es un deber moral, o una obligación en derecho internacional. Pongamos otro ejemplo más cercano a nuestra vida cotidiana: un atropello en una calle, que deja a una persona mal herida y un conductor o conductora fugado/a. Pues bien, por omitir el deber de socorro, a una persona la pueden meter en la cárcel, simplemente porque lo entendemos como un delito. Extrapolado al ámbito que nos ocupa, son los Estados los que están omitiendo el socorro, y por tanto cometiendo el mismo delito. ¿Puede existir más hipocresía? ¿Quién reprende al Estado? ¿Puede encarcelarse a un Estado? ¿No existe ninguna justicia internacional que juzgue a dicho Estado y lo condene? Pero claro, son simplemente "ahogados de tercera", por utilizar la expresión de David Torres en este artículo para el digital Rebelion. Y en su empeño por aliviar sus respectivas conciencias, los países europeos cierras las rutas migratorias más seguras, y deja únicamente las más arriesgadas. Es como aquélla brutal zancadilla que pusiera una indecente periodista a un refugiado que con su hijo en brazos intentaba seguir corriendo, avanzando hasta alcanzar su meta, un mundo mejor para él y su familia. ¿A qué nos referimos con "rutas legales"? Simplemente, a activar los protocolos del derecho internacional, lo que se traduce en ejercer el derecho a solicitar asilo en las embajadas y consulados europeos situados en los países de origen o de tránsito de las personas que migran, tal como propone Olga Rodríguez en este artículo para el medio El Periodico, que tomamos como referencia

 

Expone Olga Rodríguez: "Muchas de las personas que llegan a nuestro continente desde Oriente Próximo pagan hasta 5.000 euros a las mafias para cruzar un mar y seis fronteras. Es decir, tienen dinero suficiente para comprar un billete de avión que les trasladaría a cualquier país europeo sin necesidad de poner en peligro su vida". Pero la realidad es tozuda: como aquí no queremos pobres, lo que intentamos es hacerles la vida imposible por todos los medios a nuestro alcance. Aplicado al caso, resulta que la Unión Europea apenas otorga visados de entrada desde el país de origen a personas que escapan de la guerra o de la persecución. ¿Haría igual para un rico turista chino, americano o brasileño? La UE prefiere condenar a inocentes (potenciales) refugiados a tener que atravesar rutas clandestinas, a pesar penurias y ser objeto de estafa y abuso, y a correr un riesgo elevado para sus vidas. Claro, seguro que pensarán: "...¡No vaya a haber un efecto llamada y se nos llene esto de indeseables!". Ellos, nuestros líderes y gobernantes son los indeseables, esos impertérritos dirigentes de las instituciones europeas, esos racistas gobernantes de países mediterráneos, esos fascistas que "temen" por su cruel civilización. Y así, han llegado al límite de degradación moral en que las vidas humanas no importan, y lo que quieren es simplemente ocultarlas, acallarlas, alejarlas del foco mediático. Incapaces de desplegar un mínimo de humanidad, asistimos al cuentagotas diario de muertes, naufragios, insolidaridades y aberraciones que nuestro "mundo civilizado" dedica a ese otro mundo pobre, oprimido y violentado. Pero la tragedia hoy día ha llegado a límites irrespirables. La desvergüenza ha llegado incluso a la criminalización de las ONG, a quienes se les acusa de ser cómplices de las mafias que trafican con personas. Todo un panorama indignante y demencial, propio de sociedades absolutamente descompuestas y deshumanizadas. Las vidas humanas ya no valen nada. Y ni siquiera lo disimulan. 

 

Es correcta la lucha contra las mafias, por supuesto, al igual que la lucha contra cualquier forma del crimen organizado. Pero aquí no estamos hablando de eso. La gestión migratoria no puede plantearse en términos tan deleznables. La lucha contra las mafias no es suficiente, y lo que es más importante, no disminuye la tragedia humanitaria que vivimos día a día. Cada vez, embarcaciones más inestables, repletas y peligrosas surcan el Mediterráneo, y cuando estas barcazas vuelcan, no siempre encuentran ayuda. Europa se ha convertido en toda una fortaleza inexpugnable, inalcanzable e inaccesible para cientos de miles de personas, víctimas de la barbarie imperialista y colonialista a la que los sometemos. Otra política de fronteras es necesaria, donde primen la humanidad, la solidaridad, la protección, la búsqueda, el rescate, el asilo, la integración, el interculturalismo, y sobre todo, el olvido de la política belicista, agresora y devastadora, inspiradora de los imperios europeos y del imperio estadounidense. Imperios que desean las riquezas de estos países, pero no a sus habitantes. Imperios que saquean los recursos naturales de estos países, pero someten, explotan y marginan a sus habitantes. Imperios que sólo escuchan al gran capital transnacional, responsable último del saqueo al que se somete a estos países y a sus pueblos. Es la dictadura del capital la que, como bien afirma Cecilia Zamudio en este artículo para el digital Rebelion, obliga a estas personas a emprender los terribles periplos en busca de una vida digna. ¿Es que nos hemos vuelto tan egoístas, tan indecentes, tan cínicos y tan inhumanos que ante el hambre, ante la pobreza, ante las guerras y ante el aumento de fenómenos climáticos extremos sólo nos preocupan las fronteras? ¿De verdad pensamos eso? ¿Es que ante tanto éxodo masivo de personas que solo intentan buscar una vida mínimamente digna solo nos preocupa impedir que llegue más gente? El Sol no puede ser tapado con un dedo. Basta con que nos inclinemos levemente para que el dedo sea ignorado, y se nos presente la verdad inapelable y gigantesca del astro. Con nuestra política de fronteras pasa igual: los actuales líderes políticos intentan continuamente tapar el problema, tapar la inmensa realidad de las migraciones y sus motivos con su dedo, con el dedo de la ignorancia, de la perversión, de la insolidaridad y de la barbarie. Sólo tenemos que movernos un poquito, reflexionar por un instante, y comprender la inmensa verdad que se nos ofrece. Tan solo así seremos capaces de ver el problema, de comprenderlo en toda su dimensión, y de diseñar las políticas oportunas, justas y humanas. 

 

Pero es fundamental también, ya lo hemos dicho, no sólo abandonar las políticas hostiles, de saqueo, intervención y colonialismo en los países de origen, sino también fomentar allí, con sus propios recursos y para sus propios habitantes, modelos de sociedad y de economía más resilientes, que aprovechen sus recursos y sus modos de vida, y que se conviertan en soluciones rentables y garantistas. Como argumenta Baher Kamal en este artículo para el medio IPS, un elemento fundamental para comprender la realidad social en estos países es que la principal fuente de ingresos de las 3/4 partes de las personas que viven en la extrema pobreza es la agricultura y demás actividades rurales. Tenemos referencias de otras experiencias, como las de la Fundación Vicente Ferrer en la India, donde han fomentado la creación de condiciones para que sea la propia población rural, y en especial los jóvenes y las mujeres, las que permanezcan en su entorno generando formas de ganarse la vida más duraderas y estables, creando microhuertos, explotaciones locales y otros modelos agrarios, a través de microcréditos sociales para estas comunidades. Por otra parte, una solución clave es también invertir en seguridad alimentaria y en desarrollo rural, y así hacer frente de forma justa a las causas que obligan a estas personas a migrar. Todas ellas son soluciones sostenibles, respetuosas con el medio ambiente, y que además generan oportunidades de vida y trabajo para sus poblaciones. El desafío, por tanto, y donde hay que poner todas las energías y los medios disponibles, consiste en hacer frente a los factores estructurales de los grandes movimientos migratorios, y crear oportunidades de vida sostenibles, para que estas personas no sientan la necesidad de abandonar sus países en busca de una vida mejor. Sus lugares de origen ya son lo suficientemente ricos como para ser explotados por ellos mismos, y nuestra Ayuda al Desarrollo y a la Cooperación Internacional deberá no sólo asistirles en la creación y mantenimiento de estos proyectos, sino también en dotar al tejido social de los suficientes apoyos e instituciones (colegios, universidades, agrupaciones locales de representantes, etc.). En una palabra, ayudar a convertir a sus países de origen en países con futuro, y no únicamente en zonas salvajes y explotables, olvidándose de las personas que viven allí. 

 

Pero todo esto que proponemos no se puede hacer en un contexto de guerra. Los conflictos armados han sido la principal fuente, hasta ahora, junto con los fenómenos climáticos, de éxodos masivos de población. No podemos seguir contribuyendo a ellos. Y esto exige ser absolutamente respetuosos con la soberanía de estos países, con sus democracias, con sus decisiones, y con sus posibilidades de autonomía y libertad para organizar sus propios sistemas políticos y sociales. No podemos ejercer ese brutal paternalismo, embrutecedor y egoísta, que ha actuado destruyendo estos países cada vez que sus habitantes han elegido a un representante digno, que haya intentado proclamar y hacer respetar su soberanía. En una palabra, si pretendemos reducir los fenómenos migratorios, la solución está en nuestras manos: este mundo occidental, "rico y libre" (como nosotros mismos nos definimos, aunque no sea tal), no puede olvidarse de ese otro mundo, pobre y atrasado, pero con gran cantidad de riquezas naturales, animales y humanas. Hay que asegurar su soberanía alimentaria, crear oportunidades vitales para sus habitantes, y dejar de contribuir a sus conflictos bélicos, raciales, tribales o políticos. Pero no sólo eso: también debemos dejar de alimentar la tremenda crisis climática, que acecha con destruir toda forma de vida en nuestro planeta. Y estos países pobres, de donde vienen los migrantes, son los menos preparados para resistirla. No podemos estar contaminando aquí para que lo sufran allí. No podemos estar creando tecnología aquí con los recursos de allí sin una solución equilibrada y justa. No podemos alimentar sus guerras allí para luego decirles que no les queremos aquí. Todos los factores expuestos están interrelacionados: las hambrunas, las sequías, los eventos climáticos extremos, los conflictos armados, los expolios naturales, la falta de oportunidades vitales...Todo ello forma un panorama que vuelve insoportable la vida de millones de personas, y que los empuja a salir de allí. Si también les impedimos que vengan aquí, los estaremos condenando a ser aquéllos "nadie" de los que hablaba Eduardo Galeano, o los "condenados de la tierra", de los que hablara Franz Fannon. No podemos llegar a ser tan viles, tan despreciables y tan inhumanos. La historia, si es que continúa la vida en la tierra, no nos absolverá. Continuaremos en siguientes entregas.

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