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Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

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Hacia otra Política de Fronteras (59)

Viñeta: Martirena

Viñeta: Martirena

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El estigma de los cuerpos negros va enlazado al estigma de los cuerpos pobres o, para decirlo en otros términos, “raza” y “clase” quedan soldados como parte de la experiencia colectiva del rechazo: racismo y clasismo se articulan en una política de Estado que estigmatiza categorías enteras de seres humanos, un mercado capitalista mundializado que se desentiende de aquellos que quedan excluidos o marginados del consumo

Arturo Borra

Esa experiencia colectiva de rechazo se va instalando en el imaginario del conjunto de la ciudadanía, aceptando poco a poco el relato racista, cada vez más desalmado. Por ejemplo, se viven cada vez más a menudo situaciones como las del barco humanitario del Open Arms, que lleva más de una semana esperando un puerto seguro de atraque, con más de 120 migrantes a bordo. Nuestro avance hacia la deshumanización del diferente avanza a marchas forzadas. La crueldad y la intensidad del racismo normalizado va en aumento, instalándose en la opinión pública los graves mantras a los que recurrimos para justificar estas aberrantes políticas. La ola de racismo populista crece, las políticas anti-migrantes se normalizan, las hostilidades hacia los extranjeros se generalizan. La violencia en las fronteras se va incrementando, el derecho internacional queda en un limbo al albur de las decisiones políticas de turno, la ética de la solidaridad queda ya como un empeño vacío. El lento genocidio sobre los migrantes va quedando legitimado. Si no lo evitamos, la tendencia provocará olas migratorias cada vez más grandes, y genocidios culturales cada vez más extensos. El discurso xenófobo cobra fuerza, valentía, y se hace oír con más fuerza: "Occidente ya no está dispuesto a seguir soportando la agresión cultural de la que se siente objeto por causa de las recientes olas migratorias" (Financial Times). Discurso agresivo y criminal, que busca dar la vuelta a la tortilla, y hacernos aparecer como víctimas, cuando en realidad somos los verdugos. Hace solo varios lustros, considerábamos los campos de concentración como unas estampas únicamente de las guerras. Hoy día los hemos normalizado, como "estancia" casi obligatoria de los migrantes que intentan alcanzar sus destinos. Se ha erguido la voz que aúlla la génesis original, auténtica y verdadera de la "civilización europea", y de la necesidad de aniquilar todo intento de acallarla. La ignorancia al poder. La obscenidad a la política. El terror a las personas. 

 

Y por si todo ello no fuera poco cinismo y desfachatez, aún sostienen que nuestra civilización se basa en el "humanismo cristiano" como uno de sus pilares. La política practicada ni es humanista ni es cristiana, por mucho que porten dichas banderas. Lo único que estamos dejando aparecer son nuestros rasgos más bárbaros, nuestras cualidades más violentas e intolerantes, nuestras más abyectas razones. Porque si piensan que con la política del hermetismo y la crueldad van a detener los movimientos migratorios, están completamente equivocados. En 2015 la periodista especializada en Derechos Humanos Susana Hidalgo publicó un libro con el sugestivo título "El último holocausto europeo", toda una lectura obligada, reseñado por Enric Llopis en este artículo para el digital Rebelion que seguimos a continuación. Frente a las ridículas cifras de reparto que discuten cada cierto tiempo los Ministros de la Unión Europea, los principales países de acogida siguen siendo, según ACNUR, Turquía (1,59 millones de personas), Pakistán (1,51 millones), e Irán (982.000). Además, las llamadas "regiones en desarrollo" acogían en 2014 al 86% de los refugiados del mundo. Las muertes de los que no consiguen llegar no se producen sólo en el mar, sino que también hay inmigrantes que han muerto asfixiados en contenedores llegados a Turquía, en trenes de aterrizaje en París o ahogados en maleteros minúsculos tratando de pasar escondidos la frontera ceutí. Casi diariamente son rescatadas personas a decenas o a cientos, en embarcaciones que velan porque dejen de morir personas en el mar, en muchos casos niños y mujeres embarazadas que viajaban en embarcaciones duplicando su aforo y a la deriva. En muchos casos llevaban días en el mar cuando fueron rescatados. Días a cielo abierto y sin comida. A pleno sol durante el día y al frío durante la noche. Viajaban sólo con sus pensamientos, con sus recuerdos, con sus sufrimientos, con sus dramas personales y familiares, con sus anhelos, con sus penas y alegrías, con sus sueños. Al tocar tierra, no se les ofrece precisamente una vida idílica. Entre enero y julio de 2015, como recoge Susana Hidalgo en su libro, fueron atacados 200 albergues para refugiados en Alemania, mientras que en todo el año 2014 se produjeron 170. 

 

La violencia, el odio y el racismo agrandan su semilla en varios frentes. Hoy día son los propios gobernantes los más perversos y desalmados jueces, verdugos y ejecutores. El Ministro italiano del Interior, Matteo Salvini, hombre fuerte y emblemático de su gobierno, lanza exabruptos contra los migrantes y contra quienes les ayudan en cada entrevista que concede a los medios de comunicación italianos. Ya ni siquiera disimulan su odio institucional. Se han olvidado incluso de las falsas palabras grandilocuentes (que mencionaban la libertad, la democracia y los derechos humanos, aunque a renglón seguido los incumplían), para verter macabros discursos propios de la más brutal gentuza que se agolpa en la barra de un bar. En los mejores casos, de los gobernantes aparentemente más responsables, concurren dichas palabras grandilocuentes con el negocio de la fortaleza europea. En entregas anteriores lo hemos analizado profundamente. Remito a los lectores y lectoras a dichas entregas. Todo un andamiaje creado ad hoc para las grandes empresas tecnológicas muy adheridas a los flujos del Estado, que reciben cuantiosos contratos para blindar las fronteras con mecanismos cada vez más sofisticados. En la práctica, por tanto, la retórica política, los discursos altisonantes y los hechos reales casan muy mal. No se puede transitar felizmente entre el hipócrita pragmatismo y el necesario humanitarismo. Los religiosos lo expresarían como que "no se puede poner una vela a Dios y otra al Diablo". La UE garantiza antes la libre circulación de capitales que la de personas. Y así, el presupuesto de Frontex se disparó de 6 millones de euros en 2005 a 98 millones en 2014. Por contra, el presupuesto de la Oficina Europea de Apoyo al Asilo (EASO) fue de 15,6 millones de euros en 2014. Las cifras nos dan una fotografía muy correcta de la terrible realidad que vivimos. Una última cifra: el gobierno italiano, a propuesta de Matteo Salvini, tiene intención de multar con hasta un millón de euros a las ONG que se dediquen a salvar vidas. Ahí queda eso. No es una errata, es el mundo en que vivimos. ¿Otro dato? En al menos 13 países de la UE se practican expulsiones de ciudadanos europeos. 

 

Las formaciones de ultraderecha están proponiendo ya en sus programas directamente una serie de salvajadas dignas de ser denunciadas directamente ante un juzgado de guardia de cualquier país, y proceder a la encarcelación preventiva de sus portavoces y dirigentes. En algunos se propone incluso acabar con la concesión de la nacionalidad a los extranjeros nacidos en el país en cuestión de que se trate (por ejemplo, Francia). No hay nadie que levante la voz de forma audible para los 28 países europeos, así como para Estados Unidos (entre otros actores internacionales), para afirmar valiente y categóricamente que los derechos de los refugiados no son un acto de buena fe, ni un acto de solidaridad, sino un derecho recogido en tratados internacionales. Tratados que se están ignorando, y que por ello estamos entrando en una deriva peligrosa a nivel internacional. Los discursos de odio han vaciado de significado estos tratados, han legitimado el hecho de poder ignorarlos, e incluso lo han normalizado entre nuestros gobernantes y formaciones políticas más indecentes. El Catedrático de Filosofía del Derecho Javier de Lucas, autor de varias obras sobre la materia, como "Mediterráneo: el naufragio de Europa", lo afirma tajantemente en esta entrevista para el digital Rebelion realizada por Enric Llopis: "Los Estados parte en el Convenio de Ginebra de 1951 y el Protocolo de Nueva York (1966) tienen un contrato con los refugiados". ¿Es que no hay nadie con la suficiente entidad reconocida internacionalmente como para denunciar esto ante los tribunales internacionales? ¿Es que no existe nadie que proclame que incumplirlo implica transgredir la legalidad, más allá de los buenos o malos sentimientos que se puedan desplegar? Tampoco el derecho de asilo puede someterse a "cuotas", como si los Estados se estuvieran repartiendo cromos ("Estos dos para ti, y estos tres para mi"). Una cosa es que exista un cierto equilibrio en el reparto por países que forman una unidad política (que no la forman, dicho sea de paso), y otra cosa es que ese sistema de cuotas sirva como excusa para incumplir flagrantemente un derecho humano básico y fundamental reconocido internacionalmente en todos los foros. 

 

La indigencia de la política de fronteras está llegando a sus más últimas consecuencias. Unas consecuencias que anulan de un plumazo todo un contexto legal internacional que costó décadas forjar, y muchos debates y reuniones durante años para que los países los firmaran a lo largo del mundo. ¿Es que nos parece una dificultad tan difícil de salvar el hecho de que en un continente que viven 500 millones de personas, como es Europa, se reciban 400.000 peticiones de asilo en 2015? Durante ese año, los refugiados sirios que alcanzaron las costas europeas no representaban siquiera el 10% de los que llegan a Líbano, Jordania, Iraq o Turquía. ¿Es que cuando hay más de 60 millones de desplazados en el mundo, le parece a los gobernantes europeos una buena decisión poner el tope a los refugiados admitidos en 120.000? España acogió a 19.000 refugiados, Líbano a 1,2 millones. Como decíamos más arriba, las cifras son muy elocuentes. Los tratados firmados sobre refugiados contemplan que se les dote de documentación, así como que el Estado de acogida proporcione todos los medios para la inserción sociolaboral de dicha persona, en igualdad de condiciones al resto de ciudadanos del país. Hoy día nos parece un cuento de hadas. Transcurrido un período (que en el caso español es de 5 años) tienen derecho a adquirir la nacionalidad del país de acogida. Pues bien, sabiendo esto, no sólo la realidad es que no se cumple nada de lo contemplado en los tratados, sino que como también hemos comentado, las fuerzas políticas de la ultraderecha están planteando abiertamente dejar de cumplir lo poco que estemos cumpliendo. Es como si tuviéramos una formación política llamándonos a delinquir continuamente, justificando el delito, y además la gente los votara. Un escenario absolutamente surrealista. Una perversidad tal que raya en lo esperpéntico y en lo macabro. Se obstaculizan los acuerdos, se proclama abiertamente su incumplimiento, se llama a la inmoralidad y a la ética más despreciable, Se estigmatiza a los refugiados y se utilizan perversos argumentos como el del "efecto llamada", que también hemos comentado en anteriores entregas. ¿Es soportable esta Política de Fronteras? ¿Puede durar mucho tiempo? Continuaremos en siguientes artículos de la serie.

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