Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Walter Benjamin definió las revoluciones no como las locomotoras de la historia, como Marx, sino como la humanidad tirando del freno de emergencia antes de que el tren caiga en el abismo. Nunca antes hemos tenido más necesidad de accionar esa palanca y preparar un nuevo camino hacia un destino diferente
En el artículo anterior expusimos el concepto de "igualitarismo biocéntrico", introducido por Bill Devall y George Sessions (pensadores adscritos a la corriente que hemos llamado "Ecología profunda"), que más o menos defiende la idea de que todo ser viviente juega su papel en un determinado ecosistema, del cual todos dependen para su supervivencia. Ellos no obstante deducían de dicho concepto que todos los individuos de tal ecosistema debían poseer igual valor intrínseco, aunque esto ya no está tan claro. Puede que tengan valor sólo porque sean necesarios para la existencia del conjunto, y el conjunto puede que tenga valor sólo porque apoya la existencia de los seres conscientes. La ética de la ecología profunda, por tanto, no ofrece todas las respuestas a todas las preguntas que podamos plantear. Y puesto que la ecología se centra más en los sistemas que en los organismos individuales, la ética ecológica podría ser más admisible si se aplicara a un nivel superior, quizá a nivel de especies y ecosistemas. En cualquier caso, la ética ecológica nos lleva a la idea de que las especies o el ecosistema no son solamente un grupo de individuos, sino una entidad en su propio derecho. En esta teoría insiste también Lawrence Johnson, que en su libro "A Morally Deep World" considera los intereses de una especie, o de un ecosistema, en un sentido que difiere del de la suma de intereses de cada miembro de la especie, y concluye que los intereses de una especie, o de un ecosistema, deben tomarse en cuenta, junto con los intereses individuales, en nuestras reflexiones morales. Por su parte, Freya Mathews, en su texto "The Ecological Self", sostiene que cualquier "sistema que se realice a sí mismo" tiene valor intrínseco en la medida en que busca mantenerse o preservarse a sí mismo. Mientras que los organismos vivientes son paradigmas de sistemas que se realizan a sí mismos, Mathews, al igual que Johnson, incluye especies y ecosistemas como entidades holísticas o un "yo" con su propia forma de realización.
Mathews incluso incluye al ecosistema global entero, siguiendo a James Lovelock, al referirse a él con el nombre de la diosa griega de la tierra, Gaia. Y sobre esta base, ella defiende su propia teoría sobre igualitarismo biocéntrico. Existe, como estamos pudiendo comprobar, una verdadera cuestión filosófica acerca de si una especie o un ecosistema se puede considerar como el tipo de individuo que puede tener intereses, o un "yo" que se realice; incluso si puede, la ética ecológica profunda se enfrentará a problemas similares a los que identificamos al considerar la idea de la veneración por la vida. Porque es necesario, no sólo que se diga que los árboles, las especies y los ecosistemas tienen intereses propios e independientes, sino que tienen intereses moralmente pertinentes, es decir, susceptibles de ser tenidos en cuenta por los seres humanos. Si cada uno ha de ser considerado como un "yo", habrá que demostrar que la supervivencia o la realización de esa clase de "yo" tiene valor moral, independientemente del valor que tenga debido a su importancia al sostener vida consciente. Llegados a este punto, espero que al menos mis lectores y lectoras estén en la onda pertinente para considerar a la propia Naturaleza como sujeto de derechos. Esto es realmente algo básico si de verdad nos queremos tomar estos asuntos en serio, y ser capaces de plantear otro modo de producción y consumo, otra filosofía de vida, otro paradigma civilizatorio, tal cual nos propone el Buen Vivir. No obstante, aún nos quedan muchos interrogantes. En nuestro análisis sobre la ética de la veneración por la vida vimos que una forma de establecer que un determinado interés es moralmente pertinente es preguntarse lo que supone para la entidad afectada no tener ese interés satisfecho. Esa pregunta es fácil de responder para seres humanos, e incluso para animales no humanos, pero más difícil para el asunto que nos ocupa. Y la misma pregunta se puede plantear también sobre la autorrealización: ¿qué supone para el yo no realizarse? Dichas preguntas ofrecen respuestas inteligibles cuando se hacen sobre seres sensibles, pero no cuando se hacen sobre árboles, especies o ecosistemas.
El hecho de que, como señala James Lovelock en su obra "Gaia: A New Look at Life on Earth", la biosfera pueda responder a determinados acontecimientos en formas que se parecen a un sistema que se mantiene a sí mismo, no demuestra en realidad que la biosfera desee conscientemente mantenerse a sí misma. De hecho, denominar al ecosistema global con el mismo nombre que la diosa griega parece una buena idea para dotarla de identidad, pero puede que no sea la mejor manera de ayudarnos a pensar claramente en su naturaleza. De forma similar, a menor escala, no hay nada que se corresponda con lo que supone ser un ecosistema anegado por una presa (como planteábamos en nuestro supuesto inicial), puesto que no podemos afirmar que exista tal sentimiento, o tal conciencia de ello. En este aspecto, tanto los árboles como los ecosistemas y las especies son más como rocas que como seres sensibles, y por tanto, la división entre criaturas sensibles y no sensibles constituye hasta ese punto una base más firme para un límite moralmente importante que la división entre cosas vivientes y no vivientes, o entre entidades holísticas y otras entidades que no podrían considerarse holísticas (Holismo es la doctrina que propugna la concepción de cada realidad como un todo distinto de la suma de las partes que la componen). Pero este aparente rechazo de la base ética para el desarrollo de una ética ecológica profunda no implica que el caso de la conservación de lo salvaje no tenga fuerza. Todo lo que implica es que un tipo de argumentación (la del valor intrínseco de las plantas, especies o ecosistemas) es, en el mejor de los casos, problemática. Por tanto, y como respuesta al planteamiento inicial sobre la conveniencia o no de construir la presa (destruyendo todo el entorno natural necesario), a menos que se pueda situar en una posición diferente y más firme, deberíamos limitarnos a argumentos basados en los intereses de las criaturas sensibles, presentes y futuras, humanas y no humanas. Estos argumentos bastan para demostrar que, al menos en una sociedad en la que nadie necesite destrozar lo salvaje con objeto de obtener comida para sobrevivir o materiales para protegerse de los elementos, el valor que posee conservar las zonas importantes de naturaleza virgen que quedan, sobrepasa en mucho a los valores económicos que se obtienen con su destrucción. En conclusión, y como respuesta al planteamiento de si hay o no que construir la presa: la respuesta más adecuada es que NO.
Y la siguiente pregunta que podríamos hacernos es: ¿Qué se hace en realidad? La práctica habitual desoye nuestra recomendación. En la inmensa mayoría de los casos, y en la práctica totalidad de los países del mundo, si están enfrentados los valores de la naturaleza frente a las aportaciones económicas (y de un falso progreso fruto del relato capitalista) que pueda suponer destrozarla para construir algún determinado artificio, lo que se hace es destrozar la naturaleza que haga falta, sin miramientos. Los intereses (disfrazados de intereses para la sociedad) son únicamente los de las grandes compañías transnacionales que con su poderío hacen y deshacen a su antojo en cualquier país. Cientos de miles de hectáreas de cultivo son arrasadas año tras año, presas hidráulicas, gaseoductos, oleoductos y demás infraestructuras gigantescas son diseñadas por todo el planeta, arrasando con todo el entorno natural que encuentran a su paso. Bosques arrasados, lagos, ríos y mares contaminados, centenares de miles de animales muertos directa o indirectamente por la acción humana, son el resultado de estas perversas prácticas que llevamos a cabo continuamente. Hasta las reservas naturales más profundas, ricas y salvajes que existen están siendo sistemáticamente eliminadas. Y todo ello, junto con las emisiones contaminantes que vertemos a la atmósfera, son la causa fundamental del caos climático que ya ha comenzado a significarse, y a provocar devastadoras consecuencias. Por tanto, se hace necesario cambiar de paradigma, y para ello, es absolutamente preciso desarrollar, asumir y tener en cuenta una ética del medio ambiente, mayoritariamente aceptada y respetada, que pase por otorgar plenos derechos a la naturaleza y a todos los seres sensibles que la habitan, así como a la preservación de los ecosistemas naturales. Dicha ética consideraría que todas las acciones que son perjudiciales para el medio ambiente son éticamente discutibles, y las que son innecesariamente perjudiciales sencillamente son malas. Para una ética del medio ambiente la virtud supondría guardar y reciclar los recursos, y lo contrario sería el despilfarro y el consumo innecesario. Para una ética del medio ambiente, ningún proyecto económico que destruya elementos naturales debe ser contemplado, a menos que sus ventajas sean absolutamente necesarias para la vida de otros seres, tanto humanos como no humanos. Se podría pensar por ejemplo en la viabilidad de un proyecto que construyese miles de viviendas (junto con complejos residenciales, piscinas, recintos, tiendas, etc.) y los defensores de tal proyecto podrían argumentar en la imperiosa necesidad de hacerlo para que miles de personas sin hogar residan allí, pero...¿es cierto todo esto?
¿De verdad han de construirse esos complejos para que vivan miles de personas que ahora no poseen un hogar? ¿Seguro que no podemos arreglar ese problema de otra forma? ¿No podemos utilizar las miles de viviendas vacías que cada ciudad posee? ¿No podemos volver a habitar los pisos que hoy día están enfocados al turismo? ¿Seguro que detrás de todo ese proyecto no se esconde una labor especulativa, que enriquecerá a las empresas constructoras y a las entidades financieras que estén detrás del mismo? Pongamos otro ejemplo ilustrativo: desde la perspectiva de una ética del medio ambiente, nuestra elección de esparcimiento (ocio, recreo, deporte...) no es éticamente neutral. Consideremos por ejemplo la posible elección entre las carreras de coches y el ciclismo, o entre el esquí acuático y el windsurfing, sólo como una cuestión de gustos. Pero en realidad, dicha elección va más allá. Desde la ética del medio ambiente, existe una diferencia esencial entre estas actividades: las carreras de coches y el esquí acuático requieren el consumo de carburantes fósiles para su disfrute, y además liberan dióxido de carbono a la atmósfera, mientras que el ciclismo y el windsurfing no. Por tanto, una vez que nos tomemos en serio la necesidad de conservar nuestro medio ambiente, las carreras de coches y el esquí acuático dejarán de ser una forma aceptable de entretenimiento o deporte, al igual que ya no lo son hoy las peleas de gallos. La ética del medio ambiente debería tenerse en cuenta de forma transversal a la hora de abordar cualquier proyecto, sea del tipo que sea, porque hasta ahora, el ser humano, imbuido en la lógica del sistema capitalista, en lugar de prestar atención a nuestros ecosistemas naturales, ha arremetido contra ellos, alterando el paisaje y el entorno natural de manera vertiginosa. Hemos de incidir, para difundir esta ética medioambiental, en que no es bueno dedicarnos a actividades, profesiones, deportes, hobbies o proyectos que ataquen los fundamentos de la naturaleza, los recursos naturales, la flora y la fauna, y los ecosistemas donde habitan. Hace poco tiempo en nuestro país tuvimos un dilema similar, cuando la petrolera Repsol tuvo la ocurrencia de explorar las aguas profundas del ecosistema marino de las islas Canarias en busca de petróleo. Los grupos ecologistas advirtieron del peligro que suponían las actividades de prospección de cara a la conservación de especies de fauna y flora marina en dicho ecosistema. Afortunadamente, la concienciación popular y política sobre estos asuntos ya había calado fuertemente en la ciudadanía y en los agentes sociales, y el proyecto se abortó. Continuaremos en siguientes entregas.