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Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

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Hacia otra Política de Fronteras (63)

Viñeta: Iñaki y Frenchy

Viñeta: Iñaki y Frenchy

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En la receta mortal de los Estados Unidos existen dos cruentos ingredientes: la xenofobia racista y la violencia. Y si el país es incapaz de darse cuenta de la raíz del problema, continuará su caída hasta terminar como lo han hecho todos los imperios en la historia de la humanidad: en una total devastación

Fernando A. Torres

Continuando con la criminal política migratoria de los Estados Unidos, hemos de hacer una parada muy especial en el asunto de los menores. Al igual que con los adultos, el hambre y la crueldad se ceban con los menores en Centroamérica, con la abismal diferencia de que los niños y niñas son aún más inocentes, y están aún más indefensos. Pero normalmente, su periplo concluye siendo arrojados a jaulas por fuerzas mucho más poderosas e inhumanas que aquéllas que los obligaron a migrar, solos o con sus padres. Tal como sostiene Karen J. Greenberg en este artículo para el medio TomDispatch, traducido por Sinfo Fernández para el digital Rebelion, los Estados Unidos han abolido la idea misma de los derechos humanos como parte de la identidad del país. Karen Greenberg relata: "Las condiciones en los campamentos, diseminados a lo largo de las fronteras de los Estados Unidos desde Arizona hasta Texas, son vergonzosas y afectan a esos niños en su forma más dura. Un informe reciente del Inspector General del Departamento de Seguridad Nacional, que se publicó censurado apenas unos días antes de la fiesta del 4 de julio, que celebra el nacimiento de este país como "un faro de vida, libertad y búsqueda de la felicidad", describía la miseria impactante y los peligros en esas instalaciones de confinamiento. Allí, a menudo, los niños no podían cambiarse de ropa, ni disponían de cama, comida caliente, cepillos de dientes, jabón, duchas e incluso atención médica adecuada". Rara idea la de los estadounidenses en cuanto a la vida, la libertad y los derechos humanos. Llevan intentando exportarla al resto del mundo desde su fundación como país, causando, al igual que en su interior, muerte, odio y destrucción donde la implantan. Aún existen ilusos que se creen que Estados Unidos representa algún faro de vida y de libertad. A todo ello hay que unir el coste emocional que representa el hecho de estar separados de sus familiares (dicha decisión de separación de sus progenitores ha sido abandonada el mes pasado, y la Administración Trump ha señalado que lo que van a hacer es recluirlos a todos juntos, padres e hijos, hasta que un juez decida sobre la petición de asilo, petición que puede durar meses, incluso años). 

 

Pero durante la estancia en los campamentos, hay relatos de primera mano que describen la espantosa situación de estos menores: "Un abogado de inmigrantes de El Paso que visitó una instalación, describió, por ejemplo, haber visto como un niño se rascaba la cara hasta sangrar. Hay relatos de primera mano de los visitantes a los campamentos de niños que intentan asfixiarse con los cordones de sus propias tarjetas de identificación y otros que soñaban con escapar saltando al suelo desde ventanas elevadas. No es de extrañar que hayan muerto al menos siete niños en esas circunstancias, y muchos más sufran de piojos, sarna, varicela y otras dolencias. Sin embargo, cuando los médicos de la Asociación Americana de Pediatras viajaron a los campos para ofrecer su ayuda, se rechazaron sus servicios. Michelle Bachelet, la Comisionada para los Derechos Humanos de la ONU, pediatra, ha calificado la situación de los migrantes de "espantosa" y señaló que "varios organismos de derechos humanos de la ONU han descubierto que la detención de niños migrantes puede constituir un trato cruel, inhumano o degradante prohibido por el derecho internacional". Otros han sido menos circunspectos, comparando explícitamente el trato a los niños con la tortura". Pero no acaban ahí los horrores: un voluntario de la ayuda humanitaria que dio comida y agua a dos desesperados migrantes centroamericanos indocumentados y trató de conseguirles ayuda médica, fue arrestado a continuación. Y por su parte, cuando el Presidente Trump fue preguntado por el funcionamiento de dichas instalaciones, constestó: "Funcionan a la perfección". Sin comentarios. No es el único que niega los tratos degradantes: el ex fiscal general Jeff Sessions declaró que "Los niños están bien cuidados. De hecho, reciben mejor atención que muchos niños estadounidenses". Habrá que preguntarse entonces cómo es el trato de los propios niños estadounidenses. ¿Qué se puede esperar de un país que trata a los seres más inocentes de esta aberrante manera? ¿A qué nivel de degradación moral han llegado en los Estados Unidos? ¿En qué clase de mundo son aceptables la inmundicia, la enfermedad y la persistente crueldad emocional? ¿En qué país o lugar del mundo el encarcelamiento brutal de niños no representa una violación de los principios y normas éticas y morales más básicas? La perversión moral más absoluta reina en la Administración norteamericana, con la aquiescencia del resto de la población.

 

Pero...¿quién crea las crisis migratorias? El mismo sistema capitalista criminal que saquea no solo el solar patrio, sino también, mediante prácticas imperialistas y colonialistas, los solares ajenos. Las injerencias de los Estados Unidos en el resto de los países del globo se podrían contar por cientos desde su fundación. En el caso centroamericano, por tomar sus países más cercanos, sus orígenes se remontan al menos a 1954, cuando la CIA derrocó al gobierno electo guatemalteco de Jacobo Arbenz, tal como documenta Rebecca Gordon para el mismo medio, y que seguiremos a continuación como referencia. En la década de 1960, las dictaduras florecerían en ese país (y en otras partes de la región) con el respaldo económico y militar de los Estados Unidos. Si USA no hubiese llevado a cabo dichas injerencias (en Cuba, en Guatemala, en El Salvador, en Honduras, en Colombia, en Venezuela...prácticamente en todos los países de lo que ellos llaman su "patio trasero"), la situación hoy día sería ciertamente distinta. Rebecca Gordon explica: "Cuando en los años setenta y ochenta, los centroamericanos respondieron levantándose ante esas dictaduras, el apoyo de Washington a los regímenes militares de derechas y a los escuadrones de la muerte, en particular en Honduras y El Salvador, obligó a miles de habitantes de esos países a emigrar a Estados Unidos, donde sus hijos fueron reclutados en las mismas pandillas estadounidenses que están ahora devastando sus países". En Guatemala, Estados Unidos apoyó regímenes autoritarios sucesivos implantados tras diversas guerras genocidas contra su mayoría indígena maya. Y por otra parte, el cambio climático, que Estados Unidos ha causado en mucha mayor proporción que cualquier otra nación (y quien menos ha hecho para prevenir o mitigar), ha tenido como consecuencia que la agricultura de subsistencia para millones de familias sea cada vez más difícil de mantener en muchas partes de América Central. Y de esta forma, a lo largo de las décadas, la guerra, el narcotráfico, las mafias y pandillas criminales, la violencia política, comunitaria o sexual, el hambre, la sequía, la degradación ambiental, el cambio climático o la pobreza más devastadora han obligado a millones de personas a buscar nuevos horizontes, y lo han hecho en el país que tenían más cerca, aquél que les vendía el falaz "sueño americano". 

 

Por supuesto que para migrar también existen los llamados "factores de atracción" (tales como la seducción de un nuevo lugar, las oportunidades económicas y educativas, las libertades religiosas y políticas, o la presencia en el terreno de familiares, amigos o miembros de comunidades de su país de origen), pero no son estos motivos los que inspiran esta serie de artículos. Los factores de atracción mueven a todo tipo de personas, no únicamente a las personas pobres, que suelen moverse más por factores de presión. Estados Unidos ha distinguido precisamente las solicitudes de asilo atendiendo a estos factores de presión. En la década de 1980, por ejemplo, los salvadoreños que huían de los escuadrones de la muerte apoyados por Estados Unidos casi no tenían esperanzas de obtener asilo en USA. Sin embargo, las personas que salían de la isla comunista de Cuba sólo tenían que poner un pie en territorio estadounidense para recibir asilo de forma casi automática. Hoy día, toda una serie de factores de presión están expulsando a los centroamericanos de sus hogares, especialmente (una vez más) en Guatemala, Honduras y El Salvador. Hace meses, Caravanas de Migrantes organizadas provenientes de estos países recorrieron miles de kilómetros hasta alcanzar la frontera mexicana, e intentar alcanzar territorio estadounidense. Actualmente, la Administración Trump chantajea a sus gobiernos, y los amenaza con retirarle las subvenciones para determinados productos y servicios, si no son capaces de controlar sus flujos migratorios. Pero todo esto no va a acabar con la corrupción política y la violencia, la represión, los crímenes callejeros, el poder de los cárteles de la droga, la pobreza y el cambio climático, factores todos ellos que tienen su raíz en el propio comportamiento de los Estados Unidos hacia estos países de origen. Las migraciones no podrán ser acalladas ni con sanciones ni con chantajes, ni con premios ni con castigos. Los flujos humanos son absolutamente incontrolables, y hoy día se dan muchos factores de presión para generarlos con fuerza inusitada. Pero incluso aunque no hubiera represión y violencia, mafias y bandas, la población centroamericana continuaría migrando debido al cambio climático. Y a medida que la Administración Trump hace todo lo posible para acelerar la crisis climática, los centroamericanos están literalmente muriéndose debido a ello. Sin embargo, según el derecho internacional, si se dirigen a Estados Unidos en un intento de salvar sus medios de vida, no se les califica como refugiados porque no huyen de la violencia física sino económica, y por lo tanto, no son candidatos para el asilo.

 

Como decíamos más arriba, los primeros esfuerzos de la Administración Trump para disuadir a los solicitantes de asilo pusieron en marcha la infame política de separación familiar, en la cual los niños y niñas que llegaban a la frontera eran separados de sus padres en un esfuerzo por crear el tipo de publicidad para evitar que otros vinieran. Una masiva protesta internacional, y una orden de la corte federal de los EE.UU., puso fin oficialmente a esa política en junio de 2018. En ese momento, el gobierno recibió la orden de devolver a los hijos con sus padres. Pero el penoso gabinete Trump no se da por vencido, y continuará tramando horribles medidas para hacer la vida imposible a estas personas, y continuar burlando los derechos humanos. De momento, lejos de aumentar la ayuda humanitaria a El Salvador, Honduras y Guatemala, el Gobierno de Donald Trump recortó rápidamente esos fondos, asegurando todavía más miseria, y sin duda, forzándoles todavía más a huir de América Central. Sus obtusas mentes ni siquiera llegan a comprender esto. El Presidente Trump ha usado incluso la amenaza (a México incluido) de imponer nuevos aranceles contra los productos comerciales, como medida de presión para forzar a estos países a controlar sus flujos migratorios. Todo será inútil. Nada detendrá las mareas humanas, mientras exista gente con ganas y deseos de luchar y de vivir, de alcanzar niveles de vida dignos. Los malos gobernantes y las personas ineptas siempre buscan excusas para no realizar su trabajo de forma adecuada. En este caso, Trump y sus secuaces del horror prefieren continuar demonizando a los migrantes, personas que únicamente desean vivir en paz, personas desesperadas, antes que desplegar los recursos necesarios para atender sus demandas de forma adecuada. Profundo racismo, sociedad violenta, desprecio a los derechos humanos, tales son los ingredientes con los que se forma la política de los Estados Unidos. El círculo se cierra, siempre ocurre así: el país que más contribuye con sus políticas en el exterior a que existan las crisis de refugiados, es también el que pone más trabas, impedimentos, complicaciones, y el que más endurece la vida de las personas desplazadas forzosas. La comunidad internacional debería poner orden en este caos de la política de fronteras estadounidense, pero el gran problema es que la comunidad internacional tampoco está a la altura. No es que tengamos una manzana podrida en el cesto, es que el propio cesto está podrido hasta las entrañas. Continuaremos en siguientes entregas.

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