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Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

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Arquitectura de la Desigualdad (y 163)

Viñeta: Malagón

Viñeta: Malagón

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Los países en los que las diferencias de ingresos entre ricos y pobres son más acusadas tienden a padecer en mayor medida una gran variedad de problemas sociales y sanitarios. La salud física y mental empeora, la esperanza de vida disminuye, la tasa de homicidios aumenta, las calificaciones de los niños en matemáticas y lectoescritura tienden a ser más bajas, la drogadicción es más común y hay un mayor número de encarcelamientos. Todos estos elementos guardan una estrecha relación con los niveles de desigualdad

Kate Pickett y Richard Wilkinson

La codicia es repugnante. Dondequiera que florece, mata el espíritu de la fraternidad y de la humanidad compartida

Julie Wark

EPÍLOGO.

 

Finalizamos ya en la presente entrega esta extensa serie de artículos, que nos ha llevado a través de sus 163 artículos que hoy finalizamos por toda la Arquitectura de la Desigualdad, es decir, el conjunto de mecanismos que nuestra sociedad capitalista ha diseñado, proyectado, impulsado y perpetuado para que las desigualdades (vistas desde todos los ámbitos, contempladas desde todos los enfoques) sean la nota y el distintivo característico de nuestro mundo. A través de sus 11 bloques temáticos hemos recorrido los diversos aspectos que a nivel general configuran esta arquitectura de la desigualdad, deteniéndonos en asuntos tales como el poder de los ricos, los paraísos fiscales, el yugo de la deuda pública, la Renta Básica Universal, el poder de las empresas y el esclavizante mercado laboral, los peligrosos valores del neoliberalismo, la pobreza infantil, la pobreza energética, la tremenda y onmipresente corrupción, la desigual e injusta redistribución de la riqueza en el planeta, la posible implantación de una fiscalidad internacional para el desarrollo, la globalización del trabajo decente, la reorganización de las normas del comercio internacional, y un largo etcétera. Los que poseen más poder, riquezas y privilegios de los que les corresponden, siempre lo hacen a expensas de otros, como creo que ha quedado demostrado a lo largo de esta serie de artículos. Los enemigos de los derechos humanos siempre recurren a cualquier tipo de ensañamiento, a fin de preservar el botín de su codicia, que por alguna lógica delirante, siempre consideran como algo merecido. Pero nada más lejos de la realidad. La desigualdad no es algo merecido, es algo impostado, creado y deseado por un sistema económico y social, el capitalismo, a todas luces perverso e irracional. 

 

A tenor de todo ello, hemos podido desmontar las visiones falsas, miopes e injustas del capitalismo de hoy día, que justifica las desigualdades con el mensaje básico de que "son algo natural". Nos dicen que siempre han existido, y que siempre existirán, y que no se puede luchar contra ellas. A lo largo de la serie de artículos que hoy finalizamos hemos demostrado que es mentira, que las desigualdades en nuestras sociedades no son naturales, que están minuciosa y perfectamente planificadas, estructuralmente establecidas, y que pivotan en torno a una serie de mecanismos que se pueden revertir, si nuestros líderes políticos y gobernantes tuvieran de verdad la voluntad política para hacerlo. Personas en condiciones laborales diversas (falsos autónomos, jornaleros, obreros, trabajadores de la banca, de la salud, artesanos, desempleados, acoso laboral, "emprendedores" endeudados...), desplazados (deslocalizados, emigrados forzosos, desplazados urbanos por la gentrificación...), desahuciados, migrantes, retornados, jubilados, mujeres, jóvenes, territorios estigmatizados (barrios populares, zonas segregadas, escuelas "gueto"), represión de activistas, salud en riesgo, negritud y racismo, discriminación y silenciamiento, despoblación, caridad y externalización de la asistencia social, personas en situación de calle, personas sin hogar, mujeres sometidas al maltrato y a la discriminación...Los retratos de la desigualdad están presentes en nuestro mundo a diario, forman parte de nuestro imaginario colectivo, los vemos en los programas informativos, los vemos cuando salimos de casa, cuando escuchamos cualquier reportaje, cuando leemos cualquier artículo, cuando conversamos con la gente, cuando pensamos y reflexionamos sobre lo que ocurre...

 

Aquí, durante esta serie de artículos, hemos intentado demostrar cómo sus vidas y sus circunstancias no responden a ninguna plaga divina, ni a ninguna ley inherente de la naturaleza, ni a ningún castigo celestial, ni a ninguna ley matemática, sino que sus vidas y sus circunstancias responden a la implantación de una arquitectura política, social y económica, expresamente creada para instalar y difundir dicha desigualdad. Sufrimos desigualdad porque nuestro mundo quiere, porque dispone de los mecanismos para perpetuarla, porque nuestros líderes mundiales desean que siga siendo así. Espero que hayamos conseguido demostrar esto, y que a partir de ahora, nuestros lectores y lectoras tengan bien claro de dónde provienen las desigualdades, y sobre todo, que es posible, si se quiere, erradicarlas. Evidentemente, no sería cuestión de un día para otro, téngase en cuenta que los mecanismos que aquí hemos expuesto no han sucedido de forma mecánica ni en poco tiempo, sino de forma planificada, y a lo largo de décadas. Pero todo ello puede revertirse, todo ello puede diluirse, y construir un mundo y unas sociedades pensadas para la equidad, para la igualdad, para la justicia social. Debemos seguir teniendo presentes, para finalizar, las terribles cifras siguientes: más del 50% de la población mundial vive en la pobreza, una cifra que se traduce en que unos 3.500 millones de personas no gozan de los derechos más básicos. Mientras, la opulencia y la riqueza desmedida, irracional y desproporcionada de otras personas es insultante e indignante. La brecha creciente entre ricos y pobres es de una injusticia inconmensurable, incalificable. Julie Wark aporta el dato de que las 1.210 personas más ricas del mundo suman un patrimonio neto de 4,5 billones de dólares (un promedio de aproximadamente 3.720 millones de dólares cada uno). 

 

Pero la igualdad no es caridad, ni empatía hacia los más desfavorecidos, es simplemente justicia, y una obligación de los poderes internacionales. La igualdad no es una concesión de ningún gobierno de turno, que lo estime conveniente de forma caprichosa o a regañadientes. La igualdad debe ser patrimonio de la humanidad, el más loable objetivo a alcanzar por toda la humanidad. Junto a la fraternidad y a la libertad (que precisamente no pueden ejercerse desde la desigualdad), forman parte de las expresiones y metas humanas más loables y de más alto nivel. La exigencia y la reclamación de la igualdad es legítima, una afirmación y una necesidad que debe proclamarse a escala global, y para todos los tipos de desigualdades que en el planeta se manifiesten. Los derechos deben ser para todos, y el derecho a la igualdad es parte del más íntimo e intrincado sistema que proporciona nuestra vida humana de una forma digna. No renunciemos jamás a la igualdad, pues ella es la base de la convivencia, de la fraternidad, de la vida en armonía y en justicia social. El capitalismo no solo ha desplegado todos los resortes que disparan las desigualdades, sino que además, para reforzar su discurso, ha creado todo un imaginario colectivo que legitima las desigualdades, que las explica y las naturaliza, de tal forma que la mayoría de la población piensa, en mayor o menor medida, que las desigualdades en el mundo son de siempre, de toda la vida, y que toda la vida existirán, porque el mundo es así, porque otro mundo no es posible, porque sería como ir contra natura. Durante los últimos siglos, generaciones completas de personas se han creído estas perversas afirmaciones, estas ideas absurdas, ideas que incluso se han difundido y estudiado en los más altos foros universitarios y de debate. La mayoría de titulados universitarios en Economía del mundo salen al mundo exterior después de sus estudios legitimando estas ideas, y proyectando su actividad profesional bajo estas premisas. Solo una minoría de personas, las que han tenido la suerte de ser educadas desde postulados críticos, se cuestionan estas premisas capitalistas, y entienden que las desigualdades no son algo natural, sino creado por el ser humano, y que nuestra misión es erradicarlas. 

 

Mientras, el conjunto del PIB de los 20 países más pobres del mundo asciende a unos 310.000 millones de dólares, por lo que la suma de esas fortunas privadas es casi 15 veces mayor que el valor generado por todos estos países, y sus 410 millones de personas. Como promedio, cada archimillonario del planeta posee más dinero que el PIB de Liberia, Eritrea o la República Centroafricana. Las personas pobres no pueden vivir en condiciones de libertad y dignidad, pues su libertad y su dignidad dependen del permiso de otros. Pero tampoco tienen ninguna dignidad las personas perversas y esperpénticas dedicadas al consumo egoísta de lujos, que llevan un tren de vida opulento, con mastodónticas mansiones, flotas de automóviles, o de aviones privados. La clave para remediar estas brutales injusticias está en conseguir erradicar la arquitectura de la desigualdad, que a lo largo de estas 163 entregas hemos expuesto de forma clara y profunda. Se puede hacer. Conseguiremos de hecho un mundo mejor si lo hacemos. El artículo 1 de la Declaración Universal de los DDHH comienza así: "Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos...", pero nuestra arquitectura de la desigualdad se encarga de que no sea así. Se encarga de que existan profundas diferencias, y de que estas diferencias estén basadas en mecanismos expresamente creados para exacerbar estas desigualdades. Como siempre, extiendo mi más profundo agradecimiento a cuantos autores me han servido de base para exponer las ideas aquí vertidas, sin cuyas aportaciones no hubiera sido posible esta serie. Y por supuesto, a mis lectores y lectoras, que fielmente hayan esperado y seguido cada entrega. Sin ellos y ellas, esto tampoco tendría sentido, y la semilla del pensamiento alternativo no se extendería por todo el mundo, que es lo que pretendemos desde esta humilde tribuna. Gracias a todos. 

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