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Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

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Filosofía y Política del Buen Vivir (61)

Viñeta: Marco De Angelis

Viñeta: Marco De Angelis

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La naturaleza o Pacha Mama, donde se reproduce y realiza la vida, tiene derecho a que se respete integralmente su existencia y el mantenimiento y regeneración de sus ciclos vitales, estructura, funciones y procesos evolutivos. Toda persona, comunidad, pueblo o nacionalidad podrá exigir a la autoridad pública el cumplimiento de los derechos de la naturaleza. Para aplicar e interpretar estos derechos se observarán los principios establecidos en la Constitución, en lo que proceda

Capítulo 7 del Artículo 71 de la Constitución de Ecuador

Después de dedicar el artículo anterior a la monstruosidad capitalista del AVE, dedicaremos la presente entrega a otra manifestación en el mismo sentido, como son los Buques de Cruceros, auténticos "leviatanes del turismo marino", como los denominan Pablo Rivas y Yago Álvarez, en este artículo para el medio El Salto Diario, que tomamos como referencia a continuación. Los impactos sociales y medioambientales de estas ciudades flotantes, estandartes de la industria turística global, son verdaderamente devastadores. No obstante, el número de cruceristas se ha multiplicado por 25 desde el año 1992 en nuestro país, y la ciudad de Barcelona ocupa ya el primer puesto en los puertos de este tipo en todo el Mediterráneo, y el quinto a nivel mundial. Los viajes de cruceros se venden como si fueran el paradigma de la felicidad (recuerden los lectores y lectoras de mayor edad la famosa serie "Vacaciones en el Mar", de los años 70), pero ofrecen más peligros e inconvenientes que ventajas. Los buques compiten entre ellos a ver cuál es el más grande, el que ofrece más servicios, el que puede albergar más pasajeros. Y así, los modernos buques de cruceros ofrecen capacidad para más de 5.000 personas, con una tripulación que puede superar los 2.000. El puerto de Barcelona tuvo durante 2017 un total de 778 entradas de cruceros, según datos de Ports de Barcelona, un 2,6% más que durante el año anterior, con 2,7 millones de pasajeros. La previsión de escalas que daba el organismo público para el año 2018 alcanzaba los 867. Es un absoluto despropósito, y una aberración turística, que solo contribuye a la masificación de la ciudad, y al deterioro de los elementos urbanos y el medio ambiente. Algunas organizaciones calculan que para el año 2026 la llegada de cruceristas a la ciudad se multiplique hasta los 4,4 millones, un 67% más que en 2017. Durante estos últimos años, lo único que se ha hecho ha sido invertir millonariamente en el sector de cruceros, y llevar a cabo ampliaciones profundas de las infraestructuras, para adaptarlas a los nuevos paradigmas de los visitantes. 

 

Por su parte, en las Islas Baleares, 2,1 millones de cruceristas desembarcaron durante 2017, lo que supone un 8,5% más que en el año anterior. A nivel estatal, el volumen superó en 2017 los 9,2 millones de cruceristas, y creciendo. El sector de los cruceros apunta que contribuye a la economía europea con 47.860 millones de euros, mediante un crecimiento "inteligente y sostenible", lo cual es absolutamente descabellado. A nivel global, su impacto económico se cifra en 126.000 millones de dólares en 2016. La patronal CLIA (Asociación Internacional de Líneas de Cruceros) representa a más de 50 compañías de cruceros y 15.000 agencias de viajes, pero en la realidad únicamente tres gigantes se reparten el pastel. Las empresas Carnival Corporation, Royal Caribbean International y Norwegian Cruise Line copan el 82% del mercado mundial de cruceros, según un estudio de la Universidad de Columbia (Nueva York). Son empresas gigantescas, cuyas sedes fiscales normalmente se encuentran en paraísos, donde el Impuesto de Sociedades es prácticamente nulo. En cuanto a su régimen laboral, normalmente en aguas internacionales, la legislación fiscal y laboral que prevalece es la que represente la bandera del barco, por lo que los 16.400 millones de dólares que Carnival Corporation ingresó en 2016 no necesitan pasar por los fiscos estadounidense o británico. Los autores del artículo señalan que la elusión de impuestos que estas compañías pueden haber llevado a cabo desde el año 1972 es una cifra tan estratosférica como incalculable. Tomemos solo un dato ilustrativo: de los 187 barcos analizados en el informe de la Universidad de Columbia, el 70% tienen cuatro banderas: Bahamas, Panamá, Bermudas y Malta. No hace falta ser muy inteligente para relacionar estos datos con la ingente ingeniería fiscal que reside en dichos paraísos. La industria de cruceros es, pues, una industria muy peligrosa. Pero sus peligros no solo se refieren a los ámbitos laboral o fiscal, sino a los propios efectos turísticos que producen sus viajes. 

 

Veamos: las consecuencias fundamentales de que miles de personas atraquen de vez en cuando en un determinado puerto son la masificación turística, reforzada aún más con esta versión crucerística más intensiva que las clásicas ofertas, acompañada de saturación del espacio público de cada ciudad de destino, y de un empeoramiento de la movilidad en las zonas afectadas, de una expulsión del comercio minorista, en favor de una proliferación de lo que pudiéramos llamar un comercio "superclónico", continuamente replicado donde se ofrecen los mismos productos enlatados "en forma de souvenirs, zumos de fruta y paella barata". Pero aún hay más: estos mastodontes turísticos contribuyen grandemente a la gentrificación de los ya saturados espacios turísticos, con la pequeña salvedad de que el impacto directo sobre la vivienda es relativo, debido a las posibles pernoctaciones en el interior de los buques. No obstante, es obvio que cuanto mayor es el flujo turístico proveniente de estos megacruceros, ello se traduce en un mayor impacto directo sobre el precio de la vivienda, "porque el atractivo turístico se traduce en atractivo inmobiliario". Por otra parte, también nos podemos detener en el aspecto energético: una ciudad móvil de 9.000 personas, como son estos buques, necesita una gran cantidad de energía para impulsarla, y ofrecer electricidad a su población flotante, además de incineradoras de basura, plantas eléctricas, depósitos de aguas grises y negras, una gestión de residuos sólidos y toda una amplia gama de servicios para sus pasajeros (restaurantes, discotecas, piscinas, salones de actos, saunas, escenarios...). En este sentido, la organización ecologista alemana Nature and Biodiversity Union (NABU), con datos de 2016, señala que un crucero de 150 metros de eslora y una potencia de 36.000 Kw (por ejemplo, el Symphony of the Seas mide 362 metros y tiene 97.000 Kw) emite al día 5.250 kilos de óxido de nitrógeno, 7.500 de dióxido de azufre y 476.850 de CO2, producto de la quema de las hasta 150 toneladas diarias del combustible del motor diésel. Ahí es nada. 

 

Según este colectivo ecologista, las emisiones de partículas de un solo buque de estas dimensiones pueden llegar a equivaler a las de un millón de automóviles. No es ninguna errata: 1.000.000 de automóviles. La patronal CLIA señala, sin embargo, que "en Europa, los cruceros solo representan el 1,2% del total de las emisiones que generan los buques en los puertos", y remarca que las compañías navieras han invertido 1.000 millones de dólares en mejoras tecnológicas para mitigar sus efectos sobre el medio ambiente. Desde las organizaciones ambientalistas abogan por una limitación de los cruceros, tanto en su número como en su envergadura, y además, instan a que se obligue desde las Administraciones Públicas a cambiar a un combustible menos tóxico, así como a la implementación de una serie de mejoras tecnológicas, entre las que destacan los filtros de partículas, sistemas de reducción catalítica para reducir oxidos nitrosos y scrubbers (lavadores de gases). Sin embargo, son contados los barcos que poseen estas tecnologías, y menos aún los que las utilizan, ya que son tecnologías costosas no solo de implementar, sino también de mantener. Todo ello, unido a la falta de estrictos controles, nos conduce a una cierta permisividad en las tecnologías empleadas. Mientras, las cifras de vertido cantan por sí solas: 800.000 litros de aguas grises, 115.000 litros de aguas negras, 26.000 litros de aguas sentina, 10.000 kilos de basura sólida, 130 kilos de residuos tóxicos, lo que hacen un total de 1.000 toneladas de residuos al día, cifras que equivalen a los de todo un barrio de una gran urbe. Evidentemente, todo este turismo a gran escala es absolutamente insostenible. Calles abarrotadas, centros de las ciudades copados por los visitantes, hoteles a rebosar, consumo masificado, imposibilidad de visitar los grandes museos o monumentos, imposibilidad de comer tranquilamente en cualquier restaurante, y un largo etcétera de incomodidades provocan estos gigantes del agua, en cualquier destino al que llegan. 

 

Al igual que los TAV (Trenes de Alta Velocidad), de los que hablamos en el artículo anterior, los buques de cruceros aportan a la sociedad más bien en dirección contraria al Buen Vivir. Porque para viajar por mar no necesitamos estas gigantescas embarcaciones contaminantes y energéticamente devoradoras, sino barcos de placer de menor envergadura, que puedan llevarnos hasta nuestro destino. Prácticamente todos los servicios que los cruceros aportan a los pasajeros ya existen fuera, luego no tiene ningún sentido buscarlos dentro. Sus lujosos camarotes podrían ser sustituidos por otros más modestos, su capacidad podría ser reducida, y sus atractivos servicios podrían ser también recortados, por lo cual su consumo energético y su emanación de gases serían más reducidos, sobre todo en alta mar. Apostemos por tanto por otros tipos de embarcaciones, por otro tipo de viajes en el mar, más simples, más intimos, más sostenibles, menos contaminantes. La idea de los pequeños barcos de recreo que hace algunas décadas hacían pequeñas rutas de un sitio a otro ha quedado en desuso, pero sería una buena idea su recuperación. No son barcos de grandes recorridos, pero su modesto tamaño y consumo, así como su privacidad y encanto hacia los pasajeros, los convierten en una alternativa turística más sostenible y accesible. No podemos seguir manteniendo en alta mar estos "leviatanes" del turismo, trayendo y llevando miles de personas de un sitio a otro, aportando en cada puerto miles de personas, las mismas que consumen elevados recursos en alta mar, y que masifican el turismo, suponiendo graves inconvenientes para los autóctonos de los lugares de destino. Como ya indicamos en este otro artículo de nuestro Blog, el Buen Vivir necesita de un derecho a la ciudad efectivo, derecho que viene siendo atacado por estas formas de turismo masivo, por la gentrificación del centro de las ciudades, por la turistificación de los servicios, y por la privatización de los espacios públicos. Grandes complejos turísticos, parques temáticos, super hoteles, vuelos supersónicos, cruceros a gran escala, trenes de alta velocidad, etc., forman parte de ese modelo que debemos erradicar. Continuaremos en siguientes entregas. 

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