Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
La expresión capitalismo verde puede entenderse en dos sentidos distintos. Un productor de molinos de viento puede jactarse de hacer capitalismo verde. En este sentido, una forma de capitalismo verde es evidentemente posible y muy rentable. Pero la verdadera cuestión es saber si la acción global de los numerosos capitales que compiten entre sí, constituyendo el Capital, puede respetar los ciclos ecológicos, sus ritmos y la rapidez de regeneración de los recursos naturales. Y la respuesta es no
Es evidente que desde un modelo económico y energético que expolia territorios y cuerpos, que saquea a la propia naturaleza y que explota a personas y animales, no podremos sacar ninguna buena evolución. Únicamente parches para ir saliendo del paso. Necesitamos un modelo económico y de producción totalmente revolucionario, ligado a la sostenibilidad de la vida, tanto humana como no humana. Pero todo ello liga con una nueva cultura, con un nuevo sistema de leyes y preceptos, con una nueva cosmovisión. De ahí que haya que ser recogido en la propia Carta Magna de todo país que se precie de seguirlo y alcanzarlo. Una Constitución que, atendiendo a todo ello, refleje filosofías ecofeministas, ecosocialistas, del Buen Vivir, animalistas, naturalistas, y que ponga la vida en el centro, y defina los sujetos de derecho apropiados. Como bien señala Alberto Acosta en este artículo para el digital Rebelion escrito tras el décimo Aniversario de la Constitución ecuatoriana de 2008: "En la Constitución, el "régimen de desarrollo" exige una planificación participativa y que debe expresarse en las áreas del trabajo, tanto como de soberanías alimentaria, económica y energética. En paralelo, el "régimen del Buen Vivir" recoge cuestiones de inclusión y equidad (educación, salud, vivienda, cultura, etc.), biodiversidad y recursos naturales". Desde los detractores al Buen Vivir, hemos de acostumbrarnos a escuchar críticas banales y estúpidas, como por ejemplo argumentar que el Buen Vivir y la "buena vida" son idénticos, que el Buen Vivir implica retornar a las cavernas (por su aproximación a los modos de vida indígenas), o que el Buen Vivir se asemeja a un modo de vida despreocupado y plácido. Estas críticas no deben desmotivarnos ni alejarnos de nuestro objetivo. Lo que ocurre es que, simplemente, intentan desacreditar esta corriente aduciendo falaces argumentos. Ignoran que cuando hablamos de Buen Vivir no estamos queriendo renunciar a muchos y valiosos avances tecnológicos que durante los últimos tiempos hemos alcanzado. No significa, digámoslo claramente, ponerse un taparrabos y echarse al monte. Pero lo que debemos entender es que, dichos aportes tecnológicos deben combinarse con "un diálogo permanente, constructivo y respetuoso entre saberes y conocimientos ancestrales y lo más emancipador del pensamiento universal, siempre desde la descolonización y despatriarcalización permanentes" (Alberto Acosta).
Pero sí es cierto que hemos de adoptar bastantes ideas-madre del indigenismo, y de las corrientes de pensamiento que llevamos exponiendo en esta serie de artículos. Quizá la principal de todas ellas sea la de enfrentar el clásico concepto del "desarrollo" bajo el mundo capitalista. En efecto, en el mundo indígena no existe este concepto. Es decir, en la cosmovisión indígena no existe un proceso lineal que delimite un estado anterior o posterior. Por tanto, no existe ni la visión de un "subdesarrollo" a superarse, ni la de un "desarrollo" a alcanzarse (corolario de la visión de "progreso" o "bienestar" típica del mundo occidental). Para los pueblos indígenas tampoco existe la "pobreza" vista como la carencia de bienes materiales, ni la "riqueza" entendida como su abundancia. Precisamente estos polos han sido inducidos por la civilización capitalista. Hemos de renunciar a ellos, y esto implica eliminar ambos polos. No deben existir pobres, pero ello implica que tampoco deben existir ricos. Si permitimos la existencia de estos polos, lo que estamos permitiendo es una apropiación ilícita de los bienes de la comunidad por unos (pocos), a costa de otros (muchos). Alberto Acosta explica: "Para la cosmovisión indígena la mejora social está en permanente construcción y reproducción. De ella depende la vida misma, pero desde el holismo, donde diversos elementos condicionan las acciones humanas que propician el Buen Vivir, y en donde los bienes materiales no son los determinantes. Hay otros valores en juego: conocimiento, reconocimiento social y cultural, códigos de conductas éticas (e incluso espirituales) en la relación con la sociedad y la Naturaleza, valores humanos, visión de futuro...El Buen Vivir aparece como una categoría en la "filosofía" de vida indígena ancestral, pero que ha perdido terreno por el implacable avance de la modernidad occidental. Sin embargo, su aporte invita a asumir otros "saberes" y otras prácticas, sin llegar a una equivocada idealización de la vida indígena". El Buen Vivir se nutre así de múltiples formas de vida indígenas repartidas por todo el mundo, como el ubuntu (sentido comunitario: una personas es sólo a través de las demás personas y demás seres vivos) en África, o el eco-swaraj (democracia ecológica radical) en la India.
Y además, el Buen Vivir no solo posee un anclaje histórico en las visiones indígenas, sino que también puede y debe nutrirse de muchos otros principios, corrientes, teorías, disciplinas, prácticas y saberes filosóficos (marxistas, ecologistas, ecofeministas, decrecentistas, postextractivistas, cooperativistas, ecosocialistas, animalistas, humanistas...). La lista sería interminable. Todas ellas comparten el enfrentamiento con la idea del desarrollo capitalista y del crecimiento económico convencional, y aspiran a que la vida humana sea más plena y feliz, justa y equitativa que lo es ahora. Además, existe cada vez más conciencia sobre la necesidad imperiosa de emprender transformaciones profundas y de calado que permitan a la Humanidad escapar con vida de los graves riesgos ecológicos y sociales que se nos avecinan, y que la misma Humanidad ha ido creando durante su expansión capitalista. Podría resumirse en el crecimiento material sin fin que podría culminar en un suicidio colectivo. La equivocada e irracional concepción del crecimiento basada en unos supuestos inagotables recursos naturales y en un supuesto mercado capaz de absorberlo todo, no conduce a ningún "desarrollo", sino a la aniquilación de todos nuestros ecosistemas, y a la aniquilación por ende de toda la Humanidad. Tampoco hemos de caer en la trampa del "desarrollo sostenible" o del "capitalismo verde", como ya hemos explicado, pues constituyen absurdos oxímoron en sí mismos. Y tampoco podemos depositar una confianza desmedida e incondicional en los avances científico-técnicos, pues el propio desarrollo de estos avances también compromete la sostenibilidad. Hasta el mismísimo Adam Smith, adorado por muchos capitalistas del modo de vida occidental, ya puso en cuestión esta forma de riqueza en 1776, que sólo se explica por una masiva pobreza: "Cuando hay grandes propiedades hay grandes desigualdades. Por cada hombre muy rico debe haber al menos quinientos pobres, y la opulencia de unos pocos supone la indigencia de muchos" (Adam Smith, "La riqueza de las naciones"). Por contra, la construcción y expansión continuada del Buen Vivir debería conducirnos a una redistribución profunda, justa y equitativa de esa acumulación en muy pocas manos. Y ello porque hay quienes no participan ni siquiera mínimamente de lo estrictamente necesario para poder llevar una vida que podamos considerar digna, o si se quiere, "que merezca la pena ser vivida", en expresión de Amaia Pérez Orozco.
Y así, en oposición al "Mal Vivir" imperante de la sociedad capitalista, el Buen Vivir busca una convivencia armoniosa y equitativa, justa y democrática, sin miseria ni discriminación, pero también sin opulencia. Una convivencia frugal, sin objetivos materiales, sin aspiraciones grotescas. Una convivencia equilibrada y austera. Pero ello requiere una revolución cultural, que se centre sobre todo en reequilibrar y redefinir las propias necesidades humanas, asegurando siempre unas mínimas satisfacciones, atendiendo a unos justos y necesarios satisfactores, alcanzando por tanto otros patrones de consumo, para atender a necesidades humanas que son siempre las mismas en todo tiempo y lugar, tal como ya estudiamos en entregas anteriores en la teoría del Desarrollo a Escala Humana, introducida por los chilenos Manfred Max-Neef, Antonio Elizalde y Martín Hopenhayn, en 1986. En vez de mantener el actual divorcio Naturaleza-Humanidad, en vez de seguir ahondando en el conflicto Capital-Planeta, se debe propiciar su reencuentro, "algo así como atar el nudo gordiano roto por una concepción de vida depredadora e intolerable" (Alberto Acosta). De este modo, el Buen Vivir plantea toda una revolución civilizatoria que se plantee biocéntrica, en contraposición a la visión antropocéntrica que nos domina. Comunitaria, pero sin rechazar al individuo; plural y diversa, no homogénea, uniforme ni monocultural. Tal transformación civilizatoria implica necesariamente desmercantilizar la propia Naturaleza, y convertirla en sujeto de derechos, propio de nuestra casa común o Pacha-Mama. No debemos privatizar los recursos naturales y comunes (como por ejemplo el agua), ni debemos destruir los recursos naturales y ecosistemas que nos albergan y nos protegen, permitiendo el desarrollo de la vida. Los objetivos económicos deben subordinarse a las leyes de los sistemas naturales, siempre respetando la dignidad humana. Y los derechos de la Naturaleza tampoco son algo abstracto, deben concretarse: poder denunciar las amenazas a los ecosistemas, la destrucción de la biodiversidad y la ruptura de los ciclos naturales sobre todo en casos de construcción de megaproyectos (residenciales, hidráulicos, energéticos, gasísticos, oleoductos, de ocio...), así como la falta de garantías para la restauración de los ecosistemas dañados.
La seguridad jurídica necesaria para emprender denuncias de este tipo no es solo que no esté aún alcanzada, sino que se cuentan por miles los activistas sociales y medioambientales que cada año son asesinados/as por precisamente denunciar estas deleznables prácticas. Es complejo superar la actual cosmovisión donde parece ser que la naturaleza, simplemente, nos pertenece, que está a nuestro servicio, porque nosotros, los humanos, somos un ente superior. Hay que ir aboliendo estas conceptualizaciones de nuestra mente, fruto de la visión antropocéntrica que venimos observando desde la extensión del capitalismo. No somos superiores a la naturaleza, estamos integrados en ella. Somos parte de ella, y por tanto, dependientes de ella: somos ecodependientes. La naturaleza ha sido histórica atacada, vilipendiada, ignorada, destrozada, discriminada, y lo continúa siendo en la actualidad, más que nunca. De hecho, la economía en su visión occidental convencional aspira perpetuamente a dominar y subordinar la naturaleza a las actividades humanas. Así nos va. El actual marco de seguridad jurídica protege únicamente a los actores económicos que abusan de ella, típicamente las grandes empresas transnacionales, impunes en todas sus macabras actividades. Todo esto tiene que cambiar. Ello implica que los ríos, los bosques, los mares, los montes, los océanos, las especies de animales y plantas, los ecosistemas en general, han de tener quien los defienda jurídicamente de los posibles ataques que puedan sufrir por parte de los humanos. Y al igual que ellos, los propios recursos naturales, imprescindibles para la vida, que son comunes, de todos, y que todos disfrutamos: el aire, el suelo, el agua, los minerales, etc. Igualmente, todos los demás seres vivos y animales no humanos deben protegerse, porque también ellos son parte de nuestros ecosistemas naturales. Pero debemos entender que todo esto implicará dejar de insistir en modelos productivos y energéticos obsoletos, dañinos y perjudiciales para la Naturaleza y sus elementos. Toda una escalada de reconversiones deberá darse para abandonar dichos modelos, y migrar hacia otros más sostenibles y respetuosos con el medio ambiente. Hemos de avanzar en la superación del utilitarismo antropocéntrico (la Naturaleza nos sirve y por ello la despojamos), y pasar a visiones biocéntricas (la vida en el centro, la humana y el resto), que constituyen la base para comprender a la Naturaleza como sujeto de derechos. Continuaremos en siguientes entregas.