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Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

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Arquitectura de la Desigualdad (159)

Arquitectura de la Desigualdad (159)
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¿No podemos encontrar un método de combinación [las ventajas del anarquismo y el socialismo]? Me parece que sí podemos […]. El plan que defendemos consiste esencialmente en esto: que un cierto ingreso pequeño, suficiente para las necesidades, debería ser seguro para todos, trabajen o no

Bertrand Russell

BLOQUE X. GLOBALIZACIÓN DEL TRABAJO DECENTE.

 

Hemos hablando a fondo sobre el trabajo, el mercado laboral, el poder de las empresas y la renta básica universal en su bloque temático correspondiente (así como de otros asuntos importantes, tales como el impacto de la robotización, los nuevos nichos de negocio digitales...). Pero hemos querido hacer un bloque temático aparte para tratar de la globalización del trabajo decente como elemento para revertir la arquitectura de la desigualdad, es decir, la importancia que tiene dignificar el trabajo humano en todo el mundo, para conseguir minimizar e incluso erradicar las desigualdades. Pues bien, sobre el proceso de globalización en general, nos ha dejado dicho Vicente Romano, en su obra "Intoxicación lingüística", lo siguiente: "Con la extensión del capitalismo a todo el mundo, el lenguaje del imperio ha introducido un nuevo concepto, el de globalización. Se significa con él la generalización del modelo capitalista a la economía mundial, la desregulación de las trabas nacionales a la libre circulación de capitales y empresas (externalización), en suma, la uniformidad del mercado. Este fenómeno lleva implícita la mundialización de la conciencia, la uniformidad del pensamiento y del lenguaje. Sí, la globalización del capitalismo ha aumentado la interconexión e interdependencia de los Estados y de las economías, la velocidad de circulación del capital y de las comunicaciones. Y, junto con todo eso, la de los movimientos humanos, las migraciones, voluntarias o forzadas, de millones de seres humanos. Ha acelerado el flujo de riquezas desde los muchos países pobres a los pocos ricos, con la inseparable compañía de la deuda externa". Como podemos comprobar, Vicente Romano nos dibuja perfectamente el panorama que nosotros venimos exponiendo durante toda esta ya extensa serie de artículos, porque en resumidas cuentas, la globalización no es más que la extensión de la desigualdad a escala planetaria. Y el trabajo humano se convierte en pieza fundamental de todo este engranaje, como es lógico suponer. Desde la precariedad laboral hasta la deslocalización de empresas, todo el mundo se contagia de este ataque al mundo del trabajo, endureciendo las condiciones laborales en prácticamente todos los países, y procediendo a un desmontaje de los derechos laborales a través de contrarreformas que los anulan o los reducen. 

 

La Organización Internacional del Trabajo (OIT), ilustra en un Informe (cuyas conclusiones fueron recogidas en este artículo del medio InfoLibre) que 2.000 millones de personas en el mundo trabajan sin la existencia de un contrato laboral previo, por lo que carecen de derechos y de protección social, perciben un salario injusto o sufren enfermedades o accidentes laborales. También denuncia que 168 millones de niños están atrapados en el trabajo infantil, y que 21 millones de personas son explotadas en condiciones de trabajo forzoso. Dos tercios de los trabajadores que hay en el mundo carecen de contrato laboral y de derechos, sufren discriminación, cobran salarios inferiores a sus capacidades, no tienen protección social y están sobreexpuestos a accidentes o enfermedades laborales. Datos que muestran las escandalosas cifras de la barbarie capitalista. Está claro que la gran meta en este sentido es alcanzar la globalización del trabajo decente. Pero podríamos preguntarnos entonces...¿Qué es en realidad el trabajo decente? La OIT define el trabajo decente como el acceso a un empleo con derechos y sin discriminación, en condiciones saludables, con salarios suficientes y protección social. Pero de entrada, casi 200 millones de personas no tienen trabajo, y ya se superan los 70 millones de jóvenes sin empleo. A estas cifras se suman las de los/as trabajadores/as pobres: concretamente, uno de cada cuatro trabajadores/as en el mundo se encuentra en situación de pobreza extrema o moderada. Entre los jóvenes, esta proporción es mayor, ascendiendo a uno de cada tres (156 millones). Por otra parte, el 75% de la población mundial no posee cobertura adecuada de Seguridad Social y más de la mitad carece totalmente de ella, de tal forma que no tiene asegurada ningún tipo de protección frente al desempleo, las enfermedades, la discapacidad, la vejez, la maternidad o cualquier otra contingencia. La situación mundial es, pues, ciertamente preocupante. Es evidente que la consecución del trabajo decente a nivel mundial es un gran reto. Pero nosotros añadiríamos un peldaño más, un eslabón todavía mas exigente, que podríamos denominar trabajo digno. Veamos.

 

Lo hemos desarrollado a fondo en este otro artículo de nuestro Blog, pero retomamos ahora el asunto, debido a la importancia con respecto al tema que tratamos. Pensamos que, efectivamente, además de las condiciones laborales, debe importar también qué tipo de trabajo realizamos, es decir, a qué nos dedicamos. Todo negocio no debería ser lícito. No debería estar permitido, sin ir más lejos, dedicarse al comercio mundial de armas, a la prostitución, o a la construcción de complejos que arrasan los parajes naturales, por poner algunos ejemplos. Porque el empleo se viene convirtiendo en un caótico mercado, casi absolutamente desregulado, donde las palabras decencia, dignidad, o el hecho de tener en cuenta las posibles consecuencias de nuestro trabajo, parece no importar a nadie. La fuerza de trabajo se convierte así en una degradada mercancía, se pierden derechos económicos y sociales, se destruyen garantías, se eliminan conquistas históricas de la clase obrera, se abaratan los despidos, se reducen los salarios, se aumenta la temporalidad, y desaparecen todas las normas que antes regulaban las relaciones laborales, es decir, en definitiva, se instala la precariedad. El sistema de la globalización neoliberal va transformando derechos en privilegios. Según recientes estudios de opinión, una mayoría de jóvenes estarían dispuestos a trabajar en cualquier sitio, haciendo cualquier tipo de trabajo, y cobrando cualquier salario. El resultado es que hemos normalizado la precariedad ya no sólo laboral, sino vital. La incertidumbre reina en nuestras vidas, y nuestros proyectos aguantan hasta el mes próximo, como mucho. Pero entonces...¿qué es un trabajo digno? De entrada, un trabajo que responda a los principios recogidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en la Carta de la Tierra y en la Carta Social Europea. Un trabajo digno es aquél que no es entendido como una mercancía más. El sistema capitalista, en su empeño por introducir la filosofía mercantilista en todos los aspectos de la vida, ha prostituido el trabajo humano, lo ha desvirtuado, despojándolo de su función social. No todo trabajo vale. Ha de recuperarse una visión digna y decente del trabajo humano. 

 

Esto quiere decir que han de generarse unos ingresos dignos, seguridad en el lugar de trabajo, protección social para las familias, perspectivas de desarrollo personal e integración social, libertad para que las personas expresen sus opiniones, participación en las decisiones que afectan a sus vidas, e igualdad de oportunidad y trato para mujeres y hombres. Un trabajo que elimine a los niños de toda actividad. Un trabajo que además se apoye en los criterios, normas y convenios adoptados en un contexto de negociación colectiva, y nunca como negociación aislada entre trabajador/a y empresario/a. Se trata por tanto de eliminar, de descartar, todo el empleo de mala calidad, desprotegido y precario, que domina actualmente el mercado laboral, no sólo en España, sino en todos los países europeos, y del mundo. Abogamos también por la instauración de topes salariales, tanto por arriba como por abajo, y tanto en la empresa pública como en la privada. Ha de existir un Salario Mínimo Interprofesional (SMI) digno, y una prestación social que cubra todas las contingencias antes mencionadas. Pero como decíamos más arriba, no todo queda aquí: la actividad productiva ha de estar orientada a la satisfacción de las necesidades colectivas y al mantenimiento de una sociedad cohesionada y equitativa, rompiendo con la arquitectura de la desigualdad, de tal forma que la riqueza se redistribuya justa y equitativamente entre todas las capas de la población. Además, hay que desarrollar extensamente la normativa necesaria para incrementar la participación de los trabajadores y trabajadoras en la toma de decisiones de las empresas, introduciendo medidas de democracia económica. No todas las actividades, negocios o nichos de mercado deben estar permitidos, quedando expresamente prohibidos todos los proyectos empresariales o actividades que supongan perjuicios sociales o medioambientales. La precariedad laboral debe quedar abolida por ley, bajo un mundo donde impere la globalización del trabajo decente. 

 

Otra filosofía que debe impregnar las relaciones laborales es la filosofía del reparto, tan demonizada por el capitalismo. El tiempo, el reparto y las jornadas de trabajo también han de verse valorados y transformados. Precisamente existe poco trabajo porque éste no está repartido, sino concentrado. Pensamos que el avance de la productividad tiene que incidir positivamente en las condiciones de vida y de trabajo de los ciudadanos/as, y tiene que repercutir en una mejor conciliación de ambos aspectos. La economía ha de quedar subordinada a los principios sociales de sostenibilidad, trabajo decente, equidad y democracia. Actualmente, la cantidad de personas desempleadas, fruto de la implantación de políticas desreguladoras del mercado laboral, es mucho más elevada de lo que el sistema puede absorber a corto plazo a través de cualquier política de estímulo o reconversión, por lo que procede repensar también lo referente a jornadas y repartos del trabajo existente. En consecuencia, apostamos por la reducción de la jornada laboral (sin reducción del salario), paralela al crecimiento de la productividad. Repartir y reorganizar el trabajo, para que podamos trabajar todos. Hay que acomodarse también a los límites biofísicos del planeta, reduciendo los impactos del consumo material desmedido, y ajustando la capacidad de producción a los recursos existentes, fomentando un consumo responsable y un comercio justo. Es urgente poner la economía al servicio de las personas, de modo que un reparto del trabajo se vuelve imprescindible para revertir la arquitectura de la desigualdad. Éste es el tipo de trabajo al que tenemos que aspirar, un trabajo decente, con derechos, con protección social, estable, que permita llevar a cabo un proyecto de vida mínimamente digno. Un tipo de trabajo que además responda a otro modelo productivo, a otro modelo económico, a otro patrón de consumo y bienestar, a otro patrón de desarrollo, que sea respetuoso con el medio ambiente, y que contribuya a la sostenibilidad desde los puntos de vista humano, económico, social, ecológico y medioambiental. Finalizamos aquí este breve bloque temático, y comenzaremos con el siguiente en la próxima entrega.

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