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Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

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Filosofía y Política del Buen Vivir (63)

Viñeta: Tasos Anastasiou

Viñeta: Tasos Anastasiou

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Si tomamos como referencia todos los colapsos civilizatorios acaecidos a lo largo de la Historia encontraremos dos patrones comunes: todas esas civilizaciones colapsaron por una explotación abusiva de sus recursos, y por creencias erróneas. Hoy la creencia más extendida en el mundo es la del crecimiento económico continuo, y frente a esa creencia irracional se opone el decrecimiento, apoyándose en el conocimiento científico

José Alberto Cuesta Martínez

Quedábamos en el artículo anterior reflexionando sobre el sentido de la vida, para intentar acercarnos a la acepción que el Buen Vivir realiza sobre ella. Hemos de destacar, siguiendo a Freddy Javier Álvarez González en su texto de referencia, que la vida es un valor universal, lejos de cualquier antropocentrismo; su reduccionismo es la mayor contradicción, pues la vida no se encuentra aislada. Mientras la vida sea destruida en algunos lugares del mundo para que otros vivan bien en otros lugares del mundo, la propia vida estará suspendida. Mientras estemos destruyendo recursos naturales en una parte del mundo para utilizarlos en otra parte del mundo, la vida estará suspendida. Si la vida sigue estando determinada por los indicadores del consumo, la vida no es más que una mascarada. Tampoco se puede medir la universalidad de la vida por medio de la universalidad de la democracia y los derechos occidentales, menos ahora cuando éstos se han convertido en la justificación para apropiarse por la guerra de los recursos de otros países. Los indicadores del Buen Vivir serán contextuales mientras no perdamos de vista conseguir una vida buena para todos y el contexto no se aísle del entorno. Pongamos en crisis el concepto convencional de "desarrollo", vayamos a fases de posdesarrollo, intentemos crear otras formas de realizarnos como personas y dentro de nuestro entorno, y entonces estaremos en buen camino. Álvarez González explica: "El paradigma del desarrollo occidental fue un fin y no un medio. Lo que importó fue ser desarrollado y desarrollarse, sin embargo el desarrollo no nos dejaba vivir precisamente porque el desarrollo nunca finalizaba. Luego, la vida estaba al final del trabajo y la producción, sin embargo era demasiado tarde o porque después de una vida de trabajo no podíamos jubilarnos, o habíamos adquirido un cáncer o nos habíamos enloquecido bajo el modelo individualista. La producción llenó todos los espacios del mundo de la vida hasta el punto de no depender de las necesidades del consumo sino de una productividad sin límites". El desarrollo actual nos impone, sobre todo en los países "desarrollados" occidentales, una vida precaria y sin sentido, llena de incertidumbres y de inseguridades, plena de vacíos existenciales, falta de proyectos. En definitiva, no es una buena vida. 

 

Hoy día el desarrollo ha sido homologado al crecimiento sin límites. Así como la acumulación capitalista no ofrece límites, ni tampoco la desposesión que se lleva a cabo sobre los más débiles, el desarrollo es vendido como una expansión infinita. Los mercados han de crecer, los negocios han de crecer, los indicadores han de crecer. Pero todo esto implica vivir en una ilusión, pues los recursos del planeta no son ilimitados. Desarrollarse era crecer, pero crecer es un asunto matemático, y la ciencia es, en este caso, una ciencia exacta. Nunca se dejaba de crecer y quién más ha representado el cénit de este falaz paradigma ha sido la sociedad de consumo capitalista. Tener más, poseer más bienes, más capital, adquirir otras cosas, cambiar, estar al día, no quedarse estancado, actualizarse, renovarse, son las líneas duras de su tremenda y errónea filosofía. Obsolescencia programada, cosas nuevas para disfrutar de un mayor confort, para aprender más, siempre con el objetivo de la rapidez y los valores de la eficacia y de la eficiencia. La tecnología nos hizo suponer que en la adquisición de lo actual no abandonábamos el tren del desarrollo, una cosa nos llevaba a otra más evolucionada y más potente, y ésta a otra más, y así sucesivamente hasta el vértigo, anclados y obsesionados por la cultura de la obsolescencia. "No era solo el pasado lo que se dejaba de lado, tampoco era el ayer, era básicamente lo que iba a ser ofrecido en el futuro, lo que había sido condenado a la basura desde antes de nacer" (Freddy Javier Álvarez González). Toda una vertiginosa ilusión óptica del crecimiento exponencial. Todo un engaño. El crecimiento estaba patentado en todos los campos, la educación, la política, la psicología, la biología, la misma vida. Su énfasis estaba en el crecimiento económico. La capacidad de consumir, de producir, de tener más, de vivir de acuerdo a los parámetros esquizofrénicos del capitalismo ha sido nuestro horizonte referencial.

 

Y así, para Vivir Bien había que poseer una buena billetera. Todo se compra y se vende. La ley de la oferta y la demanda es aplicable a todo. Todas las facetas de la vida se mercantilizan. Y al pasar al mercado, también se pueden, por ende, externalizar, es decir, privatizar. El capital fue la condición insoslayable de una vida buena. Sin embargo, el desarrollo suplantó a la vida, en estricto sentido, la vida se convirtió entonces en una pesadilla, pues implicó el sacrificio de la vida misma. Para "ganar" la vida había que perderla un poco. Si queríamos "ganarla" de forma amplia debíamos perderla definitivamente. El Vivir Bien capitalista inundó todo lo demás, se naturalizó como filosofía de vida, y la naturaleza fue condenada a su destrucción. Nos fuimos volviendo egoístas e individualistas, encerrados en nosotros mismos, renegando de todo aquello que oliera a grupal, a común, a público, para adorar lo privado. Nos fuimos concentrando en ganar nuestra vida a costa de la de los demás, porque para que algunos ganen, muchos otros tienen que perder. La vida se convirtió entonces en una carrera de obstáculos, en una competición sin fin. Simplemente, el desarrollo había ganado la partida, y la vida la había perdido. El desarrollo se convirtió, más por imposición que por convencimiento, por colonialismo que por opción libre, por obligación que por decisión propia, en un objetivo universal. Ya no se podía vivir de otra forma. Nada de lo que fuera conocido podía estar fuera del desarrollo. Las democracias liberales y los "derechos humanos" fueron los instrumentos políticos y estratégicos para conducir hacia el capitalismo, y su modelo de desarrollo el fin que construye vidas según estos parámetros, vidas que no merecen la pena ser vividas. Vidas pobres, vacías y sin sentido. Se fue extendiendo la idea de que el país que no llegara al desarrollo era porque no había abrazado lo suficiente al neoliberalismo, la democracia liberal nos conducía hacia el paraíso capitalista. No había otra forma de vivir. 

 

Por fin, gracias a la globalización se mundializó el desarrollo con sus políticas de apertura y alfombra roja hacia las grandes corporaciones transnacionales, que hoy día nos marcan absolutamente nuestra vida. Ellas son las que nos dictan qué tenemos que comer, beber, lo que tenemos que estudiar, qué tenemos que aprender, cómo tenemos que trabajar, cómo tenemos que pensar, cómo tenemos que comportarnos, cómo tenemos que vestir, y un largo etcétera. Las empresas dirigen nuestra vida, y ordenan nuestras aspiraciones y nuestros pensamientos. Pero todo ello ha estallado en nuestras propias narices: la pérdida de la biosfera, el decrecimiento del empleo, la notable disminución de la calidad de vida, las enfermedades ligadas a los estilos de vida depredadores e insaciables, las profundas desigualdades, la disminución de la sensibilidad humana (nuestro apego por la violencia en todos los órdenes de la vida), las crisis multifacéticas (políticas, sociales, culturales, económicas, medioambientales...) y el descubrimiento del poco sentido que poseen nuestras vidas nos ha situado definitivamente delante del espejo. Un espejo que nos muestra cosas que aún no queremos ver, que nos ofrece soluciones a las que aún nos resistimos, pero un espejo que nos dice la verdad: el desarrollo solo era una fantasía. Una fantasía peligrosa. Una fantasía que ahora tenemos que desandar. Veamos cómo: a la noción de desarrollo se le concedieron connotaciones mágicas y míticas, sin embargo, el tal "desarrollo" no existía en el vocabulario ni en el imaginario colectivo de los pueblos indígenas ni en las naciones originarias. Como no existía, no se tenía la necesidad de ser desarrollado. La Madre Tierra no era para ser dominada, no existía para ser saqueada por el deseo de producción para crecer más y más. El oro, el petróleo, el cobre, la plata, los minerales, los recursos naturales y todo aquéllo que sirve para fabricar cosas para el capitalismo, podían quedarse allí, bajo la tierra, pues enriquecen la tierra, y por tanto, nuestra vida. El objetivo de acumulación no tiene sentido para estos pueblos. Podemos aprender de ellos. Tampoco tiene sentido para leones y elefantes, también podemos aprender de ellos. 

 

El Buen Vivir retoma conceptos y conocimientos de la sabiduría ancestral que está todavía presente en la memoria y en las prácticas de los pueblos y naciones indígenas y primitivos. Dicha memora, a pesar de la conquista, el colonialismo y el desarrollo, sigue estando ahí, continúa ilustrándonos, sirviéndonos de buena referencia, todavía bajo la acusación de conocimiento inservible para el desarrollo, mitológico para la ciencia occidental y supersticiosa para el canon de la racionalidad moderna. Por consiguiente, para poder responder a la pregunta de qué es el Buen Vivir, es indispensable tomar la decisión de aprender de estos pueblos, es decir, del sujeto que siempre fue considerado ignorante, mítico y cuyos supersticiosos saberes y conocimientos debían ser superados y destruidos para llevarlos al terreno del "bien" según los parámetros del mundo racional occidental. Existe otra forma de saber, que bien puede responder a lo que Boaventura de Sousa Santos llama "Epistemologías del Sur", y que implica la experiencia de otro tiempo, pues es un volver al pasado para buscar allí las claves fundamentales de la vida buena, no para repetirlo sino para reconstruirlo en la ida y venida, regular y cíclica. En sentido estricto, solo se avanza en la medida en que se regresa al mismo ritmo del tiempo de la naturaleza y de los astros, en armonía con ellos, buscando el equilibrio, siendo uno con ellos. Una muy buena base para ello es al amor: el amor que hemos de profesar por la naturaleza y todos los seres y sistemas que ella alberga. Retomo de nuevo las palabras de Freddy Javier Álvarez González, cuando explica: "En cierta forma no hay conocimiento sin amor, pues solo se puede llegar a conocer aquellos fenómenos por los que nos interesamos desde una relación fundamental. Así, es casi imposible conocer algo que no se ama y con lo cual no estamos comprometidos. Dicha relación de amor nos abre de tal manera que la relación entre sujeto y objeto no es posible plantearla porque conocemos aquello que se nos permite conocer ya que el conocimiento acontece en una interrelación en donde lo conocido conoce, y quien conoce es conocido". El amor como punto de partida es la pasión que se requiere para emprender un saber que nos lleve a adentrarnos en relaciones de vida, donde lo que se ofrece es la vida y aquello que se obtiene también es la propia vida. En realidad solo se conoce aquello que se ama, porque cuando se ama no se tiene necesidad de poseer, de apropiarnos de algo, en orden a manipular el objeto conocido; de este modo, el amor es sabiduría. Continuaremos en siguientes entregas.

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