Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Lo más fundamental que tiene que hacer una revolución es preparar hombres y mujeres. Lo más fundamental que tiene que hacer una revolución es enseñar y educar. La tarea más importante de una revolución, y sin la cual no hay revolución, es la de hacer que el pueblo estudie
La escuela es un espacio donde se exponen contenidos académicos, donde se transmiten conocimientos, donde nos formamos en valores, en actitudes, en comportamientos y en opiniones, pero todo lo aprendido en la escuela no puede ser indiferente para el resto de la vida del alumnado, es decir, no pueden ser contenidos únicamente aprendidos para aprobar los exámenes y olvidados después, ni tampoco se deben orientar en exclusiva hacia las demandas de un determinado mercado laboral, e impartirse como unas formas de organización y funcionamiento basadas en la competitividad del mundo empresarial. La escuela no puede constituirse en una formación para aprendices de tal o cual oficio, de tal o cual profesión. La escuela es el foro donde nos formamos como personas, donde aprendemos a pensar, a ver la vida bajo un determinado punto de vista, a entender a analizar los fenómenos, y a desplegar todas nuestras capacidades. Precisamente porque actualmente la escuela no está enfocada de esta forma, es por lo que se provocan generalmente problemas de rechazo, indisciplina, conflictos, fracaso, aburrimiento y abandono, síntomas endémicos de todos los sistemas educativos de los países industrializados. "Parece evidente que una escuela academicista, históricamente diseñada para la transmisión homogénea de contenidos y para el tratamiento uniforme de los estudiantes, no es el marco adecuado para formar una vida compleja y multidimensional como la actual, ni para responder a la diversidad de situaciones y a la heterogeneidad de las personas" (Pérez Gómez, 2004). Y en este punto habría que recordar una obviedad que normalmente se nos olvida, como destacan Agustín Moreno, Enrique J. Díez, José Luis Pazos y Miguel Recio en su texto "¿Qué hacemos con la educación?" (Ed. Akal): la educación no es neutra, no es aséptica. Es decir, cada tipo de educación responde a un modelo social y político determinado. No caigamos en la trampa de pretender alcanzar un modelo educativo universal, porque no existe.
En ese sentido, no deberíamos quejarnos tanto de los sucesivos cambios en los sistemas educativos, ni abogar tanto por un Pacto de Estado para la Educación, como algunos partidos y formaciones políticas proclaman. Lo que nos debe importar es la esencia del modelo educativo en sí, cómo está orientado, hacia qué fines se dirige, qué tipo de contenidos y qué metodologías pretende utilizar. El modelo educativo posee coherencia con el modelo social. Un modelo político antisocial y antidemocrático poseerá una educación basada en dichos valores (la ley y el orden, por ejemplo). En cambio, un modelo político basado en las libertades y derechos velará por enseñar dichos valores a su alumnado (educación cívica, valores de libertad, fraternidad, preceptos constitucionales...). Un modelo crítico no favorecerá idearios rígidos (como los religiosos), mientras que un modelo cerrado buscará divulgar los valores y preceptos morales de forma rígida. En fin, un modelo basado en el ser humano formará personas libres y críticas, mientras que un modelo basado en cualquier régimen asociará la escuela pública como sostén de sus anquilosados valores. El modelo educativo debe decidir, si puede, si aspira a reproducir y a dar continuidad al modelo social y político imperante, o si aspira a transformarlo. Los autores citados explican: "Si el modelo social es reproducir y conservar los valores y privilegios de una sociedad clasista y competitiva, la educación estará al servicio de dicho objetivo y estratificará la población para que dicha misión se siga cumpliendo. Si se concibe un modelo social de transformación de la sociedad, la escuela será también parte de ese motor de cambio. Por ejemplo, si el modelo social es un tipo de sociedad más justa, pacífica, igualitaria y científica, deberá coincidir con un modelo de escuela inclusiva, solidaria, compensatoria y laica". Los modelos educativos están, pues, en función del modelo político y social que intentamos definir en nuestra sociedad. De ahí que no sea posible, no tenga ningún sentido, intentar crear un modelo educativo "neutral", indiferente, o al margen del tipo de sociedad que vivimos, o que pretendemos crear.
Y así, educar para convivir, para ser participativos, para valorar las diferencias, para hermanar a las personas, para ser libres, para comprender nuestro mundo, para intentar cambiarlo, para cooperar, para ser críticos, para ser ciudadanos y ciudadanas en una sociedad democrática, etc., no se puede convertir en algo secundario que se atiende cuando se puede. Por ejemplo, si pretendemos que nuestra sociedad futura no sea machista, lo primero que tenemos que implementar es la educación feminista en nuestros estudiantes. Hay que imaginar otro tipo de sociedad mejor y posible, para imaginar otro tipo de escuela posible y necesaria. A la escuela pública le corresponde una función social muy clara: la formación de ciudadanos y ciudadanas comprometidos con la sociedad que les ha tocado vivir, la preparación para el trabajo, la integración en la sociedad civil y el cambio social. La escuela pública debe educar para la convivencia y para construir una sociedad solidaria y cooperativa. No olvidemos que el modelo educativo tiene que ver con la formación, la información y el sentido crítico (el análisis y la opinión) de la ciudadanía. Y ello influirá en el grado de cohesión social y en la calidad de nuestra democracia. De hecho, la escuela pública es un engranaje fundamental dentro del sistema democrático, y actúa como correa de transmisión del mismo para las futuras generaciones. Y así, como transmisora de información, ideas y conocimientos, la educación pública tiene que tener como atributo su carácter laico, para que pueda ser plural ideológica y culturalmente, así como basarse en los conocimientos científicos y no en las creencias religiosas de cada cual. El Estado no puede delegar su responsabilidad en entidades privadas ni permitir que cualquier ideología invada los límites del pensamiento científico y plantee otros fundamentos morales que no sean los derechos humanos y los valores democráticos. En resumen, la función de la escuela pública es educar para saber, para pensar, para ser libre, para elegir y para mejorar la sociedad.
Pero ojo, porque aquí comenzamos los problemas. En primer lugar, una primera batalla que tenemos que librar es aquélla que proclama abiertamente que "los padres educan y los profesores enseñan", estableciendo la familia como la única vía para formar en valores (por ejemplo, la religión, o los roles de género). Este discurso defiende abiertamente cierto control ideológico sobre la educación por parte de las familias (los padres y madres), en aras a una supuesta mayor transparencia y libertad. Y así, bajo los mantras de que "los padres y madres podrán elegir la educación que quieren para sus hijos e hijas", se lanzan a un cuestionamiento de las funciones de la escuela pública que acabamos de exponer. Explica David Arribas en este artículo para el medio digital El Salto Diario: "La primera referencia que encuentra un niño sobre cómo ser un hombre se encuentra en su padre. De ahí que aquéllos que no ven falla alguna en el modelo de masculinidad que se ha mantenido hasta ahora, que podemos llamar hegemónica, consideren imprescindible que haya un padre en la crianza de cada niño, descartando así las familias formadas por dos madres o por una madre soltera. El padre forma los cimientos de la masculinidad del hijo. Sobre esos cimientos el niño irá añadiendo más elementos que aprenderá de sus interacciones con profesores, compañeros de clase y el factor cultural (libros, televisión...). Por lo tanto la escuela es un punto de vital importancia en la construcción de la masculinidad. Si el padre forma los cimientos, el colegio es la primera planta". Es un planteamiento, como vemos, absolutamente equivocado. Una sociedad democrática no puede funcionar así. La escuela pública no puede estar supeditada a la "educación" que los padres quieran proyectar sobre sus hijos. Para este planteamiento, nada mejor que la escuela privada, porque los padres y madres tendrán la libertad de elegir un centro cuyo ideario cuadre con el suyo. Pero la escuela pública debe ceñirse, como hemos explicado más arriba, a un conjunto de valores universales y democráticos, que pivotando sobre los derechos humanos, los difundan de manera generalizada. Si unos padres, por ejemplo, no creen en los beneficios de las vacunas, no pueden pretender que la escuela pública difunda esos valores, que van contra la ciencia. Lo que ocurre es que nuestra sociedad funciona de una manera perversa.
Veamos, siguiendo de nuevo a David Arribas: "El colegio es el centro de pruebas de las conductas que el niño ve por televisión o en sus padres. Actúa en función de los roles de género que ha aprendido y los pone a examen con sus iguales para ver si la performance le da el beneficio prometido. Al comprobar que el resultado es positivo y le facilita la vida comienza a naturalizar lo que al principio no era más que una actuación. Es cuando empieza a asimilar principios como la competitividad, la exaltación de la forma física, la ocultación de las emociones, considerar que tiene uso legítimo de la fuerza para resolución de conflictos y relacionarse de forma jerárquica con el género femenino. Lo que se naturaliza como método de supervivencia y progreso pasa a ser considerado moral, siendo inmoral todo aquel que busque alterar el proceso de construcción de la masculinidad para alejarla del modelo machista". Este ejemplo que nos relata Arribas aborda los roles de género dominantes, pero igual lo podríamos extrapolar a otros valores, como los religiosos, que se inculcan de forma tan profunda y temprana en la mente de los escolares, que pasan a ser incuestionables en su vida adulta. ¿Qué tiene que hacer el Estado democrático a través de su Escuela Pública? Intervenir. ¿De qué manera? Ante todo están los profesores como figuras de autoridad que pueden combatir todas estas creencias y prejuicios infundados e injustos, difundiendo los valores de una escuela laica y feminista, por ceñirnos a los ejemplos que hemos citado. Para desarrollar esta tarea entran en juego los diversos planes de estudios, con inclusiones por ejemplo de educación sexual, de género, o educación cívica, ética y científica (laica). Lógicamente, los padres que no están de acuerdo con este ideario lanzan sus gritos al cielo, y comienzan a proclamar que la escuela pública está "adoctrinando" a nuestros niños y niñas, y desplazándolos a ellos en ese gran papel "educativo" que poseen. Nada más lejos de la verdad. Quienes acusan de adoctrinar bajo una escuela pública laica y democrática son los primeros que quieren hacer lo propio con el alumnado. Continuaremos en siguientes entregas.