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Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

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Filosofía y Política del Buen Vivir (76)

Viñeta: Ramses

Viñeta: Ramses

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Lo que se requiere es una nueva creación imaginaria de una importancia inexistente en el pasado, una creación que ubicara en el centro de la vida humana otras significaciones que no sean la expansión de la producción y del consumo, que plantearan objetivos de vida diferentes, que pudieran ser reconocidos por los seres humanos como algo que vale la pena... Esta es la inmensa dificultad con la que debemos enfrentarnos

Cornelius Castoriadis

Si no entendemos que la naturaleza es una inmensa red de la que formamos parte, un destino y probablemente una maestra, difícilmente escaparemos al desastre ecológico

Ecologistas en Acción

Otro de los grandes aspectos donde hay que formar a nuestros escolares de cara al Buen Vivir es la diversidad, en todas sus facetas. De hecho, la diversidad es condición para la propia vida. Un organismo se construye por la conjunción de sistemas diversos. Los ecosistemas son resultado del equilibrio de elementos vivos y no vivos. La diversidad asegura la complementariedad, permite el reajuste y, en momentos de crisis, la supervivencia. Si usamos esta ley de la naturaleza como metáfora en la escuela podemos preguntarnos por las ventajas de la diversidad. En un colectivo que busca y valora la heterogeneidad nadie se siente fuera, ni discriminado, ni desplazado, ni marginado, ni es menos que el resto, sino que cada cual encuentra el lugar donde es capaz de aprender y de enseñar. Todos, entonces, encuentran su sitio. La escuela es, pues, el mejor sitio para sembrar la semilla de la diversidad. Alentar la diversidad significa no solo aceptar el hecho indiscutible de las diferentes necesidades funcionales y tener presentes las culturas y formas de pensar que integran nuestra comunidad. La diversidad significa también no separar los grupos por edades homogéneas, no separar a la infancia de la vida comunitaria, y hacer del aula un lugar de encuentro de diferentes especies (animales, vegetales, y por supuesto, la especie humana). La escuela puede y debe ser un crisol de personas, de culturas, de opiniones, de experiencias, en perfecta conjunción y armonía. También podemos traducir este principio de diversidad en tratar con naturalidad las diferentes formas de familia, los diferentes modos de ser de mujeres y hombres, las diferentes opciones sexuales...Aceptar como maestros y maestras no solo al profesorado titulado, sino a todo tipo de seres que puedan enseñarnos algo. Diversificar tareas, diversificar responsabilidades, diversificar los ritmos y los recorridos del aprendizaje son otras expresiones de la búsqueda de la diversidad. Hay que conseguir hacer a cada cual necesario en su pequeño ecosistema. 

 

Enfrentándonos al imperativo de la homogeneidad (que propone la globalización) y educando en el disfrute de lo diverso, mediante la creación de espacios de convivencia "inter" (intergeneracionales, interculturales, interétnicos, interprofesionales, interespecies...) mejoraremos las condiciones para afrontar un futuro sostenible. El Buen Vivir necesita la diversidad, y se apoya en ella. Otro aspecto fundamental para la educación en el Buen Vivir es la formación en el tejido comunitario. Tejer comunidad y poder comunitario en la escuela, con nuestros escolares, es labor fundamental para formar adultos concienciados en el valor de los bienes comunes, y de la necesidad de cuidarlos y protegerlos. Ese territorio próximo y diverso (al que ya nos hemos referido en la entrega anterior) donde comprendemos y aprendemos a querer las redes de la vida necesita de un cuarto eje: la articulación y la responsabilidad comunitaria. Las comunidades humanas han sido capaces de organizar complejos modos de supervivencia y de organización social. La organización comunitaria ha creado y crea posibilidades nuevas de intervenir en el mundo y ejercer el poder. Un poder del que muchos grupos humanos han sido expropiados. Pero desde la escuela, es posible y deseable ayudar a retejer esa malla comunitaria. El primer paso para ello consistiría en considerar a niños y niñas como actores sociales inteligentes y valiosos, capaces de proponer y de elegir. Y darles, en consecuencia, su espacio de poder. Practicar con ellos la conversación, el uso de la palabra, la argumentación, el razonamiento y la escucha, la gestión de la discrepancia, la toma de decisiones colectivas, la corresponsabilidad, los proyectos grupales, el reparto de las tareas cotidianas, el cuidado de otras personas, el tutelaje de determinadas tareas, la acogida de quien llega nuevo, etc., son experiencias que facilitan la construcción  de una comunidad capaz de hacerse poderosa y de usar con respeto ese poder. Esta comunidad necesita también el aprendizaje de la organización, la comunicación, del manejo de los conflictos, la investigación participativa o la autogestión. 

 

Los proyectos de mediación escolar desarrollados en algunos centros educativos de Secundaria por equipos mixtos (alumnado, profesorado, familias...) o las experiencias de alumnos-ayudantes (que acogen a quienes llegan nuevos o apoyan a quienes lo están pasando mal) son experiencias de aprendizaje de la interdependencia. El movimiento de la educación popular ha hecho realidad las experiencias de poder comunitario más integrales, radicales y transformadoras, vinculadas siempre a la transformación de la realidad social. Otras experiencias más humildes y posibles (ya probadas) en esta dirección son los grupos espontáneos de autoayuda de madres y padres, las tertulias o grupos de aprendizaje, las experiencias de participación en el diseño de los espacios por parte de niños y mayores, los presupuestos escolares participativos, las tareas compartidas de limpieza y mantenimiento de la propia escuela, las cooperativas que se organizan para la compra de materiales educativos o para producir frutas y verduras, los libros colectivos, los desayunos colectivos, los noticieros o revistas de información local, la autogestión del viaje de estudios, las decisiones en asamblea...La escuela también es el lugar ideal para hacer acopio de saberes que acercan a la sostenibilidad, cuestión igualmente fundamental para el Buen Vivir. Durante toda la historia de la humanidad, los pueblos han desarrollado una gran cantidad de conocimientos útiles para la vida, saberes ancestrales, validados con la experiencia repetida de los años. Son en su mayoría saberes funcionales, adaptados al territorio en el que se vive y que a menudo responden a una lógica holística. Nuestra cultura (moderna, occidental) despreció estos saberes por no científicos, y dio la autoridad a los expertos, aunque en ocasiones se apropió previamente de ellos (como muestra la industria farmacéutica al apropiarse de los conocimientos de los pueblos indígenas). Entonces, el pedagogo pasó a decir cómo se educa, el médico cómo se cura, el arquitecto cómo se construye y el trabajador social cómo se ayuda. Hacernos cargo de nuevo de los procesos de la vida y encaminarnos hacia algún grado de autosuficiencia local hace necesario recuperar aquellos saberes ancestrales y modos de hacer que poseían antaño los no titulados. Son a menudo conocimientos que las mujeres desarrollaron y transmitieron.

 

Pero atención, porque este discurso no pretende validar de manera uniforme todas las tradiciones ancestrales de los pueblos. Sólo pretendemos quedarnos con aquellas que puedan contribuir al Buen Vivir, es decir, a las buenas relaciones con la naturaleza, con los demás y en armonía con todo ello. Las culturas antiguas, de todos los lugares del mundo, también poseen ritos y tradiciones absolutamente desechables, que no nos interesa rescatar. Entonces, no todos nos sirven: por ejemplo, no nos valen los modos jerárquicos de familia, el reparto desigual del trabajo doméstico, la cultura patriarcal, o todos los ritos, festejos y costumbres basados en el sufrimiento de los animales. Pero en la memoria de nuestros mayores y en otras culturas existen claves útiles de cara a la sostenibilidad. La escuela puede y debe colaborar en su rescate, en mantener vivos estos conocimientos, que quizá sean necesarios en un mundo que habrá de vivir de forma más sobria, más frugal y más austera. Estas prácticas nos acercan a la sostenibilidad siempre que cumplan el requisito de, a medio plazo, reducir el consumo de materiales y energía. Pensar, si es necesario, reducir el consumo, cuidar, conservar, reutilizar y arreglar en ese orden, y si no hay más remedio, reciclar. De ese modo podrán ayudar a desarrollar una cultura de la suficiencia, ajustada a un mundo de recursos limitados. Otro punto fundamental que la escuela debe denunciar y desenmascarar es el actual y fallido modelo de desarrollo. La mayor parte de la población del planeta participa de la cultura del "progreso", del "crecimiento" y del "desarrollo" y vive de espaldas a los límites, confiando en el espejismo del crecimiento constante y en una tecnociencia que será capaz de resolver cualquier problema futuro que pueda presentarse. No hay sostenibilidad posible dentro de este modelo de organización económica y social. Por eso es ineludible comprender sus mecánicas y hacerles frente, y la escuela es el mejor sitio para ello. Si no lo hacemos aquí, difícilmente podremos hacerlo en otro sitio. Por tanto, es posible y deseable, desde la educación, hacer crítica a este modelo de desarrollo, ponerlo en debate, señalar sus peligros y educar en las alternativas. La escuela no debe limitarse a que los alumnos y alumnas asuman acríticamente "lo que hay" sin discutir y diseñar alternativas. 

 

Y así, es imprescindible comprender y explicar a nuestros estudiantes ideas como la globalización económica, el metabolismo imposible de la gran ciudad, la huella ecológica, la deuda ecológica, la reducción del valor al precio, la cultura patriarcal, el capitalismo, el engaño de la publicidad, quiénes mandan en el mundo, los intereses de las grandes corporaciones transnacionales, la falta de equidad en el reparto de los recursos...Todos estos asuntos deben ser denunciados y comprendidos en clase, para que nuestros escolares puedan tener una visión crítica de nuestro mundo. Nos referimos a la lectura crítica de la realidad de la que ya hablara Paulo Freire y que propone como previa a la lectura de la palabra escrita. Una lectura que él experimentó con personas adultas, pero que puede hacerse comprensible a diferentes edades. Denunciar, transgredir, tomar protagonismo, organizar campañas, denunciar a las transnacionales y la industria de las patentes (de semillas, de medicamentos...), reclamar un espacio, hacer boicot a ciertos productos, entender como malo el despilfarro, ocupar las calles, pacificar el tráfico, hacer pancartas, desobececer y argumentar dicha desobediencia, denunciar a la televisión y sus programas basura, usar medios de comunicación alternativos, crear medios de comunicación propios, participar en medios comunitarios (periódicos, revistas, emisoras de radio...), son prácticas todas ellas que se pueden y deben aprender en la experiencia cotidiana, y que preparan al alumnado para luchar contra un mundo y un sistema injusto y ecológicamente inviable. De nada servirá que la generación actual de hombres y mujeres actúe hacia un mundo más sostenible, si las nuevas generaciones, los hombres y mujeres del mañana, no están más concienciados y preparados que nosotros para continuar actuando. Hay quienes piensan que los niños y niñas deben vivir apartados de estos problemas y que es muy duro plantearles ciertas realidades. Aceptando que su forma de comprensión de ciertos conocimientos no puede ser igual que la de las personas adultas, entendemos que no se les puede mantener en la ignorancia, y mucho menos dejarles asumir el sistema actual de forma acrítica. Se trata de su mundo, del presente y del futuro. No podemos negarles este conocimiento, siempre dejando claro que somos los mayores (y algunos mayores más que otros) los responsables del desastre. Los movimientos sociales alternativos, las pedagogías libertarias, el movimiento altermundista y todo el campo de la educación ambiental crítica pueden servir de inspiración en esta tarea de denuncia. Desde la comprensión profunda de un sistema contrario a la equidad, la escuela puede y debe convertirse en una bolsa de resistencia y denuncia de un sistema que pone difícil la vida futura, y proporcionar así una esperanza de cambio. Continuaremos en siguientes entregas. 

 

 

Fuente Principal de Referencia: Convivir para perdurar (Santiago Álvarez Cantalapiedra, coord.), Capítulo "Educar en el Antropoceno", Comisión de Educación de Ecologistas en Acción de Madrid

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