Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Israel sigue cometiendo genocidio contra los palestinos, implacable contra niños, mujeres y viejos, cuando se cumplen cincuenta y un años de ocupación ilegal e impune; uso desproporcionado de la violencia, traslado forzoso de personas, confiscación de tierras, destrucción de hogares y castigo colectivo
La ocupación palestina por parte de Israel resulta en lo cotidiano una pesadilla que no podemos ni imaginar. Esta situación les niega a los palestinos la posibilidad de que controlen los aspectos más básicos de su vida. Su capacidad para moverse sin obstáculos dentro de su propio país, salir y regresar, sembrar en su propia tierra, acceder a sus propios recursos naturales...todo ello está en gran medida determinado por el ejército de ocupación. Ocupación indefinida, grotesca, criminal, sin final a la vista, sin fecha de caducidad, que genera un sentimiento de frustración y de desesperanza que impulsa irremediablemente el conflicto, y realimenta los rencores. Todo obedece a una política colonialista, racista, destinada a invisibilizar e incluso exterminar al pueblo palestino. Que se sepa todo esto, por supuesto, incomoda al régimen israelí. Enseguida saca su victimismo, como hemos comprobado. Enseguida adopta el papel de país incomprendido. Enseguida se queja de un mundo que no lo entiende, claro, porque no es posible entender el funcionamiento de una entidad que se comporta de forma criminal, que ha hecho de su política exterior una bandera del apartheid, negando los derechos a un pueblo milenario. Después de la incorporación de Palestina en 2012 a la ONU como Estado observador, en 2015 la Corte Penal Internacional incorporó a Palestina como miembro activo. Y es que líderes políticos y altos mandos militares israelíes, acusados de crímenes de lesa humanidad, podrían ser detenidos al amparo de la legislación internacional. Y esto incomoda sobremanera a la potencia sionista. Y es que la realidad es que Palestina va tomando cada vez más terreno en el ámbito internacional, frente al estancamiento del proceso de autodeterminación. Es fundamental, por tanto, que desde todos estos altavoces internacionales se denuncie, investigue y condene la cruel política israelí de acoso y derribo al pueblo palestino.
Hay que denunciar la violación diaria de los derechos humanos de millones de personas, y la decisión de impedir el regreso de millones de refugiados palestinos. La comunidad internacional tiene el deber moral de exigir el retiro de los asentamientos israelíes, el retiro de cientos de miles de colonos extremistas, que representan la punta de lanza del sionismo. El mundo y sus organismos judiciales deben detener esta barbarie perpetrada contra el pueblo palestino, y juzgar a todos los líderes políticos y altos mandos militares israelíes implicados en este continuo genocidio. Y desde que en diciembre de 2017 Trump reconociera oficialmente a Jerusalén como capital oficial israelí, los crímenes se han multiplicado. Lo atestigua la activista Manal Tamimi en un acto de CEAR-País Valenciano y el Movimiento BDS, tal como recoge este artículo de Enric Llopis para el digital Rebelion. Dicha activista declara que Israel asesina a niños a sangre fría, así como a periodistas palestinos. Un informe del Comité de Apoyo a Periodistas (JSC, por sus siglas en inglés) del que se hizo eco el medio Middle East Monitor señala que desde enero de 2018 las fuerzas de ocupación israelíes asesinaron en Gaza a dos periodistas palestinos e hirieron a otros 254; en la Cisjordania ocupada arrestaron a un total de 88 periodistas. Los heridos lo son como consecuencia del uso de munición real, balas metálicas recubiertas de goma y gases lacrimógenos, según la ONG Amnistía Internacional. Y los asentamientos continúan. A finales de mayo de 2018 el gobierno de Israel aprobó la construcción de 2.000 nuevas viviendas en la Cisjordania ocupada, según denunció la ONG israelí Peace Now. Y Manal Tamimi añade que a mediados de octubre de dicho año autorizaron 31 casas para colonos judíos en Hebrón. Por su parte, la agencia palestina Wafa informó en septiembre de ese mismo año que comenzaba la construcción de 310 viviendas "ilegales" en Jerusalén. Y según Naciones Unidas, el Estado de Israel destruyó o se incautó de 349 construcciones y viviendas de palestinos entre enero y octubre de 2018 en Cisjordania y Jerusalén Este. Un total de 373 personas tuvieron que desplazarse como consecuencia de estas demoliciones, que afectaron a cerca de 6.000 palestinos. Y el goteo continúa. Y el resto de países siguen mirando para otro lado. No hay quien detenga esta sinrazón. Y cada vez que ocurre, más legitimada se siente Israel, y más empoderado para continuar haciéndolo.
Enric Llopis relata en su artículo: "La comunidad beduina de Abu Nuwar, de 600 habitantes y cercana a Jerusalén Este, fue una de las poblaciones agredidas; la ONG B'Tselem denunció a primeros de julio la entrada en la aldea de la policía israelí escoltando a los buldócers, con la consecuencia de nueve casas y tres edificios agrícolas destruidos (60 personas se quedaron sin vivienda); en febrero [2018] las máquinas ya derribaron dos aulas de la escuela de Abu Nuwar. Este verano el ejército de Israel y las excavadoras actuaron en la comunidad beduina de Jabal Al-Baba, donde destruyeron una guardería para 28 menores y un centro de mujeres. Entre otros sectores dañados, Naciones Unidas señala Al Isawiya, en Jerusalén Este (la ONU informó de que en enero el Estado de Israel demolió 12 "estructuras" comerciales y granjas en este barrio). En la conferencia organizada por CEAR y el BDS, Manal Tamimi subrayó la hostilidad que se vive en el entorno de los asentamientos. Sucedió a mediados de octubre: "una madre palestina, Aisha al-Rawbi, de 48 años, murió cerca de Nablus después de que colonos judíos apedrearan el automóvil en el que viajaba; ella y su familia volvían de una boda". ¿Cuántas veces más tendremos que soportar esto? Que cada cual imagine que le sucediera a su pueblo, en su propio país, en sus propias casas, a sus propias familias. El dolor traspasa ya la frontera de lo indecible. El dolor se vuelve memoria. Memoria que inunda toda la atmósfera. Y es que cualquier niño o niña palestina que venga al mundo en estos tiempos ha de llevar forzosamente en su carga genética la memoria de su pueblo, la memoria del sufrimiento, de la humillación, de la barbarie. Y otro aspecto a considerar es el de los presos políticos. Porque los miles de presos políticos palestinos no son números de una fría estadística, sino que son familias, son recuerdos, son memoria. Israel aplica cuando le viene en gana la mal llamada "detención administrativa", para ciertos perfiles de ciudadanos palestinos, lógicamente aquellos que se atreven a denunciar y a enfrentarse al aberrante régimen israelí.
Según la Asociación de Apoyo a los Presos y los Derechos Humanos (ADDAMEER), 5.640 prisioneros políticos palestinos están hoy día encerrados en las cárceles de Israel, de los cuales 538 están condenados a cadena perpetua, así como 270 menores, 50 de los cuales tienen menos de 16 años. Como decimos, no se trata de números, de cifras, sino de familias, de recuerdos, de experiencias, de vidas fallidas, de sueños interceptados, de proyectos de vida truncados, de esperanzas rotas. Según ADDAMEER, desde el año 1967 han muerto bajo custodia de las autoridades de Israel 217 presos políticos palestinos. Concretamente: 78 asesinados, 7 por efecto de las heridas de bala cuando se hallaban en prisión, 59 por negligencia médica y 73 por efecto de las terribles torturas a las que fueron sometidos. Y mientras todo ello ocurre...¿qué ocurre en las sedes de los grandes organismos internacionales? ¿Alguna disculpa? ¿Alguna admisión de culpabilidad? ¿Algún signo de arrepentimiento? ¿Algún propósito de enmienda? ¿Alguna rectificación? ¿Planes de un futuro mejor para Palestina? Pues más bien todo lo contrario: en cada Asamblea General, el resto de países del mundo han de asistir con total impotencia (ante su evidente grado de cobardía) a las barbaridades que proclaman a voz en grito los representantes de las dos corrientes más peligrosas y criminales de nuestro tiempo, como son el imperialismo y el sionismo. Y sus dos voces respectivas: Trump y Netanyahu. Como afirma Pablo Jofré Leal en este artículo para el medio Hispan TV, que seguiremos a continuación, ambos políticos expresaron, en el marco de celebración de la 72 Asamblea General de la ONU (septiembre de 2017) la misma retórica ultranacionalista, bélica y despreciativa a todos los pueblos del mundo. El derecho de los pueblos al respeto a su soberanía e independencia, ellos se lo pasan por el forro de sus abyectos deseos. El explosivo y criminal binomio Trump-Netanyahu se ríe del mundo con total descaro. Se dedican todo el tiempo a descalificar e insultar a los demás, para desviar la atención sobre los verdaderos responsables (ellos y sus aberrantes gobiernos) del terrorismo en el mundo y en especial en Oriente Medio. Ellos son los que se dedican a convertir en ruinas todo lo que tocan. Ellos son los ignorantes, los que tratan a los demás con desprecio, arrogancia y altanería, ellos son los inspiradores de guerras y conflictos, ellos son el cáncer de esta humanidad.
Y es que el rostro de regocijo de Netanyahu al escuchar las palabras de aliento y apoyo a la entidad sionista por parte de su padre putativo son la expresión de la entrega absoluta de la Administración Trump a las presiones del lobby sionista del Comité de Asuntos Públicos estadounidense-israelí (AIPAC) que dirige la política exterior de los Estados Unidos. Jofré Leal se hace eco de aquella máxima de Winston Churchill que dijera que "nunca tantos, vieron a tan pocos, reírse del mundo". Ambos líderes se animan entre sí, se alimentan el uno al otro. Mientras vemos a Netanyahu envalentonado por el discurso incendiario de Trump, contemplamos a Trump con su macabra sonrisa mientras el líder israelí elucubra sus maléficos planes, y declara su abierta hostilidad a diestro y siniestro de su país, porque no es solo Palestina el blanco de sus ataques, sino que también van dirigidos a Irán, Siria, Irak, Yemen, etc. De hecho, Israel ha utilizado permanentemente la retórica antiiraní para ocultar sus crímenes, principalmente contra el pueblo palestino, pero no solo, ya que ha intervenido en la guerra de agresión contra Siria e Irak, donde ha brindado apoyo logístico, atención sanitaria, entrenamiento y entrega de armas a los grupos terroristas takfirí como Daesh, Fath al Sham (ex Frente al Nusra), y Ahrar Al Sham, convertidos en apéndices de la política exterior del régimen israelí en la región. Tal como explica Jofré Leal: "El Primer Ministro Benjamín Netanyahu, considerado un criminal de guerra y con acusaciones por crímenes de lesa humanidad, recurre a todo tipo de artimañas y medios para ocultar las acciones criminales de la entidad que preside y que es la que constituye la mayor amenaza para la región y el mundo. Ya sea por poseer un programa nuclear, al que ha dotado al menos de 200 artefactos nucleares, su política de permanente hostilidad contra sus vecinos, la ocupación de Palestina, la consolidación de su carácter de ente colonial y sus constantes ataques a Irán y ser la punta de lanza de la política exterior estadounidense en la zona". Netanyahu vive en un mundo irreal, y con esa conducta arrastra a su sociedad a límites nunca antes alcanzados. Pero por supuesto, todo ello es en verdad legitimado por el resto de líderes mundiales, que no alzan su voz con claridad, y que comparten cartel con los líderes sionistas en todo tipo de actos y eventos. Mientras el compadreo internacional, el agasajo y las muestras de afecto y reconocimiento sigan llegando a los líderes israelíes desde el resto del mundo, seguiremos siendo cómplices del genocidio palestino. Continuaremos en siguientes entregas.