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Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

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Filosofía y Política del Buen Vivir (95)

Viñeta: Gatis Sluka

Viñeta: Gatis Sluka

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Si has tomado veneno, debes deshacerte de las sustancias que te enferman. Permitámonos entonces aplicar un lavado de estómago a las doctrinas del crecimiento económico que nos han sido introducidas en alimentación forzada durante décadas

Herman Daly

Hace 50 años el hombre puso los pies en la Luna. A ver si también pone los pies en la Tierra, y se da cuenta de que la está destruyendo

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Como venimos repitiendo insistentemente, son los preceptos económicos, políticos y sociales ligados al "desarrollo" aquéllos que han de ser sustituidos por otros más racionales y acordes con la armonía y el equilibrio necesarios entre el ser humano y el entorno natural que le rodea. Los conceptos del Buen Vivir se presentan desde un vínculo directo con los saberes tradicionales que estaban subordinados, cuestionan las hegemonías culturales y se alejan de la idea de una "necesidad" de desarrollo, centrando los objetivos en otras cuestiones. Hay que escapar de la dicotomía occidental que separa civilización de naturaleza. En otras palabras, el Buen Vivir cuestiona la misma idea de progreso, su misma concepción es puesta en debate. Como hemos demostrado ya sobradamente en anteriores artículos, el estilo de vida de los países occidentales más "desarrollados" es absolutamente insostenible para nuestro planeta. La Tierra no posee la capacidad de absorción y resiliencia para poder continuar en esta misma senda durante mucho más tiempo. El Buen Vivir recomienda, entonces, dejar de ver a los recursos naturales como una condición para el crecimiento económico, o como simples objetos de las políticas de desarrollo. Necesitamos un espíritu afín y colectivo orientado a descolonizar el pensamiento dominante y romper con las cadenas que nos atan a él. Hay que apartar de nuestros planes de acción las ideas convencionales del "progreso", y apuntar hacia otra dirección para un Buen Vivir, incluyendo, como no puede ser de otra manera, una especial mirada hacia la Madre Naturaleza. Ha de ser puesto en debate todo el conjunto de conceptualizaciones que hasta ahora se han aliado con dicho "progreso", tales como las posturas éticas alternativas, donde se reconocen los derechos de la Naturaleza, los aportes del feminismo como reacción a la dominación de base patriarcal (el Ecofeminismo en nuestro caso), y las nuevas conceptualizaciones en áreas como la justicia (justicia ambiental) y el bienestar humano (Desarrollo a Escala Humana). La conjunción de todo ello nos lleva a confluir en unos nuevos parámetros que se enfrentan a las nociones dominantes de "riqueza", "bienestar" o "progreso". La visión biocéntrica (o ecocéntrica) recoge todas estas líneas de pensamiento. 

 

Las bases conceptuales del Buen Vivir se nos ofrecen, pues, muy alejadas de los parámetros de la economía convencional. Para el Buen Vivir, el mercado por sí solo no es la solución, pero tampoco lo es el Estado. Ya hemos comprobado que la subordinación del Estado al mercado conduce a subordinar la sociedad a las relaciones mercantiles y al egolatrismo individualista. Por su parte, las soluciones de propiedad únicamente estatal, aún siendo públicas por definición, tampoco se escapan a los posibles procesos de corrupción y burocracia, con todo lo que ello conlleva. Las soluciones estatistas tampoco garantizan en sí mismas una visión hacia los bienes comunes de la sociedad. Lejos de una economía sobredeterminada por las relaciones mercantiles o estatistas, el Buen Vivir apunta a la creación de relaciones dinámicas y constructivas entre los mercados, la sociedad y el Estado. Se busca construir una sociedad con diversidad de distintos tipos de mercados, para escapar de una sociedad de mercado, esto es, excesivamente mercantilizada. No se pretende una economía controlada por monopolistas ni especuladores, ni se promueve una visión meramente estatista a ultranza de la economía. Y por su parte, el reconocimiento de los Derechos de la Naturaleza permite convertirla en sujeto de derechos, donde ésta es valorada por sí misma, independientemente de la posible utilidad, valoración, uso o interés humano. Se trata de una postura biocéntrica, como ya hemos argumentado, donde se debe asegurar la sobrevida de todo tipo de especies animales y vegetales, así como del conjunto de todos los ecosistemas. Por lo tanto, el Buen Vivir no propugna la visión de una Naturaleza intocable e intocada, sino que es posible seguir aprovechando los recursos naturales para nuestras necesidades vitales, pero siempre manteniendo los sistemas de vida. En síntesis, el Buen Vivir implica una ruptura sustancial con la apropiación de la Naturaleza para alimentar un "desarrollo" entendido como crecimiento económico, y un "progreso" concebido como evolución lineal. Es así como las ideas clásicas de bienestar, riqueza o progreso se disuelven. Y en tanto el Buen Vivir propone una nueva arquitectura conceptual aplicable a los terrenos político, cultural y económico, es lógico pensar que también requerirá de indicadores y herramientas propias de medición y evaluación. 

 

Sobre todo, nos interesa cuantificar cuán lejos o cuán cerca estamos de la construcción democrática de sociedades justas y sostenibles. Debemos comenzar a prestar atención no solo a la recuperación de la biodiversidad, a la justicia ambiental, al decrecimiento del extractivismo, a la equidad o a la redistribución justa de la riqueza generada, sino que indicadores que midan la felicidad de nuestras sociedades, o la mochila ecológica y la huella ecológica se vuelven fundamentales. Simplemente, hemos de cambiar la economía para cambiar la vida, hemos de cambiar la cultura para cambiar la vida, y hemos de cambiar la política para cambiar la vida. ¿Dónde confluyen estas tres afirmaciones? Exactamente: en la vida. En eso consiste exactamente la postura biocéntrica: la vida tiene que estar en el epicentro de cualquier planteamiento rupturista con el convencionalismo económico dominante, que se ha apropiado de nuestros marcos mentales y culturales resignificando determinados conceptos en su beneficio. El Buen Vivir es urgente. Si no cambiamos nuestro modelo económico, más bien pronto que tarde, la humanidad está abocada a un colapso. Se impone una etapa de decrecimiento voluntario, aunque ello signifique la caída del capitalismo en ciertos aspectos. Y para ello, hemos de asumir de forma social mayoritariamente en primer lugar la delicada situación que vivimos, para que así podamos empujar desde la base de los movimientos sociales y ciudadanos las acciones, medidas y decisiones políticas que pongan en marcha el decrecimiento. Una base social lo suficientemente amplia que apoye estos conceptos y asuma la necesidad imperiosa de cambiar los parámetros económicos podrá ser más fuerte que los intereses del capital, es decir, podrá representar un contrapoder. Mientras no seamos capaces de implementar dicho cambio de rumbo, nuestro Titanic planetario continuará hundiéndose, aunque nosotros continuemos queriendo escuchar música de violines. Pero mientras (ya lo hemos advertido en anteriores entregas), es muy probable que el decrecimiento material y energético (forzado por la propia Naturaleza) conduzca (si no lo evitamos con buenas dosis de voluntad política y social), a una disminución muy vertiginosa y desagradable de nuestra calidad de vida, de la actividad económica, del bienestar social e incluso de la población humana (debemos evitar la implantación de toda suerte de ecofascismos). 

 

Para evitar esta disminución general y catastrófica (como muy bien sugiere Margarita Mediavilla en este artículo, ya en 2011), sólo nos queda una opción: desacoplar de forma muy importante nuestra actividad económica del consumo de recursos naturales y energía. Este enorme desacople debe ser un movimiento varios órdenes de magnitud mayor que el tímido aumento de la eficiencia o la intensidad energética que hemos visto en décadas pasadas. No es suficiente con consumir un poco menos por unidad de PIB, sino que en estos momentos necesitamos un cambio varias veces mayor que todos los que hemos sabido realizar en los últimos siglos. Margarita Mediavilla afirma: "Este desacople economía-recursos naturales es un cambio radical en nuestra forma de concebir la producción y el consumo, es decir, un cambio radical del proceso económico. Además, sería deseable que fuera acompañado de modos de vida, valores y relaciones sociales como los que describen los partidarios del decrecimiento. Pero estos cambios personales no son sino una parte de ese cambio que debe ser, sobre todo, económico, si no queremos que el decrecimiento material nos lleve, simplemente, a la catástrofe humana". La realidad es tozuda, y se pone delante de nuestras narices. Podemos verla o seguir negándola, hasta que la propia realidad sea tan brutal para nosotros que acabemos por entenderla a la fuerza. Quizá se deba poner mucho más énfasis en repartir (riqueza, rentas, trabajo...) puesto que estamos en un mundo limitado, quizá tengamos que comenzar a pensar en relocalizar (traer al territorio) dado que nos estamos quedando sin el combustible principal para el transporte, quizá tengamos que pensar en una economía centrada en el territorio, puesto que las energías renovables dependen y se generan en él, y quizá tengamos que pensar en una economía del estado estacionario (crecimiento 0) y en cómo conseguir realmente el "menos es más". ¿Pero por qué estos cambios aún se resisten en nuestras mentes y en nuestras políticas? Porque nuestras mentes y nuestras políticas aún están colonizadas con los esquemas mentales de la economía convencional, aquélla que se ha apropiado de los conceptos de "riqueza", "bienestar", "desarrollo" y "progreso". Por ello, antes hemos de ser capaces de hacer el ejercicio mental de asumir los nuevos significados (en realidad los verdaderos significados) de estos conceptos, y entonces el decrecimiento no representará una estrategia catastrófica para las sociedades. 

 

Mientras nos mentalizamos socialmente para este ejercicio, la realidad seguirá siendo tozuda: los pozos de petróleo y los yacimientos minerales, simplemente, se agotan. La biodiversidad se pierde a pasos agigantados. Las emisiones de GEI continúan su escalada, lo cual contribuye al calentamiento global. El caos climático y las pandemias derivadas de los procesos de zoonosis se nos presentan cada vez más frecuentes y poderosos. Las migraciones forzadas por estos fenómenos, así como por la propia deuda del crecimiento no cesan de aumentar en todo el planeta. ¿Seguimos escondiendo estas realidades, o nos enfrentamos a ellas? Esto nos sitúa en una tesitura muy complicada, porque nos enfrentamos a una verdad muy incómoda, de la cual ningún actor político o social quiere ser portavoz. Pero si se explica con sencillez, las personas pueden comprenderlo. Pongamos nuestro trágico ejemplo actual con el confinamiento obligado a causa de la expansión de la pandemia de la Covid-19: a las personas se les ha explicado por qué necesitábamos estar confinados, se les ha explicado que íbamos a tener que renunciar a muchos de nuestros hábitos y costumbres por un tiempo, pero se les ha explicado la causa de forma incuestionable, y entonces la gente lo ha entendido, y de forma mayoritaria ha asumido que era eso exactamente lo que había que hacer. A nadie le gusta ser portavoz de dichas noticias, pero en aras a una sostenibilidad de nuestra vida humana, hay que hacerlo. Con el decrecimiento pasa igual: hay que explicar a la gente que son absolutamente incompatibles nuestros parámetros económicos con los límites biofísicos del planeta. Y que llegados a este momento, hay que ir, sin prisa pero sin pausa, evolucionando hacia otras formas de pensar, de valorar, de vivir, de producir, de distribuir, de consumir y de desechar. Así pues, es preciso ponerse manos a la obra en el desarrollo e implementación de nuevas relaciones económicas que nos permitan salir adelante, entendiendo "salir adelante" como un mejor encaje del colapso. No podemos dejarnos llevar por la tentación de ignorar una realidad amarga, ni por la creencia en salvaciones tecnológicas milagrosas, ni por el desánimo que conduzca a la inacción. El Buen Vivir nos está esperando, pero hemos de construirlo nosotros, nadie nos lo va a dar hecho. Continuaremos en siguientes entregas.

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