Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Si queremos combatir el cambio climático tenemos que desarrollar toda la esfera pública. Para reducir las emisiones es necesario que la gente recupere el control del sistema energético y regular a las multinacionales. Por eso cuando analizas los conflictos entre la lucha antiausteridad y los movimientos de justicia climática te das cuenta de que tienen que unirse. No tiene sentido que sigan caminos separados, porque cuando entramos en esa división asumimos la lógica de las élites de que el clima es un lujo
Uno de los aspectos que debe subrayarse es que el desarrollo es un concepto distinto al crecimiento. Para el primero se debe enfatizar su significado como realización de las potencialidades, en el sentido de ser más completo, mejor, etc. Por el contrario, crecer indica el aumento en tamaño por la adición de nueva materia. El ser humano durante la primera parte de su existencia crece, pero cuando deja de hacerlo igualmente puede continuar desarrollándose. El crecimiento es siempre cuantitativo, el desarrollo es sobre todo cualitativo y apunta a poder realizar nuestras potencialidades. Lo importante es que puede haber desarrollo sin crecimiento, o en otras palabras, que el desarrollo sustentable no es un sinónimo de crecimiento
El crecimiento económico es, por tanto, el problema, y no la solución. Podemos "desarrollarnos" como sociedad por otras vías, cultivando otras prácticas políticas y económicas, asumiendo otros valores y otros objetivos, pero olvidándonos del ya dogmático crecimiento económico como circunstancia sine qua non para obtener un mayor "bienestar" o "progreso". El Buen Vivir nos orienta a considerar estas alternativas. El mantra neoliberal afirma que solo el crecimiento podrá garantizarnos las pensiones, los servicios públicos, el trabajo, la protección del medio ambiente, y en fin, nuestra felicidad. Pero esto no es cierto. Y las miradas al PIB tampoco son la solución. Una sociedad puede perfectamente subsistir de forma sostenible sin hacer crecer continuamente su PIB. De hecho, es un indicador del que deberíamos olvidarnos. Pero se repite machaconamente lo necesario que es volver a alcanzar "subidas sostenibles" de este perverso indicador. No se dice que al PIB le trae sin cuidado la sostenibilidad del planeta, ni el agotamiento de los recursos naturales, ni el aumento del trabajo precario, entre otras consecuencias. Hay que poder vivir bien dentro de los límites ecológicos de los ecosistemas. Florent Marcellessi, uno de nuestros mejores expertos en ecología política, afirma en esta entrevista: "Decir que se puede prosperar sin crecer supone una redistribución radical de las riquezas, porque la forma de tener una buena vida para la mayoría implica el reparto de la riqueza. Esto supone subir los salarios más bajos y bajar los más altos. Por tanto, ¿quiénes son los primeros perjudicados? Claramente los multimillonarios, ese 1% que acapara la mayor parte de la riqueza. Pero hay que tener en cuenta que esos "perjudicados" constituyen un pequeño porcentaje de la sociedad. Y nosotros, ¿qué queremos? ¿Bienestar para la gran mayoría de la población o solo para esa minoría que está viviendo muy por encima de sus posibilidades?". He aquí la razón de que el Buen Vivir represente una amenaza para los más ricos y poderosos, y para ese aproximadamente 20% del resto de la población que vive a sus expensas. El Buen Vivir implica una redefinición de nuestras necesidades y aspiraciones como sociedad, ya que tenemos que establecer qué es la riqueza, cómo obtenerla, para qué estamos trabajando, o por qué estamos produciendo o consumiendo. Implica, como vemos, una refundación de los parámetros políticos y económicos que definen una sociedad.
Y abundando en ello, el Buen Vivir nos insta a ser conscientes de los límites de una sociedad. Es fundamental establecer tanto límites por abajo como límites por arriba. Los límites por abajo son fundamentales ya que con toda la riqueza creada y por crear, es absolutamente indecente que existan personas en la pobreza. Pero los límites por abajo no son suficientes, ya que si no imponemos también límites por arriba, el sistema se nos vuelve insostenible. Es imprescindible, por tanto, limitar la riqueza material de las personas más pudientes de la sociedad (sobre todo, mediante el establecimiento de rentas máximas, y de sistemas fiscales progresivos). Hay que plantear, por tanto, el límite inferior para que todos podamos vivir con nuestras necesidades básicas cubiertas, y el superior, porque son precisamente quienes más tienen y más ganan los que más contaminan y los que más consumen, contribuyendo a la insostenibilidad del sistema, y ello hay que extrapolarlo también a los países del Norte global con respecto a los del Sur global, como ya hemos tratado en artículos anteriores. Pero renunciar al crecimiento económico es la semilla fundamental que tenemos que sembrar, porque hoy día, como decimos, tras más de 7 décadas de fundamentalismo de mercado, el dogma del crecimiento, sin que pueda ser cuestionado, estructura la sociedad, domina nuestros marcos mentales, determina la producción y el consumo, influye en el trabajo humano, en el Estado del Bienestar y en nuestros imaginarios colectivos. Por tanto, es urgente salir de esta "sociedad del crecimiento" que hoy amenaza gravemente al bienestar colectivo y al planeta, y apostar por una sociedad del Buen Vivir regida por otros valores y conceptos compatibles con la justicia social, ecológica y ambiental. Necesitamos para ello un modelo económico que garantice la equidad y que funcione en paz con la Naturaleza. Hay que redefinir, de forma colectiva y democrática, lo que entendemos por "riqueza" y "necesidades", para establecer nuevos marcos de producción, consumo y trabajo. Tenemos también que reducir nuestra huella ecológica per cápita y en términos absolutos hasta que sea compatible con la capacidad del planeta. Así mismo, tenemos que redistribuir el trabajo y reducir la jornada laboral, reequilibrar el reparto entre rentas del capital y del trabajo en favor de las segundas, instaurar una renta básica y una renta máxima, valorar los trabajos de cuidados y reproductivos, y enfocar nuestras acciones hacia un cuidado del planeta y los recursos naturales en base a la justicia social y ambiental.
También tenemos que reconvertir el modelo productivo hacia uno sostenible a través de la creación y valoración de empleos verdes y decentes, así como de la relocalización de la economía en circuitos cortos de consumo y producción. Igualmente, hemos de desmercantilizar gran parte de nuestras actividades y descolonizar nuestras mentes fuera de la lógica del crecimiento. El respeto a los derechos humanos, pero también a los derechos de los animales y a los de la propia Naturaleza y sus ecosistemas son puntales básicos hacia donde tenemos que hacer girar nuestros sistemas de trabajo, producción y consumo. Ello implica evaluar la riqueza de una sociedad a través de una nueva batería de indicadores sociales, culturales, económicos, ambientales, etc., elaborados democráticamente por la ciudadanía, y que integren los límites y umbrales ecológicos críticos. El PIB debe ser progresivamente sustituido por este nuevo conjunto de indicadores. Necesitamos también producir otras cosas, o producir las mismas cosas de otra manera, y desechar cierto tipo de trabajos y de nichos de negocio. Por ejemplo, deberíamos abandonar los trabajos humanos y tecnológicos orientados hacia el mantenimiento del complejo militar-industrial. O por ejemplo, en vez de producir una tonelada de trigo en la agricultura intensiva, podríamos producir una tonelada de trigo ecológico con más trabajo (empleando a más personas), en mejores condiciones, con menos energía, con menos impacto ambiental e igual o mejor nivel de calidad. Empleos y actividades relacionados con tareas de cuidados y reproductivas deben mejorar sus condiciones y su valoración. Las tecnologías empleadas deben ser abiertas y convivenciales, lo que significa que debemos aspirar a una soberanía tecnológica, creando herramientas al servicio de la comunidad y bajo su control democrático. Tecnologías que asuman el principio de precaución, y que nos permitan decidir colectivamente cuáles de ellas son apropiadas según las necesidades y capacidad de carga del planeta. Han de prevalecer las actividades que generen riqueza y rentabilidad social y ecológica. Hemos de reequilibrar la distribución entre trabajos remunerados y no remunerados, entre hombres y mujeres, y se ha de valorar por sí misma la esfera de la reproducción y el mantenimiento de la vida (del cuidado de las personas y de la Naturaleza).
Finalmente, para conseguir todo ello, el marco democrático tiene que cambiar. Mientras estemos tutorizados por las élites económicas y sociales no podremos pensar y decidir por nosotros mismos. En este sentido, hemos de definir y alcanzar nuevas cotas democráticas donde el conjunto de la ciudadanía fije y determine de forma plural y participativa las necesidades sociales deseables y posibles, dentro del marco de un mundo solidario y finito, decidiendo en consecuencia qué tipo de trabajos se requieren para cubrirlas, y debatiendo y eligiendo las tecnologías adaptadas a este proyecto de sociedad. Por tanto, digámoslo alto y claro: la época del crecimiento, la del consumo de masas, la del saqueo masivo a la Naturaleza, con energía barata, ampliamente disponible y abundante, basada en el tener más para vivir mejor, simplemente ha acabado. Ya no da ni debe dar más de sí. Pero al no ser reconocida esta situación (ni por parte de los poderes públicos, ni por parte de organizaciones de la sociedad civil), el crecimiento se ha convertido en una especie de obsesión psicológica patólogica de nuestra sociedad, es decir, en un factor de crisis que multiplica el resto de manifestaciones de ésta, genera falsas expectativas, y obstaculiza la búsqueda de bienestar, amenazando al planeta. Nos toca entonces imaginarnos una nueva economía próspera, sostenible, respetuosa de los ecosistemas, y dentro de los límites biofísicos de nuestro planeta. Los pilares de esta nueva economía deben basarse, entre otros aspectos, en cuidar de las personas, de la Naturaleza y también de las cosas, pues necesitamos que duren más y terminar con prácticas perversas como la obsolescencia programada. Pero esta nueva economía del Buen Vivir, como venimos afirmando, también debe apoyarse en otros esquemas mentales y en otros valores, tales como resaltar y reforzar la ecología, la solidaridad, la participación y la autonomía. El Buen Vivir nos conmina a tener en cuenta las bases materiales que sustentan la vida humana, que son las mismas que sustentan a los propios ecosistemas y al resto de seres vivos. De ahí que sea tan importante su mantenimiento, y su dedicación y cultivo. Durante las últimas décadas, el capitalismo ha ido introduciendo en nuestras mentes toda esta mitología de que la economía y el dinero se mueven totalmente al margen de lo que sucede en la tierra, en los territorios, en la Naturaleza, pero esto es un error suicida.
Culturalmente, el capitalismo ha desterrado de nuestras mentes una verdad esencial: que somos ecodependidentes. Y el colapso civilizatorio va a arañar todavía más esa herida, pues vamos a tener que aprender a vivir con muchos menos materiales y energía. El decrecimiento se va a convertir (de hecho, ya está ocurriendo) en una imposición, más que en una opción. Para que el Buen Vivir pueda ir adentrándose en nuestras vidas, es imprescindible cambiar todo nuestro marco cultural. Una cosa lleva a la otra: no podemos consumir como hasta ahora porque no dispondremos de recursos, lo cual nos lleva a cultivar otras formas de vida. Y viceversa, la asunción de marcos mentales distintos, que hagan valorar otros aspectos de la vida humana, nos conducirá a una nueva forma más sostenible de consumir. Hay que replantearse el estilo de vida mismo. En realidad a una sociedad no deben interesarle cuántas cosas pueda producir, sino cómo las cosas a las que sus ciudadanos tienen acceso hacen que su vida merezca la pena ser vivida. Aquí descansa la filosofía más profunda del Buen Vivir, porque ello implica un cambio filosófico fundamental, que debe traducirse en cambios radicales de nuestras prácticas vitales. Desde este punto de vista, el Buen Vivir no es más que la búsqueda de la vida en armonía del ser humano consigo mismo, con sus congéneres y con la propia Naturaleza que nos hace posibles, entendiendo que todos somos Naturaleza y que somos interdependientes, es decir, que existimos a partir del otro. Por lo tanto, a diferencia del mundo de consumismo exacerbado y de la competencia extrema, lo que se pretende desde el Buen Vivir es construir sociedades donde lo individual y lo colectivo coexistan en complementariedad entre sí y en armonía con la Naturaleza, y donde la racionalidad económica se reconcilie con la ética y con el sentido común. La economía tiene que reencontrarse con la Naturaleza, para mantenerla y no para destruirla, para retornar a su valor de uso y no al valor de cambio. Lo que se propone con el Buen Vivir es organizar la vida de otra manera, a partir de otros principios, como son por ejemplo la complementariedad, la correspondencia, el consenso, la participación, la cooperación, el apoyo mutuo, la solidaridad, el respeto, la reciprocidad, la equidad, la simbiosis, la homeostasis...En definitiva, el Buen Vivir nos insta a percibir y organizar la vida en el continuum de la Naturaleza y no en el capricho del ego humano. Es éste el gran reto que tenemos por delante, y que paulatinamente, bajo la amenaza del colapso, se transforma en el reto del mundo entero. Continuaremos en siguientes entregas.