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Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

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Filosofía y Política del Buen Vivir (97)

Viñeta: Olivier Ploux

Viñeta: Olivier Ploux

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Nuestros combustibles fósiles nos han llevado a un nivel de abundancia y prosperidad inimaginable un siglo atrás. Hoy nos conducen a un siglo de desintegración

Ross Gelbspan

La idea de “progreso” que define nuestra época a menudo se parece más a la progresión de una enfermedad que a su curación. Para Walter Benjamin el progreso, cuando es contemplado desde la mirada del oprimido, se asemeja mucho a un vendaval que deja a su paso un reguero de víctimas y escombros. Desde esa perspectiva, el progreso es sinónimo de catástrofe y la utopía tiene que ver, sobre todo, con la esperanza de detener ese progreso. Cuando se avanza en la dirección equivocada, el progreso es lo último que se necesita. No tiene ningún sentido progresar en dirección al abismo, y hacia allí es adonde nos conduce este modelo de civilización

Santiago Álvarez Cantalapiedra

Otro asunto importantísimo al que debemos dedicarle un espacio dentro de la serie de cambios que presenta el Buen Vivir es el de la soberanía alimentaria. La alimentación para el conjunto de la población del planeta se ha convertido actualmente en un serio problema, pero no porque no existan recursos alimentarios, sino por los graves inconvenientes que el sistema económico capitalista viene imponiendo a los alimentos. Tomaremos como referencia en primer lugar este artículo de Violeta Aguado para eldiario.es, donde explica algunos conceptos relativos al transporte de los alimentos a nivel global. En general, los viajes kilométricos que los alimentos han de llevar a cabo para llegar a nuestros hogares son impresionantes. Garbanzos de México, embutidos de Francia, manzanas de Uruguay o café de Vietnam son algunos ejemplos. Normalmente, los alimentos que llegan a nuestra mesa, después de haberlos adquirido en una gran superficie, recorren enormes distancias desde su punto de origen al destino final de su consumo. España importó en 2011 (año al que se refieren los datos aportados por el artículo referido) más de 25,4 millones de toneladas de alimentos que recorrieron de media 3.827 kilómetros, según calculó la organización Amigos de la Tierra. El resultado de toda esta importación es la emisión de 4,2 millones de toneladas de CO2 a la atmósfera, una contribución muy considerable de gases de efecto invernadero (GEI), responsables del calentamiento global (justo ése que queremos mitigar), y provocadoras, como sabemos, del cambio climático que tanto daño está ya provocando. Hay casos especialmente sangrantes y absurdos, como el de los garbanzos, cuya distancia media entre el agricultor que los produjo y el consumidor que los adquirió en un supermercado es de 7.500 km, todo un trayecto transoceánico para un producto que lleva casi 30 siglos cultivándose de manera local. ¿Tiene algún sentido todo esto? Es el resultado de la actual organización de nuestro sistema agroalimentario: "Han globalizado la comida de manera que quienes gobiernan la cadena alimentaria son las grandes corporaciones multinacionales", en palabras de Manuel Delgado Cabeza, Catedrático de Economía de la Universidad de Sevilla. 

 

No se sirve por tanto a los intereses de los consumidores de esta ciudad o de esta otra, de ésta o de aquélla comarca o región, de este o de aquel país, sino a los intereses de estas grandes empresas transnacionales de la alimentación y las semillas, que hoy día llegan a tener un poder inmenso. Este nuevo orden alimentario que hoy sufrimos tuvo su comienzo y gestación durante los años 60 del siglo XX, y fue parejo a un incremento de la producción agrícola a través de la creación de grandes extensiones de monocultivo. Dicha producción trajo consigo un elevado nivel de especialización, de tal forma que la superespecialización de los territorios productivos para generar eficiencia ha provocado una desconexión brutal entre producción y consumo alimentario, lo cual significa que ya no existe relación entre los cultivos que se practican en una determinada zona agraria con el consumo de sus habitantes próximos. Pero...¿por qué un alimento que viaja miles de kilómetros cuesta menos que un alimento cultivado localmente? Esther Vivas, activista social y una de las mayores expertas en consumo y alimentación, explica este fenómeno por la deslocalización de la producción agraria que busca "aprovecharse de unas condiciones laborales precarias, una legislación medioambiental muy flexible y unos precios de producción muy bajos, para luego vender los productos aquí a un precio competitivo". El resultado final, con el tiempo, de todo este perverso proceso es la destrucción paulatina del tejido agrario local de muchos países (México es un buen ejemplo), donde el salario medio de un campesino, que produce los alimentos que llegan a nuestra mesa, no alcanza el euro por hora trabajada, con lo cual simplemente no pueden vivir de esta actividad, y comienzan los éxodos de población. Un buen ejemplo es la soja, que producida mayoritariamente en los países del Mercosur (Argentina por ejemplo), viaja miles de kilómetros para servir de alimento al ganado en los países del norte. Pero este periplo viene provocando desde hace décadas que comunidades enteras de labradores, agricultores y campesinos se vean obligadas a salir de sus territorios de origen en los países del sur. Pero ésta no es la única implicación, ya que las consecuencias de este modelo también alcanzan a los ganaderos del norte, cuya renta y calidad de vida dependen de un producto que viene del extranjero y cuyo precio se decide en la bolsa. 

 

La cuestión es, ciertamente, muy espinosa. El grado de especulación y perversión que ha alcanzado hoy día el mercado agroalimentario es brutal. Más ejemplos: los productores de cacao de países como Costa de Marfil o Ghana (donde se cultiva el 59% del total mundial de este producto) también son víctimas de los procesos de exportación e importación de este modelo, que trasladan este producto hasta países como España, que ocupa el octavo lugar en la lista de importadores de este alimento. Según este informe monográfico de la Coordinadora Estatal de Comercio Justo, los cultivadores apenas perciben entre el 3% y el 6% del precio final de las chocolatinas que se fabrican a base de su cacao. La Coordinadora además advierte de la precaria situación de los pequeños productores "que rara vez prueban el chocolate que se elabora con el cacao que cosechan con sus manos en condiciones especialmente duras, y cuya venta les genera unos ínfimos ingresos que les sitúan muy por debajo del umbral de la pobreza". Esther Vivas advierte de que también existe otra realidad peligrosa, la de los alimentos kilométricos que viajan del norte al sur a consecuencia de las políticas agrarias de los países del norte. Esto ocurre en la Unión Europa debido a la PAC, y en Estados Unidos debido a su homóloga, la Farm Bill. Dichas políticas subvencionan determinados productos independientemente de la demanda que exista de los mismos. Esto conduce a una superproducción alimentaria de estos productos, cuyo excedente se acaba vendiendo en los países del sur a precio de coste. Ocurre por ejemplo con la leche o los cereales, muy subvencionados en los países del norte, que acaban vendiéndose a los países de la periferia conduciendo a la desaparición del pequeño campesino local. Como vemos, se trata de un despropósito intolerable. No existe más que una conclusión: el hambre en el mundo es una opción política, como muy bien afirma Esther Vivas en esta entrevista que seguiremos a continuación. Desde el punto de vista del Buen Vivir, es absolutamente imprescindible alcanzar al menos cierto nivel de soberanía alimentaria (al igual que de soberanía energética), no solo para erradicar todos estos problemas derivados de la ganadería intensiva, de los monocultivos y de la tecnología agroindustrial (auspiciados todos ellos por las grandes empresas del sector alimentario), sino para responder a las condiciones de bienestar y seguridad alimentaria que necesita toda población. 

 

Y en cuanto al propio mercado de la alimentación, la cosa es igualmente dramática. Existen unas cuantas empresas de la agroindustria que monopolizan el mercado de la producción, tales como Monsanto (hoy unida a Bayer), Cargill, Dupont, Kraft, Nestlé, Mercadona, Eroski o El Corte Inglés. Hemos de tener claro, de entrada, que en tanto en cuanto nuestra alimentación esté en sus manos, nuestra soberanía alimentaria no estará garantizada. Los intereses de los pueblos se contraponen a los de estas grandes empresas. El objetivo de todas ellas es hacer negocio y ganar dinero con los alimentos. Todo lo demás les da igual. Según la FAO, durante los últimos 100 años hemos asistido a la desaparición del 75% de la diversidad agrícola y alimentaria en nuestro planeta. ¿A qué se debe esto? Pues a que unas pocas empresas han priorizado una serie de variedades agrícolas y alimentarias sobre otras, por el hecho de que se adaptan mejor a sus intereses particulares. Son variedades de alimentos que recorren grandes distancias, como ya hemos explicado, con buen aspecto para que puedan comercializarse en un supermercado, y en los que se priorizan elementos como el sabor. Si los alimentos se corresponden con variedades autóctonas, es muy posible que no cuenten para el mercado, es decir para sus intereses, por no satisfacer dichas condiciones. En definitiva, son estas grandes empresas las que promueven aquello que les proporciona rentabilidad económica, y nuestra alimentación está en sus manos. Hoy día solo entre el 4% y el 5% de la población se dedica a trabajar el campo. Y esto se debe a que la práctica campesina tiene muchas dificultades para poder sobrevivir en un mundo que se diseña en torno a la agroindustria y la globalización (los mal llamados Tratados de Libre Comercio, y organismos como la Organización Mundial del Comercio, OMC, así lo establecen). Por ejemplo, en la Unión Europea la PAC (Política Agraria Común) no apoya al campesinado, sino a los grandes empresarios de la agroindustria y las grandes superficies. Existe toda una élite hipersubvencionada con la PAC, ya que tan solo el 16% de los receptores de las ayudas reciben el 75% de las mismas, mientras que el 84% de los receptores percibe el 25% restante. Entre las principales empresas beneficiarias, según Veterinarios Sin Fronteras, destacan CampoFrío, Pastas Gallo, Nutrexpa, Leche Pascual, Mercadona o Lidl. 

 

A escala global, se está produciendo toda una ofensiva alimentaria contra el pequeño campesinado y las poblaciones indígenas, que en muchos casos practican la agricultura de subsistencia, precisamente la que propugnamos dentro del marco del Buen Vivir. La agricultura transgénica es otro de los graves problemas que impiden la soberanía alimentaria de los pueblos. La agricultura transgénica implica la privatización de las semillas, que las grandes compañías arrebatan a sus cultivadores primigenios, y a continuación registran como suyas, para a continuación comercializarlas por todo el mundo, y experimentar con ellas. Se acaba por tanto con la capacidad de los campesinos para producir e intercambiar semillas. Pero esto también implica un grave impacto medioambiental, así como la desaparición de determinadas variedades locales. Así mismo, existe un grave impacto para nuestra salud, como han demostrado diversos informes críticos. Actualmente se producen más alimentos que en cualquier otro período de la historia (se calcula que se podrían alimentar hasta unos 12.000 millones de personas), pero sin embargo, el hambre es una triste realidad. En el planeta existen alimentos suficientes como para alimentar a todo el mundo, y para garantizar la soberanía alimentaria, si esto no se hubiese convertido en un peligroso negocio transnacional, es decir, globalizado. Se estima que una de cada siete personas en el mundo pasa hambre, o sufre una alimentación deficiente. Es esta la gran aberración en un mundo de abundancia, porque la realidad no es que falte comida, sino que sobra. Pero el hambre, como estamos viendo, tampoco es ninguna plaga bíblica, sino que obedece, como todo lo demás, a razones políticas. Se nos pretende hacer creer que el hambre se debe a factores como guerras o sequías, que evidentemente influyen, pero no tanto como el factor que se refiere a quiénes controlan las políticas agrícolas y alimentarias y quién controla los recursos naturales (tierra, agua y semillas). El hambre en el Sur global es fruto del expolio de los recursos naturales que durante décadas se ha llevado a cabo en estos países por parte de empresas multinacionales extranjeras, apoyadas por los grandes organismos internacionales. Se ha fomentado el hambre mediante el comercio desigual (aunque lo tilden de "libre") y facilitando la entrada de productos del Norte global subvencionados, controlados por grandes multinacionales, en los países del Sur. Estos productos se venden por debajo de su precio de coste, y así acaban con la producción local autóctona (Haití con el arroz representa un claro caso de libro en este aspecto). Continuaremos en siguientes entregas.

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