Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Estamos en la décima entrega de los artículos de esta serie, y creo que ya hemos dado argumentaciones, hechos y motivaciones suficientes como para entender que la respuesta a la pregunta que planteamos es SÍ. Hace falta una revolución, porque no caben ni el camino de seguir como estamos, ni las medias tintas planteadas por algunas formaciones políticas. Hemos de romper con el capitalismo, pero para ello, hemos de romper antes con las actuales normas que rigen nuestro sistema político y económico, y ello pasa, como hemos comentado en artículos anteriores, por romper con la actual Constitución, que es papel mojado, y proclamar otra nueva, guiada por un nuevo Proceso Constituyente. Para que todo esto pueda tener lugar, hace falta forzar la dimisión del actual Gobierno en bloque, y nombrar democráticamente una Asamblea Ciudadana Constituyente que redacte la nueva Constitución. Y para que todo este mecanismo se dispare, hace falta la revolución pacífica, ciudadana, responsable, pero implacable, hasta conseguir sus objetivos.
Hoy en día tenemos ya una base social suficiente para poder plantear esta iniciativa con unas mínimas garantías de éxito. Existen un montón de plataformas y asociaciones ciudadanas que están por la labor, desde la Coordinadora 25-S, pasando por el Frente Cívico "Somos Mayoría", hasta la Plataforma "Construyendo la Izquierda", que apoyarían el proyecto. Todo ello, unido a la fuerza de toda la militancia de izquierdas, y del mundo activista, feminista, altermundista, sindicalista, etc., y del conjunto de intelectuales, artistas y académicos que se manifiestan continuamente en esta línea (se acaba de formar hace pocos días el frente autodenominado "Constitucionalistas por la Democracia", formado por un conjunto de Catedráticos de Derecho Constitucional que avalan esta línea). El final de este apasionante trayecto será un nuevo proyecto de país, que nos lleve a una salida justa y social a esta crisis sistémica que nos conduce al abismo.
En el actual proceso de consolidación del proyecto europeo los Gobiernos títeres de PSOE y de PP nos han llevado por la senda de la pérdida de soberanía popular, de entrega a los mercados, de sometimiento a unas políticas salvajes de corte neoliberal que nos ahogan cada vez más en la miseria, el paro, la pobreza y la exclusión social. Mientras, crecen las fortunas de los poderosos, de las grandes empresas, de los banqueros, de los especuladores financieros, y se transfieren cada vez más rentas del mundo del trabajo al del capital. Y todo ello permitido por un creciente deterioro de los mecanismos democráticos de los Estados, y un sometimiento a las llamadas Instituciones independientes, que no han sido elegidas por nadie, y que sólo rinden cuentas a los poderes económicos que las guían, y que ordenan constantemente sus políticas.
Y llegado este momento, después de comprobar cómo las actuales políticas nos llevan al suicidio colectivo de toda la clase obrera, la idea de un nuevo proyecto de país se ha revelado como una necesidad imperiosa y ha surgido en las calles y plazas de la gente indignada, rebelada contra el sistema, levantada en contra de este sistema que no les deja salidas dignas. Ante esta gran estafa perpetrada por el capital contra los trabajadores, el pueblo reclama su protagonismo, su necesidad de convertirse en el actor principal que guíe este proceso, y reclama ocupar su propio espacio a la hora de alumbrar un nuevo proyecto político que impida las gravísimas agresiones sociales que el sistema capitalista ha llevado a cabo en los últimos tiempos contra países, pueblos y personas. Frente a todo ello, el bipartidismo implantado en España desde la Transición es incapaz de crear un futuro diferente, no ofrece alternativas reales al sistema.
La estafa ha llegado a tal punto que la crueldad a la que se somete a la clase trabajadora le lleva a no poder elegir ninguna salida, pues a la vez que se desmontan todos los servicios públicos que nos han protegido socialmente durante décadas, se lleva al paro y a la inactividad constante a millones de personas, que dejan de tener ingresos para poder subsistir. Las prestaciones por desempleo se precarizan, a la vez que se privatizan los servicios públicos, con lo cual todas las oportunidades para una vida digna se eliminan. Todo ello se ve reforzado por una precariedad laboral insostenible para las personas que ocupan un puesto de trabajo, haciendo caer también en ella al personal laboral y funcionario de las propias Administraciones Públicas. El trabajo se vende como un privilegio, y las conquistas sociales desaparecen. Todo el andamiaje donde descansaba la protección social de los trabajadores, único mecanismo de supervivencia, se viene abajo, a la vez que se dedican ingentes recursos públicos a rescatar a la banca privada, causante principal, junto al depredador modelo productivo español, de llevarnos a esta situación.
Se hace más patente que nunca la necesidad de levantar este Proceso Constituyente, pues el contraproceso puesto en marcha por el neoliberalismo y las oligarquías financieras en los últimos veinte años, tiene como claro objetivo acabar con el Estado Social y la Democracia, con el Estado del Bienestar y con todas las garantías de una protección social a los trabajadores. El insaciable capitalismo llega a una fase donde todos estos mecanismos estorban para alcanzar sus objetivos, y se tambalean todos los cimientos que se comenzaron a construir en toda Europa tras la II Guerra Mundial. Y no nos llevemos a engaño, porque este capitalismo neoliberal no contempla volver a construir un Estado Social una vez haya ¿concluido? esta crisis, provocada intencionadamente para arrebatar los recursos económicos y financieros a la gran mayoría y concentrar el capital en escasas manos privadas. Por muchas mentiras que nos quieran hacer ver, tenemos que tener claro que no hay voluntad de volver a situaciones anteriores del Estado del Bienestar, mucho menos de seguir contribuyendo a su potencial desarrollo. El capitalismo de hoy condena a generaciones completas a la incertidumbre vital constante, a la precariedad laboral indefinida.
La crisis ha sido utilizada como excusa perfecta, como pretexto ideal, como hemos indicado muchas veces, para vaciar los ordenamientos constitucionales de los países de la Unión Europea, ordenamientos que no contemplaban mecanismos de exigibilidad de derechos sociales y de preservación de la democracia. Luego por tanto, y basándose en los recientes Tratados de la Unión, se establece el marco jurídico para la conservación e implantación de este salvaje sistema neoliberal, depredador de los recursos naturales, y de los derechos sociales, políticos y laborales. De esta forma, la crisis es el modelo utilizado por el capitalismo para cerrar y consolidar un proyecto de sociedad excluyente, y democráticamente limitada. De ahí que las medidas de recortes (bajo el axioma fundamental de la reducción del déficit público) y de "ajustes estructurales", según su neoléxico capitalista, vayan acompañadas de una revisión a la baja en derechos democráticos y en libertades públicas. Continuaremos en siguientes entregas.