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Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

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Filosofía y Política del Trabajo (VII)

Habíamos dejado adelantado desde el artículo anterior, que a partir de esta séptima entrega de la serie sobre Filosofía y Política del Trabajo comenzaríamos a abordar algunos otros conceptos que tienen que ver con todo lo que estamos exponiendo, tales como la competitividad y la productividad, aspectos que tantas veces son usados hoy en día como argumento y excusa para la implantación de las políticas neoliberales y conservadoras que se están aplicando.

 

competitividad.jpgTécnicamente hablando, la competitividad se define como la capacidad que tiene un determinado país para vender sus propios productos en los mercados internacionales, en oposición a la capacidad de otros países competidores. Así por ejemplo, si España consigue vender sus productos (de una gama, especialidad o categoría concretos) a un precio de 10 euros la unidad, mientras que el resto de países consiguen vender esos mismos productos (o similares) a 5 euros, concluimos que España es menos competitiva que el resto de países. Dicha circunstancia se traducirá en que exportará menos productos, ya que los ciudadanos preferirán comprar los productos que cuestan 5 euros, frente a los que cuestan 10 euros.

 

Ahora bien, esta situación puede verse en un contexto microeconómico o macroeconómico, con consecuencias diferentes. En un sentido microeconómico, esas empresas españolas que no pueden vender sus productos (porque los de la competencia lo hacen a menores precios) correrán el riesgo de disminución de su actividad e incluso de quiebra, y por tanto, siguiendo la lógica que ya hemos marcado en anteriores artículos, procederán al despido de trabajadores, con la consiguiente destrucción de empleo. Pero en un sentido macroeconómico, y debido a que las exportaciones forman parte del PIB (Producto Interior Bruto, o conjunto de la riqueza de un país), se argumenta también que menos exportaciones suponen un menor crecimiento económico, que también llevará consigo el decaimiento del empleo.

 

Explicado así, se puede observar que el elemento diferenciador está en el precio de venta de los productos. Diríamos que España es menos competitiva porque, como aparece en nuestro ejemplo, vende el producto el doble de caro que el resto de países, y eso hace que la gente prefiera comprar el producto de los competidores antes que el producto español. La solución planteada por los neoliberales no deja lugar a equívocos: es necesario que los productos se vendan más baratos, y para ello es imprescindible que los costes de producción se reduzcan, por lo cual el salario, que es uno de dichos costes, tiene que rebajarse. Y tiene que hacerlo al menos hasta el punto en que permita que los productos se puedan vender competitivamente, es decir, hasta que se puedan vender igual o más baratos que los del resto de países. De ahí que el salario de los trabajadores sea siempre para ellos un gran caballo de batalla.

 

Sin embargo, si lo pensamos mejor, hay muchos interrogantes en este planteamiento que hacen tambalearse las conclusiones neoliberales. Como acabamos de exponer, los neoliberales consideran que el salario es un coste, y además el más importante a la hora de determinar los precios. Parten de la interpretación individual de un empresario aislado X, para el cual (idealmente) cuanto más bajos estén los salarios menores costes soportará, y por tanto, mayor capacidad tendrá para disminuir los precios. Nota inciso: aplíquense estos mismos razonamientos para los servicios públicos que en general prestan las Administraciones, y se comprenderá mejor que para los neoliberales todo son mercancías que se compran y se venden, bajo una filosofía de coste, nunca de inversión, y por supuesto, mucho menos de protección social.

 

coste_salarial.jpgContinuando con su razonamiento, podría aceptarse que a los empresarios considerados individualmente les interese que los salarios de sus trabajadores sean lo más bajos posible (aunque eso quizá pueda suponer la renuncia al incremento de productividad que puede llevar consigo una plantilla de trabajadores más satisfecha por disfrutar de mejores retribuciones, pero ellos, torpe e insensiblemente, tampoco suelen considerar este factor). Pero si esos empresarios son mínimamente inteligentes, estarán interesados también en que los salarios de los trabajadores del resto de empresarios, sean lo más altos posible, situación a todas luces absurda e irreal.

 

La explicación de esta paradoja es bien sencilla, y vamos a explicarla, por si a algún lector se le escapa: si bien el salario puede ser considerado un coste a nivel microeconómico, a nivel macroeconómico es también un componente fundamental de la demanda, es decir, de la capacidad de consumo de una economía. Si los salarios bajan para todos los trabajadores, entonces la capacidad de consumo global también será mucho menor, y los empresarios tendrán menos posibilidades de vender todos los productos o servicios que fabrican.

 

Y esta paradoja sirve también para explicar un hecho bien conocido de la historia económica: cuando una economía entra en crisis, se producen despidos, y por tanto, también se reduce la capacidad de consumo global, porque muchos de los trabajadores que disponían de salarios, dejan de tenerlos. Con menor capacidad de consumo globlal, las empresas venderán menos, y entonces, tendrán a su vez que despedir trabajadores, o bien bajar sus salarios para mantenerse a flote. Como cualesquiera de esas dos opciones también produce un nuevo descenso de la capacidad de consumo, entramos en un círculo vicioso de despidos y caída del consumo que durará hasta que la economía pueda reactivarse mediante mecanismos externos, tales como la actuación del Estado, o la formación de conflictos o guerras, que provocan éxodos de población, y por tanto, una movilización masiva de los recursos.

 

Podemos tomar el ejemplo histórico ocurrido durante la Gran Depresión de la década de 1930, donde se pudo comprobar cómo ese círculo vicioso amenazó con destruir definitivamente la economía mundial, y los economistas aprendieron (parece que más inteligentemente que los actuales) muy bien la lección. Por esa razón, por ejemplo, promovieron planes de estímulo público que tenían como objetivo proporcionar de forma masiva empleo a los trabajadores, a fin de que sus sueldos sirvieran para comprar los productos de las empresas que estaban sin poder vender, rompiendo de esta forma la diabólica espiral. Además se establecieron medidas de la misma filosofía, tales como aumentar el salario mínimo o establecer prestaciones por desempleo, medidas que no sólo reducen los problemas sociales, sino que además mitigan los efectos perjudiciales de la caída del consumo, ya que aunque los trabajadores pierdan el salario, siguen recibiendo dinero del Estado que volverá a las arcas públicas de la economía por el lado del consumo.

 

Y hoy por hoy decididamente, y bajo las mismas premisas, un plan de estímulo público de la economía es lo que debería emprender un gobierno mínimamente inteligente y sensible con su ciudadanía, aunque tuviera que endeudarse hasta las cejas, pero en vez de eso, los ineptos que nos gobiernan están obsesionados con la rebaja del déficit y de la deuda pública, que parece haberse instalado como un tótem ideológico, un pilar irrenunciable, y no se preocupan ni parece que se quieran enterar de que mientras hacen eso, irremediablemente miles y miles de ciudadanos siguen diariamente engordando las listas del paro, y miles de empresas tienen que cerrar, porque ya no pueden mantenerse a flote. No hay más ciego que el que no quiere ver. Continuaremos en el próximo artículo.

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