Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Nos habíamos quedado discutiendo en el artículo anterior de esta serie cómo en épocas pasadas de crisis, se habían puesto en marcha una batería muy distinta de medidas, focalizadas en reactivar la economía productiva y el consumo, lo cual no se está haciendo hoy día por parte no ya sólo de España, sino de ningún país que siga la ideología neoliberal (que en Europa son prácticamente todos, quizá el más salvaje en este aspecto esté siendo últimamente el Reino Unido, donde el gobierno de David Cameron no sólo es el que defiende estas políticas de forma más declaradamente conservadora, sino que además se jacta de las malas políticas que, según ellos, se están llevando a cabo en el resto de Europa).
Nosotros pensamos que promover la rebaja salarial en una economía (y máxime en épocas de crisis) es empobrecer no sólo a los propios trabajadores, sino también a la economía en su conjunto y por supuesto a sus propias empresas. Rebajas en los salarios, acompañadas de la supresión de medidas de prestaciones sociales, y de una reducción generalizada del gasto público sólo pueden llevar a un estancamiento de la crisis, pues la economía carecerá del impulso necesario para poder superarla. Y de hecho, eso es lo que está ocurriendo desde que los gobiernos, siguiendo la presión de los Bancos y de las grandes empresas interesadas sólo en cobrar sus deudas y asegurarse su poder de mercado, acordaron por desgracia suprimir los programas de gasto público y apoyo a la actividad económica. Si continuamos por este camino, la economía se hundirá totalmente, por mucho que nos quieran hacer ver lo contrario.
Desde la izquierda por tanto estamos convencidos de que el conjunto de las empresas disfrutaría de una mejor situación y obtendrían más beneficios, si los empresarios fueran capaces de entender esta paradoja, pero no es eso lo que ocurre en la realidad. Unas veces prima la visión particularista, que solamente contempla el interés propio, sin alcanzar a comprender que la vida y el éxito de una empresa dependen tanto o quizá más de lo que ocurra en su entorno, como de lo que ocurra en su propio interior. Otras veces, las empresas más grandes, que tienen su demanda interior cautiva, y también mucha actividad en otros países, y que por tanto, no dependen tanto del nivel salarial global, son las que imponen las políticas de bajos salarios (curiosamente, son también las que tributan menos a Hacienda, las que pagan menos impuestos, y las que lanzan los ERES injustificados, incluso habiendo declarado beneficios, como ya hemos comentado en algún artículo anterior).
Éstas últimas empresas, como las de servicios básicos (energía, comunicaciones, banca, alimentación...), cuyas ventas no dependen tanto del nivel de salario (porque las personas o las familias han de consumir casi necesariamente sus productos), sí pueden conseguir mayores beneficios si baja el montante total de salarios nacionales, porque venderán más o menos lo mismo, y entonces operarán con menos costes. Pero el resto de las empresas (sobre todo las PYMES) que venden principalmente al interior, y mucho más en función de la renta de los consumidores, sí se verán muy afectadas si baja el montante de los salarios. La conclusión es que, bien sea por ceguera o porque el interés de las empresas más poderosas se impone, entre los empresarios predomina la idea de que convienen los salarios bajos, cuando eso simplemente reduce sus ventas potenciales, y anticipa o consolida crisis por falta de consumo.
Por otro lado, hay que tener en cuenta que cuando un empresario se propone reducir sus costes (para contribuir a la tan anhelada competitividad), tiene siempre dos opciones, dos vías o caminos alternativos, que además no son excluyentes entre sí, es decir, se pueden implementar ambos a la vez. Esto mismo es extrapolable a las medidas que ahora mismo está tomando el gobierno en nuestro país. La primera, ya apuntada, es bajar los salarios (ellos, para que no suene tan mal, hemos visto que lo adornan con otras expresiones más suaves, tales como "flexibilizar el mercado", "eliminar las rigideces", etc.), cuyas consecuencias ya han sido discutidas. La segunda opción es incrementar la productividad, de la que vamos a hablar a continuación.
Los neoliberales suelen prestar ninguna o poca atención a esta segunda opción, mientras que concentran todos sus esfuerzos en la primera (quizá porque es el camino más fácil). Pero ambas son perfectamente viables como formas de reducir los costes, sólo que la segunda no supone un empobrecimiento generalizado, y no amenaza a la economía con la depresión (es, por tanto, mucho más justa, solidaria y social). Incrementar la productividad significa simplemente (aunque veremos que no es tan simple) producir más por cada trabajador, o cada hora de trabajo, y cuando eso sucede, se puede producir/fabricar/atender cada producto o servicio a un menor coste. Lo que ocurre es que las formas posibles de aumentar la productividad son variadas, no son fácilmente cuantificables, e implican un tipo de distribución de los ingresos más complejo y conflictivo, sobre todo porque obliga a dar a los trabajadores más participación, y una cierta capacidad de decisión sobre las estrategias empresariales.
Con la Iglesia hemos topado, queridos lectores. ¡¡Mayor participación!! ¡¡Capacidad de decisión!! ¡¡Posibilidad de intervención!! ¡¡En mi propia empresa!! Con la mentalidad empresarial que seguimos teniendo hoy día en nuestro país, esto es completamente impensable, o dejémoslo en muy raro (de ahí que sostengamos desde la izquierda que, en vez de tantas reformas laborales, lo que necesitamos en España es una reforma empresarial). Como se puede adivinar, todo esto implica ceder una parte del poder que los empresarios tienden a concentrar en el seno de la empresa a sus trabajadores, y no están preparados para esto (y luego les llaman "antiguos" a los sindicatos).
Se sabe, por ejemplo, que mejores formas de organización empresarial, permiten incrementar la productividad. Implementando medidas que tengan que ver con la cantidad y calidad del trabajo y con su distribución horaria. Que un trabajador esté ocho horas trabajando (en la oficina, en un camión, en una cámara frigorífica, o donde sea) no significa que produzca más o mejor, y de hecho es seguro que si trabajara seis horas pero lo hiciera en mejores condiciones, podría aumentar su productividad...¿de verdad es tan difícil entender para los empresarios que si los trabajadores están contentos, simplemente trabajan más y mejor?
Los horarios y el ambiente laboral son en efecto muy importantes a la hora de determinar la productividad (la comodidad, la luz, el equipamiento y la seguridad en el trabajo, el grado de compañerismo que exista, las instalaciones de la empresa donde puedan relajarse y efectuar otras actividades que rompan el ritmo), y lo mismo puede decirse del ambiente natural, de los sistemas de transporte hacia el trabajo, de la facilidad para compatibilizar la vida laboral y familiar, o de la participación de los trabajadores en las decisiones estratégicas de la empresa. Podemos concluir que trabajadores desmotivados son trabajadores que no producirán tanto como los que están motivados y felices en sus puestos de trabajo.
Pero es que además de todo ello, la productividad depende de otros muchos factores: de los sistemas de reparto del trabajo y de la capacidad de trabajo en grupo, depende de la tecnología usada, de los Planes de Formación Interna que la empresa sea capaz de poner en marcha, o de la capacitación y uso por parte de los trabajadores de los sistemas informáticos de gestión del tiempo y de la producción. Trabajadores/as que sepan utilizar perfectamente cualquier maquinaria, o tecnología de la información y el conocimiento, producirán más y mejor que otros/as que no sepan hacerlo, y cualquier maquinaria/sistema/ordenador que esté actualizado tecnológicamente permitirá que los trabajadores pueden sacar más rendimiento a su tiempo, lo cual incidirá a su vez en la productividad.
En definitiva, todas estas variables que hemos comentado y muchas más son extremadamente importantes a la hora de incrementar la productividad. Por finalizar con algunos ejemplos más, trabajadores que no pierden dos horas conduciendo de casa al trabajo y viceversa, que cobran un sueldo acorde con su cualificación y su experiencia, que disfrutan de servicios añadidos en su empresa (como los tickets para comidas o las guarderías infantiles), y que no tienen miedo a ser despedidos en cualquier momento, siempre serán trabajadores mucho más productivos y eficientes, lo cual redundará no sólo en beneficio propio, sino también para la empresa. Continuaremos en el próximo artículo.