Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
La última tanda de medidas del Gobierno de Rajoy para frenar los efectos de la crisis, (siempre según ellos) están divididas en tres frentes, a saber: mayor protección sobre los pagos a proveedores, bonificaciones empresariales de cara a la contratación, y sobre todo, y las que más nos interesan para este artículo, medidas para facilitar el emprendimiento, es decir, para apoyar a los nuevos empresarios. En realidad, los tres frentes de medidas se pueden resumir en uno, que podría resumirse como MAYOR APOYO A LA EMPRESA. Por empresa no debemos entender aquí a las grandes multinacionales, sino a las PYMES, a las pequeñas empresas y a los autónomos.
Bien, de entrada, lo primero que tenemos que decir es que son un conjunto de medidas que, en la coyuntura actual, son completamente inútiles. No van a servir para nada. Por una razón muy sencilla: el empresario o autónomo va a contratar únicamente cuando pueda atisbar oportunidades de negocio, y esto en la actual situación tanto micro como macroeconómica, es tremendamente difícil, por no decir imposible. Pero vamos a explicar y a repetir la idea, porque parece ser que desde muchos frentes se escuchan las famosas expresiones "Este es el camino", "Estamos ante un cambio de rumbo", "Son medidas para el estímulo de la economía", y otras falacias por el estilo. No nos engañemos, ni dejemos que la propaganda institucional nos inunde de falsas esperanzas. Las medidas para el fomento de la contratación en el ámbito privado siempre son positivas, pero son medidas que se han mostrado fracasadas e ineficaces en un contexto de crisis, porque por mucha ayuda estatal que exista para apoyar a la contratación, si el crédito no fluye, si los empresarios no ven posibilidades de mercado, si el consumo está hundido, si, en definitiva, por mucho que contrates no va a haber quien compre tus productos o servicios, las medidas son inútiles, porque los empresarios no van a contratar.
Y esto es lo que está pasando actualmente. Pero más allá de desmontar la falacia de dichas medidas, me gustaría subrayar el propio fondo de las mismas, esto es, la filosofía que subyace bajo dichas medidas. Para empezar, a los empresarios se les va cambiando el nombre por otro más atractivo socialmente, como es el de "emprendedores". Palabra mal usada desde mi punto de vista, porque la palabra emprendedor está relacionada en un contexto más general, y no tiene porqué referirse siempre al mundo empresarial. Emprendedor es simplemente una persona valiente, atrevida, que lucha por la realización efectiva de sus ideas, que tiene carácter, y que busca los medios necesarios para plasmar su proyecto. Y aunque todo ello tenga mucho que ver con el mundo empresarial, se puede "emprender" sin necesidad de que dicho emprendimiento se plasme en un proyecto empresarial. Pero denominaciones aparte, donde creo que está el auténtico fondo del asunto es en la total orientación de las medidas hacia el mundo empresarial y privado. Es decir, el Gobierno conservador del PP, en momentos de crisis, entiende que lo único que puede salvarnos, y donde se dedica todo el esfuerzo mental y económico, es el mundo privado.
Ni una sola medida de fomento del sector público, que se ve también invadido cada vez más de los famosos ERE's en la Administración Pública. Como digo, ni una sola medida de fomento del empleo público, que para la derecha es un empleo denostado, y cuyo porcentaje hay que reducir cada vez más. Pues desde la izquierda negamos la mayor. Ni el empleo privado nos va a sacar de la crisis, ni es el único sector que haya que potenciar con las medidas de un Gobierno títere de los grandes poderes económicos y financieros, que por cierto, siguen sin hacer fluir el crédito necesario para la materialización de los proyectos (aunque una de las medidas anunciadas es la puesta en circulación de 45.000 millones de euros para tal fin). Pero como digo, reivindico desde aquí la necesidad de dotar de fortaleza al empleo público, de protegerlo, de restaurarlo, de dignificarlo, y sobre todo, de potenciarlo. Seguimos siendo, y ahora más con la crisis, uno de los países de la UE que posee un menor porcentaje de personas trabajando para el sector público, para las Administraciones Públicas, y para el Estado del Bienestar. Y ello no sólo tiene el efecto negativo de que se debilitan (cuando no desaparecen, como está ocurriendo con la Dependencia) los servicios públicos de cara a la ciudadanía, sino también de que el Estado va perdiendo cada vez más su función de empleador por excelencia.
Y esta tendencia es la que hay que invertir. El Estado debe recuperar su papel de empleador público y universal, de empleador por defecto, por no hablar ya de su papel en la intervención pública de la economía, así como en la nacionalización de todos los grandes sectores estratégicos. Y desde este Gobierno, los apoyos (totalmente inútiles, volvemos a recordar) vienen siempre hacia el mundo privado. Como nos preguntamos en el título, parece que el mensaje es que tenemos que hacernos todos empresarios. Que debemos potenciar en todo el mundo su carácter emprendedor, que nos volvamos todos contratadores de nosotros mismos, y de terceros. Es una total aberración, porque en el fondo lo que se esconde es una degradación de la idea de función social del trabajo público, así como de una mayor complicidad con el mundo empresarial privado. Quieren cambiarnos el chip, y que todos pensemos únicamente como empresarios. Que renunciemos a la idea de que nuestro ideal, sea en el campo privado o en el público, es realizarnos profesionalmente en nuestro campo, para sustituirlo por la idea de que debemos levantar el país incrementando el número de empresarios.
Rompamos con esta total aberración. Denunciemos estas medidas. El mundo privado funciona con otros intereses, con otros objetivos, con otro chip, que no debemos asumir, salvo quien voluntariamente quiera montar su propia empresa, porque crea que es el mejor camino para su realización personal y profesional. No caigamos en sus trampas ideológicas. Luchemos por la denuncia del comportamiento empresarial, y por la dignificación del trabajo en el sector público. Luchemos porque no sólo los empresarios sean los que estén cada vez más apoyados y comprendidos, porque no sólo a ellos se les facilite la vida, sino también a la gente que quiere trabajar para el sector público como médico/a, profesor/a, bombero/a, asistente/a social, educador/a en guardería, enfermero/a, banquero/a, economista, administrativo/a, cuidador/a de personas mayores, investigador/a en la Universidad (pública), policía, sociólogo/a, psicólogo/a, diplomático/a, juez/a, fiscal, procurador/a, abobado/a de oficio, inspector/a de Hacienda, ingeniero/a, periodista, y un interminable etcétera de profesiones que se pueden ejercer en el sector público. No tenemos que hacernos empresarios (o emprendedores) por fuerza.