Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Estamos ya en la tercera entrega de esta serie de artículos (finalizaremos con la cuarta y última parte) que estamos dedicando a recopilar todos los cambios, medidas, transformaciones, etc., que debemos poner en marcha, desde nuestro prisma de izquierdas, no sólo para poder acabar con la actual crisis económica (que dicho sea de paso, cada vez nos está pasando una mayor factura), sino para modelar los pilares necesarios que puedan evitar en el futuro nuevas recaídas, o ulteriores crisis incluso de mayores envergaduras.
En los dos primeros artículos nos habíamos ocupado de los factores que tenían que ver con revolucionar el funcionamiento de la banca y del mundo financiero en general, y en trabajar en los cimientos para poder recuperar y crear empleo digno y de calidad. En esta tercera parte, vamos a abordar los mecanismos que tienen que ver con acabar con otro gran pilar que sostiene el sistema capitalista: LA DESIGUALDAD. Efectivamente, la desigualdad social, las brechas sociales del mundo desarrollado con respecto al mundo pobre, pero incluso en países como el nuestro, entre ricos y pobres, se acucian cada vez más, siendo soporte indispensable para que el brutal y despiadado capitalismo que nos invade pueda extender sus redes y desplegar todo su perverso potencial.
A algunos lectores pudiera parecerle demagógica esta expresión de "ricos y pobres", pero no sólo no lo es, sino que es completamente real: comparemos la situación de precariedad y de absoluta indefensión de un joven trabajador que comienza a prestar sus servicios para una empresa, con la de un veterano, sobre todo si el veterano no lo es sólo en edad, sino también en cargo, y mucho más si se trata del núcleo fundacional de la empresa, o bien de su "grupo de amigos". Efectivamente, la diferencia salarial puede ser 20:1 (léase "de 20 a 1"), es decir, el mando intermedio o cargo de confianza puede cobrar del orden de 20 veces más que el trabajador nobel, lo cual nos lleva a un panorama donde el trabajador nobel no dispone de los recursos para poder acceder a sus derechos básicos (una vivienda digna, un proyecto de vida independiente, unos hijos), mientras que el cargo intermedio disfruta de un vida tranquila, segura, y bien acomodada, con todas sus necesidades resueltas (en muchos casos podríamos hablar incluso del mantenimiento de lujos). A esto también es a lo que nos referimos cuando hablamos de "riqueza" y "pobreza".
Por tanto, tenemos como sociedad (sobre todo nuestros gobernantes) la imperiosa necesidad de poner fin a la causa última que provoca la crisis, y que como acabamos de señalar, no es otra que el impresionante incremento de la desigualdad en todas sus manifestaciones. Hemos despertado al combate sobre la desigualdad entre hombres y mujeres hace pocos años, y ya estamos pudiendo comprobar cómo la lucha es ardua. Lo mismo hemos de hacer para el resto de flecos en los que se manifiesta esa feroz criatura de la desigualdad, cultivada durante décadas por los sistemas y los gobiernos neoliberales.
Pero incluso la reducción de la desigualdad no cae sólo en el terreno moral, es decir, no se trata sólo de un deseo de buenas personas, de gente de bien, que desean un mundo más justo, que ya de por sí sería importante. Además es la forma de hacer que las economías, incluso las capitalistas, funcionen mejor, puesto que la distribución más igualitaria y el justo reparto de la riqueza de un país proporcionan ingresos más repartidos, que se destinan en mayor medida a la adquisición de bienes y servicios, lo que proporciona mayores oportunidades de ventas, y por tanto, de potenciales beneficios para las empresas.
Los factores que desprotegen a los trabajadores y que los llevan a tener que aceptar condiciones salariales o retributivas más desfavorables (disminuyendo tanto su salario individual como su salario colectivo, esto es, su grado de protección social), y por tanto los que aumentan la desigualdad originaria, son muy variados y no sólo de carácter económico:
1.- Escasa presencia de sindicatos. Tenemos la falsa imagen de que las organizaciones sindicales están completamente extendidas, pero no es así. Existen muchas empresas donde no existe representación sindical, y ello siempre irá, no nos engañemos, en detrimento de los intereses de los trabajadores. Legalmente tiene que existir, por pequeña que sea la empresa, una mínima representación sindical, pero en muchas PYMES, por miedo de los propios trabajadores, no se realizan las reuniones oportunas para que exista un Comité de Empresa, o una Delegación Sindical.
2.- Debilitamiento de la negociación colectiva, tendente a la negociación en el marco de la empresa (las famosas "clásulas de descuelgue"), uno a uno por trabajadores, o poco centralizada. Sobre este particular, últimamente hemos escuchado a Mariano Rajoy comentar cómo no tiene porqué ser igual un Convenio Laboral firmado para una empresa de Tenerife, que otro para una empresa de Albacete. Con este tipo de comentarios, lo único que se esconde es una voluntad de ir debilitando la negociación colectiva, y que todo se negocie dentro del ámbito de la empresa, con la consiguiente pérdida de fuerza y de presión por parte de los trabajadores.
3.- Desempleo abundante. La tasa de desempleo es un arma de doble filo, pues independientemente de la tragedia social que representa, es utilizada por los empresarios como una excusa para debilitar aún más si cabe la representación de los trabajadores (con la excusa de la crisis están eliminando muchos liberados sindicales), así como las condiciones laborales para las nuevas contrataciones, además de perjudicar los derechos laborales ya alcanzados por las plantillas existentes.
4.- Falta de formación. Como ya hemos comentado en otros muchos artículos, la Formación es la base para una buena "cultura laboral" de los trabajadores, que no solo han de reciclarse y perfeccionarse en sus capacidades y conocimientos, sino que también han de exigir a las empresas la puesta en marcha de unos Planes de Formación Interna que sean adecuados y realistas. Curiosamente, y ligándolo con el punto número 1, mientras la clase empresarial tiene muy claro la necesidad de pertenecer a sus respectivas Organizaciones Empresariales (del sector, de su zona, de su comunidad, etc.), la clase trabajadora tiene mucha menor conciencia de tener que pertenecer a alguna Organización Sindical que defienda sus intereses, y esto también es debido a una falta de formación.
5.- Carencia o poco desarrollo de un marco normativo laboral. Efectivamente, lo que ha provocado que la clase trabajadora comenzara a poseer sus propios derechos frente a la clase dominante ha sido la consecuención (a base de presión y fuerza por parte de los sindicatos, durante muchos años de lucha sindical) de un marco laboral adecuado, de una normativa laboral mínimamente desarrollada, que contemple las conquistas sociales que han permitido mejorar las condiciones de los trabajadores en las empresas, y en la sociedad en general.
Precisamente éste marco laboral que poseemos en la actualidad (ya de por sí mermado por las últimas reformas laborales) es el que los empresarios y políticos neoliberales quieren anular cada vez más, con tendencias hacia el abaramiento del despido, la flexibilidad en la contratación, la movilidad funcional y geográfica, las cláusulas de descuelgue, las rebajas en los salarios, o la vinculación de las actualizaciones salariales en función de la productividad. Y no se dan cuenta de que no sólo ninguna reforma laboral va a servir para crear empleo, sino que lo que se necesita es una reforma empresarial, es decir, un cambio de mentalidad de nuestros empresarios, ligada sobre todo a permitir un mayor empoderamiento de la clase trabajadora, y a mejoras en sus condiciones laborales. A los lectores interesados en profundizar sobre este asunto, les remito al artículo titulado "Sobre la reforma empresarial" publicado en este mismo Blog.
Todos estos factores dejan más solos a los trabajadores frente a sus empleadores, y por tanto, contribuyen a que éstos dispongan de mayor poder para al fin poder imponerles peores condiciones de salario y trabajo. Lo que precisamente ha ocurrido en los últimos años es que los propietarios del gran capital han logrado imponer a través de políticas y reformas legales todo este conjunto de circunstancias, que son las que han propiciado que disminuyan los salarios en el conjunto de las rentas, la participación de los trabajadores en el reparto de la riqueza, y que, como consencuencia de todo ello, aumente la desigualdad.
Y lo que a corto plazo resulta, pues, imprescindible, es invertir esta tendencia para lograr una distribución de los ingresos más equitativa, porque sólo de esa forma se va a poder conseguir que se amplíe la demanda solvente, lo que, en las condiciones de economías capitalistas de mercado en las que nos encontramos, se necesita para que se puedan producir más bienes y servicios, que redunden en una mayor riqueza colectiva. Continuaremos en el próximo y último artículo de esta serie.