Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Ya hemos escrito muchísimas veces en nuestros artículos, y seguiremos escribiendo, sobre el cambio de actitud y de mentalidad que ha de darse en la clase empresarial. Es un problema principal del país, así como de un cambio en la política en general, que nos lleve a otro escenario de mayor equidad, justicia social y redistribución de la riqueza. Bien, pero la pregunta es: ¿son ellos, políticos y empresarios, los únicos actores? Evidentemente, no. El resto de la sociedad, pero muy especialmente la clase trabajadora, es un actor al más alto nivel. Y resulta que nosotros, la clase obrera, también tiene (tenemos) que experimentar un cambio de mentalidad.
Efectivamente, hemos de partir de la base de que nuestra fuerza fundamental es nuestro número, es decir, somos la inmensa mayoría, constituimos la mayoría social, popular y trabajadora, de este país. Pero somos la parte débil. Luego asumiendo estas objetivas premisas, no cabe más que una conclusión: nuestra mayor fuerza es la unión. Se ha afirmado millones de veces, de muchas maneras distintas, más o menos tópicas, pero siempre encierra una gran verdad, una tremenda e incontestable verdad: nuestra unión hace la fuerza. Bien, ¿cuál es el problema, entonces? Pues que no la usamos. Así de claro. No nos esforzamos en nuestra unión, y al no hacerlo, renunciamos a nuestra fuerza fundamental dentro del sistema.
¿Y todo ello porqué? Pues porque como ya hemos comentado muchas veces, no hemos sido "educados" para ello. No hemos sido aleccionados, inculcados, en las prácticas revolucionarias, en las prácticas de lucha de clases, que son al fin y al cabo, las concepciones que nos llevan a entender el funcionamiento del mundo en que vivimos. Desgraciadamente es así. Ni siquiera tenemos claro, como trabajadores (basta visitar y hablar con gente de diversas empresas, sobre todo de las pequeñas), la importancia de nuestra representación sindical. Desde pequeños esta sociedad (familia, colegios, universidad, trabajo) nos ha educado más en el individualismo que en el colectivismo, en el egoísmo que en el cooperativismo, en la cobardía más que en la valentía, en la defensa de nuestros intereses personales más que en la de nuestros intereses de clase. Y así nos va. Como mucho, somos capaces de salir a la calle con una pancarta, o participar en un día de Huelga General, y muchas veces ni eso.
En nuestras creencias hay mucho de indiferencia de clases, de ideología capitalista, de cultivo a unos valores que nos perpetúan en este camino. Hemos sin embargo de ser más críticos, más inconformistas, más valientes, más combativos, más empáticos, hemos de apostar más por la cooperación, por la solidaridad, por la colectividad, y todo ello desde la conciencia, como decíamos al principio, de nuestra fuerza como clase mayoritaria, con la conciencia de la fuerza de nuestra unión, capaz de derribar empresas, instituciones y gobiernos. La historia nos lo demuestra, y a ella me remito.
Como ejemplo de todo esto, y podemos encontrar muchos más ejemplos, tenemos a los trabajadores de Ambulancias del Hospital Clínico de Málaga, que han conseguido recientemente doblegar a su empresa, después de una huelga de tres meses seguida por la práctica totalidad de la plantilla. La empresa quiso aplicarles con creces los recortes, bajo la amenaza de despedir en contrapartida a diez compañeros. Los trabajadores no aceptaron ni lo uno ni lo otro. Confiando en sus fuerzas, y creando un fondo económico común, han conseguido que la empresa readmita a los despedidos, y que no se apliquen los recortes a sus salarios. Bravo por ellos. Este es el camino.
Por tanto, sabemos que se puede. Por mucha fortaleza que posea un determinado empresario, nos consta que nuestra fortaleza como clase trabajadora es mucho más grande. La clase obrera debe ser consciente de su potencia, y desarrollarla convenientemente llegado el momento. Y ese momento ha llegado. ¿Cuántos despidos más han de producirse para que reaccionemos? ¿Cuántas privatizaciones más de hospitales, de colegios, han de darse? ¿Cuántos deshaucios más han de practicarse? ¿Cuántos ERES en el sector público tienen que producirse? ¿Cuántos suicidios más a las vidas de personas trabajadoras se tienen que dar?
No podemos continuar por esta senda, porque lo que se pretende es el pago de la crisis a nuestra costa, aunque eso implique la derrota y esclavización completa y definitiva de la clase obrera. No podemos permitirlo. No podemos permitir que nuestros mayores sigan soportando la carga de tener que mantener a sus hijos y nietos, no podemos permitir que nuestros jóvenes sigan emigrando a terceros países, porque el nuestro no les ofrece oportunidades, obligándolos a renunciar a su tierra, a su familia, a su gente, a su cultura, y permitiendo que otros países se beneficien del trabajo y la capacidad de jóvenes formados en nuestro país.
Hemos afirmado que muchas veces las cosas se han de desarreglar por completo, antes de poder arreglarse. Este es el caso. Ya no valen parches, componendas ni paños calientes. No valen huelgas de un día, ni llamadas a la responsabilidad de todos, ni tampoco la atención egoísta de cada uno hacia su vida personal o familiar. Es la hora de la fuerza de la clase obrera, plural y colectivamente. Si a partir de mañana TODOS los trabajadores de TODAS las empresas de este país, grandes, medianas y pequeñas, se pusieran en huelga indefinida, el país se hundía en pocos días, porque no se podría continuar por mucho tiempo en esa situación. No deseamos el hundimiento de nuestro país, pero son ellos o nosotros. No nos queda otra salida.
A partir de ahí, no se tendría más remedio que negociar con los comités de trabajadores, y aceptar sus condiciones, o el país se vendría abajo. Esta es la revolución que necesitamos, pero para eso, hay que comenzar por cambiar nuestra mentalidad como clase trabajadora. Dejemos de esperar a ver si el Gobierno y las Instituciones europeas se vuelven buenas para con los trabajadores, porque eso no va a suceder. El mundo capitalista y globalizado no tiene corazón, no tiene sentimientos, sólo tiene la cabeza fría, y no le tiemblan las manos a la hora de llevar a la ruina y a la pobreza a millones de trabajadores diariamente. Cambiemos la tortilla, desarmemos el sistema y devolvámosle la pelota. Si queremos, podemos.