Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
¿A quiénes nos estamos refiriendo? ¿Quiénes son estos nuevos esclavos? ¿Los trabajadores y trabajadoras de nuestro tiempo? Acertaron quienes pensaron así. Podemos remontarnos tan atrás como queramos para revisar la historia de la esclavitud, porque quizá sea tan vieja como la propia humanidad. Está muy bien documentada en los trabajos de Marx y Engels, que fundamentan la historia de la humanidad como la historia de la lucha de clases. Y efectivamente, siempre hubo esclavos. En todas las razas y culturas, de todos los tiempos. A medida que la humanidad ha ido ¿avanzando? la esclavitud se ha ido ¿suavizando? Digamos que modernizando, adaptándose a los nuevos tiempos, pero las clases dominantes continúan en su deseo de esclavizar a los más débiles.
Y así, en este comienzo del siglo XXI, los esclavos son gente de a pie, profesionales de cualquier tipo, personas cultas, bien formadas, que realizan su trabajo con total dedicación, algunos incluso con pasión (los más afortunados), pero que se ven abocados a ejercer su trabajo bajo unas condiciones laborales exiguas, discriminatorias, precarias, indignantes, esclavizantes. Y todo ello, fruto de la implantación autoritaria de una contrarreforma laboral más propia de los tiempos del feudalismo. Una contrarreforma que anula todos los avances sociales y laborales que la clase trabajadora, con mucha lucha y esfuerzo, había conquistado desde que aparecieron los sindicatos, allá por los principios del siglo XIX. Unos sindicatos que, dicho sea de paso, están en la palestra de la discusión, del debate político, porque las fuerzas neoliberales no cesan en su campaña de descrédito, de acoso y derribo, y quieren unos sindicatos cada vez más débiles.
Se argumenta que las huelgas laborales son políticas (menuda estupidez, siempre lo han sido y siempre lo serán), o bien que son instrumentos del pasado, anacrónicos, obsoletos, y que los sindicatos deben renunciar a estas herramientas de lucha, para "modernizarse" y representar otros papeles y otras funciones. No caigamos en esta demagogia barata de los actuales capitalistas, que nos quieren llevar (ellos sí) a tiempos pretéritos. Es cierto que los sindicatos deben también, como todos los agentes sociales, hacer un poquito de autocrítica, dejar de ser máquinas burocráticas de la clase trabajadora, y pegarse un poco más a la tierra, reconvertirse en auténticos sindicatos de clase, y representar mejor la lucha de los trabajadores. Pero lo demás es intentar hacernos comulgar con ruedas de molino. Porque lo cierto es que en España, desde los tiempos de la Transición, las sucesivas reformas laborales que se han aprobado han ido siempre en la línea de debilitar las relaciones laborales a costa del trabajador, para empoderar al empresario.
En efecto, todas las recientes reformas laborales aprobadas tanto por el PP como por el PSOE vienen a culminar un largo proceso de cambios legislativos emprendidos en esta etapa, con el objeto de debilitar cada vez más a la clase trabajadora, e instaurar un nuevo marco laboral más desregulado, aparte de debilitar y desacreditar a los propios sindicatos. Y esta última reforma laboral del PP ha venido a poner la guinda del pastel, no a parchear como las anteriores, sino a desmontar todo el entramado de relaciones laborales en nuestro país. Aprobada con urgencia, sin diálogo con las partes, sin consensos previos, con la excusa de la crisis, y con tintes de tecnocracia barata, ha dado todo el poder a la empresa, que como no podía ser de otra manera, lo está utilizando con el más absoluto despotismo. Véase si no el caso del trabajador de Telefónica despedido, que ha sido apoyado por otros cinco compañeros en una huelga de hambre, que ha finalizado después de 23 días por consejo médico, pues ya comenzaba a darse un deterioro importante de la salud de estas personas.
La empresa ha permanecido insensible durante todo ese tiempo, sorda, ciega y muda, como si no fuera con ella, ni siquiera ha consentido reunirse con los trabajadores en huelga de hambre, que dicho sea de paso, han sido apoyados por muchos dirigentes sindicales, sociales y políticos. Los (engañosos) argumentos utilizados para la implantación de esta reforma fueron, entre otros, que el desempleo y la temporalidad son muy elevados, que había un mercado laboral muy rígido, y que además obedecía a la dualidad consistente en que algunos trabajadores estaban muy protegidos, y otros muy precarios. Evidentemente, la solución ha sido ponerlos a todos en precario. Y ahí están los efectos, que se muestran diariamente en ERE's masivos, despidos colectivos e incluso regulación de plantillas en el ámbito del personal laboral de las Administraciones y Empresas Públicas: los últimos, 4.500 despidos en Iberia, 925 en Telemadrid, el 14% de la plantilla de la Red de Paradores Nacionales, etc. No hay día que no nos enteremos de un nuevo caso.
Por no hablar de las empresas que despiden habiendo obtenido beneficios, o del mercado laboral juvenil, donde hemos superado la tasa del 50% de paro, y a la juventud de este país, la mejor formada de las últimas décadas, no se le ofrece otro futuro que la precariedad laboral, el semiesclavismo, o la emigración a otros países, cuando no el paro y el continuar conviviendo con sus padres, impidiendo su lógico deseo de emancipación. Cuántas veces oímos decir a Rajoy que el desempleo que teníamos era insostenible, y que era debido a que "se había gestionado mal la economía". Pues si no quieres caldo, toma tres tazas. Podemos concluir que, junto a la privatización de servicios públicos básicos, como la Sanidad y la Educación, esta reforma laboral ha sido la "Joya de la Corona" del Gobierno del PP, y debería ser la primera Ley que un posterior Gobierno derogara. Ha sido un auténtico "Golpe de Estado" laboral sin precedentes en nuestra todavía joven etapa democrática, que dicho sea de paso, cada vez es menos democrática. Se muestra por parte de nuestros gobernantes sin complejos ni tapujos su cruda realidad, y su clara ideología de clase (de clase empresarial, claro), completamente anti-social, autoritaria y neofascista. El propio texto de la reforma laboral tiene auténticos pasajes esperpénticos, que no tienen desperdicio, hablando de la holgazanería del trabajador español, que necesita de mano dura para trabajar, porque le gusta más vivir subsidiado, y que sin el miedo al despido, su productividad es muy baja.
Frente a eso, anteponen la supuesta figura del empresario omnipotente, que afirma estar también cabreado, porque no puede hacer otra cosa. Es lo que hay. Me asquea tanta demagogia barata para intentar inculcarnos su filosofía de clase, y justificar así su despótico comportamiento. Me parece patético que usen esas triquiñuelas verbales y esos argumentos que no se sostienen, tratándonos de imbéciles, para conseguir sus ruines objetivos. Ya tienen lo que querían. El despido prácticamente libre y gratuito. Y atención, porque esto todavía no ha acabado. Al momento de cerrar este artículo, hemos tenido la visita de Ángel Gurría, Secretario General de la OCDE, que junto a sus previsiones económicas para España, ha venido a decir al Gobierno que debe abaratar aún más el despido (además de crear un contrato único, entre otras muchas barbaridades). Por su parte, desde Bruselas no se descarta pedir al Gobierno que realice nuevas vueltas de tuerca a la reforma laboral, y el Conseller de Economía y Conocimiento de la Generalitat de Cataluña, Andreu Mas-Colell, ha afirmando que si en un período de año y medio o dos años el paro sigue sin desdender, habrá que tomar nuevas medidas (léase endurecer aún más la reforma). A propósito, obsérvese que CIU ha sido el fiel aliado del PP para estos sucios menesteres. Y eso que los desmanes de la actual reforma laboral se cuentan y no se creen: reforzar el poder de los empresarios, debilitar a los sindicatos, abaratar el despido, debilitar los convenios colectivos, fortalecer los acuerdos internos de las empresas, precarizar el mercado laboral, justificar los despidos por bajas médicas, privatizar las funciones de los servicios de empleo, potenciar la flexibilidad interna en las empresas, y un larguísimo etcétera.
Y sus efectos, ya los estamos contemplando: destrucción masiva de puestos de trabajo, reducciones de salarios, aumento de la desigualdad social, empeoramiento de las condiciones laborales, aumento del "presentismo" de trabajadores enfermos que acuden a trabajar para evitar ser despedidos, con el consiguiente deterioro de la salud colectiva, y de las condiciones de vida de la clase trabajadora, discriminación laboral de la mujer, etc. Con respecto al presentismo laboral, la consultora Randstad ha elaborado un trabajo muy interesante, que afirma que ha aumentado notablemente durante estos últimos años de crisis económica: concretamente, desde un 45% en 2010 a un 85% en 2012, lo que significa que actualmente 8 de cada 10 trabajadores pasan más horas de las establecidas en sus puestos de trabajo. Entre quienes alargan su jornada en la empresa, 6 de cada 10 reconocieron que lo hacen por temor a perder su empleo, mientras que el 24% se queda en su puesto porque falta personal. Así está el panorama.
Y aún se tienen en la mente de la clase empresarial nuevas reformas (léase ataques) a los derechos de la clase trabajadora, como por ejemplo la posibilidad de regular en un futuro próximo el derecho de huelga. En fin, toda una involución de nuestro marco de relaciones laborales, que si no lo impedimos, convertirá a la clase trabajadora, ya lo está haciendo, en los nuevos esclavos de este siglo. Pero podemos acabar con esto. Hemos de conseguir configurar un frente ciudadano, no sólo de los trabajadores, sino de toda la sociedad, que pelee por la retirada de todas estas políticas. Si no lo hacemos, vamos a dejarle un futuro laboral a nuestros hijos y nietos bastante triste. Y está demostrado que la fuerza de la clase obrera obtiene resultados cuando se lo propone. Ahí tenemos los ejemplos del colectivo de trabajadores de la basura de Jerez, que con su huelga evitaron el despido de 125 compañeros, o el personal del Hospital de La Princesa en Madrid, que pararon la transformación que el Gobierno de la Comunidad preparaba para dicha institución sanitaria, una de las más prestigiosas de España.
Por lo tanto, se puede y se debe hacer. Antes nos referíamos a los compañeros que hicieron huelga de hambre en Teléfonica. Los objetivos de esta megaempresa son deshacerse de la plantilla fija para subcontratar todas las tareas a empresas deslocalizadas en países del Magreb y de América del Sur, donde los salarios y las condiciones de trabajo son mucho peores. Mientras, los beneficios de Telefónica en los 9 primeros meses de 2012 superaron los 2.800 millones de euros, a la vez que la desigualdad salarial sigue aumentando: el Presidente, César Alierta, cobra 150 más que un trabajador medio (no digamos que un recién contratado), mientras tres de sus altos directivos se repartieron 17 millones de euros en 2011. ¿Cabe mayor indecencia? Con estas credenciales, poco les hubiera importado que murieran los 5 trabajadores que estaban en huelga de hambre. Reaccionemos, o la clase trabajadora, tal y como hoy la conocemos, acabará siendo historia.